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MEMORIAS DE UN INDOCENTE

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DE LA DECENCIA A LA INDECENCIA PASANDO POR LA DOCENCIA

Los que nacimos, como yo, en los últimos años de la década de los cincuenta, tuvimos el triste privilegio de presenciar el fin de un mundo centenario. Hoy sólo una mente enferma podría imaginar la atmósfera tortuosa del colegio de monjas de mis primeros recuerdos escolares: cristos milagreros retorciéndose de dolor, amenazas de castigos e infiernos, el rechinar de los pasos en aquellos pasillos agobiantes, en aulas siempre sombrías bajo tardes de invierno, tedio y miedo entreverados con el sano olor a niño, lápiz y goma y el ácido tufillo a fermentado de algunas religiosas…
Corrían los primeros años de los sesenta, y hasta en nuestro trasnochado pero digno país se filtraba algo de aquel aire nuevo y optimista que llenaba los pulmones y los bolsillos de occidente. Mis padres supieron verlo, y me sacaron de aquel antro para llevarme a un colegio de ínfulas, de aquellos de uniforme escocés pero nombre de santo, regentado, cómo no, por un señor orondo de cabello engominado, gafas oscuras y bigote.
El colegio, que contaba con unas instalaciones imponentes y unos precios a tono con éstas, se nutría por una parte de gente de los alrededores, que confiaba en una calidad de enseñanza proporcional a tanta magnificencia, y por otra, de lo más díscolo y desvergonzado de los vástagos de la gente bien de la capital, que los matriculaba allí en régimen de media pensión o internado para librarse de ellos y que intentasen meterlos en cintura.
Así que, los que volvíamos a comer y a dormir a casa, hijos de obreros los más, siempre con esa responsabilidad que da el saber que tu formación les está costando un ojo de la cara a tus padres, teníamos ante nosotros un espectáculo que contribuyó no poco a formarnos en las miserias e injusticias de la vida. Y digo formación de la vida, porque la académica era un camelo. Debían pagar muy poco en aquel centro para que acabase remansándose, precisamente allí, la colección de fracasados y desbaratados mentales que tuve como profesores. La verdad es que si en vez de vegetar en aquel colegio hubiesen montado un circo de traumas para psiquiatras, habrían viajado por todo el mundo y se habrían hecho de oro.
Los que conmigo peinan canas han sufrido individuos más o menos parecidos y no espero asombrar a nadie, todos sabemos lo que pasaba a veces con esta profesión en un tiempo en que la autoridad no se cuestionaba. Pero no me resisto a citar algunos personajes, como aquel profesor de francés de supuesto origen belga que obsesivamente nos contaba, a nosotros, niños de once años, sus andanzas contra los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Lo peor no era eso, sino que cuando se alteraba empezaba a gritar en alemán como el auténtico militar nazi que siempre sospechamos había sido.
Pasaré de largo del recuerdo de aquellos profesores, como hechos a molde, de Formación del Espíritu Nacional y Educación Física, y la triste afición a demorarse en los vestuarios de alguno de ellos, para centrarme en el cargo que el colegio llamaba “Prefecto de Disciplina”, ocupado por un energúmeno que siempre con una raqueta en la mano, iba regalando chichones a todo el que se movía o hablaba. El prefecto de disciplina emanaba un brillo sombrío que Elena (El Enano), su eterno segundo y mediocre aprendiz, nunca conseguiría alcanzar. Su velocidad repartiendo bofetadas era legendaria: la mano era invisible, y nadie había conseguido nunca eludirle la cara. En un santiamén resolvía una amonestación colectiva repartiendo una bofetada a cada alumno, o dos a dos manos si el castigo lo requería, y tras cada examen de su asignatura le daba a cada uno en tortas lo que le faltaba para llegar al cinco.
Podría seguir hablando durante horas de tantos nombres: El Vizconde, El Porky, el cura Guatas, con la corpulencia y altura de un Moisés miguelangiano y una nariz proboscídea, en cuyos agujeros nos entreteníamos divisando mocos mientras nos decía que si te santiguabas con la izquierda, aparecían en el acto tres demonios detrás de ti. Ya nadie le hacía caso, todo estaba cambiando, finalizaban los sesenta y hasta en casa jugábamos a hacer manifestaciones de tantas que por la tele se veían en el extranjero.
Un buen día, el colegio se vio vuelto en un escándalo que hizo comprender a mis padres dónde me habían metido. Por entonces empezaban los setenta, y hasta los nietos del régimen se dejaban melena Acabé el bachillerato en ese contexto, en un instituto, con profesores jóvenes y laicos que resultaron una liberación: gente normal, chicas en clase, un aire nuevo y limpio de ausencia de prejuicios, de respeto. A pesar de sus carencias, que también las había, allí comprendí, por primera vez, lo que era la cultura.
Luego vino la Universidad, en aquel tiempo irrepetible de la transición, la ilusión colectiva de todo un país por acabar con sus complejos y ganar una libertad que, como suele suceder, se quedó en bastante menos de lo que esperábamos.

