LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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Engañando a la muerte

Cumplimos esmeradamente una larga retahila de sortilegios para enmendar nuestro destino: la música, el amor, la conversación (virtual o corpórea), la memoria nuestra o de los otros, escrita o recitada. Durante esos momentos de flujo, el tiempo se  hace pozo a lo profundo, y no ocupa lugar. Es una eternidad en comunión, el atisbo momentáneo de la gloria verdadera que es nuestra naturaleza, agradecida a pesar de todo por estar viva y presente.

No sé cómo me sentiré mañana, cómo mi cuerpo me traicionará, las mentiras que preferiré creer o aquellas que no me quede más remedio que comprar: habrá habido momentos de esplendor en los que, verdaderamente, engañé a la muerte.

 

MARC RIVEROLA

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El corazón del ciervo

1.

La primera vez que vi un bosque de hayas –y la primera que me perdí en
él– yo tenía doce años. Desde entonces no dejé de volver allí para perderme
de nuevo.
Aquel día, mi padre y mi tío, que eran cazadores, me habían permitido por
fin acompañarles. Pero no fue la caza, a pesar de mis expectativas, lo que
me impresionó. Adentrarse en el bosque era sumergirse en la luminosidad
verde subacuática que cientos de hojas filtraban sobre nuestras cabezas y
caminar entre un laberinto de seres majestuosos, cubiertos de musgo y
líquenes y hongos y toda clase de extrañas criaturas que yo desconocía.
Oblicuos haces de sol otoñal atravesaban las copas para hacer resplandecer
la hojarasca naranja y dorada y granate y color cuero extendida por el
suelo. El misterio me llamaba desde lo profundo y fui incapaz de resistirlo.
Me interné en su busca y cuando intenté volver ya no supe cómo.
2.
Mi padre y mi tío no se apercibieron de mi ausencia porque el grupo se
había dividido y cada uno de ellos creía que yo estaba con el otro. Cuando
se dieron cuenta, al reunirse toda la partida, estaba anocheciendo. Me
buscaron por los alrededores, pero pronto comprendieron que en la
oscuridad era inútil. Aquella noche no haría frío y durante el día siguiente
me encontrarían con seguridad.
Mientras tanto, yo buscaba desesperado volver junto a los míos con la
única consecuencia de alejarme cada vez más. Gritaba hasta enronquecer,
lloraba y luego recuperaba la serenidad para, al poco volver a repetir el
ciclo. Lo que antes me parecía una maravilla era ahora un escenario
temible. Cuando la luz empezó a faltar, la caída de la noche se me
presentaba como una amenaza angustiosa. Pero con la oscuridad, la calma
del bosque me tranquilizó. Mis prejuicios y mi sensación de soledad se
disiparon ante la inesperada sensación de estar acompañado por miles de
seres que no me eran hostiles.
La luna proyectaba una densa luminosidad que cambiaba radicalmente el
aspecto de las cosas. Me dejé llevar, caminando como en un sueño ¿Cómo
era posible que objetos conocidos pudieran ser tan diferentes sin dejar a la
vez de ser los mismos? Me recuerdo observando maravillado la delicada
carne azul de las hojas de las hayas al ser traspasada por la luz lunar.

