LA TIENDA DEL KIRGUISE

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PEDRO PALAZUELOS, PERSEGUIDOR DE LA LUZ

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Después de sus dos exposiciones casi sucesivas en la Fundación Bruno Alonso en 2014y en el MAS de Santander un años después en la que presentaba un resumen de su trayectoria fotográfica, Pedro Palazuelos ha atravesado un tiempo de silencio pero no ha perdido su vocación de observador de lo que le rodea. No ha hecho muchas fotos, pero su mirada ha seguido fijándose en esos momentos fugaces imperceptibles comúnmente para la mayoría de las personas instaladas en la prisa o en ocupaciones diversas. Pedro mira y almacena instantes en su memoria. A veces sale a pasear por la bahía con una pequeña cámara y trata de fijar los reflejos de la luz en el agua del mar, sobre una superficie acristalada, sobre los charcos que forma la lluvia sobre el suelo; los cielos de las puestas de sol cuando regresa de Los Peligros y mira hacia el fondo del Paseo Pereda o esas pequeñas embarcaciones de pescadores solitarios de calamares detenidas en medio de la bahía en días en los que se desdibuja la línea de separación del mar y el cielo confundidos por la grisura característica de ese espacio que crean unas imágenes de una gran belleza. Pero también le llama la atención los rincones de soledad de las ciudades, los espacios deshabitados, los juegos de planos y perspectivas, sus contrastes de colores, las proyecciones de luz y los juegos de sombras correspondientes que proporciona el ámbito arquitectónico, las fachadas de edificios, así como los juegos de líneas entre los elementos del mobiliario urbano: bancos, señales de tráfico, barandillas, farolas, escaleras… Muchas fotografías suyas han sido realizadas en esos paseos sin prisa, dejándose atrapar por el instante inesperado que el azar pone delante de sus ojos. Por eso uno de sus lemas es: “Disparar al vuelo cuando se ve algo interesante”.

Con una actitud similar, ahora nos presenta una selección de imágenes que ha captado en su espacio doméstico, su cartografía íntima. Han sido plasmadas desde su casa. En diferentes momentos de silencio, de lectura, escuchando música, acaso ensimismado pensando en aquello que le preocupa, también a distintas horas del día. De repente su mirada se posa en esa luz que viene de la ventana y se proyecta en el suelo, en el efecto de la transparencia de la cortina sobre la pared, en la forma que ha adoptado esa sábana arrugada que reposa sobre la cama, el sillón, en los nuevos tonos que cobran algunas plantas al incidir el sol sobre ellas… Algunas corresponde a imágenes de un exterior próximo contemplado desde su casa: la escalera, los andamios colocados en el edificio de enfrente… Incluso pocas más están realizadas en su antiguo estudio.

Son instantes probablemente irrepetibles que solo el azar ha hecho posibles. Hay que estar atento a ese momento mágico en el que se compone la escena porque un poco más tarde ya no es el mismo; otra luz, otra emoción le hace ser distinto. Porque hay que tener en cuenta otra cosa, Pedro no interviene en el escenario que va a retratar. Documenta el instante tal y como se ha producido, no toca ningún objeto ni altera la incidencia del foco de luz. Es el testimonio del aquí y el ahora. Para dar más testimonio aún de la objetividad del fotógrafo, de su intento de atrapar la realidad tal y como la ve en ese momento, Pedro tampoco manipula la imagen que encuadra, no la recorta. La lleva al papel como aparece en el visor.

Los fragmentos de los paisajes interiores familiares, cobran otra perspectiva al aparecer fijados en el papel, como territorios autónomos, algunos rodeados de un clima de irrealidad, donde la belleza y el misterio seducen al espectador en sus contrastes de luz y sombra, quien trata de identificar y completar la imagen que está antes sus ojos y se interroga sobre qué espacio puede ser el representado.

En estos trabajos no aparece la figura humana pero si hay huellas que nos remiten a su presencia. Alguien ha puesto ahí esas flores que han sido regadas, no aparecen marchitas; esa ropa replegada ha sido dejada a su caída por alguien; también alguien abrió la ventana por la que entra la luz que incide sobre la pared o cerró esa puerta de la que se ve la manecilla.

Realizadas en color, en ocasiones de tan degradado que parecen en blanco y negro, unas veces la imagen es más reconocible, figurativa, otras resulta más abstracta, más ambigua. En estas últimas destacan los dibujos geométricos y las texturas de las superficies fotografiadas: de las telas y de las paredes.

En resumen, un ejercicio poético el que nos propone Pedro Palazuelos protagonizado por la luz en el que la belleza de las imágenes obtenidas prende nuestra mirada y nos abandonamos a la contemplación placentera.

 

L. A. Salcines

 

palazuelos (2)-kECI--624x385@Diario Montanes

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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