LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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Un poema de Ana Fernández

ÎLE DE RÉ

 

Las gaviotas descienden hasta la playa,

emergen en una tarde sin galeones,

sin himnos ni humaredas.

Otro escenario se muestra ahora

ante tus ojos, ¿verdad que nunca

imaginaste este azul?

El vértigo te ha impedido subir

hasta la torre y las campanas llegan

como apagadas;

te adentras en el pueblo,

recorres sus calles estrechas

y empedradas

sin saber a dónde te conducen,

pero intuyes el misterio.

Las roses trémières se elevan

por encima de las tapias

y presencian tu llegada.

¡Ah, qué maravilloso final

para tu tercer acto!

 

Ana Fernández

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PEDRO PALAZUELOS, PERSEGUIDOR DE LA LUZ

 

Después de sus dos exposiciones casi sucesivas en la Fundación Bruno Alonso en 2014y en el MAS de Santander un años después en la que presentaba un resumen de su trayectoria fotográfica, Pedro Palazuelos ha atravesado un tiempo de silencio pero no ha perdido su vocación de observador de lo que le rodea. No ha hecho muchas fotos, pero su mirada ha seguido fijándose en esos momentos fugaces imperceptibles comúnmente para la mayoría de las personas instaladas en la prisa o en ocupaciones diversas. Pedro mira y almacena instantes en su memoria. A veces sale a pasear por la bahía con una pequeña cámara y trata de fijar los reflejos de la luz en el agua del mar, sobre una superficie acristalada, sobre los charcos que forma la lluvia sobre el suelo; los cielos de las puestas de sol cuando regresa de Los Peligros y mira hacia el fondo del Paseo Pereda o esas pequeñas embarcaciones de pescadores solitarios de calamares detenidas en medio de la bahía en días en los que se desdibuja la línea de separación del mar y el cielo confundidos por la grisura característica de ese espacio que crean unas imágenes de una gran belleza. Pero también le llama la atención los rincones de soledad de las ciudades, los espacios deshabitados, los juegos de planos y perspectivas, sus contrastes de colores, las proyecciones de luz y los juegos de sombras correspondientes que proporciona el ámbito arquitectónico, las fachadas de edificios, así como los juegos de líneas entre los elementos del mobiliario urbano: bancos, señales de tráfico, barandillas, farolas, escaleras… Muchas fotografías suyas han sido realizadas en esos paseos sin prisa, dejándose atrapar por el instante inesperado que el azar pone delante de sus ojos. Por eso uno de sus lemas es: “Disparar al vuelo cuando se ve algo interesante”.

Con una actitud similar, ahora nos presenta una selección de imágenes que ha captado en su espacio doméstico, su cartografía íntima. Han sido plasmadas desde su casa. En diferentes momentos de silencio, de lectura, escuchando música, acaso ensimismado pensando en aquello que le preocupa, también a distintas horas del día. De repente su mirada se posa en esa luz que viene de la ventana y se proyecta en el suelo, en el efecto de la transparencia de la cortina sobre la pared, en la forma que ha adoptado esa sábana arrugada que reposa sobre la cama, el sillón, en los nuevos tonos que cobran algunas plantas al incidir el sol sobre ellas… Algunas corresponde a imágenes de un exterior próximo contemplado desde su casa: la escalera, los andamios colocados en el edificio de enfrente… Incluso pocas más están realizadas en su antiguo estudio.

Son instantes probablemente irrepetibles que solo el azar ha hecho posibles. Hay que estar atento a ese momento mágico en el que se compone la escena porque un poco más tarde ya no es el mismo; otra luz, otra emoción le hace ser distinto. Porque hay que tener en cuenta otra cosa, Pedro no interviene en el escenario que va a retratar. Documenta el instante tal y como se ha producido, no toca ningún objeto ni altera la incidencia del foco de luz. Es el testimonio del aquí y el ahora. Para dar más testimonio aún de la objetividad del fotógrafo, de su intento de atrapar la realidad tal y como la ve en ese momento, Pedro tampoco manipula la imagen que encuadra, no la recorta. La lleva al papel como aparece en el visor.