Un ruido me hizo volver la cabeza. Frente a mí apareció un animal
imponente. Era un ciervo, coronado con una enorme cuerna. Me asusté y
salí corriendo. Pero el ciervo me siguió, aunque manteniéndose a distancia.
Corrí un buen trecho, y cuando comprendí que no iba a hacerme daño, me
tranquilice y me detuve. Él también lo hizo. Nos quedamos otra vez frente
a frente, separados por unos metros. El ciervo me miró largamente, se dio
la vuelta y empezó a caminar, ahora muy despacio. Lo entendí como una
invitación, así que decidí seguirle. El animal me precedió durante un
tiempo, y al llegar a un pequeño claro en el bosque cruzado por un arroyo,
se tendió sobre la hierba.
Desde su sitio, el ciervo me observaba serenamente. Como si esperase algo
de mí o me ofreciese algo. En realidad, pensé, como si no fuese un animal.
En su presencia me sentía amparado. Me acerqué, supe que me aceptaba, y
me acurruqué junto a él. Luego, me fui aproximando más, hasta pegarme a
su cuerpo en busca de calor. Había sido un día muy agitado y yo estaba
exhausto. El tacto agradable de su pelo, su olor y el sereno vaivén de su
respiración me transmitían seguridad. Así me fui relajando y me quedé
dormido.
3.
Fue una noche de extraños sueños, de los que despertaba bruscamente. Al
abrir los ojos veía las estrellas contra un límpido cielo azul índigo. Todo lo
que me rodeaba y también mis propias percepciones, estaban recubiertas de
esa pátina dorada de lo maravilloso. ¿Qué estaba sucediendo? Ahora creo
que sencillamente, mi experiencia no se agotaba en sí misma. Detrás latía
un significado. Tan intenso como incomprensible.
Alguien que me llamaba en la distancia me despertó. Abrí los ojos en la
luz incierta del amanecer y reconocí la voz de mi padre. El ciervo ya no
estaba a mi lado. Me levanté y respondí que me encontraba bien.
Mientras oía a mis rescatadores acudiendo a toda prisa para encontrarme,
sentí que abandonaba un ámbito de vivencias totalmente ajeno a lo que
hasta entonces había conocido. Escuchar el sonido de mi nombre me había
hecho cruzar de nuevo el umbral que me devolvía al mundo de lo humano.
4.
Cuando conté mi aventura, no me creyeron. Nadie había visto al ciervo, y
al relatar que tenía una corona de doce puntas en cada cuerna, sonrieron con condescendencia, “No te engañes, ese animal no existe. Estabas muy
cansado y solo fue un hermoso sueño”.
Me negué a aceptar que el ciervo fuese un animal irreal con la agresiva
intransigencia que despertaba mi miedo a que tuviesen razón.
Algo en aquella noche había llenado un órgano vacío en mi interior, cuya
existencia desconocía, pero que me procuraba una incomprensible, sutil
felicidad. ¿Cuál era la realidad: la objetividad en la que insistía mi familia o
la fuerza de mis emociones? Quizá prematuramente, estaba atrapado en el
viejo dilema.
Recuerdo que en los meses siguientes escribí varias cartas al ciervo,
hablándole de mi vida y de mi deseo de volver a encontrarlo, que entregaba
a mi padre para que en sus partidas de caza las abandonase en el bosque.
Sabía que nunca llegarían a su destinatario, pero confusamente buscaba la
respuesta a la pregunta sin palabras que se había formulado aquella noche y
que me ha acompañado toda la vida.
5.
Mi adolescencia y mi primera juventud no fueron fáciles. En cuanto tuve la
autonomía suficiente, volví al bosque.
Me gustaba perderme, vagar al azar como un ser transparente en medio de
aquel escenario que me nutría con su silenciosa belleza. Dejarme arrastrar
por la llamada del misterio que parecía venir de un lugar profundo que se
desplazaba a medida que creía aproximarme a él. Espejo a la vez del otro,
evanescente misterio que simultáneamente exploraba en mi interior.
En el bosque, todo parecía tener un sentido que no podía encontrar en mi
vida cotidiana. Y en la oscuridad, lo percibía especialmente. Tendido en mi
saco de dormir sobre un lugar que me pareciese propicio, me sumía en el
fluir de la noche, saboreando su sustancia hasta quedarme dormido. Sabía
que allí estaba menos solo y a la vez más en mí mismo que en ningún otro
lugar del mundo.
Al despertar, aún quedaba un eco de aquella sencilla paz que había
experimentado de niño, y mis problemas personales parecían manejables.
Entonces, paradójicamente mas humanizado, volvía al mundo de los
humanos.
En mis excursiones siempre anidaba la esperanza de volver a encontrar al
gran ciervo, y una y otra vez busqué el claro del bosque, cruzado por un
pequeño arroyo, en el que había dormido. Detrás estaba el ineludible desasosiego por encontrar una confirmación que validase mi experiencia,
en realidad una respuesta que diese salida a mi dilema.
Nunca pude dar con ellos.
6.
En el tiovivo de la vida, subido en mi montura en medio del estrépito y los
destellos y la confusión que me devuelven sus espejos giratorios y el ruido
de su música, doy vueltas y vueltas con la ilusión de que avanzamos hacia
algún sitio. Me rodean otros que, como yo suben y bajan y vuelven a subir,
y a veces desaparecen para inmediatamente ser sustituidos por caras nuevas
pero tan insípidas como las anteriores.
Al principio parecía divertido todo este tráfago de la velocidad y el ruido y
el subir y el bajar, pero ya empiezo a cansarme: todo es muy repetitivo,
como si estuviera movido por un oculto mecanismo o, más exactamente,
como si fuese un sucedáneo que esconde lo que de verdad necesito vivir.
Algunos de mis compañeros de carreras, que montan en rosados cerditos
envidian a los que cabalgan índicos elefantes y son a su vez envidiados por
los jinetes de exóticos camellos. A veces le pregunto a mi vecino, que
siempre trata en vano de adelantarme subido sobre una gran vaca lechera si
no le parece que todo esto es un montaje, pero con tanto barullo no me oye.
Aunque ya me he dado cuenta de que lo más probable es que eso sea
precisamente lo que intenta hacerme creer.
Así que, no sin cierta desgana me dejo llevar, abrazado a lo único que me
parece un poco real: mi montura es un mitológico ciervo blanco con unas
cuernas, al fin, de veinticuatro puntas.
7.
Durante muchos años no volví al bosque. He vivido volcado, como todos,
en las responsabilidades y experiencias que asumimos al crecer, enredado
en esa gratificante pero también asfixiante madeja que supone ser un
humano conviviendo exclusivamente con otros humanos.
A veces recordaba mis viejas experiencias, ya tan lejanas. Desde la
compacta visión de un adulto integrado en el mundo tenían la inconsistencia y la simpleza de un delirio infantil. “Cosas de niños”, me
decía.
Pero algunas noches, siempre en temporadas difíciles, despertaba
bruscamente y me descubría buscando la profundidad del cielo nocturno
cuajado de estrellas, y confundiendo la respiración de mi pareja con la de
aquel animal al que ya no sé en qué realidad ubicar.
Y la cuestión que siempre eludía al despertar era qué realidad, la del
soñador o la del adulto, era la auténtica. Si es que lo auténtico y lo espurio
no son los dos perfiles del mismo rostro.
8.

