LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

El corazón del ciervo

1 comentario

1.

La primera vez que vi un bosque de hayas –y la primera que me perdí en
él– yo tenía doce años. Desde entonces no dejé de volver allí para perderme
de nuevo.
Aquel día, mi padre y mi tío, que eran cazadores, me habían permitido por
fin acompañarles. Pero no fue la caza, a pesar de mis expectativas, lo que
me impresionó. Adentrarse en el bosque era sumergirse en la luminosidad
verde subacuática que cientos de hojas filtraban sobre nuestras cabezas y
caminar entre un laberinto de seres majestuosos, cubiertos de musgo y
líquenes y hongos y toda clase de extrañas criaturas que yo desconocía.
Oblicuos haces de sol otoñal atravesaban las copas para hacer resplandecer
la hojarasca naranja y dorada y granate y color cuero extendida por el
suelo. El misterio me llamaba desde lo profundo y fui incapaz de resistirlo.
Me interné en su busca y cuando intenté volver ya no supe cómo.
2.
Mi padre y mi tío no se apercibieron de mi ausencia porque el grupo se
había dividido y cada uno de ellos creía que yo estaba con el otro. Cuando
se dieron cuenta, al reunirse toda la partida, estaba anocheciendo. Me
buscaron por los alrededores, pero pronto comprendieron que en la
oscuridad era inútil. Aquella noche no haría frío y durante el día siguiente
me encontrarían con seguridad.
Mientras tanto, yo buscaba desesperado volver junto a los míos con la
única consecuencia de alejarme cada vez más. Gritaba hasta enronquecer,
lloraba y luego recuperaba la serenidad para, al poco volver a repetir el
ciclo. Lo que antes me parecía una maravilla era ahora un escenario
temible. Cuando la luz empezó a faltar, la caída de la noche se me
presentaba como una amenaza angustiosa. Pero con la oscuridad, la calma
del bosque me tranquilizó. Mis prejuicios y mi sensación de soledad se
disiparon ante la inesperada sensación de estar acompañado por miles de
seres que no me eran hostiles.
La luna proyectaba una densa luminosidad que cambiaba radicalmente el
aspecto de las cosas. Me dejé llevar, caminando como en un sueño ¿Cómo
era posible que objetos conocidos pudieran ser tan diferentes sin dejar a la
vez de ser los mismos? Me recuerdo observando maravillado la delicada
carne azul de las hojas de las hayas al ser traspasada por la luz lunar.

