LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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HISTORIAS DE MAZCUERRAS III

DE “NIÑA DE LUZMELA” A “DONCELLA DE MAZCUERRAS”

 
Soy una persona natural del pueblo de Mazcuerras y aunque ya no vivo en él, siempre me
acercaba a rememorar viejos tiempos. Era un pueblo que no cambiaba, que se iba
muriendo poco a poco, como muchos otros, pocos cambios en los últimos cien años. Una
tarde de verano, me acerqué como siempre a hacer una visita, pero ésta vez, cuando
entraba hacia el pueblo, me sorprendió un foto a tamaño natural de mis abuelos, puestos
en la pared de un vecino y con un texto que explicaba lo que habían representado en la vida
de este pueblo, me estremecí, ¿como sabían eso de mis abuelos?.
Me acerqué al bar y me indicaron que me diera una vuelta por todo el pueblo y viera lo que
había ocurrido. Cuando llegué a la plaza que llamamos La Castañera, lo primero que veo es
un árbol lleno de poesías y dedicado a Paulino, un buen vecino, yo no sabía que este
hombre escribiera trovas y poemas tan bonitos. Alzo la vista y veo que en la boleruca hay
una serie de obras de arte, cuando me acerco a los plátanos del paseo me cuesta entender
los textos que están colgados de ellos. Leo una placa que dice que se trata de un homenaje
a los sefardíes que siguen manteniendo la lengua judeo-española.
Decido pasar por la ermita de San Pedro y veo una delicada y bonita intervención artística,
sigo paseando y voy por La Jomaiza hasta Las Coteras, allí veo una crisálida que pende de
un roble, me deja boquiabierto.
Me dicen que vuelva al pueblo y que vaya al barrio de Sobarriba, cuando llego me deja
fascinado el fresno que plantó José, allá por 1930, espléndidamente adornado con docenas
de poesías que los japoneses llaman “haikus”, alguno de ellos puestos en el idioma de los
ciegos sobre el propio árbol.
No puedo comprender nada, éste era un pueblo como muchos, que estaban siendo
invisibles para mucha gente y ahora me lo encuentro engalanado con obras de arte.
Cuando vuelvo al pueblo y antes de llegar a la bolera, me da un pasmo, veo a cuatro
cartujos ascendiendo por la pared de un bonito jardín, que impresionantes.
Sigo por la bolera abajo y no me puedo creer lo que veo, dos hermosos árboles que hay
delante de la antigua tienda de Joaquín la han convertido un grupo de mujeres del pueblo
en ”árbolas”, como me gusta esta obra, que bien hecha está.
Delante de lo que eran los contenedores de basura, veo ahora una obra de arte sobre un
gavión con maderas en el interior, han cambiado la basura por arte.
Decido acercarme a la estatua de Concha Espina para ver si allí ha ocurrido algo y
efectivamente, a mí me parece que está muy contenta con lo que está suponiendo todo ello
para el pueblo y noto como que me quiere enseñar algo que está detrás de ella.
Miro con fascinación y mis ojos no dan crédito, veo una escultura de más de dos metros
hecha de una sola pieza de roble que me deja aún más boquiabierto, leo lo que el artista
Jose Antonio Andrés ha escrito sobre ella y empiezo a comprender algo. Comprendo que
Concha Espina esté feliz de que su pueblo se inunde todos los años con obras de arte, de
que la gente que se acerca al pueblo lo disfruta siendo muy respetuosa con el mismo y que
su “Niña de Luzmela” se haya convertido en una “Doncella de Mazcuerras” preciosa y
digna de admirar.
Su niña y su pueblo han crecido.

