LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

REGRESOS II

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CASTEL D’ASSO

Era nuestro ultimo día en el Lacio, en Italia, en la roja tierra etrusca. Volveríamos mañana a surcar el Mediterráneo sobre una horrible colmena niquelada y antiheroica, sometida al estéril intento de remedar los cruceros caribeños. Pero aún faltaban unas horas y la tentación de terminar el viaje como había empezado, buscando una de las famosísimas necrópolis etruscas, o quizás mejor -porque la soledad de este cementerio no se podría comparar con ninguna otra-, se sobrepuso al cansancio y despertó nuevos y finales entusiasmos.
Era un mediodía de horrible calor. Un agosto a la romana, de cigarras furiosas escondidas, vindicantes, y de polvo en los zapatos; de secretos movimientos teluricos que se iban ya gestando en la sombra (diez días despues sucederían los dramáticos terremotos del 2016). Y allí estábamos nosotros, aparcando nuestro leal Skoda en una explanada llena de basura en sus márgenes, con tan sólo un coche habitado por una insulsa pareja británica que, afortunadamente, desapareció al mismo tiempo que llegábamos. Una avenida ancha, antaño ceremonial y umbría entre los robles, surcada por las marcas sobre la piedra de los miles de antiguos carros funebres que por allí habian desfilado, nos condujo en forma descendente hacia el pequeño valle mortuorio de Castel d’Asso, panteón de la cercana ciudadela etrusca en tiempos habitada que más tarde pudimos otear desde una colina.
La infantil alegria de la exploración no nos habia hecho olvidar una bolsa con pan y salmón ahumado: aún en el pais de la muerte había que comer. Nos sentamos, completamente solos, sobre un enorme sillar deslizado cientos de años atrás, quizá como efecto de un arcaico terremoto, desde la cornisa de algún panteón cercano. Nos rodeaban por decenas las bocas descarnadas de las tumbas, los frisos desmoronados, las líneas semiborradas del grabado de las místicas puertas entre la maleza, apenas despejada para permitir el acceso a los turistas. Era aquella una imagen extrañamente reconfortante. Tantos afanes que habían terminado allí, aún como espectaculo postrero que representaba para el mundo la última imagen del poder de una familia, en terca rebelion de la vida sobre la muerte. Sobreponiéndose al silencio vegetal, algún dia habian sonado allí las flautas y las liras del acompañamiento del cadáver y de los banquetes funebres, realizados bajo las puertas engalanadas como efímeros salones de sociabilidad.
Tras una mirada en derredor buscando las tumbas mas accesibles, comenzó el sublime trabajo de aventurarnos en su interior. Ese olor a gruta, a moho, a humedad, a corrupcion; al aire sin renovar de las profundidades; la obscuridad tan suave, cuajada de colores extintos: todo ello ya lo habíamos saboreado en Tarquinia y Cerveteri. Pero allí la sensación era más brutal, más rústica, sin frescos ni tronos tallados; tan sólo la morada de unos muertos no demasiado aristocráticos ni opulentos; tan sólo acomodados campesinos etruscos en la recta final hacia el cumplimiento de su autoprofecia de extincion como civilizacion individualizada, ya en el s.IV, cada vez más sometidos a la vigilancia de los rampantes romanos.
Confieso que estaba dispuesta a cometer cuaquier atropello arqueológico que se me presentara. Quién sabía si tras de alguna excavación podría haber quedado un fragmento de plato, o la panza de un anfora pintada griega, ese maravillso status-symbol de las opulentas y -avant la lettre – burguesas familias del helenismo itálico… . Pero a pesar de escarbar entre las tímidas arañas y las moscas que, ante la luz de la linterna de los móviles se espantaban como un enjambre cristalino, no pudimos encontrar absolutamente nada: generaciones de expoliadores nacionales y extranjeros habían realizado un concienzudo trabajo. Permanecian tan sólo los lechos mortuorios, excavados en la rugosa tufa, sin concesiones ni decoración alguna; nada más alguna hornacina en el muro para colocar un pábilo durante las ceremonias fúnebres. Recuerdo sobre todo el gran sepulcro colectivo con cuarenta pétreas literas, vacías desde hacía décadas (aún el arqueólogo encontró varios esqueletos antiguos), como un racimo desplegándose desde un eje central, donde habrían sido depositados durante generaciones los miembros de una misma familia. Niños, mujeres y hombres en sus años de juventud, o ya ancianos -los menos-… . Y entonces, en una concesión a la modernidad mas obscena, conecté en el móvil mi spotify, cargado con las melodias de recuerdo etrusco de Francesco Landucci, y puse a todo volumen la titulada “lamentatio etrusca”. Sí: era un momento de momentos, verdaderamente imposible y a la vez tan real como aquellos, todos, los acontecidos en este averno en miniatura.

Aún después deambulamos por aquel paraje hasta que el tiempo nos aconsejó retirarnos al puerto de Civitaveccia. El pasaje se realizaba con horas de antelación y no podíamos arriesgarnos a llegar tarde.

MARINA GURRUCHAGA

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Tomba Orioli, Castell D’ Asso

 

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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