LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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Vacaciones de verano. De la Hoguera de S.Juan a la Bien Aparecida.

 

Sin duda alguna una época que se vivía con especial agitación en la etapa estudiantil eran las vacaciones de verano. Recuerdo que mi primera etapa como estudiante la desarrolle en un colegio de barrio, pequeño y muy  familiar; aunque las vacaciones en el mismo nos las daban en torno al 21 de junio, yo tenía mi fecha oficial de comienzo de las mismas el 24 de junio a las 00:00, horas. La razón era muy sencilla: en ese momento los chavales del barrio prendíamos lo Hoguera de San Juan, que era para mí como el pistoletazo de salida a un verano intenso, lejos de los libros y el aula.

El verano era sinónimo de diversión, actividad, entretenimiento, etc. Recuerdo con cariño aquellos veranos cuando las mañanas las dedicaba a hacer actividades en el barrio, acompañado de toda la chavalería, y por la tarde era de rigor la visita a la playa, siempre que el tiempo lo permitía, para tomar un poco el sol y darse un baño en el mar.

Los fines de semana el programa cambiaba sustancialmente: lo dedicaba a salir con mi familia por la región, conociendo playas y pueblos nuevos y también recorriendo todas las fiestas que podíamos visitar. Así pude conocer la Virgen de Valvanuz en Selaya, la batalla de flores en Laredo, etc.

Recuerdo también que solíamos ir a la playa a Liencres: por la mañana bajábamos a la arena y luego subíamos a comer a los pinos, buscado una buena sombra para cobijarnos fuera del alcance de los rayos del sol.

Pero, amigos, todo lo bueno se acaba, y después de haber recorrido con mis padres pueblos y fiestas típicas llegaba la hora de rendir visita a La Virgen de la Bien Aparecida, patrona de Cantabria. Recuerdo que íbamos con la comida hasta el Santuario de Marrón para pasar el día disfrutando de la festividad; había que aprovechar hasta el último suspiro pues, entonces, sin remedio, mi próximo destino era el colegio.

 

Juan Fco. Diéguez Machargo


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Entrevista al escritor MARCOS RICARDO BARNATÁN, por ELDA LAVÍN

 

La publicación del conjunto de su poesía, Todas las noches del mundo. Poesía reunida (1965-2015) (Zenócrate, Bogotá, 2017), me proporciona una excusa –¿acaso la necesito?–, para acercarme a la figura y a la vida de Marcos Ricardo Barnatán. Para ello me dirijo a su casa de Santander, donde ya en el umbral me recibe con el abrazo de una mirada inmensa y azul como el océano que le separa de su añorada patria Argentina. Me dejo envolver en toda esa calidez mientras nos contempla su inseparable Rosa, titánica Rosa Pereda, que me ofrece su casa y un güisqui antes de retirarse a su estudio. Pretendo acercarme al Barnatán poeta, sabedora de que en muchas de las ocasiones que se le ha entrevistado la atención se ha focalizado en Borges, siendo como es el autor de la considerada como biografía definitiva del también argentino: Borges, biografía total (Temas de Hoy, 1996).

Elda Lavín. – Hoy quiero hablar de Marcos Barnatán el poeta. Y quiero empezar por el principio. Llegas a España en 1965 y te instalas primero en Barcelona y luego en Madrid, donde estudias Filosofía. ¿Cómo son esos años? ¿Cómo recuerdas la España de ese momento?

Marcos Ricardo Barnatán – Sí,  la recuerdo ahora como una España en blanco y negro. Yo llegué a Barcelona en enero del 65, con dieciocho años. Traía algunas direcciones que me había proporcionado un poeta de Buenos Aires, y entre ellas estaba la de Pere Gimferrer en Sanjuanistas, 16. Pedro (así se hacía llamar entonces), que era un año mayor, y yo empatizamos muy bien. Él me hablaba de España y yo le daba sobre todo pistas de literatura argentina, de Borges, de Bioy Casares, de Múgica Láinez. Le fui recomendando libros (los apuntaba en servilletitas de papel) para ir luego a los mayoristas de la ciudad, donde él trataba de conseguirlos.

E.L.- ¿Se conseguían todos los libros entonces?