Los fragmentos de los paisajes interiores familiares, cobran otra perspectiva al aparecer fijados en el papel, como territorios autónomos, algunos rodeados de un clima de irrealidad, donde la belleza y el misterio seducen al espectador en sus contrastes de luz y sombra, quien trata de identificar y completar la imagen que está antes sus ojos y se interroga sobre qué espacio puede ser el representado.

En estos trabajos no aparece la figura humana pero si hay huellas que nos remiten a su presencia. Alguien ha puesto ahí esas flores que han sido regadas, no aparecen marchitas; esa ropa replegada ha sido dejada a su caída por alguien; también alguien abrió la ventana por la que entra la luz que incide sobre la pared o cerró esa puerta de la que se ve la manecilla.

Realizadas en color, en ocasiones de tan degradado que parecen en blanco y negro, unas veces la imagen es más reconocible, figurativa, otras resulta más abstracta, más ambigua. En estas últimas destacan los dibujos geométricos y las texturas de las superficies fotografiadas: de las telas y de las paredes.

En resumen, un ejercicio poético el que nos propone Pedro Palazuelos protagonizado por la luz en el que la belleza de las imágenes obtenidas prende nuestra mirada y nos abandonamos a la contemplación placentera.

 

L. A. Salcines

 

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REGRESOS IV

 

PRIMERO MAISONTINE, AHORA TELVA

 

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Parece que estoy abonada a las estelas funerarias de mujeres muertas de bellísimo nombre e indeterminada edad. La primera de ellas fue como un flechazo: de hecho bauticé uno de mis proyectos literarios con Maisontine, ese extraordinario cognomen que algunos, sin saber que se trataba de una estela vadiniense, pronunciaban con acento británico creyendo quizás que era un nombre inventado o rescatado de la época de los psicotrópicos y las flores en la oreja. A Maisontine le había puesto la estela su padre; por lo tanto sería joven, muy joven incluso, y también lo sería su padre para los usos de hoy en día.En su estela, un caballo psicopompo y grácil, con una de sus patas delanteras haciendo pasitos de baile, transportaba a sus lomos una cruz y  el espejo epigráfico respiraba atención y mimo en su diseño. Maisontine no era pobre y seguramente murió siendo muy querida.

No viviria de forma muy distinta a la de Telva, la propietaria de la segunda estela funeraria que se crizó en mi vida, porque el mundo tardoantiguo no aporta grandes novedades en la cultura material del hombre ordinario y se superpone al de la Romanización con escasas estridencias.  Telva, de germánico nombre (traducible por algo así como “la vencedora”), por su parte no era miserable, si bien aquel epitafio, de un laconismo extremo, respira rusticidad y su ejecución es bastante más precaria. También alguien se encargó de preservar su memoria sobre el soporte imperecedero de la piedra, alguien que quizás no sabía escribir pero que conocía a otro que sí sabía, o al menos dibujaba las grafías de manera reconocible. No sabemos en qué hablaría Telva, si en un latín desgarrado por la dura vida labradora o, quizás, alguna lengua en proceso de romancización, sazonada con las expresiones de un bisabuelo visigodo.

Aquella estela de Maisontine jamás la vi, salvo en fotografía. La belleza del nombre me golpeó de lejos, como un trueno apagado por la distancia del tiempo. El caso de Telva fue bien diferente. La buena mujer -doncella, madre, anciana- vino a mí: literalmente se me apareció, como una especie de xana, con esa buena voluntad de las hadas, que es cumplir los sueños de los locos (servidora) y los niños.  Puedo decir, sin mentir en absoluto, que se arrojó a mis pies desde lo más alto de un montón de piedras, quizás sospechando que su largo periplo de más de mil años terminaría -aunque siempre es momentáneo el detenerse para una piedra-, gracias a mis oficios, en el Museo de Prehistoria. ¿Dónde estuviste, amiga mía? Y antes de aquello, de tu marcha, ¿cómo vivirías? ¿Mirabas las mismas cumbres que hoy miro yo, sus cabezas nevadas, los prados empapados, las piedras que realmente huelen a eso, a piedra, a tierra que duerme casi hasta el verano?

¿Y quién presta a quién un soplo de inmortalidad? Yo, rescatándote del olvido, o tu, revolviéndote en los cielos de hace mas de mil años mientras es a mi a quien toca vivir, ahora? También me espera un epitafio. Y ya seremos tres, como las Divae Matres, charlando ante el fuego, hilando un copo, sacando las habas de su camisa. Y la vida seguirá, afuera.