Como si fuera una traición perpetrada por nadie, siento que estoy entrando
en la vejez, y eso ha supuesto la difícil aceptación de que mi existencia es
limitada.
Mis certidumbres, aprendidas de las certidumbres ajenas, de lugares
comunes que todos damos por supuestos, funcionan bien bajo la fantasía de
que la vida se prolonga indefinidamente. Cuando uno asume que su final no
está lejano, nuestras certidumbres y el sentido que emana de ellas, tan
sólido, se nos escurren entre los dedos como un puñado de ceniza.
Pensaba ayer en todo eso, cuando mi nieta me trajo un dibujo que había
hecho para mí. Sobre el papel estaba yo representado junto a un ciervo
enorme. Por supuesto que ella no conocía mi historia.
“Una cuerna tiene once puntas y la otra doce”, le dije “¿Cómo es eso?”
La niña se apresuró a dibujar la punta que faltaba.
Y ahora, cuando por fin parece haber llegado la tan postergada respuesta, o
precisamente por eso, la intuición me susurra que es un espejismo.
Presiento que la realidad es demasiado vasta para encerrarla entre los
estrechos laberintos de las pregunta-respuestas y sus ansias por lo
irrefutable.
9.
En cualquier caso, esta mañana, tras una noche inquieta, he encontrado al
fin el motivo para volver al viejo bosque de mi infancia. Los años no han
conseguido evitar que, al adentrarme en su atmósfera verde volviera el
deslumbramiento, el prodigio de caminar entre silenciosos gigantes
cubiertos de musgo, que el trasluz rasante del sol otoñal ribeteaba en oro.