M.R.B.- No, no todos. Consiguió Bomarzo y consiguió La invención de Morel, de Bioy Casares, pero no a Octavio Paz, de quien yo acababa de estudiar en Buenos Aires Solo a dos voces. Él me pidió mi ejemplar de Libertad bajo palabra, bueno, en realidad me engañó (lo matiza sotovoce con un gesto de inmensa condescendencia burlona y azul en su mirada) bajo el argumento de que “en Madrid lo vas a encontrar sin problemas porque allí hay una librería del Fondo de Cultura Económica”. Yo le dejé mi ejemplar, pero, ay, incauto, luego en Madrid no lo encontré. Y tardé como dos años en volver a comprarlo. Él a cambio me envió dos volúmenes de Jorge guillén, pero es que a mí no me gustaba mucho Guillén (su mirada se vuelve de nuevo inmensa y burlona y con un guiño confiesa)  creo que porque me quitó el de Octavio Paz.

E.L.- Y así es como se fragua un grupo poético…

M.R.B.- Aunque Gimferrer era muy celoso de sus amigos, así se fue fraguando una amistad de poetas jóvenes que más o menos teníamos un mismo espíritu y unos gustos comunes. Así conocí allí en Barcelona a Guillermo Carnero. Luego en Madrid a Antonio Colinas y a Jaime Siles, y mucho más tarde a Luis Alberto de Cuenca y a Luis Antonio de Villena. Se fue formando, sí, una generación (subraya la palabra haciéndome notar la consabida cautela con la que se debe usar este término) que teníamos un faro en Velintonia 3, la casa de Aleixandre. Por su parte, en la facultad de Filosofía conocí también a Fernando Savater, a los poetas Ricardo Lindo y Francisco de Asís Fernández, que fue ministro de la revolución sandinista; y a Félix de Azúa, que se acercaba al bar a visitar a su novia, Virginia Careaga. Yo, que  me quejaba a Gimferrer y le decía “este Madrid es horrible, aquí solo hay  monjas” (la primera fila de mi clase en la universidad estaba llena de unas monjitas que me daban pastillas Juanola), me vi salvado así de aquel Madrid tan gris.

E.L:- Tengo para mí que tú llegaste cargado de otredad. Siempre he tenido la idea de que eres un transterrado, más en el sentido de un homo viator que va de un territorio a otro, de una cultura a otra,  y muy al modo de los viajeros románticos, que ve y  hace ver las cosas desde una mirada nueva, trastocando incluso lo establecido. ¿Estás de acuerdo?

M.R.B. Es posible, sí, porque la atmósfera que había aquí era muy asfixiante en cuanto a literatura; era muy provinciana y nada cosmopolita. Aquí no habían leído, o habían leído poco,  a los poetas extranjeros. Yo con dieciocho años ya  conocía a Ezra Pound, a los poetas franceses e ingleses; y ya aquí  traduje, por ejemplo, aquella Antología de la “Beat Generation” (Plaza y Janés, 1970), una generación prácticamente desconocida. Y es que los poetas aquí se debatían entonces entre la poesía social y la poesía llamémosla pura y parecía que el surrealismo no había existido.

E.L.- Bueno, Aleixandre siempre negó su surrealismo…

M.R.B.- Sí, pero él lo llamaba superrealismo para no decir que era surrealista. De hecho, así, con la denominación “poesía superrealista”, se publicó, pero mucho más tarde, su antología de la mano de Barral editores, en 1971. Digamos, en definitiva, que yo venía con valores distintos y que de alguna manera esos otros valores influyeron en mis compañeros de generación, en unos más, en otros menos. A mí, por ejemplo, no me interesó la poesía de Machado, alguien a quien aquí no tenían por poeta,  sino por santo (dice alargando las sílabas), san Antonio Machado (ríe con ingenuidad de niño que aun a sabiendas de que ha hecho algo malo, sabe que se lo vamos a perdonar). En cambio sí me interesó la poesía de Aleixandre, me interesó Pasión de la tierra  y La destrucción o el amor (1932), esos libros primeros de los que él pareció alejarse después con Historia del corazón: creo que él se acabó contagiando de ese tufo de la poesía de posguerra que yo despreciaba.

E.L.- ¿Qué papel real tuvieron Aleixandre y Velintonia en el grupo?

M.R.B.- Bueno, Vicente en los últimos años estaba enfermo, siempre lo había estado en realidad, y nos recibía de uno en uno; en muy pocas ocasiones recibió grupos. Yo comencé a visitarlo por recomendación de Gimferrer.

E.L.- Una parte de la crítica ha subrayado que treinta años después no ha quedado nada de los novísimos. Guillermo Carnero, en cambio, cree que sí, que lo que dejaron fue un concepto clásico de poesía. ¿Tú qué opinas?

