LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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Julio: tardes de pesca en la Lonja

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Cuando llegaba el día 1 de julio, ya habíamos consumido aproximadamente ocho días de las vacaciones de verano, y casi todos los chavales de mi barrio teníamos trazado más o menos nuestro plan de actividades estivales: unos con sus amigos, otros con sus familias y otros, los más intrépidos, por si solos. Atrás había quedado la celebración de la Hoguera de San Juan. Recuerdo que los niños de mi barrio la disfrutábamos con especial ilusión; no solamente celebrábamos la llegada del verano sino que dábamos por terminado el curso escolar. Había en nuestro barrio una pequeña explanada en la que, durante el día 23 de junio, toda la chavalería del barrio nos reuníamos para intentar localizar materiales y cosas viejas que nos sirvieran con el fIn de que, por la noche, el fuego alcanzase la máxima duración posible.

Recuerdo un mes de julio en el que me dio por explorar un nuevo entretenimiento hasta aquel momento inédito para mí: la pesca. Yo tenía un amigo en el barrio, con el cual me curtía en numerosas batallas; pues bien: este amigo me propuso ir a pescar a la lonja de Santander. Su propuesta me pareció que podría estar bien como modo de pasar el rato, a la vez que me divertía y adentraba en el arte de la pesca, ya que ésta siempre me había atraído pero nunca la había practicado. La Lonja de Santander nos quedaba a apenas a diez minutos de nuestra casa.  Antiguamente estaba situada al principio de la Calle Marqués de la Hermida (hoy en día se encuentra a escasos metros del solar que ocupaba en el pasado). Así pues, todas las tardes nos desplazábamos a la misma con la sana intención de pasar un buen rato. Enfrente había numerosas tiendas de artículos para la mar; recuerdo que yo, al no haber ido nunca de pesca, carecía del instrumental que utilizar, y el primer día de mi aventura pesquera compré mi primer aparejo, que costó 25 pesetas. Consistía en un corcho alrededor del cual se enroscaba el sedal, con sus correspondientes anzuelos y, cómo no, la tuta, que era un corcho en forma de peonza pintado de rojo por su parte superior. Esta tuta flotaba en el agua, y, cuando picaba un pez, la misma  se hundía, dando la buena noticia de que tu paciencia había obtenido su recompensa, en forma de pez.

Era divertida nuestra nueva actividad vespertina: nos sentábamos en el muelle y, con los pies colgando, lanzábamos los aparejos, esperando, con infinita paciencia, entre risas y charlas, que la presa picara. Pero, además de la pesca, las tardes en la Lonja daban para más: podíamos ser testigos directos de la actividad frenética que en ella había: barcos que volvían de la mar y descargaban su pesca, el funcionamiento de la fábrica de hielo, la subasta del pescado… . Tardes de pesca y charla, con las que pasar las jornadas vespertinas del mes de julio de mi infancia.

J.F. DÍEZ MACHARGO