He vagado sin un objetivo todo el día, cruzando barrancos, siguiendo
sendas de animales apenas marcadas sobre la hojarasca, trazos irracionales
que atraviesan parajes como robados de un sueño o rodean una de esas
charcas secretas en las que parece desvanecerse la figura de un fauno,
caminos discontinuos que cartografían el mapa de la mente inconsciente
del bosque.
La tarde desemboca en ese instante en el que el tiempo parece detenerse,
las cosas se desentienden de los nombres a los que pretendemos reducirlas
y muestran toda su inconsistente intensidad.
Y ahora, tras tantos años tercamente oculto a mis intentos de búsqueda, me
he topado con aquel claro, cruzado por un arroyo, en el que pasé una lejana
noche, cuando era un niño. El lugar que temí que solo viviera en mi interior
se ha reunido con su idéntico en el espacio físico. No puedo evitar una
hiperreal sensación de deslumbramiento.
Bajo la última luz me acerco al sitio en el que dormí. La hierba está aún
hundida por el reciente peso de mi cuerpo y el del gran ciervo. Sobre el
hueco en el que cabía un niño se acurruca ahora un viejo.
El ciervo no está a mi lado, pero cierro los ojos y percibo su presencia
amorosa con la misma intensidad de aquella noche. Una emoción que me
inunda y me lleva al presentimiento de que tanto él como yo, como todos
los demás estamos unidos y solo engañosamente separados por los
pliegues del espacio y del tiempo, que somos diferentes sin dejar de ser lo
mismo, que simultáneamente vivimos y ya hemos muerto a la vez que aún no hemos nacido.

 

OSCAR LOSA

 

 


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El viaje a Moguer de Marisa Campo

 

I 17 de junio 2016

 

Llegada al Hotel Plaza Escribano de Moguer a las seis de la tarde, con larga espera en recepción. Un hombre duerme  en la sala recibidor descamisado. Apuesto a que es el dueño y acierto. Después de larguísimos minutos, se despierta con el sonido del teléfono y se disculpa. Un hombre amable, servicial y eficaz como tuve ocasión de comprobar después.

 

Ocupamos la habitación 106. Gran desilusión cuando compruebo que no tiene vistas a la calle y el  espacio es reducido. Con el paso del tiempo, me resulta muy agradable. La ventana de la habitación da como todas las de la planta baja, a un patio andaluz por el que corretea el viento entre las macetas y el techado minúsculo de PVC. Las ventajas son que podemos prescindir del aire acondicionado y dormir con la ventana abierta por la ausencia de ruido, aunque no suele molestarme, tampoco la luz, por el contrario, me agradan.

 

Las instrucciones para dejar el coche en el parking del hotel son harto complejas. Un manojo de llaves con múltiples recomendaciones, me obligan a abstraerme en medio de una conversación tediosa: Es todo muy rústico, señora, me explica cuando yo ya he abandonado mis pensamientos al cielo azul de Moguer y a sus casitas blancas enrejadas.

 

Cena en la taberna de El Raposo. Partido de la Eurocopa, juega España. Escribo con la algarabía del speaker y el olor a fritura de pescado. Lo mejor las patatas aliñadas y la simpatía y trato de Manolo. Infusión de manzanilla en la cafetería de la Plaza de El Marqués. La luna mira con curiosidad, la estatua de Zenobia. Frente a mí, el balcón que hace esquina con las calles del Arcipreste Borrego y la calle Juan Ramón, antigua calle Nueva. Bajo su firme piso, seis nidos de golondrinas coronan el logotipo del Banco de Santander. Me envuelve el cielo añil de Moguer, por fin el color tantas veces asumido a lo largo de tus poemas, nazareno de los miradores, habitante de jardines místicos y galantes, mentor de La Colina de los Chopos. Moguer me ha revelado su azul más modernista, después ha variado en un afán impresionista hacia míticos matices. Asistí a las nubecillas rosas y a los ánjeles malvas. Se cayó la noche, como un pobre techo sobre mi cabeza en el azul esmaltado, con su astro de cobre viejo.