Un ruido me hizo volver la cabeza. Frente a mí apareció un animal
imponente. Era un ciervo, coronado con una enorme cuerna. Me asusté y
salí corriendo. Pero el ciervo me siguió, aunque manteniéndose a distancia.
Corrí un buen trecho, y cuando comprendí que no iba a hacerme daño, me
tranquilice y me detuve. Él también lo hizo. Nos quedamos otra vez frente
a frente, separados por unos metros. El ciervo me miró largamente, se dio
la vuelta y empezó a caminar, ahora muy despacio. Lo entendí como una
invitación, así que decidí seguirle. El animal me precedió durante un
tiempo, y al llegar a un pequeño claro en el bosque cruzado por un arroyo,
se tendió sobre la hierba.
Desde su sitio, el ciervo me observaba serenamente. Como si esperase algo
de mí o me ofreciese algo. En realidad, pensé, como si no fuese un animal.
En su presencia me sentía amparado. Me acerqué, supe que me aceptaba, y
me acurruqué junto a él. Luego, me fui aproximando más, hasta pegarme a
su cuerpo en busca de calor. Había sido un día muy agitado y yo estaba
exhausto. El tacto agradable de su pelo, su olor y el sereno vaivén de su
respiración me transmitían seguridad. Así me fui relajando y me quedé
dormido.
3.
Fue una noche de extraños sueños, de los que despertaba bruscamente. Al
abrir los ojos veía las estrellas contra un límpido cielo azul índigo. Todo lo
que me rodeaba y también mis propias percepciones, estaban recubiertas de
esa pátina dorada de lo maravilloso. ¿Qué estaba sucediendo? Ahora creo
que sencillamente, mi experiencia no se agotaba en sí misma. Detrás latía
un significado. Tan intenso como incomprensible.
Alguien que me llamaba en la distancia me despertó. Abrí los ojos en la
luz incierta del amanecer y reconocí la voz de mi padre. El ciervo ya no
estaba a mi lado. Me levanté y respondí que me encontraba bien.
Mientras oía a mis rescatadores acudiendo a toda prisa para encontrarme,
sentí que abandonaba un ámbito de vivencias totalmente ajeno a lo que
hasta entonces había conocido. Escuchar el sonido de mi nombre me había
hecho cruzar de nuevo el umbral que me devolvía al mundo de lo humano.
4.
Cuando conté mi aventura, no me creyeron. Nadie había visto al ciervo, y
al relatar que tenía una corona de doce puntas en cada cuerna, sonrieron con condescendencia, “No te engañes, ese animal no existe. Estabas muy
cansado y solo fue un hermoso sueño”.
Me negué a aceptar que el ciervo fuese un animal irreal con la agresiva
intransigencia que despertaba mi miedo a que tuviesen razón.
Algo en aquella noche había llenado un órgano vacío en mi interior, cuya
existencia desconocía, pero que me procuraba una incomprensible, sutil
felicidad. ¿Cuál era la realidad: la objetividad en la que insistía mi familia o
la fuerza de mis emociones? Quizá prematuramente, estaba atrapado en el
viejo dilema.
Recuerdo que en los meses siguientes escribí varias cartas al ciervo,
hablándole de mi vida y de mi deseo de volver a encontrarlo, que entregaba
a mi padre para que en sus partidas de caza las abandonase en el bosque.
Sabía que nunca llegarían a su destinatario, pero confusamente buscaba la
respuesta a la pregunta sin palabras que se había formulado aquella noche y
que me ha acompañado toda la vida.
5.
Mi adolescencia y mi primera juventud no fueron fáciles. En cuanto tuve la
autonomía suficiente, volví al bosque.
Me gustaba perderme, vagar al azar como un ser transparente en medio de
aquel escenario que me nutría con su silenciosa belleza. Dejarme arrastrar
por la llamada del misterio que parecía venir de un lugar profundo que se
desplazaba a medida que creía aproximarme a él. Espejo a la vez del otro,
evanescente misterio que simultáneamente exploraba en mi interior.
En el bosque, todo parecía tener un sentido que no podía encontrar en mi
vida cotidiana. Y en la oscuridad, lo percibía especialmente. Tendido en mi
saco de dormir sobre un lugar que me pareciese propicio, me sumía en el
fluir de la noche, saboreando su sustancia hasta quedarme dormido. Sabía
que allí estaba menos solo y a la vez más en mí mismo que en ningún otro
lugar del mundo.
Al despertar, aún quedaba un eco de aquella sencilla paz que había
experimentado de niño, y mis problemas personales parecían manejables.
Entonces, paradójicamente mas humanizado, volvía al mundo de los
humanos.
En mis excursiones siempre anidaba la esperanza de volver a encontrar al
gran ciervo, y una y otra vez busqué el claro del bosque, cruzado por un
pequeño arroyo, en el que había dormido. Detrás estaba el ineludible desasosiego por encontrar una confirmación que validase mi experiencia,
en realidad una respuesta que diese salida a mi dilema.
Nunca pude dar con ellos.
6.
En el tiovivo de la vida, subido en mi montura en medio del estrépito y los
destellos y la confusión que me devuelven sus espejos giratorios y el ruido
de su música, doy vueltas y vueltas con la ilusión de que avanzamos hacia
algún sitio. Me rodean otros que, como yo suben y bajan y vuelven a subir,
y a veces desaparecen para inmediatamente ser sustituidos por caras nuevas
pero tan insípidas como las anteriores.
Al principio parecía divertido todo este tráfago de la velocidad y el ruido y
el subir y el bajar, pero ya empiezo a cansarme: todo es muy repetitivo,
como si estuviera movido por un oculto mecanismo o, más exactamente,
como si fuese un sucedáneo que esconde lo que de verdad necesito vivir.
Algunos de mis compañeros de carreras, que montan en rosados cerditos
envidian a los que cabalgan índicos elefantes y son a su vez envidiados por
los jinetes de exóticos camellos. A veces le pregunto a mi vecino, que
siempre trata en vano de adelantarme subido sobre una gran vaca lechera si
no le parece que todo esto es un montaje, pero con tanto barullo no me oye.
Aunque ya me he dado cuenta de que lo más probable es que eso sea
precisamente lo que intenta hacerme creer.
Así que, no sin cierta desgana me dejo llevar, abrazado a lo único que me
parece un poco real: mi montura es un mitológico ciervo blanco con unas
cuernas, al fin, de veinticuatro puntas.
7.
Durante muchos años no volví al bosque. He vivido volcado, como todos,
en las responsabilidades y experiencias que asumimos al crecer, enredado
en esa gratificante pero también asfixiante madeja que supone ser un
humano conviviendo exclusivamente con otros humanos.
A veces recordaba mis viejas experiencias, ya tan lejanas. Desde la
compacta visión de un adulto integrado en el mundo tenían la inconsistencia y la simpleza de un delirio infantil. “Cosas de niños”, me
decía.
Pero algunas noches, siempre en temporadas difíciles, despertaba
bruscamente y me descubría buscando la profundidad del cielo nocturno
cuajado de estrellas, y confundiendo la respiración de mi pareja con la de
aquel animal al que ya no sé en qué realidad ubicar.
Y la cuestión que siempre eludía al despertar era qué realidad, la del
soñador o la del adulto, era la auténtica. Si es que lo auténtico y lo espurio
no son los dos perfiles del mismo rostro.
8.