Tras algún tiempo de actividad laboral, volví a la enseñanza, pero ahora desde el otro lado. Al principio se me hizo muy extraño, y me llevó a una revisión sobre lo vivido y sobre todo lo sufrido, para intentar remediarlo. Un esfuerzo que en los años ochenta hicimos muchos por mejorar nuestros métodos y acercarnos a la experiencia personal de los alumnos.
Luego, y no sólo en la enseñanza, llegó la posmodernidad, y todo se fue complicando. Era necesario mejorar las prestaciones, la productividad, los servicios. El gobierno redactó leyes, cada vez más complejas, que sucesivos gobiernos cambiaban siguiendo criterios cuyo interés general a veces resultaba discutible. Una legión de pedagogos sustituyó nuestras humildes directrices personales por teorías y métodos no siempre bien comprendidos, a veces mal aplicados, y otras veces, sencillamente inaplicables. Se establecieron procedimientos y normas ajenos a la pura enseñanza, que si bien sirvieron para organizar y ordenar nuestro trabajo, que ciertamente lo necesitaba, nos enredaban en un embrollo burocrático que cada vez nos distanciaba más de las aulas.
La horma de nuestro zapato vino después, aproximadamente desde los últimos diez años. Hasta allí todo parecía tener un sentido evolutivo, desde las oscuras aulas del franquismo profundo hasta la oferta individualizada de una sociedad abierta, rica y democrática. Fue entonces cuando descubrimos que había dejado de ser así.
Después de tantos esfuerzos por mejorar, de cargarnos con una progresiva labor organizativa, de infinidad de cursos de actualización, y cuando los alumnos tenían a su disposición medios materiales nunca vistos, apoyos especializados y asistencia psicopedagógica, constatamos que, sencillamente, no aprendían. Como en una perversa ley de vasos comunicantes, parecemos haber alcanzado el límite del progreso, porque cuanto más ponemos para facilitarles las cosas, menos ponen ellos de su parte. Hoy ya es una realidad contrastada y aceptada, aquí y en la Universidad: cada año los niveles van a la baja. Y los alumnos empiezan a tratarnos con el mismo despotismo que los antiguos profesores nos aplicaban a nosotros.
Más que evolucionar se diría que la situación se ha dado la vuelta, como el cuerpo de un calamar cuando lo limpias. Sólo nos queda el consuelo de que este estupor de no comprender lo que sucede, esa sensación de que el mundo ha dejado de obedecer a las variables conocidas y que todo se está desmoronando, es patrimonio de nuestro tiempo y lo compartimos con gentes de toda condición.
Sin embargo, a los jóvenes, nacidos en la era del desconcierto, poco parece afectarles. No intentan comprender ni construir ni alcanzar más allá de objetivos inmediatos; y eso sencillamente significa que el mundo ha cambiado otra vez, y algunos nos estamos quedando atrás de la misma forma que se quedaron, enterrados bajo la apisonadora de la historia, las monjitas hediondas y los profesores de FEN de gafas negras y bigotillo.

Así que con el norte perdido y capeando el temporal, uno no puede dejar de pensar, mientras asistimos impávidos como nuestros trasnochados héroes, al hundimiento del barco, qué de bueno habría en toda aquella mugre de los años sesenta, incluso setenta, que al menos nos permitía saber dónde estábamos plantados.

 

OSCAR LOSA

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

3 pensamientos en “MEMORIAS DE UN INDOCENTE

  1. Por lo que cuentas tus padres equivocádamente te llevaron a un “reformatorio”; yo estudié, en esa en esa época, en un Instituto de Enseñanza Media Público y los profesores fueron excelentes y con vocación docente. Tengo un buen recuerdo de esos años.

    • Estoy de acuerdo contigo en parte. Cuando salí de aquellos antros, hice los dos últimos años de bachiller en un instituto y también fue una maravilla. Pero ya era un tiempo de cambio e ilusión con el final del franquismo que se veía venir, y profesores jóvenes y motivados que contagiaban sus entusiasmo. En mi opinión, los años 60 hubiese fueron mucho más duros, sin gran diferencia entre la enseñanza pública y la privada

  2. Magistral análisis de una realidad que, como todo, se hace cíclica en sus implicaciones

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