 

J. me pide que mañana sin falta, desayunemos en la confitería Victoria.

 

Sábado 18 de junio

 

Me despiertan  cantos de gallos y el piar de los pájaros. Suenan las campanas de Nuestra Señora de la Granada, el sonido del metal ahuyenta a las palomas. Son las siete de la mañana.

 

Esta noche he pensado en lo que diría Jiménez de su Moguer, el que albergaba a las gentes de su siglo, el lugar desde donde refería las costumbres de los gitanos, qué escribiría, me digo,  si se encontrara con un Moguer por el que transitan negros y marroquíes. Me hace pensar en “La negra y la rosa” de su Diario de un poeta recién casado.

 

A las nueve, desayuno en la confitería Victoria: café, zumo de piña y pan con mermelada y aceite,  J. me comenta que la hermana de su abuelo materno – cuyo retrato junto a sus padres  y hermano guardo en mi casa-, se vino a vivir desde Sangenjo a Huelva.

 

Visita a la Casa Museo Zenobia- Juan Ramón Jiménez. María José nos explica todo con detenimiento, los últimos hallazgos en torno a la primera edición de Platero y yo. He oído comentar a muchos que entrar en una pirámide egipcia provoca una sensación indescriptible, pues bien, a mí me ha emocionado en extremo el reencuentro con un poeta muy admirado. Hojeo su biblioteca en la que  las revistas ocupan un espacio importante: Índice, Sí, Ley, Helios. Más de siete mil libros y entre ellos, La Choix de poésies de Verlaine. En una vitrina se expone el manuscrito de “Nocturno” de Cantos de vida y esperanza. Adquiero el libro de Mi Rubén Darío con prólogo de Juan Cobos Wilkins y J. se lleva ,Juan Ramón Jiménez Platero y yo. Adaptación cinematográfica de Alfredo Castellón y Eduardo Mann editado para el trienio Zenobia- Juan Ramón 2006-2008. Volveré a la librería de la casa museo para comprar Melancolía cuya nueva edición lleva prólogo de María Victoria Atencia.

 

Tomo un descafeinado con hielo en la terraza de El Zaratán. Vislumbro la placa de la calle Francisco Garfias, también moguereño, además de estudioso de la obra del premio Nobel. La casa natal de Juan Ramón, alberga una sala en su memoria con obra y objetos personales.

 

Recorriendo museos, haciendo compras y consumiendo en hoteles y restaurantes, nos sellan una cartilla con la que tendremos derecho a la obra Platero y yo, cartilla denominada Pasaporte Platero editada para la conmemoración del Año de esta obra universal en 2014.

 

Comida en el restaurante La Parrala. Menú a base de ensalada mixta, atún a la naranja y jarreta con salsa de pimientos. Como colofón, infusión de manzanilla. La comida es abundante y está bien cocinada.

 

No sé que tiene el hotel Plaza Escribano y la disposición de las habitaciones en la planta baja en torno al patio, con escaleritas que suben un poco su altura, pero me recuerda al monasterio de budismo Shingon de Monte Koya en el que estuve hace años. Falta la frondosidad del bosque y el vuelo de la libélula, así como los devotos monjes empeñados en mantener nuestras zapatillas correctamente alineadas tras las puertas correderas, esas zapatillas cursis y rosas de mujer que yo llevaba y que hacían juego con los floreados futones. Nunca despejé la terrible incógnita: supieron la hora exacta en que sorteando un tifón por la peor de las carreteras de un parque natural desierto, aparecimos como una visión. Llegamos  con nuestro coche japonés alquilado y encontramos a  cuatro monjes esperando en la puerta con toallas blancas, inmaculadas, como la cal de las casas de Moguer, para que secáramos el recuerdo de tantos campos de arroz, anegados por la lluvia.