 

MARINA GURRUCHAGA


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Hablando de Mitología de Cantabria

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Fue por casualidad hace ya unos cuantos años cuando, leyendo las páginas de un libro sobre Cantabria, me topé de repente con un dibujo a todo color de un mapa de nuestra región, en el cual aparecían distribuidos, de izquierda a derecha y de arriba a abajo, una serie de personajes con diversos aspectos, los cuales llamaron poderosamente mi atención. Hasta entonces su existencia había sido vaga para mí y se reducía a simples historias que había escuchado muy de vez en cuando.

El descubrimiento de aquel mapa me trajo la necesidad de conocer más de cerca la existencia de aquellos moradores de Cantabria y me animó a indagar más a fondo sobre los mismos.

La idea surgió rápidamente: quería hacer partícipe a todo el mundo de la existencia de tales personajes, pero sobre todo acercar los mismos al público menudo de Cantabria.
La inesperada sorpresa que me llevé fue la dificultad de encontrar libros que me hablaran de tales personajes. Fue entonces, después de varias indagaciones, cuando localicé dos libros: uno de Adriano García Lomas y otro de Manuel Llano, ambos escritores cántabros, el primero del Valle de Iguña y el segundo de Sopeña, en el Valle de Cabuérniga. Ambos son considerados escritores costumbristas que nos hablaban de tales seres.

Pero el lenguaje utilizado era muy “antiguo” (no obstante había libros que tenían treinta años), con expresiones de la época y palabras de difícil comprensión. Entonces mi modelo de libro comenzó a tomar cuerpo: debía adaptar el lenguaje a nuestros días y elaborar textos con párrafos cortos y sencillos de fácil lectura, donde definiría al personaje lo mejor posible.

Y de esta forma, en el año 1994, ve la luz mi libro “Los Personajes de la Mitología Cántabra”, en el cuál desfilan un total de dieciocho personajes de los que relato sus rasgos físicos, su forma de ser y la incidencia que tenían para el pueblo.

Mi propuesta era simple: que vieran la luz todos los datos que pude hallar y acumular sobre las peculiaridades de tales mitos, elaborando este libro que hablaba de los personajes creados por la tradición y la leyenda; Así podrían conocerse  las Anjanas (hadas de la mitología cántabra), el Ojáncano (gigantón malvado),  Los Nuberos (geniecillos diminutos y malignos), Los Caballucos del Diablo (que venían al mundo la noche de San Juan) etc., etc.

Hoy en día tenemos en Cantabria dos lugares de visita obligada, los cuales nos pueden acercar a estos personajes. La primera de nuestras paradas sería en Solares: en pleno corazón del mismo podemos visitar Mina Pepita, una antigua explotación a cielo abierto dedicada a lo extracción de hierro. En su interior y arropados por una vegetación autóctona, paseando por sus senderos, nos podemos encontrar figuras de personajes de la mitología cántabra y acercarnos así más a su origen. A pocos kilómetros, en el pueblo de Liérganes, también nos encontramos con un símbolo de la mitología cántabra, el Hombre-Pez, leyenda salida de las aguas del río Miera. Hoy en día podemos visitar en el mismo pueblo varios monumento erigidos en su memoria y visitar El Centro de Interpretación del Hombre-Pez, situado en un antiguo molino a las orillas del río.
En el mes de agosto, en el pueblo de Barriopalacio (Anievas), se celebra desde el año 2008 un fin de semana dedicado a la Mitología. Podemos recorrer las calles del pueblo en busca de tales personajes, o visitar la Casuca de la Mitología y conocer las historias y leyendas de estos peculiares habitantes de Cantabria.

Hablar un poco de la mitología de Cantabria es hacer justicia y recuperar una parte de nuestra historia y tradición oral que ha estado demasiado tiempo olvidada en textos de hace muchos años, en libros escondidos en estanterías sombrías, arrinconadas y llenas de polvo; es bueno recordar nuestras historias y tradiciones e intentar transmitirlas a las futuras generaciones.  Sólo el tiempo nos dirá si lo hemos conseguido o no.

Juan Fco. Diéguez Machargo