M.R.B.- Bueno, los novísimos fueron una bocanada de aire que trajo Castellet con su idea de reunir en su antología a poetas diferentes, porque desde luego no todos eran iguales. Ahí estaba, entre los senior, Vázquez Montalván, un escritor interesante y gran periodista, cuya presencia se justifica porque era un personaje de la época, pero que como poeta a mí nunca me interesó. Sí me interesó José María Álvarez también entre los senior.

E.L.- Pero suele ocurrir con todos los grupos estéticos y específicamente los poéticos: hay al principio un cierto aire de familia que se diluirá en las evoluciones individuales posteriores…

M.R.B.- El grupo, de entre los que algunos ya eran amigos, fue invención de Castellet. A mí me escribió Carnero –yo entonces tenía muy buena relación con él– para pedirme, a instancias de Catellet, unos poemas para una antología que más tarde supimos se llamaría Nueve novísimos poetas españoles. Barral, el editor del libro, me confesaría años después que el nombre se debió al hecho de que “diez novísimos” sonaba muy mal, además de hacerme notar la pequeña contradicción de que yo estuviera ahí sin ser español –no lo fui hasta los años 80–. El libro trajo su polémica porque hubo quienes se sintieron ofendidos por no haber sido incluidos, dijeron que la selección la había hecho Gimferrer e incluso Aleixandre. Pero eso no es cierto. Por mi parte, yo me sentía muy identificado con Gimferrer y también con los primeros libros de Carnero, de hecho, para mí, Dibujo de la muerte es el mejor de sus libros. Estaban también Ana María Moix o Leopoldo María Panero, que era ya desde muy joven muy rompedor, con un desparpajo inédito y del que Aleixandre me dijo un día en Velintonia “Oye, llega aquí Leopoldo y me trata de tú. No sé qué se cree. Yo he sido amigo de su padre pero eso no le da derecho” (reímos los dos, creo que cómplices de lo entrañable de la anécdota).

E.L.- Hablemos del lenguaje. Afirmas en Consulado general: “Somos los que se van/ quizás solo somos agua y tiempo/ y lenguaje”. ¿Crees en el lenguaje y cómo ese yo del poeta, esa identidad de la persona poemática solo se revela en la escritura?

M.R.B. – Yo creo que es esa una característica de nuestra generación: el cuidado del lenguaje, porque el yo del poema se construye a través del lenguaje. Además yo tengo influencia de la Cábala, que cree en el poder de la palabra cuando sostiene en una máxima esencial de su pensamiento esotérico: tú no existes, si no tienes nombre. Para poder existir tienes que tener nombre, ergo palabra. El poeta es un dios que da vida en el poema, en realidad el poema es en sí mismo un ser vivo.

E.L.-Al hilo de esto, traigo a colación la creencia de algunos poetas en la supremacía de la escritura poética por lo que tiene de reivindicativa de una conciencia individual y reflexiva que, precisamente por ello, adquiere entidad moral. ¿Cómo ves esa relación entre lo moral y lo estético poético? ¿Para ti, como para Steiner, el hombre que tocaba a Bach por la noche es el mismo que gaseaba a los judíos en el campo por el día?

M.B.- Si, es verdad que hay poetas que moralmente son deleznables. Para mí el caso más claro es el de Ezra Pound, que, sin embargo, me interesó mucho porque  me parece un gran poeta, tan grande como Eliot, pero más atrevido que él porque Eliot era un poeta más conservador. Él tuvo una actuación política detestable con aquellas emisiones de radio que hacía en Italia a favor de Mussolini. Hay otro poeta que también apoyó toda esa ideología, que no tiene la importancia de Pound: D`annunzio, que también me interesó mucho. Sin embargo, hay otros casos en que parece que es irreconciliable la literatura con esa inmoralidad. Yo pienso en Céline, que es un escritor muy apreciado por algunos, que a mí personalmente me repugna precisamente por antisemita. Yo creo que en ocasiones es una cuestión de estómago y yo no tengo estómago para Céline.

E.L.- Parece, por lo que dices, que salvas a Pound y no a Céline.

M.B.-Sí, sí, yo a Pound sí le salvo (sonríe inmensamente). Yo leí un poema ante su tumba en Venecia, en el cementerio de San Michele, en aquella excursión homenaje en bus que organizó José María Álvarez en 1985. Pero cuidado, ese  poema (E. P.: il miglior fabbro, así le llamaba Eliot) es ambiguo, es un homenaje y es una imprecación al tiempo.