 

Por la tarde lectura de Vida y muerte de mamá Pura en el salón del hotel, visita al convento de Santa Clara y a la casa natal de Juan Ramón. Hermosas vistas desde la azotea: Fuentepiña, Ríotinto, Punta Umbría, Matalascañas, Huelva.

 

Cena en el restaurante Zenobia: ensalada de mezcla de lechugas, queso, nueces, higos y miel; provolone gratinado con pisto, todo ello regado con una botella de agua mineral y para rematar, otro exceso más, que no estuviera fresquita sino del tiempo. De postre tarta de trufa y galleta e infusión de manzanilla.

 

El hotel Plaza Escribano es limpio, ordenado, con diversas atenciones como la de dejar fruta fresca sobre la mesa (frambuesas, manzanas, moras, arándanos, uvas).

 

Domingo 19 de junio

 

Desayuno en la cafetería Victoria. En Palos de la Frontera visita al Monasterio de La Rábida y el Museo de las Carabelas. Mis simpatías se dirigen hacia Bartolomé de Las Casas.

 

Comida en Palos de La Frontera, restaurante Paraíso: lenguado a la plancha y ricos fresones de Huelva de cosecha propia. De beber, un añejo vaso de agua mineral de unos cuantos grados de temperatura.

 

Siesta en Moguer que dedico a completar el ensayo sobre la simbología del Cisne con algunas notas nuevas. Escribo en el salón del hotel, el cual se utiliza para los desayunos, el resto del día lo tengo libre para mí. Uno de los ventanales, con  cristales amarillos, rojos y azules, da a la recepción y el que está a mi espalda, ofrece una amable visión del patio soleado con mobiliario de mimbre y farolillos ovalados.

 

Al atardecer, subida a Fuentepiña. El caserío ha caído en un abandono total. Bajo el alma del pino grande, del que sale volando una abubilla, un sillón hecho jirones. Suciedad en el pinar de copas redondas que sirven como recipientes del crepúsculo escarlata. Es verdad que el oro de esta luz, vence a la tarde. Desde allí se ve Moguer, pero se debe sortear el papel higiénico como una nueva especie infecta que invade el lugar. Pone punto y final al recorrido, un coche blanco, dentro del cual, una pareja se ha apropiado del uso y disfrute del ocaso, entre otras ocupaciones que les mantienen bastante activos.

 

Cena de montaditos en El patio de los leones, ubicado  en la plaza del Cabildo y helado en Jijona.

 

Durante la noche, continúo leyendo Mi Rubén Darío.

 

Lunes 20 de junio

 

Suena el despertador a las seis de la mañana. Un ratito más de sueño, mientras me ducho con los ojos cerrados. Después desayunamos los cafés que saco de la nevera de la habitación y las galletas de anís que hemos comprado el día anterior en la confitería Victoria.

 

Salimos cuando empieza a amanecer para dirigirnos al pueblo de El Rocío. Recorreremos la parte norte de Doñana. En un autobús, hacemos un trayecto de tres horas y media por bosques mediterráneos con matorral y a través de marismas. Nos explican la flora y la fauna además de facilitarnos un par de prismáticos que junto a los que ya tenemos, mejoran nuestra percepción del Parque. Apreciamos alcornoques, pinos, lentiscos, castañuelas, raíces de eucalipto; aves diversas: perdices, ibis negro, crías de cernícalo, cigüeñas, gallinetas, flamencos, milanos. También conejos, jabalíes, ciervos. El lince se muestra esquivo y lo mismo ocurre con el águila imperial. Demasiado ruido.

 

A la vuelta, nuestra guía, Lucía, nos pide que hagamos un bautismo mental rociero y no sé por qué, quizá porque he leído estos días sobre Juan Ramón Jiménez, se me viene a la mente, Josefito Figuraciones.

