LA TIENDA DEL KIRGUISE

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El viaje a Moguer de Marisa Campo

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I 17 de junio 2016

 

Llegada al Hotel Plaza Escribano de Moguer a las seis de la tarde, con larga espera en recepción. Un hombre duerme  en la sala recibidor descamisado. Apuesto a que es el dueño y acierto. Después de larguísimos minutos, se despierta con el sonido del teléfono y se disculpa. Un hombre amable, servicial y eficaz como tuve ocasión de comprobar después.

 

Ocupamos la habitación 106. Gran desilusión cuando compruebo que no tiene vistas a la calle y el  espacio es reducido. Con el paso del tiempo, me resulta muy agradable. La ventana de la habitación da como todas las de la planta baja, a un patio andaluz por el que corretea el viento entre las macetas y el techado minúsculo de PVC. Las ventajas son que podemos prescindir del aire acondicionado y dormir con la ventana abierta por la ausencia de ruido, aunque no suele molestarme, tampoco la luz, por el contrario, me agradan.

 

Las instrucciones para dejar el coche en el parking del hotel son harto complejas. Un manojo de llaves con múltiples recomendaciones, me obligan a abstraerme en medio de una conversación tediosa: Es todo muy rústico, señora, me explica cuando yo ya he abandonado mis pensamientos al cielo azul de Moguer y a sus casitas blancas enrejadas.

 

Cena en la taberna de El Raposo. Partido de la Eurocopa, juega España. Escribo con la algarabía del speaker y el olor a fritura de pescado. Lo mejor las patatas aliñadas y la simpatía y trato de Manolo. Infusión de manzanilla en la cafetería de la Plaza de El Marqués. La luna mira con curiosidad, la estatua de Zenobia. Frente a mí, el balcón que hace esquina con las calles del Arcipreste Borrego y la calle Juan Ramón, antigua calle Nueva. Bajo su firme piso, seis nidos de golondrinas coronan el logotipo del Banco de Santander. Me envuelve el cielo añil de Moguer, por fin el color tantas veces asumido a lo largo de tus poemas, nazareno de los miradores, habitante de jardines místicos y galantes, mentor de La Colina de los Chopos. Moguer me ha revelado su azul más modernista, después ha variado en un afán impresionista hacia míticos matices. Asistí a las nubecillas rosas y a los ánjeles malvas. Se cayó la noche, como un pobre techo sobre mi cabeza en el azul esmaltado, con su astro de cobre viejo.

 

J. me pide que mañana sin falta, desayunemos en la confitería Victoria.

 

Sábado 18 de junio

 

Me despiertan  cantos de gallos y el piar de los pájaros. Suenan las campanas de Nuestra Señora de la Granada, el sonido del metal ahuyenta a las palomas. Son las siete de la mañana.

 

Esta noche he pensado en lo que diría Jiménez de su Moguer, el que albergaba a las gentes de su siglo, el lugar desde donde refería las costumbres de los gitanos, qué escribiría, me digo,  si se encontrara con un Moguer por el que transitan negros y marroquíes. Me hace pensar en “La negra y la rosa” de su Diario de un poeta recién casado.

 

A las nueve, desayuno en la confitería Victoria: café, zumo de piña y pan con mermelada y aceite,  J. me comenta que la hermana de su abuelo materno – cuyo retrato junto a sus padres  y hermano guardo en mi casa-, se vino a vivir desde Sangenjo a Huelva.

 

Visita a la Casa Museo Zenobia- Juan Ramón Jiménez. María José nos explica todo con detenimiento, los últimos hallazgos en torno a la primera edición de Platero y yo. He oído comentar a muchos que entrar en una pirámide egipcia provoca una sensación indescriptible, pues bien, a mí me ha emocionado en extremo el reencuentro con un poeta muy admirado. Hojeo su biblioteca en la que  las revistas ocupan un espacio importante: Índice, Sí, Ley, Helios. Más de siete mil libros y entre ellos, La Choix de poésies de Verlaine. En una vitrina se expone el manuscrito de “Nocturno” de Cantos de vida y esperanza. Adquiero el libro de Mi Rubén Darío con prólogo de Juan Cobos Wilkins y J. se lleva ,Juan Ramón Jiménez Platero y yo. Adaptación cinematográfica de Alfredo Castellón y Eduardo Mann editado para el trienio Zenobia- Juan Ramón 2006-2008. Volveré a la librería de la casa museo para comprar Melancolía cuya nueva edición lleva prólogo de María Victoria Atencia.