E.L.- Ahora, cuando ya estamos nel mezzo del cammin, tu manera de escribir ha variado…

Sí, en Techo del templo y Naipes marcados (que aparecieron juntos bajo el nombre del segundo en Libros del aire, 2010), prácticamente el último poemario que he escrito, hay una especie de concentración de estilo, son los dos muy experimentales porque en ambos juego con pequeños aforismos, pequeñas notas, con frases de otros o apreciaciones sobre lo cotidiano.

E.L.- ¿Cuando sientes nostalgia, de qué o quién sientes nostalgia? Tú dices algo muy rilkeano en Naipes: “La música está siempre presente en toda evocación de la ciudad de mi infancia. Quizá mi verdadera patria”.

M.B.- ¿Nostalgia? Siempre de Buenos Aires –contesta rotundo–, la ciudad de  mi infancia, fíjate que hemos estado allí hace unos meses y ya quiero volver. Esa vez elegí un hotel en el barrio de Palermo, a cincuenta metros de la casa de mi infancia y para mí fue muy emocionante porque aunque el recuerdo pervive siempre, fue un intento de desmitificar la añoranza de la distancia.

E.L.- Así es, habéis tenido un año muy viajero presentando Todas las noches del mundo, tu obra poética completa, que ha sido publicada en Bogotá…

M.B.-  Sí, el libro lo ha publicado el Grupo Editorial Ibáñez, de Bogotá,  especializado en libros jurídicos, que cuenta con una colección literaria, Zenócrate, dirigida por el poeta Fernando Denis. Lo presentamos allí en mayo del año pasado, en la Feria de Bogotá, y presentamos paralelamente mis cuentos completos, también publicados por ellos, Que alguien escriba su verdadero nombre. Y allí había libros –subraya mordaz estas palabras para hacer notar que por razones desconocidas los libros no se está distribuyendo–.  Los libros solo se pueden conseguir en Colombia, no están ni siquiera en Amazon, algo que me resulta incomprensible.

E.L.- Pero no ha sido el único bautizo del libro.

M.B.- Sí, estando en Bogotá me encontré con Alberto Manguel, quien me invitó a presentar el libro en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, presentación que tendría lugar en septiembre pasado a pesar de que Manguel había dimitido poco tiempo antes de la misma. El acto fue muy bonito, y sin libros (de nuevo un gesto burlón asoma en su rostro), solo el que regalé al presentador el que llevaba yo para mí.

E.L.- Y después  llegó la presentación en Madrid…

M.B.- Sí, el círculo Bogotá, Buenos Aires se cerró en Madrid en septiembre del año pasado, así estaba programado y así se hizo a pesar de que con el cambio de gobierno Juan Manuel Bonet, de quien partió la idea, fue sustituido por Luis García Montero al frente del Instituto Cervantes, la entidad convocante. La presentación se transformó en homenaje a mi persona de la mano de Luis Alberto de Cuenca y Jaime Siles. Pero tampoco había libros (lo dice susurrando, sin abandonar el embromamiento en torno al hecho).

E.L.- Hablemos de la amistad. En muchas ocasiones pregunto a amigos míos vinculados a la literatura o al mundo del arte y me suelen contestar que sus verdaderos amigos son los de la infancia. ¿Tú tienes amigos en las disciplinas que has desarrollado?

M.B.- Yo tengo amigos en la poesía y en el arte. Algunos me han salido ranas…

E.L.- Y eso duele…

M.B.- Sí, sí duele, sobre todo cuando eres crítico de arte y escribes cada semana en los medios, tienes muchos amigos; cuando dejas de escribir y ejercer como crítico, todos esos amigos desaparecen para siempre (levanta la voz y subraya esta última palabra enérgicamente).

E.L.- ¿Conservas tus amigos en Buenos Aires?

M.B.- Sí, conservo alguno, pero cada vez menos. Hay amigos de los que te separa la vida –se adentran en su burbuja personal y les ves menos– y hay amigos de los que te separa la muerte. Cada semana prácticamente abandona alguien, estamos en mal momento (aquí se detiene mirando al suelo y, sin que se dé cuenta, intento detectar en sus ojos el tono burlón con el que sé que acostumbra a desafiar al mundo)…

Santander, 14 de enero, 2019

ELDA LAVÍN

Marcos Barnatán:

Como ensayista  ha dedicado, entre otros,  un puñado de libros a Jorge Luis Borges y entre ellos Borges, biografía total (Temas de Hoy, 1996), la biografía definitiva del escritor argentino.

Como narrador ha publicado cuatro novelas –El laberinto de Sión (1971), Gor (1973), Diano(1982) y Con la frente marchita (1989)— y asimismo una serie de relatos que se han reunido en Que alguien escriba su verdadero nombre (Zenócrate, 2017): aquí se encuentran La República de Mónaco (Seix-Barral, 2000) y Errante en la sombra (El Desvelo, 2015).