 

ALBERTO VILLANO

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La montaña majestuosa

 

En un cálido día de verano asoma la cima de la montaña majestuosa, mirándonos desde arriba con curiosidad. Esta montaña ha estado aquí desde el principio de los tiempos y ha visto desfilar por su falda todo tipo de criaturas. Y hete aquí que ahora estamos nosotros, contemplando la montaña escarpada desde la orilla del mar, donde nos encontramos, divisando nieve en la cima.
A lo largo del día las nubes chocan y se arremolinan en la cumbre, impidiendo ver la totalidad de la montaña. En otras ocasiones las nubes se disipan y sólo se ve el sol del mediodía por encima de la montaña, contemplándonos; nos hace sentir humildes y frágiles y también como parte de la Creación, de alguna manera unidos y conectados unos con otros y unidos a la montaña.

Si en algún momento te pierdes en tu camino te puedes orientar viendo la posición que ocupas en relación a la montaña. También es muy sano subir a la cima de la montaña y ver el mundo con sus ojos: te cambia la perspectiva de las cosas.

Abel Santoveña Fernández


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De Don Juan Benet y “su” Torre de Babel, por Mariano Gómez de Vallejo

Brueghel-tower-of-babel.jpg

Pieter Brueghel el Viejo. La Torre de Babel. 1563
Renacimiento Flamenco (Óleo sobre tabla de roble, 114×154)

Hará un año, más o menos, que Manolo Messía, (a quien conozco desde aquel París de mediados los 70… época de “la presocrática agustiniana garciacalvista” Boule d’Or etc.) me propuso participar en un pequeño homenaje conmemorativo a Juan Benet dado que se cumplían 25 años de su fallecimiento haciéndolo coincidir con la exposición de su hijo Eugenio Benet. Ya entonces le advertí que yo no era un gran conocedor de la obra de Benet; no por prejuicio alguno, si no porque cada lector tenemos una deriva que nos lleva a concatenar lecturas en la dirección que las mismas nos van marcando. Hace años que, salvo en contadas excepciones, prácticamente dejé la novela, no por menosprecio del género, si no porque ya no encontraba el necesario tiempo, o espacio… (espacio/tiempo, como ya anticiparía Leibniz …) para enfrascarme en su lectura, teniendo en “lista de espera” montañas (bueno esto es un poco exagerado), pilas, digamos, de libros relativos a mis consolidadas inquietudes; de ahí que nunca hincase el diente al narrador “faulkneriano” por antonomasia, al autor de “Volverás a Región”, un error imperdonable pues, probablemente bajo las aguas de uno de los pantanos leoneses que construyó, vagan los fantasmas de una parte de mis antepasados. Lo que si tengo son las solventes opiniones de algunos de sus discípulos, como entre otros es el caso de mi admirado Felix de Azúa, quien le tiene como uno de sus maestros. En cierta ocasión, –hablo aquí de memoria–, Azúa reconoció a sus tres indiscutibles maestros y amigos: Agustín García Calvo como lírico, Rafael Sánchez Ferlosio como gramático y Juan Benet como narrador. Sería precisamente Ferlosio quien aseguraría a Benet como gran estilista y genuino renovador de la prosa castellana. Sería este quien desmarcándose del “escolástico” realismo social, la tendencia cuasi obligada de su momento, inauguraría una nueva vía a la literatura, próxima a la generación del 50, si bien como digo salvando su distancia, su peculiaridad única; digamos que parece que él es de esa generación por época, por sus amistades literarias y consabidamente etílicas (Juan García Hortelano, Ángel González, Claudio Rodríguez, Barral etc.) pero que no está, dada su inmarcesible obra, en la misma. Pero como aquí hablo de oídas, o de leídas habría que decir más bien, paso a una aproximación más directa.

