LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Un relato de Marisa Campo

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1983. UNA TRAGEDIA LORQUIANA

 

En el año 1983 asistí a un hecho muy lorquiano viajando desde Madrid hasta un pueblecito andaluz en compañía de unos amigos. Planeamos todo un fin de semana juntos en busca de sus profundas raíces y quiso nuestra amistad, que nos presentaran su mundo. Un espacio que me resultó asfixiante a pesar de que estábamos en pleno mes de noviembre y los aguaceros no cesaron durante buena parte del trayecto. Al regresar a casa, pensé en las tragedias de Federico, en especial, en Yerma. Comenzaba yo a conocer al poeta granadino en toda su dimensión vital además de literaria. Fue en 1985 cuando el jueves 2 de mayo a las 20,30 horas, Ian Gibson, presentó en Granada, Federico García Lorca. De Fuente Vaqueros a Nueva York (1898-1929). Tuvo lugar en el Centro Manuel de Falla. Escuché recitar a un joven Luis García Montero entre versos y risas. A Javier Egea, no lo recuerdo con tanta claridad. Pero no…No tienen por escenario Granada, los hechos que menciono en este viaje.

El meollo de aquel sábado de otoño, lo saboreé hasta la médula, cuando en la sobremesa familiar se habló de pasar la tarde de montería en la sierra. Me pareció un estupendo propósito: carreras por los montes, animales, escopetas. Todo un juego inocente en mi mente confusa, concibiendo las tres cosas por separado: amaba la naturaleza, sentía fascinación por los animales y cierto interés por las armas; eso sí, no dispararía a ningún ser vivo y menos como en este caso se pretendía, al jabalí.

Los hombres se miraron consternados y guardaron silencio. Las mujeres les sacaron del apuro: No, no, nosotras iríamos a visitar a los niños recién nacidos de todas las vecinas. Así, entre esencias de talco y perfumes de bebé, pasaríamos la tarde sujetando las blandas cabecitas de todos esos seres adorables envueltos entre mantitas con lazos rosas y azules.

Volví a la carga. Hartos de mi testarudez y sopesando una vía de escape con mi horror a la sangre, resolvieron apartarme haciendo una pequeña confesión: mi joven pareja era novato, si abatía una pieza recibiría un bautismo de caza en el vientre abierto y chorreante del jabalí .

Vetada mi presencia en un mundo masculino de acción, me aguardó una tarde de tapetes de ganchillo, manteles primorosos, bandejas de plata, tacitas doradas, dulces meriendas y como ofrendas, preciosos infantes sonrosados en mis brazos además de en los de mi queridísima amiga y recalco lo de queridísima, porque sufrí lo indecible cuando con malicia le repetían una y otra vez: ¿Y tú, cuándo te animas a tener uno? Respondía que no era madre ya, por temor a que el bebé se le cayera de los brazos. Sin embargo, yo conocía la verdad y ser madre era algo que deseaba fervientemente aunque no se cumplía su deseo. Esa presión social la torturaba.

Volvieron los hombres agotados y sudorosos, llenos de tierra y sin haber dado caza ni a una mosca. ¡Sobreestimé sus capacidades de puntería! No supieron ellos nunca, que yo era el terror de los feriantes, que donde ponía el ojo, obtenía el premio. Inicié mis prácticas con la escopeta de perdigones del abuelo de J. por Asturias, en una villa de mar. Mis futuras cuñadas y cuñados, niñas, niños aún, me indicaban el blanco: el foco de una farola caído en medio de un campo de fútbol. Jamás erré un disparo en esta y otras contiendas. Subestimaron los cazadores mis posibilidades aunque supe pronto, que las armas de caza tenían un fuerte retroceso y no era la cosa tan sencilla.

La noche de aquel sábado no se presentó mucho mejor. Deseaba volver a la ciudad, contemplar los palacios, los patios abiertos por las estrechas callejas, pero nos vimos obligados a asistir al local que un travesti regentaba. Cantaba coplas desenvolviéndose como una auténtica femme fatale. El espectáculo resultó triste y lamentable. La respuesta del público asistente, consistía en burlarse sin apreciar sus dotes de actuación y de canto.

No, no fue un viaje fácil. Más bien, una experiencia que te marca y encasilla: tú aquí y tú en este otro lado, sin moverte del puesto que la sociedad te ha asignado. Estas son las reglas del juego y tú no decides.

 

Marisa del Campo

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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