Como poeta ha publicado entre otros El oráculo invocado (1965-1983) (Visor, 1984), que reúne libros como Los pasos perdidos, premio Adonáis 1968, o Arcana Mayor (Visor, 68); El libro de David Jerusalem (Barcarola, 1992), El techo del templo (antología) (Huerga & Fierro, 1999),  Consulado general ( Tusquets, 2001), Naipes marcados (incluye El techo del templo y Naipes Marcados) (Libros del Aire, 2010) y  Todas las noches del mundo (1965-2015) (Zenócrate, Bogotá, 2017).

Homenaje a Marcos Ricardo Barnatán en el Instituto Cervantes Madrid:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENTREVISTA AL ESCRITOR MARCOS RICARDO BARNATÁN.

La publicación del conjunto de su poesía, Todas las noches del mundo. Poesía reunida (1965-2015) (Zenócrate, Bogotá, 2017), me proporciona una excusa –¿acaso la necesito?–, para acercarme a la figura y a la vida de Marcos Ricardo Barnatán. Para ello me dirijo a su casa de Santander, donde ya en el umbral me recibe con el abrazo de una mirada inmensa y azul como el océano que le separa de su añorada patria Argentina. Me dejo envolver en toda esa calidez mientras nos contempla su inseparable Rosa, titánica Rosa Pereda, que me ofrece su casa y un güisqui antes de retirarse a su estudio. Pretendo acercarme al Barnatán poeta, sabedora de que en muchas de las ocasiones que se le ha entrevistado la atención se ha focalizado en Borges, siendo como es el autor de la considerada como biografía definitiva del también argentino: Borges, biografía total (Temas de Hoy, 1996).

Elda Lavín. – Hoy quiero hablar de Marcos Barnatán el poeta. Y quiero empezar por el principio. Llegas a España en 1965 y te instalas primero en Barcelona y luego en Madrid, donde estudias Filosofía. ¿Cómo son esos años? ¿Cómo recuerdas la España de ese momento?

Marcos Ricardo Barnatán – Sí,  la recuerdo ahora como una España en blanco y negro. Yo llegué a Barcelona en enero del 65, con dieciocho años. Traía algunas direcciones que me había proporcionado un poeta de Buenos Aires, y entre ellas estaba la de Pere Gimferrer en Sanjuanistas, 16. Pedro (así se hacía llamar entonces), que era un año mayor, y yo empatizamos muy bien. Él me hablaba de España y yo le daba sobre todo pistas de literatura argentina, de Borges, de Bioy Casares, de Múgica Láinez. Le fui recomendando libros (los apuntaba en servilletitas de papel) para ir luego a los mayoristas de la ciudad, donde él trataba de conseguirlos.

E.L.- ¿Se conseguían todos los libros entonces?

M.R.B.- No, no todos. Consiguió Bomarzo y consiguió La invención de Morel, de Bioy Casares, pero no a Octavio Paz, de quien yo acababa de estudiar en Buenos Aires Solo a dos voces. Él me pidió mi ejemplar de Libertad bajo palabra, bueno, en realidad me engañó (lo matiza sotovoce con un gesto de inmensa condescendencia burlona y azul en su mirada) bajo el argumento de que “en Madrid lo vas a encontrar sin problemas porque allí hay una librería del Fondo de Cultura Económica”. Yo le dejé mi ejemplar, pero, ay, incauto, luego en Madrid no lo encontré. Y tardé como dos años en volver a comprarlo. Él a cambio me envió dos volúmenes de Jorge guillén, pero es que a mí no me gustaba mucho Guillén (su mirada se vuelve de nuevo inmensa y burlona y con un guiño confiesa)  creo que porque me quitó el de Octavio Paz.

E.L.- Y así es como se fragua un grupo poético…

M.R.B.- Aunque Gimferrer era muy celoso de sus amigos, así se fue fraguando una amistad de poetas jóvenes que más o menos teníamos un mismo espíritu y unos gustos comunes. Así conocí allí en Barcelona a Guillermo Carnero. Luego en Madrid a Antonio Colinas y a Jaime Siles, y mucho más tarde a Luis Alberto de Cuenca y a Luis Antonio de Villena. Se fue formando, sí, una generación (subraya la palabra haciéndome notar la consabida cautela con la que se debe usar este término) que teníamos un faro en Velintonia 3, la casa de Aleixandre. Por su parte, en la facultad de Filosofía conocí también a Fernando Savater, a los poetas Ricardo Lindo y Francisco de Asís Fernández, que fue ministro de la revolución sandinista; y a Félix de Azúa, que se acercaba al bar a visitar a su novia, Virginia Careaga. Yo, que  me quejaba a Gimferrer y le decía “este Madrid es horrible, aquí solo hay  monjas” (la primera fila de mi clase en la universidad estaba llena de unas monjitas que me daban pastillas Juanola), me vi salvado así de aquel Madrid tan gris.