Digamos que conocí a Benet, o mejor creo que lo entreví al coincidir casualmente en uno de los cafés de referencia de esa época: “El Gijón”. “Ahí está Benet” me dijeron, con su habitual whisky a mano compartía aquellas tertulias, entonces para mí una vaga resonancia. De su carácter mordaz hay testimonios sobrados y no hay peor mezcla (o mejor, según se mire…) que una persona de lengua ágil e inteligencia sobrada para desarmar verbalmente a cualquiera. Pero ahora, con la distancia suficiente y los testimonios conocidos, pienso que quizás, en el fondo, fuera un dandy, que cultivase esa artística imagen de si…

Para poder hablar un poco de él, en lo que a mí me atañía encontré un nexo. Hacía bastantes años leí con auténtica fruición el ensayo “La construcción de la torre de Babel”. Ensayo al que acompañaban otros dos para así –imagino– y no solo, poder paginar suficientemente el librito. Me hice con el ejemplar al poco de salir (Siruela 1990) pues me interesaba sobremanera el tema y la curiosidad de cómo el autor se había acercado al mito, fundacional donde los haya, de nuestra civilización de origen caldeo. Se valía para ello con un comentario sobre la más famosa de las representaciones del mismo: la magnífica pintura de Pieter Bruegel der Ältere, Pieter Brueghel el Viejo, guardada en Viena.

Si es que alguno aún no la conoce al natural, decir que en el Ring de Viena, el gran paseo circular que caracteriza el urbanismo vienés (en sustitución de su antigua muralla) se encuentran, entre otras cosas no menos remarcables, dos soberbios edificios de estilo neorenacentista, gemelos, simétricos podría decirse. Uno es el Naturhistorisches Museum Wien, El Museo de Historia Natural de Viena y el otro, aún más destacado, el Kunsthistorisches Museum Wien, El Museo de Historia del Arte de Viena. Sólo por curiosidad diré que en el primero se encuentra una de las más famosas venus: La Venus de Willendorf, la veladamente misteriosa (por su extraño tocado velo-red…), venus paleolítica (de datación 28.000 y 25.000 a. C). Que sorprenderá al visitante, acostumbrado a verla reproducida e imaginada más grande, por su diminuto tamaño, que pareciera no corresponderse con su enorme fama. En el museo adyacente se guarda lo que nos trae y en la que reparó el autor “La Torre de Babel” en la versión más conocida de su representación. Creo que esta obra sería perfectamente encuadrable en el género de la arquitectura imaginaria. Símbolo y mito universal, su valor metafórico es su lenguaje.

Benet, conocedor de los maestros pioneros del estudio y la crítica mitológica como Max Müller, fundador de la mitología comparada, o el antropólogo cultural James G. Frazer; así como de los pensadores fundadores de la crítica de arte moderna, como quien dice sus inventores, como Alois Riegl y su concepto del Kunstwollen (“voluntad de arte”, energía espiritual para tal fín, que podríamos relacionar con el concepto de Zeitgeist o espíritu de la época)”, o el filósofo y antropólogo Cassirer con su “Filosofía de las formas simbólicas”, autores citados por el mismo.
Comúnmente se confunde cultura con erudición y nada menos cierto. Erudito es quien atesora, almacena mejor, ficheros de meta datos y culto es aquel que movido por la curiosidad, o el interés particular, se adentra y profundiza en sus temas predilectos, independientemente de su vastedad. Algo más acertado quizás sería aplicar la figura del connaisseur. Se nota que nuestro autor conoce, tiene una idea de lo que habla, pero además relaciona, repiensa y la sitúa en su época dando con las claves de su génesis y descripción formal… Aporta, en definitiva, con gran solvencia su propia visión. Recordar, de paso, que nuestro autor también fue pintor, de género naval sobre todo.
En la lectura de esta obra, de tanto en tanto, tropezamos, al menos yo, por lo depurado de su lenguaje, con alguna cortapisa. Hay que echar mano con frecuencia del diccionario debido al manejo de cultismos (incluso una de las palabras empleadas “cuchí”, aplicado a la terminología de la construcción, se me ha resistido, incluso recurriendo a mis –ya en cierto desuso melancólico– clásicos diccionarios en papel como el María Moliner). Al igual que Flaubert, Juan Benet se afanó en aplicar le mot juste -la palabra justa- la palabra precisa, exacta.
No se nos olvida que fue un ingeniero de caminos de sólida formación; y en una época en la que dicho título tenía un rango similar al generalato. De ahí que en dicho ensayo uno tiene la impresión de que ha evacuado un meticuloso informe: se adentra y profundiza, desentraña la imagen, casi la disecciona como un forense recordándonos acertadamente su analogía con aquellas representaciones de los maestros anatomistas, aplicándose para ello con el bagaje de su vasta cultura humanística y la herramienta técnica para esa “lección de anatomía” constructiva. Si con su ojo entrenado nos describe los ingredientes y claves de todos los aspectos de la construcción detectados en la representación, rastreando sus influencias arquitectónicas y sus incongruencias, nos desvela el artificio ilusionista: nos descubre su entrampada perspectiva, su engañosa estructura telescópica y helicoidal a la vez; en fin, su tramoya y teatralidad. La Babel de El Viejo Brueghel encajaría a la perfección en el catálogo de la arquitectura fantástica. Pero este engaño es intencionado por parte del pintor, genialmente propagandístico. Hablemos del mito en este contexto.

