LA TIENDA DEL KIRGUISE

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Los Carnavales vuelven a celebrarse

LOS CARNAVALES VUELVEN A CELEBRARSE

carnaval
Para este mes de febrero se me ha ocurrido escribir sobre mi recuerdo del regreso de los Carnavales a Santander.  Yo, de los Carnavales, sabía lo que había oído y lo que me habían contado: que era una fiesta que el régimen franquista había prohibido al inicio de la Guerra Civil, y poco más. Febrero era un mes gris, antipático, donde no había nada que celebrar o de donde tomar un poco de aire, olvidando la rutina;  y así la novedad que era el Carnaval nos proponía eso, salir de lo cotidiano y obtener un poco de diversión. Las tiendas cambiaban la fisonomía de sus escaparates y nos ofrecían toda una gama de artículos y complementos para ir bien equipados durante el Carnaval: disfraces, caretas y complementos para disfrutar de la mascarada.
En nuestro caso, el de los chavales del barrio, me temo fuimos poco originales: se nos ocurrió disfrazarnos de la típica gran familia española de los años 70: juntos los abuelos, los padres y los hijos, con lo cual, a la hora de elegir el vestuario, aunque tuvimos que rebuscar un poco en los baúles, conseguimos unos modelos más que dignos para la ocasión. Y de esa guisa participamos en nuestro primer desfile de Carnaval, que estuvo pasado por agua: llovió durante todo el desfile; tal es así que nada más concluido tuvimos que irnos en busca de ropa seca, al abrigo del calor de casa.
Recuerdo que en la Segunda Alameda, a la altura del edifico de Ministerios, se instaló un templete, donde durante todo el fin de semana se estuvieron sucediendo distintos actos, aunque lo que más recuerdo fueron las celebraciones de las Verbenas, a cargo de un grupo de música del momento (la música de los ochenta), disfrazados de distintas maneras: era algo distinto, nunca visto, y a mí me llamaba poderosamente la atención.

Sin duda vivir el primer Carnaval supuso una experiencia nueva, sensaciones jamás vividas que me crearon muchas expectativas para las próximas ediciones que estaban por venir.

Juan Fco. Diéguez Machargo.

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Cuatro poemas de Ángela Troyano

Hay días (I)

Hay días que me agarra
la perra llantina.
Es una especie de mascota,
buena compañera,
discreta oradora,
amiga tranquila,
solitaria a ratos.
Mujer fuerte, libre, adulta,
busca hueco tranquilo,
soleado y discreto
para hincharse a llorar.
Hay días (II)

Hay días que echo de menos
no tener branquias.
La ciudad rezuma,
siento el cuerpo licuarse,
la mente fluir.
Líquido el cuerpo,
líquido el alma,
líquida la pena.
Surgen oleadas frías,
el suelo me absorbe,
creo que una alcantarilla
puede desaparecerme
directa al mar.
La bahía engulle la ciudad.
Sola al aire
meciendo las pestañas
en agua de cielo
y espuma de azul.
Hay tardes (I)

Hay tardes
locas por un café.
Palabras al aire
con risas en clave.
Pensamientos puzle
encajando casi sin volar.
Cruzando ironías
un único manto
de complicidad.
Amigas.
A Margot e Isabel, 2018.

Hay tardes (II)

Hay tardes de mar.
Contra una esquina azul
paseo la mirada.
Lenta, llego al borde.
Si giro, me pierdo.
Continuar es vacío.
El regreso no es posible.
Sobre una línea
me equilibro.
Mi suerte,
mi tiempo,
mi luz.
ÁNGELA TROYANO CESTELO


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HISTORIAS DE MAZCUERRAS I

¿EXISTE UNA PLAZA DEDICADA A LOS HÚSARES QUE COMBATIERON
CONTRA LOS SOLDADOS DE NAPOLEÓN?
Sí, aún existe en el pueblo, se descubrió en el pasado año 2016. Ya se había
borrado de la memoria de todos los vecinos, los viejos del lugar no daban crédito,
aunque estaba un tanto difusa la inscripción, permanecían sus letras en color rojo.
Estaba en el centro del pueblo y nadie lo sabía.
Por qué esta extraña inscripción “PLAZA DE LOS HÚSARES”, ¿quiénes eran
esos húsares?, sonaba a soldados rusos o similar, ¿habían pasado estos húsares por
el pueblo en algún momento de nuestra historia? ¿o no eran soldados?.
La respuesta vino pronto y de la mano de nuestro historiador local que nos
enseñó un poco de nuestra historia de hacía 200 años.
Corría el año de 1811, los soldados de Napoleón se habían hecho dueños de la
ribera izquierda del río Saja a su paso por este valle. los soldados españoles se
atrincheraban en el pueblo de Mazcuerras. Se pedía ayuda para poder combatir a los
franceses que estaban en Cabezón.
Al frente de los soldados españoles se encontraba un capitán natural del pueblo
de Mazcuerras que se llamaba Vicente Glez. Campa, acompañado por el teniente
Joaquín Velarde, hermano del héroe del 2 de Mayo, Pedro Velarde, en su famoso
levantamiento contra los franceses de Napoleón en Madrid.
Vicente González Campa, fué el padre del primero de los que en el pueblo
llamaban “los millonarios”, pero él en esos momentos se dedicaba a la guerra contra
los franceses y era muy conocido su expediente de batallas contra ellos en diversos
lugares del norte de España.
Nadie de nosotros conocíamos que en el puente de Santa Lucía, el día 17 de
Marzo de 1811 tuvieron los dos bandos una importante batalla, en la que nuestro
afamado Vicente, cayó malherido en su brazo derecho, de tal suerte, que se le quedó
inutilizado de por vida.
Posteriormente el famoso héroe del 2 de Mayo de Madrid, Velarde, tuvo una
sobrina que se llamaba Patricia Velarde viviendo en el pueblo. ¿Sería esta mujer hija
de Joaquín Velarde?. Se sabe que ella vendió su casa a D. Pedro Fernández Campa,
que estaba exactamente donde se construyó el actual palacio de “Las Magnolias”.