E.L:- Tengo para mí que tú llegaste cargado de otredad. Siempre he tenido la idea de que eres un transterrado, más en el sentido de un homo viator que va de un territorio a otro, de una cultura a otra,  y muy al modo de los viajeros románticos, que ve y  hace ver las cosas desde una mirada nueva, trastocando incluso lo establecido. ¿Estás de acuerdo?

M.R.B. Es posible, sí, porque la atmósfera que había aquí era muy asfixiante en cuanto a literatura; era muy provinciana y nada cosmopolita. Aquí no habían leído, o habían leído poco,  a los poetas extranjeros. Yo con dieciocho años ya  conocía a Ezra Pound, a los poetas franceses e ingleses; y ya aquí  traduje, por ejemplo, aquella Antología de la “Beat Generation” (Plaza y Janés, 1970), una generación prácticamente desconocida. Y es que los poetas aquí se debatían entonces entre la poesía social y la poesía llamémosla pura y parecía que el surrealismo no había existido.

E.L.- Bueno, Aleixandre siempre negó su surrealismo…

M.R.B.- Sí, pero él lo llamaba superrealismo para no decir que era surrealista. De hecho, así, con la denominación “poesía superrealista”, se publicó, pero mucho más tarde, su antología de la mano de Barral editores, en 1971. Digamos, en definitiva, que yo venía con valores distintos y que de alguna manera esos otros valores influyeron en mis compañeros de generación, en unos más, en otros menos. A mí, por ejemplo, no me interesó la poesía de Machado, alguien a quien aquí no tenían por poeta,  sino por santo (dice alargando las sílabas), san Antonio Machado (ríe con ingenuidad de niño que aun a sabiendas de que ha hecho algo malo, sabe que se lo vamos a perdonar). En cambio sí me interesó la poesía de Aleixandre, me interesó Pasión de la tierra  y La destrucción o el amor (1932), esos libros primeros de los que él pareció alejarse después con Historia del corazón: creo que él se acabó contagiando de ese tufo de la poesía de posguerra que yo despreciaba.

E.L.- ¿Qué papel real tuvieron Aleixandre y Velintonia en el grupo?

M.R.B.- Bueno, Vicente en los últimos años estaba enfermo, siempre lo había estado en realidad, y nos recibía de uno en uno; en muy pocas ocasiones recibió grupos. Yo comencé a visitarlo por recomendación de Gimferrer.

E.L.- Una parte de la crítica ha subrayado que treinta años después no ha quedado nada de los novísimos. Guillermo Carnero, en cambio, cree que sí, que lo que dejaron fue un concepto clásico de poesía. ¿Tú qué opinas?

M.R.B.- Bueno, los novísimos fueron una bocanada de aire que trajo Castellet con su idea de reunir en su antología a poetas diferentes, porque desde luego no todos eran iguales. Ahí estaba, entre los senior, Vázquez Montalván, un escritor interesante y gran periodista, cuya presencia se justifica porque era un personaje de la época, pero que como poeta a mí nunca me interesó. Sí me interesó José María Álvarez también entre los senior.

E.L.- Pero suele ocurrir con todos los grupos estéticos y específicamente los poéticos: hay al principio un cierto aire de familia que se diluirá en las evoluciones individuales posteriores…

M.R.B.- El grupo, de entre los que algunos ya eran amigos, fue invención de Castellet. A mí me escribió Carnero –yo entonces tenía muy buena relación con él– para pedirme, a instancias de Catellet, unos poemas para una antología que más tarde supimos se llamaría Nueve novísimos poetas españoles. Barral, el editor del libro, me confesaría años después que el nombre se debió al hecho de que “diez novísimos” sonaba muy mal, además de hacerme notar la pequeña contradicción de que yo estuviera ahí sin ser español –no lo fui hasta los años 80–. El libro trajo su polémica porque hubo quienes se sintieron ofendidos por no haber sido incluidos, dijeron que la selección la había hecho Gimferrer e incluso Aleixandre. Pero eso no es cierto. Por mi parte, yo me sentía muy identificado con Gimferrer y también con los primeros libros de Carnero, de hecho, para mí, Dibujo de la muerte es el mejor de sus libros. Estaban también Ana María Moix o Leopoldo María Panero, que era ya desde muy joven muy rompedor, con un desparpajo inédito y del que Aleixandre me dijo un día en Velintonia “Oye, llega aquí Leopoldo y me trata de tú. No sé qué se cree. Yo he sido amigo de su padre pero eso no le da derecho” (reímos los dos, creo que cómplices de lo entrañable de la anécdota).