Hubo varios renacimientos: conocemos como tal al Italiano; pero existe el nórdico, que engloba el Alemán, el Flamenco y los anteriores, aún menos conocidos como tales, Los Renacimientos Carolingios (1) (siglos VIII-IX). Y sí que hay diferencia. Y en el caso que nos trata la diferencia norte sur no es sólo estilística, es religiosa, es ideológica. Lutero (el gran propagandista, que fuera admirado también por Hitler) con su nueva arma la imprenta, se alza contra el papado, el protestantismo contra Roma. La obra aparece en el espíritu de la Reforma, a la que se contrastará más tarde la reacción de la Contrareforma.
Benet entendió perfectamente el mensaje, la actualización del mito. Sabemos que era un gran lector de la Biblia, pero no una cualquiera la suya era la traducción directa del original griego y hebreo, la Biblia de Casiodoro Reina (2), aquí conocida como La Biblia del Oso, la biblia que se convertiría en canónica para los protestantes (y que por los pelos no costó la hoguera al traductor quien tuvo que huir y exilarse continuamente para no caer en los largos tentáculos de la Inquisición). Sería, naturalmente, de esta de la que se valiera el autor para la inevitable cita del Génesis:

Era entonces toda la tierra de una lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que, como se partieron de oriente, hallaron una vega en la tierra de Shinar, y asentaron allí. Y dijeron los unos a los otros: Vaya, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y fuéles el ladrillo en lugar de piedra, y el betún en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un lenguaje: y han comenzado a obrar, y nada les retraerá ahora de lo que han pensado hacer. Ahora pues, descendamos, y confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.

Nos dice Benet:
“Babel, como toda utopía, no es tanto una réplica al proyecto divino como una expropiación del mismo, no tanto una contrarreligión (3) cuanto una preterreligión que incómoda con la idea de relegar la oferta divina a un futuro incierto y no testimoniado se esfuerza en actualizarla en un presente que sin duda pasará pronto a un bien cimentado e indestructible pasado.” (sic)

Ciertamente el mito babélico tiene mucho de utopía, no solo consiste en alcanzar los cielos si no, retando al antiguo Dios, organizar una nueva sociedad. En la torre de Brueghel se ve que es eso, por su tamaño y proporción será en su verticalidad toda una ciudad, una nueva sociedad. La Ciudad de Dios agustiniana, la Nueva Jerusalem; pero en la blasfemia. La torre está de por sí, visto su proyecto y técnica constructiva, de clara reminiscencia romana condenada a su colapso. Pero, at last but not least (por último pero no menos importante) esta otro de los factores inscritos en el mito que definitivamente marcan su final…
Como sabemos Lutero tradujo al alemán la Biblia. Hay un estupendo artículo de Felix de Azúa sobre el tema:

La literatura europea moderna nace a finales del renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. En España no hemos tenido un texto bíblico como modelo literario.
En este sentido puede decirse que Lutero inventa el alemán literario al ingeniar una síntesis de gran belleza. Su influencia sobre Herder, Lessing, Goethe o Nietzsche, proclamada por ellos mismos, llega hasta las jeremiadas bíblicas de Bernhard. –Sigue diciéndonos Azúa–Escritores como Melville o Faulkner serían inconcebibles de no contar con esta fuente siempre conspicua. Autores de muy distinta musicalidad, como Dickens, Joyce o Jane Austen, son también hijos de tan asombrosa obra de arte literario.
(Recordar que tanto Bernhard como Faulkner fueron autores de referencia para J. Benet)

Volvamos a Babel. Benet nos descubre ese otro mito inexorablemente encastrado en el blasfemo proyecto, el ya caducado mito del “Ursprache” (la primitiva lengua única universal, similar a la creencia de la lengua adánica). En su intuición analítica el autor ve esa lengua universal y opresiva en clara analogía con el eclesiástico latín impuesto en la doctrina por el romanizado cristianismo. Dios castiga la arrogancia del hombre y hace que la torre fracase ya no solo desde su arquitectura, si no también en la vana prosecución de su proyecto irremediablemente condenado como remate por la confusión de lenguas, por la multiplicidad de estas que serán ya expelidas por el orbe. Gana la voz de los pueblos frente a la univocidad de la divina, digamos que la divinidad aterriza dando la base de la nueva sociedad.

Recomiendo la lectura de este ensayo que trasciende, en su lúcido análisis integral, la mera crítica de arte convencional, adocenada  o historicista.

Han pasado los años… Me pregunto: ¿Qué hubiera sido si Don Juan Benet hubiera sabido de las modernas torres caídas? ¿por qué nos afectó tanto la destrucción de las Twin Towers? Más que por los muertos y el desastre en sí, creo que fue porque los yihadistas repitieron el castigo bíblico. En ese momento entendí que su objetivo era el símbolo. La nueva Babel (como Roma para Lutero) constituía lo que colmataba a la perfección su ira. Frank Lloyd Wright concibió su One Mille Tower (un proyecto de 1956…), un rascacielos de una milla de altura. Basándadose en este mismo diseño (digan lo que digan sus autores…) en Dubai se alza el Burg Arab, más tarde, multimillonario donativo mediante, denominado Burj Khalifa. Otro sinsentido que desde los mismos desiertos monoteístas (4) quiere rascar el cielo. Imagino que Juan Benet, si hubiera llegado a conocer las susodichas torres, a buen seguro nos las hubiera citado en su ensayo, o hubiera hecho un gran artículo de fondo.

                                                                                                          Mariano Gómez de Vallejo
Mortera, 23 diciembre de 2018

[1] Definición acuñada por Jean-Jacques Ampère, el fundador de la literatura comparada.
[2] Casiodoro de Reina trabajó durante doce años en su preparación. Su traducción empezó en 1565, y ya cuando había traducido el Antiguo Testamento del Hebreo (habiendo usado la Biblia Hebrea y la Biblia de Ferrara como apoyo lingüístico), pero el proyecto fracasó y Reina tuvo que esperar otros dos años para ver su preciosa biblia, al fin impresa. Se publicó en BasileaSuiza, el 28 de septiembre de 1569.2​ Se colocó una ilustración de un oso, logotipo del impresor bávaro Matthias Apiarius, para evitar el uso de iconos religiosos, ya que en aquel tiempo estaba prohibida cualquier traducción de la Biblia a lenguas vernáculas.1​ (Wikipedia)
[3] « Contrarreligión y preterreligión », así con doble erre, no son erratas son palabras concepto acuñadas por los historiadiores de las religiones comparadas, como es el caso de Jan Assmann: “La contrarreligión es un estado de agregación, en el cual una religión no puede mantenerse de manera consecuente durante largo tiempo” (La distinción mosaica. Ed. Akal, 2006))
[4] Ernest Renan « Le désert est monothéiste » ( Histoire générale et système comparé des langues sémitiques. 1855).