 

Comida en Matalascañas, lugar turístico para languidecer. Café en parador de Mazagón y playa desde donde escribo estas escuetas líneas.

 

Cuando íbamos en dirección a El Rocío, las mujeres marroquíes invadían el margen izquierdo de la carretera para ir camino de los campos en los que trabajaban. Las vi volver a las doce, arrastrando los pies por el cansancio, vestidas con sus chalecos reflectantes.

 

Al regresar al hotel descansamos en los bancos de la plaza. Una vecina de la casa de al lado, inicia un monólogo sobre la forma en que algunos convecinos, dejan los residuos en los contenedores. Quiere invitarme a cenar caracoles en su casa, declino el ofrecimiento y me pide el nombre del lugar donde se hacen las mejores anchoas. Para anotarlo, entra en el vestíbulo del hotel, pide prestado un bolígrafo y lo apunta. Tiene interés en mostrarme el comentario que ha escrito en el  libro de visitas, elogiando el café a un euro.

 

Martes 21 de junio

 

Desayuno en la Cafetería Victoria. Mañana en la Fundación Juan Ramón Jiménez. Me enseñan uno de los tres ejemplares de Ninfeas. Recoge Manuel Alvar el hecho de que se imprimiera en tinta verde además de palabras del propio Juan Ramón que reconocen la influencia de Rubén, la vinculación al parnasianismo, el título original de Nubes que luego se desdobló en Ninfeas y Almas de violeta, epígrafe cedido por Valle-Inclán.

Hojeo libros, doctorados, revistas, diversos trabajos sobre Juan Ramón, para un próximo  ensayo:  Juegos chinos de mano y algunos estudios sobre Jiménez y Rubén Darío, para el homenaje al poeta nicaragüense, que tendrá lugar el 26 de junio en el Ateneo de Santander.

 

Comida en El Raposo. Lectura de Vida y muerte de mamá Pura. Café y cena en la plaza del Cabildo, postre en la heladería Jijona. Por la noche, lectura de algunos ensayos sobre J. R. Jiménez, entre ellos, el de Manuel Alvar.

 

Martes 21 de junio

 

Visita  a la parte sur de Doñana.

 

Miércoles 22 y 23 de junio

 

Olvidé anotar en mi diario de viaje, estos dos últimos días. Lo hago ahora. Nada reseñable. Caminé hasta la parte baja del pueblo y no quise entrar al cementerio blanco, donde reposan los cuerpos de Zenobia y Juan Ramón. Prefiero a ambos vivos, en sus traducciones y en la inmortal obra poética.

 

Recuerdo con nostalgia,  la cena en la terraza de La Parrala –ensalada y pollo asado-, observando el ir y venir de las cigüeñas del convento de Santa Clara en un atardecer caluroso.

 

 

 

 

 

 


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Concierto de Inés Fonseca

Querid@s amig@s.

Desde la Consejería de Cultura me han encargado hacer un concierto sobre Miguel Hernández o la Generación del 27, los dos Aniversarios que nos han ocupado este año 2017.

Tanto Miguel Hernández, al que dediqué el libro.cd Vueloaño 2010, comoLa Generación del 27 que produje en el año 2007, son poetas a los que he dedicado mi interés personal, mi voz, mi música y mis conciertos.

Os convoco para el viernes día 15 de diciembre en el Salón de Actos de laBiblioteca Central de Cantabria, Calle Ruiz de Alda, a las siete de la tarde,

al concierto “Miguel Hernández en la Generación del 27”. Durará una hora.

La relación que mantuvo Miguel Hernández con l@s poetas del 27 fueron los años más importantes de su breve vida y marcaron sus relaciones vitales y su poesía.

Canciones para recordarl@s a tod@s.

Compartid este correo con las personas que penséis les pueda interesar: profesoras y profesores, alumn@s o cualquier persona que quiera disfrutar con la música, la emoción y el saber.

Un abrazo musical

Inés