 

Tomo un descafeinado con hielo en la terraza de El Zaratán. Vislumbro la placa de la calle Francisco Garfias, también moguereño, además de estudioso de la obra del premio Nobel. La casa natal de Juan Ramón, alberga una sala en su memoria con obra y objetos personales.

 

Recorriendo museos, haciendo compras y consumiendo en hoteles y restaurantes, nos sellan una cartilla con la que tendremos derecho a la obra Platero y yo, cartilla denominada Pasaporte Platero editada para la conmemoración del Año de esta obra universal en 2014.

 

Comida en el restaurante La Parrala. Menú a base de ensalada mixta, atún a la naranja y jarreta con salsa de pimientos. Como colofón, infusión de manzanilla. La comida es abundante y está bien cocinada.

 

No sé que tiene el hotel Plaza Escribano y la disposición de las habitaciones en la planta baja en torno al patio, con escaleritas que suben un poco su altura, pero me recuerda al monasterio de budismo Shingon de Monte Koya en el que estuve hace años. Falta la frondosidad del bosque y el vuelo de la libélula, así como los devotos monjes empeñados en mantener nuestras zapatillas correctamente alineadas tras las puertas correderas, esas zapatillas cursis y rosas de mujer que yo llevaba y que hacían juego con los floreados futones. Nunca despejé la terrible incógnita: supieron la hora exacta en que sorteando un tifón por la peor de las carreteras de un parque natural desierto, aparecimos como una visión. Llegamos  con nuestro coche japonés alquilado y encontramos a  cuatro monjes esperando en la puerta con toallas blancas, inmaculadas, como la cal de las casas de Moguer, para que secáramos el recuerdo de tantos campos de arroz, anegados por la lluvia.

 

Por la tarde lectura de Vida y muerte de mamá Pura en el salón del hotel, visita al convento de Santa Clara y a la casa natal de Juan Ramón. Hermosas vistas desde la azotea: Fuentepiña, Ríotinto, Punta Umbría, Matalascañas, Huelva.

 

Cena en el restaurante Zenobia: ensalada de mezcla de lechugas, queso, nueces, higos y miel; provolone gratinado con pisto, todo ello regado con una botella de agua mineral y para rematar, otro exceso más, que no estuviera fresquita sino del tiempo. De postre tarta de trufa y galleta e infusión de manzanilla.

 

El hotel Plaza Escribano es limpio, ordenado, con diversas atenciones como la de dejar fruta fresca sobre la mesa (frambuesas, manzanas, moras, arándanos, uvas).

 

Domingo 19 de junio

 

Desayuno en la cafetería Victoria. En Palos de la Frontera visita al Monasterio de La Rábida y el Museo de las Carabelas. Mis simpatías se dirigen hacia Bartolomé de Las Casas.

 

Comida en Palos de La Frontera, restaurante Paraíso: lenguado a la plancha y ricos fresones de Huelva de cosecha propia. De beber, un añejo vaso de agua mineral de unos cuantos grados de temperatura.

 

Siesta en Moguer que dedico a completar el ensayo sobre la simbología del Cisne con algunas notas nuevas. Escribo en el salón del hotel, el cual se utiliza para los desayunos, el resto del día lo tengo libre para mí. Uno de los ventanales, con  cristales amarillos, rojos y azules, da a la recepción y el que está a mi espalda, ofrece una amable visión del patio soleado con mobiliario de mimbre y farolillos ovalados.

 

Al atardecer, subida a Fuentepiña. El caserío ha caído en un abandono total. Bajo el alma del pino grande, del que sale volando una abubilla, un sillón hecho jirones. Suciedad en el pinar de copas redondas que sirven como recipientes del crepúsculo escarlata. Es verdad que el oro de esta luz, vence a la tarde. Desde allí se ve Moguer, pero se debe sortear el papel higiénico como una nueva especie infecta que invade el lugar. Pone punto y final al recorrido, un coche blanco, dentro del cual, una pareja se ha apropiado del uso y disfrute del ocaso, entre otras ocupaciones que les mantienen bastante activos.