Como si fuera una traición perpetrada por nadie, siento que estoy entrando
en la vejez, y eso ha supuesto la difícil aceptación de que mi existencia es
limitada.
Mis certidumbres, aprendidas de las certidumbres ajenas, de lugares
comunes que todos damos por supuestos, funcionan bien bajo la fantasía de
que la vida se prolonga indefinidamente. Cuando uno asume que su final no
está lejano, nuestras certidumbres y el sentido que emana de ellas, tan
sólido, se nos escurren entre los dedos como un puñado de ceniza.
Pensaba ayer en todo eso, cuando mi nieta me trajo un dibujo que había
hecho para mí. Sobre el papel estaba yo representado junto a un ciervo
enorme. Por supuesto que ella no conocía mi historia.
“Una cuerna tiene once puntas y la otra doce”, le dije “¿Cómo es eso?”
La niña se apresuró a dibujar la punta que faltaba.
Y ahora, cuando por fin parece haber llegado la tan postergada respuesta, o
precisamente por eso, la intuición me susurra que es un espejismo.
Presiento que la realidad es demasiado vasta para encerrarla entre los
estrechos laberintos de las pregunta-respuestas y sus ansias por lo
irrefutable.
9.
En cualquier caso, esta mañana, tras una noche inquieta, he encontrado al
fin el motivo para volver al viejo bosque de mi infancia. Los años no han
conseguido evitar que, al adentrarme en su atmósfera verde volviera el
deslumbramiento, el prodigio de caminar entre silenciosos gigantes
cubiertos de musgo, que el trasluz rasante del sol otoñal ribeteaba en oro.

He vagado sin un objetivo todo el día, cruzando barrancos, siguiendo
sendas de animales apenas marcadas sobre la hojarasca, trazos irracionales
que atraviesan parajes como robados de un sueño o rodean una de esas
charcas secretas en las que parece desvanecerse la figura de un fauno,
caminos discontinuos que cartografían el mapa de la mente inconsciente
del bosque.
La tarde desemboca en ese instante en el que el tiempo parece detenerse,
las cosas se desentienden de los nombres a los que pretendemos reducirlas
y muestran toda su inconsistente intensidad.
Y ahora, tras tantos años tercamente oculto a mis intentos de búsqueda, me
he topado con aquel claro, cruzado por un arroyo, en el que pasé una lejana
noche, cuando era un niño. El lugar que temí que solo viviera en mi interior
se ha reunido con su idéntico en el espacio físico. No puedo evitar una
hiperreal sensación de deslumbramiento.
Bajo la última luz me acerco al sitio en el que dormí. La hierba está aún
hundida por el reciente peso de mi cuerpo y el del gran ciervo. Sobre el
hueco en el que cabía un niño se acurruca ahora un viejo.
El ciervo no está a mi lado, pero cierro los ojos y percibo su presencia
amorosa con la misma intensidad de aquella noche. Una emoción que me
inunda y me lleva al presentimiento de que tanto él como yo, como todos
los demás estamos unidos y solo engañosamente separados por los
pliegues del espacio y del tiempo, que somos diferentes sin dejar de ser lo
mismo, que simultáneamente vivimos y ya hemos muerto a la vez que aún no hemos nacido.

 

OSCAR LOSA

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

Un pensamiento en “El corazón del ciervo

  1. ¡ Que maravilla Oscar!. No se puede describir con menos palabras la aventura de la vida. Las metáforas del bosque oscuro, tenebroso, lleno de ocultos peligros, que al final no son tanto y del ciervo amistoso, maternal son sencillas pero explícitas. La vida, convertida en un tiovivo, me parece una comparación espléndida. El corazón del ciervo, como el corazón del bosque son reales.

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