E.L.- Hablemos del lenguaje. Afirmas en Consulado general: “Somos los que se van/ quizás solo somos agua y tiempo/ y lenguaje”. ¿Crees en el lenguaje y cómo ese yo del poeta, esa identidad de la persona poemática solo se revela en la escritura?

M.R.B. – Yo creo que es esa una característica de nuestra generación: el cuidado del lenguaje, porque el yo del poema se construye a través del lenguaje. Además yo tengo influencia de la Cábala, que cree en el poder de la palabra cuando sostiene en una máxima esencial de su pensamiento esotérico: tú no existes, si no tienes nombre. Para poder existir tienes que tener nombre, ergo palabra. El poeta es un dios que da vida en el poema, en realidad el poema es en sí mismo un ser vivo.

E.L.-Al hilo de esto, traigo a colación la creencia de algunos poetas en la supremacía de la escritura poética por lo que tiene de reivindicativa de una conciencia individual y reflexiva que, precisamente por ello, adquiere entidad moral. ¿Cómo ves esa relación entre lo moral y lo estético poético? ¿Para ti, como para Steiner, el hombre que tocaba a Bach por la noche es el mismo que gaseaba a los judíos en el campo por el día?

M.B.- Si, es verdad que hay poetas que moralmente son deleznables. Para mí el caso más claro es el de Ezra Pound, que, sin embargo, me interesó mucho porque  me parece un gran poeta, tan grande como Eliot, pero más atrevido que él porque Eliot era un poeta más conservador. Él tuvo una actuación política detestable con aquellas emisiones de radio que hacía en Italia a favor de Mussolini. Hay otro poeta que también apoyó toda esa ideología, que no tiene la importancia de Pound: D`annunzio, que también me interesó mucho. Sin embargo, hay otros casos en que parece que es irreconciliable la literatura con esa inmoralidad. Yo pienso en Céline, que es un escritor muy apreciado por algunos, que a mí personalmente me repugna precisamente por antisemita. Yo creo que en ocasiones es una cuestión de estómago y yo no tengo estómago para Céline.

E.L.- Parece, por lo que dices, que salvas a Pound y no a Céline.

M.B.-Sí, sí, yo a Pound sí le salvo (sonríe inmensamente). Yo leí un poema ante su tumba en Venecia, en el cementerio de San Michele, en aquella excursión homenaje en bus que organizó José María Álvarez en 1985. Pero cuidado, ese  poema (E. P.: il miglior fabbro, así le llamaba Eliot) es ambiguo, es un homenaje y es una imprecación al tiempo.

E.L.- Ahora, cuando ya estamos nel mezzo del cammin, tu manera de escribir ha variado…

Sí, en Techo del templo y Naipes marcados (que aparecieron juntos bajo el nombre del segundo en Libros del aire, 2010), prácticamente el último poemario que he escrito, hay una especie de concentración de estilo, son los dos muy experimentales porque en ambos juego con pequeños aforismos, pequeñas notas, con frases de otros o apreciaciones sobre lo cotidiano.

E.L.- ¿Cuando sientes nostalgia, de qué o quién sientes nostalgia? Tú dices algo muy rilkeano en Naipes: “La música está siempre presente en toda evocación de la ciudad de mi infancia. Quizá mi verdadera patria”.

M.B.- ¿Nostalgia? Siempre de Buenos Aires –contesta rotundo–, la ciudad de  mi infancia, fíjate que hemos estado allí hace unos meses y ya quiero volver. Esa vez elegí un hotel en el barrio de Palermo, a cincuenta metros de la casa de mi infancia y para mí fue muy emocionante porque aunque el recuerdo pervive siempre, fue un intento de desmitificar la añoranza de la distancia.