 

ALBERTO GUTIÉRREZ HOYOS


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Disgresiones I. TUCULCHA Y DIONISOS

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Tuculcha o Charun. Tumba etrusca de Anina. 

 

TUCULCHA Y DIONISOS

 

Me pregunto por qué es tan terrible el rostro de Tuculcha en los frecos etruscos. Su cabellera pelirroja, agitada por el viento gélido que exhalan los sepulcros subterráneos, es tan larga y abundante como la de una mujer. Tiene los labios obscuros, y dos colmillos como de jabalí emergen y se encajan cuando grita desde su carro veloz, un carro equivalente al esquife de Caronte.

Los etruscos no se hicieron ilusiones sobre la muerte, ni sobre el carácter de sus dioses. Compartieron esa pena, perpleja y resignada al mismo tiempo, con todos los pueblos antiguos, sus rivales y al mismo tiempo admirados griegos primero y más tarde los romanos, antaño hijos y luego liquidadores del magno ciclo de su cultura. Los dioses eran para todos ellos, en realidad, los mayores enemigos: dispensadores de la muerte, de la venganza ante una hybris buscada o no, de las mayores recompensas y las más terribles laceraciones.

La muerte estaba en todas las cosas, agazapada en cualquiera de las edades, como una posibilidad cierta, absolutamente determinante. Y puesto que la muerte alentaba en todo, también lo hacían los dioses, en cada ocasión, cada dilema, cada acto y objeto. Un inmenso concierto de voces y presagios gravitaba sobre cada existencia, por ello tan fútil y poco preciosa. La vida de ultratumba amplificaba por lo tanto lo que ellos ya sabían de la existencia terrena: el olvido era parte de un ciclo, siempre renovado y siempre inclemente. Las claves engarzadas en la memoria de los vivos se hacían incomprensibles al otro lado de la Estigia. Nada de lo existente en lado vital de su rivera conservaba un sentido, se justificaba en el páramo yermo de la existencia mortuoria.

No es extraño que los misterios de Dionisos arraigaran profundamente, como liana de salvación, clavo ardiente de las búsquedas desesperadas de sentido de toda una generación, enriquecida por el comercio y sumamente orientalizada. El hermoso dios, amigo del hombre, falsamente identificado con la ebriedad, fue en origen una deidad vegetativa y luminosa, oferta él mismo de una mística elevada de contacto con lo inefable, éste último bien alejado de las miserables y demasiado humanas personalidades de los dioses mitológicos. Como volvería a suceder unos siglos más adelante, en torno al cambio de era, en este momento previo a la decadencia política de los grandes señores del Lacio y la Tirrenia, una nueva visión de lo que podía, DEBÍA ser la existencia ultraterrena, más moral, más reparadora, más alegre, canalizada por la adoración a Dionisos, comienza a imponerse, a ser exigida por, primero las élites, y luego, en natural movimiento de evergetismo, por el común del pueblo etrusco.

Contemplo los frescos maravillosamente conservados. Bajo la tierra, las danzas extáticas se suceden en el calor del symposio. La eternidad, como dijo Zbigniew Herbert, es una larga reunión amorosa, el banquete que nunca termina bajo las estrellas. Los esclavos conducen alegres y desnudos las jarras para la libación junto al lecho del difunto. Los atributos de la caza y el ocio se muestran desganadamente apoyados, abandonados sólo por un momento, en el pabellón engalanado. Los pájaros y las flores componen una larga tarde de verano. Si la muerte ya no existe, los dioses tampoco.

Pero aquella liberación es sólo temporal. El cerco bélico se estrecha y comienza la caida de las ciudades etruscas, antaño orgullosas y prósperas. Los dioses arcanos regresan para reclamar el miedo, que es sólo suyo. Tuculcha se muestra ahora más demoníaco, abraza a las almas aterrorizadas en los frescos funerarios con garras más feroces. En las necrópolis, los acantilados albergan puertas inmensas y pesadas que conducen a auténticos hormigueros de lechos mortuorios, sin adornos, sin sillas ni menajes tallados, más pudrideros que casas para la eternidad. Y en las tumbas individuales o más restringidas, los rostros de los sarcófagos miran de hito en hito, sin una sonrisa, al futuro eterno. En el lecho la esposa consuela al esposo, que ve cernerse sobre ellos la amenaza del renovado Tártaro.

Poco después, los estoicos griegos predican la autonomía moral como forma de armarse frente a la tiranía de los dioses y sus demonios. Una vez más, el genio heleno ilumina caminos en la noche para escapar de la angustia. El Estoicismo es una nueva forma de reclamar el derecho a un más allá justo, si la vida ha querido serlo. El hombre acepta su finitud y se comporta como si el terror ante la muerte no existiera: es libre porque él mismo supera valientemente la certeza de su última circunstancia mediante la virtud, que por ende hace virtuosa a la divinidad. En esta tierra abonada nuevamente por la esperanza, por un nuevo humanismo, las semillas de las religiones orientales salvíficas -Mitra, Isis, Jesucristo- encontrarán un suelo fértil para prosperar. Nuevamente el hombre-dios, pero hombre al fin y al cabo, viene en ayuda del hombre. Otra vez la reunión, la comunión con lo sagrado, es acogida y refugio frente a lo inapelable. Los viejos dioses, ahora ellos, ahora definitivamente, han muerto.

Marina Gurruchaga

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Danza dionisíaca en la tumba etrusca del Triclinium.