LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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Un año más… la Santa Compaña nos hace una visita

rtghrtghyjrtgyh¡Te recomiendo que escuches este audio de iVoox! Espacio en blanco – La santa compaña – 22/04/18 http://www.ivoox.com/25546551

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DOS EN EL CANAL

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DOS EN EL CANAL: CRÓNICA DE UN DOMINGO DE VERANO

 

Hace algún tiempo que me habían hablado de la existencia del Canal de Castilla, una vía fluvial entre la localidad Palentina de Alar del Rey y Valladolid, que en la antigüedad servía de comunicación y transporte de mercancías.

Aquello por algún motivo me llegó a enganchar y me propuse a mi mismo investigar sobre su existencia. Pude descubrir que el Canal se divide en nueve etapas y tres ramales (De Campos, Sur y Norte), y que cuenta a lo largo del mismo con cuatro embarcaciones turísticas que nos proponen un paseo por distintos tramos del Canal.

Estos datos en mi poder y mi curiosidad eran más que aliciente para adentrarme en una aventura que prometía; estaba decidido: había que conocer el Canal. Se lo propuse a Silvia, una buena amiga, senderista desde los años 80, que aceptó el reto al momento. Esta fue la génesis de  “Dos en el Canal: Crónica de un domingo de verano”.

Domingo, 26 de agosto de 2018, 05:45 a.m.

Hacía mucho tiempo que mi despertador no sonaba a horas tan tempranas, y mucho menos en domingo, pero ese en cuestión era diferente; nos esperaba un día que se prometía intenso.

Después de un desayuno consistente y haber preparado la mochila, salí para la estación y cogí el tren a Torrelavega, donde me esperaba Silvia. Una vez allí emprenderíamos viaje a nuestro destino, Alar del Rey.

Un sol esplendoroso y una temperatura ideal para hacer senderismo nos recibieron a nuestra llegada, donde una vez localizado el inicio del Canal dimos comienzo a nuestra aventura dominical.

El Canal está acompañado por caminos en ambos márgenes; por ellos avanzamos poco a poco, acompañados del buen tiempo y el silencio que nos brinda el lugar. De vez en cuando nos cruzábamos con ciclistas o senderistas, que como nosotros habian dedicado su descanso dominical a recorrer en Canal.

Silvia y yo seguimos nuestro camino y al filo del mediodía, después de atravesar un “puente tibetano”, llegamos a una zona de descanso donde hicimos un parada para descansar y reponer fuerzas, después de tres horas de ruta en las piernas.

Una vez hubimos repuesto las fuerzas, pusimos rumbo a Herrera de Pisuerga, fin de nuestra primera etapa por el Canal, donde pudimos comer en un hermoso parque junto a un mini-zoo, donde animales de distintas especies conviven con los numerosos visitante tanto locales como foráneos que les rinden visita.

Más tarde, sentados en la terraza de un bar a la sombra, comentamos las cosas más destacadas de la jornada, mientras hacíamos tiempo para dirigirnos a la estación para coger el tren que nos traería de nuevo de vuelta a casa.

F.JOSÉ DÍEZ MACHARGO

 


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REGRESOS: Tejada la Vieja

tejada

Yo no sé cómo se llamaba, cuando lo era, la ciudad fenicia de Tejada la Vieja. Estas urbes arcaicas fueron despojadas hasta de su nombre, incluso de la noción de quiénes fueron los que las habitaron. Hoy sabemos que un Tartessos autóctono nunca existió; que la arribada de población oriental, tan numerosa como las coquinas de la playa, forjó multitud de asentamientos costeros en torno al gran golfo hoy desaparecido que se ubicaron en las bocas, bien crecidas, del Guadalquivir, e incluso los internó en las sierras que señoreaban aquel Mediterráneo Chico a las afueras del Gran  Mediterráneo. Fueron tiempos duros, aquellos en los que los sátrapas asirios de poblada barba arrastraban a la diáspora a naciones enteras; naciones que se veían, como hoy, abocadas a la huida desesperada por mar y se instalaban, en clara ventaja técnica y cultural, de buen grado o imponiéndose por la fuerza, en territorios hasta entonces poco habitados y dominados a su vez por otros tiranuelos que caían rendidos ante esta superioridad artística y tecnológica de los emigrantes. Luego vendrían la colonización agrícola y el establecimiento de redes comerciales estables, el engrandecimiento político y la fusión étnica con las poblaciones preexistentes, hasta formar el mítico territorio que conocimos como Tartessos en los manuales de arqueología de nuestra juventud.

La tarde era maravillosa, con un sol ya derrotado que sacaba aromas de las encinas, de las las hierbas y hasta de las piedras. Sobre el camino original, cuajado de guijarros multicolores, yo a mí misma me recordaba a un campesino que volvía de la labor diaria a refugiarse en los fuegos amables de la comunidad. Supongo que a medida que me fuera acercando, divisaría las altas murallas enlucidas de blanco, orgullosas y prudentes, entre el balido de los animales, los gritos de los niños, las llamadas y las voces. Qué bonito divisar esos humos, saliendo de las puertas y los tejados, con sus olores a carne asada, a pan, a cenizas. Debía ser un auténtico calor para el espíritu regresar en los antiguos tiempos, tan inseguros, al hogar.

Astarté, la paloma, la estrella de la noche, la doncella sabia, brillaba en el cielo veraniego, y ni el tiempo pasado ni la futura ruina parecían siquiera posibles. El templo de la divina pareja, Baal y Astarté, tendría su umbral tapizado de conchas apotropaicas cuya blancura comenzaba a lanzar destellos a la media luz del crepúsculo. Quizás hoy, en mi ausencia, se habían completado holocaustos sobre su altar de tierra, en forma de piel de toro, y ahora una hieródula sagrada barría, con algo de desgana, el patio tras los fastos. Tejada dominaba la llanura a sus pies, y aunque era un gran centro de la distribución del producto de las minas cercanas de Aznalcollar, era también un pueblón centrado en sí mismo, quizás como residuo de los tiempos en los que, mal aceptada por los nativos, tuvo que encerrarse, vivir consigo misma y continuarse  sola, sin el aporte exterior. Ya sin embargo los tiempos del aislamiento habían pasado y casi todo el mundo tenía un abuelo o madre nativos, y hablaba las dos lenguas, e incluso el odiado griego se escuchaba por las calles de ciento en viento. ¿Tendrían sus habitantes la picazón de la rivalidad con Gadir, o con Onuba, o con otras urbes prósperas del país tartéssico? Esa emulación antigua late hoy quizás en las guerras entre Vírgenes de un lado y de otro de la Andalucía Atlántica, cada cual más guapa, y más festejada por unos y por otros.

Por el suelo despojado de Tejada fui recogiendo algunos fragmentos de cerámica gruesa, antaño contenedores de los productos de despensa de las casas -el aceite, los granos, las carnes saladas-, salidos de las manos extintas de un buen señor alfarero que resoplaría y juraría completando su labor, y se pondría bien contento cuando la terminara. Esas orzas se enterraban en los suelos, y allí quedaron, cuando alguien decidió levantar una ciudad nueva y más peóspera a pocos kilómetros de allí, Tejada la Nueva, que por eso, por ser nueva, me interesa menos.

MARINA GURRUCHAGA