E.L.- Así es, habéis tenido un año muy viajero presentando Todas las noches del mundo, tu obra poética completa, que ha sido publicada en Bogotá…

M.B.-  Sí, el libro lo ha publicado el Grupo Editorial Ibáñez, de Bogotá,  especializado en libros jurídicos, que cuenta con una colección literaria, Zenócrate, dirigida por el poeta Fernando Denis. Lo presentamos allí en mayo del año pasado, en la Feria de Bogotá, y presentamos paralelamente mis cuentos completos, también publicados por ellos, Que alguien escriba su verdadero nombre. Y allí había libros –subraya mordaz estas palabras para hacer notar que por razones desconocidas los libros no se está distribuyendo–.  Los libros solo se pueden conseguir en Colombia, no están ni siquiera en Amazon, algo que me resulta incomprensible.

E.L.- Pero no ha sido el único bautizo del libro.

M.B.- Sí, estando en Bogotá me encontré con Alberto Manguel, quien me invitó a presentar el libro en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, presentación que tendría lugar en septiembre pasado a pesar de que Manguel había dimitido poco tiempo antes de la misma. El acto fue muy bonito, y sin libros (de nuevo un gesto burlón asoma en su rostro), solo el que regalé al presentador el que llevaba yo para mí.

E.L.- Y después  llegó la presentación en Madrid…

M.B.- Sí, el círculo Bogotá, Buenos Aires se cerró en Madrid en septiembre del año pasado, así estaba programado y así se hizo a pesar de que con el cambio de gobierno Juan Manuel Bonet, de quien partió la idea, fue sustituido por Luis García Montero al frente del Instituto Cervantes, la entidad convocante. La presentación se transformó en homenaje a mi persona de la mano de Luis Alberto de Cuenca y Jaime Siles. Pero tampoco había libros (lo dice susurrando, sin abandonar el embromamiento en torno al hecho).

E.L.- Hablemos de la amistad. En muchas ocasiones pregunto a amigos míos vinculados a la literatura o al mundo del arte y me suelen contestar que sus verdaderos amigos son los de la infancia. ¿Tú tienes amigos en las disciplinas que has desarrollado?

M.B.- Yo tengo amigos en la poesía y en el arte. Algunos me han salido ranas…

E.L.- Y eso duele…

M.B.- Sí, sí duele, sobre todo cuando eres crítico de arte y escribes cada semana en los medios, tienes muchos amigos; cuando dejas de escribir y ejercer como crítico, todos esos amigos desaparecen para siempre (levanta la voz y subraya esta última palabra enérgicamente).

E.L.- ¿Conservas tus amigos en Buenos Aires?

M.B.- Sí, conservo alguno, pero cada vez menos. Hay amigos de los que te separa la vida –se adentran en su burbuja personal y les ves menos– y hay amigos de los que te separa la muerte. Cada semana prácticamente abandona alguien, estamos en mal momento (aquí se detiene mirando al suelo y, sin que se dé cuenta, intento detectar en sus ojos el tono burlón con el que sé que acostumbra a desafiar al mundo)…

Santander, 14 de enero, 2019

ELDA LAVÍN

Marcos Barnatán:

Como ensayista  ha dedicado, entre otros,  un puñado de libros a Jorge Luis Borges y entre ellos Borges, biografía total (Temas de Hoy, 1996), la biografía definitiva del escritor argentino.

Como narrador ha publicado cuatro novelas –El laberinto de Sión (1971), Gor (1973), Diano(1982) y Con la frente marchita (1989)— y asimismo una serie de relatos que se han reunido en Que alguien escriba su verdadero nombre (Zenócrate, 2017): aquí se encuentran La República de Mónaco (Seix-Barral, 2000) y Errante en la sombra (El Desvelo, 2015).

Como poeta ha publicado entre otros El oráculo invocado (1965-1983) (Visor, 1984), que reúne libros como Los pasos perdidos, premio Adonáis 1968, o Arcana Mayor (Visor, 68); El libro de David Jerusalem (Barcarola, 1992), El techo del templo (antología) (Huerga & Fierro, 1999),  Consulado general ( Tusquets, 2001), Naipes marcados (incluye El techo del templo y Naipes Marcados) (Libros del Aire, 2010) y  Todas las noches del mundo (1965-2015) (Zenócrate, Bogotá, 2017).

 

Homenaje a Marcos Ricardo Barnatán en el Instituto Cervantes Madrid:

 

 


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Un poema de Maite Rivera

Navego con los atunes

Soy su cabeza

Mientras, el cordón metálico de la bandera enhiesto

Tremola contra el viento infinito del Atlántico

Y avanzo, avanzo siempre

Cuánto te amo y sin embargo

Sólo veo muerte en este mar de mudos rumbos

Asomo mi cabeza de pez

Es el sol quien me amenaza

Debajo, la paz del frío. Pero aún

no quiero olvidar

Avanzo, avanzo siempre