 

Cena de montaditos en El patio de los leones, ubicado  en la plaza del Cabildo y helado en Jijona.

 

Durante la noche, continúo leyendo Mi Rubén Darío.

 

Lunes 20 de junio

 

Suena el despertador a las seis de la mañana. Un ratito más de sueño, mientras me ducho con los ojos cerrados. Después desayunamos los cafés que saco de la nevera de la habitación y las galletas de anís que hemos comprado el día anterior en la confitería Victoria.

 

Salimos cuando empieza a amanecer para dirigirnos al pueblo de El Rocío. Recorreremos la parte norte de Doñana. En un autobús, hacemos un trayecto de tres horas y media por bosques mediterráneos con matorral y a través de marismas. Nos explican la flora y la fauna además de facilitarnos un par de prismáticos que junto a los que ya tenemos, mejoran nuestra percepción del Parque. Apreciamos alcornoques, pinos, lentiscos, castañuelas, raíces de eucalipto; aves diversas: perdices, ibis negro, crías de cernícalo, cigüeñas, gallinetas, flamencos, milanos. También conejos, jabalíes, ciervos. El lince se muestra esquivo y lo mismo ocurre con el águila imperial. Demasiado ruido.

 

A la vuelta, nuestra guía, Lucía, nos pide que hagamos un bautismo mental rociero y no sé por qué, quizá porque he leído estos días sobre Juan Ramón Jiménez, se me viene a la mente, Josefito Figuraciones.

 

Comida en Matalascañas, lugar turístico para languidecer. Café en parador de Mazagón y playa desde donde escribo estas escuetas líneas.

 

Cuando íbamos en dirección a El Rocío, las mujeres marroquíes invadían el margen izquierdo de la carretera para ir camino de los campos en los que trabajaban. Las vi volver a las doce, arrastrando los pies por el cansancio, vestidas con sus chalecos reflectantes.

 

Al regresar al hotel descansamos en los bancos de la plaza. Una vecina de la casa de al lado, inicia un monólogo sobre la forma en que algunos convecinos, dejan los residuos en los contenedores. Quiere invitarme a cenar caracoles en su casa, declino el ofrecimiento y me pide el nombre del lugar donde se hacen las mejores anchoas. Para anotarlo, entra en el vestíbulo del hotel, pide prestado un bolígrafo y lo apunta. Tiene interés en mostrarme el comentario que ha escrito en el  libro de visitas, elogiando el café a un euro.

 

Martes 21 de junio

 

Desayuno en la Cafetería Victoria. Mañana en la Fundación Juan Ramón Jiménez. Me enseñan uno de los tres ejemplares de Ninfeas. Recoge Manuel Alvar el hecho de que se imprimiera en tinta verde además de palabras del propio Juan Ramón que reconocen la influencia de Rubén, la vinculación al parnasianismo, el título original de Nubes que luego se desdobló en Ninfeas y Almas de violeta, epígrafe cedido por Valle-Inclán.

Hojeo libros, doctorados, revistas, diversos trabajos sobre Juan Ramón, para un próximo  ensayo:  Juegos chinos de mano y algunos estudios sobre Jiménez y Rubén Darío, para el homenaje al poeta nicaragüense, que tendrá lugar el 26 de junio en el Ateneo de Santander.

 

Comida en El Raposo. Lectura de Vida y muerte de mamá Pura. Café y cena en la plaza del Cabildo, postre en la heladería Jijona. Por la noche, lectura de algunos ensayos sobre J. R. Jiménez, entre ellos, el de Manuel Alvar.

 

Martes 21 de junio

 

Visita  a la parte sur de Doñana.

 

Miércoles 22 y 23 de junio

 

Olvidé anotar en mi diario de viaje, estos dos últimos días. Lo hago ahora. Nada reseñable. Caminé hasta la parte baja del pueblo y no quise entrar al cementerio blanco, donde reposan los cuerpos de Zenobia y Juan Ramón. Prefiero a ambos vivos, en sus traducciones y en la inmortal obra poética.

 

Recuerdo con nostalgia,  la cena en la terraza de La Parrala –ensalada y pollo asado-, observando el ir y venir de las cigüeñas del convento de Santa Clara en un atardecer caluroso.

 

 

 

 

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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