LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Las cosas maravillosas (continuación)

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II.

Y lo único que conseguí fue miedo. Un miedo primario, voraz, que me alejó de aquel paraje a toda prisa. Sin embargo aquella búsqueda estaba resuelta a convertirse en encuentro. Dio la casualidad de que mi casa, un adosado mediano demasiado grande para mí, venía a situarse más o menos enfrente de la colina tras de cuyo recodo se abría la boca de la caverna. Y que, al cabo de varios meses, cuando otra vez todo el asunto estaba casi olvidado, o al menos enterrado en la cotidianidad, una noche de mal tiempo, a comienzos de noviembre, observando el celaje desde la ventana de mi dormitorio, advertí unas luces oscilantes en la obscuridad que parecían ascender por el caminejo hacia la cueva que a trozos se advertía desde allí. Pensé que sería alguna linterna o la luz de un teléfono móvil, quizás del ganadero jubilado que tenía más o menos por esa zona un pequeño recinto para las vacas que le servían de distracción. Pero el color y la oscilación de aquel rastro eran los propio del fuego. Mi corazón se encogió. Y de pronto me encontraba fuera de casa, corriendo a grandes zancadas hacia el lugar que acababa de observar. Pero cuando llegué no había nada. Subí casi a oscuras por el camino, llegué a la boca de la cueva y allí, otra vez, lo que ya conocía había cambiado. La entrada de la cueva era mucho más grande. Por supuesto no había rastro de la verja, y al asomarme al túnel estrecho que se adentraba en la colina, me pareció percibir cierta luminosidad oscilante, como un rastro en la penumbra. Sin pensar más me introduje en la cueva siguiendo aquel resplandor, que era el minimo posible para poder alcanzar, sin golpearme con las paredes o perderme, a aquellos que portaban el fuego. El pasillo y sus paredes eran bastante más amplias de lo que me imginaba después de haberme asomado apenas con mi amigo el profesor. Por supuesto, en más de mil trescientos años, la cueva habría sufrido procesos de colmatación, y en el punto temporal en el que sabía que me encontraba, éstos aun no se habían producido. Sorpredentemente, no tenía miedo alguno. Tan sólo una gran premura por encontrar a los portadores de la luz. Y los encontré en una sala que apareció súbitamente tras un recodo estalagmítico. Allí estaban, transportando, además de las teas, una parihuela con lo que parecia una persona, a medias envuelta en una especie de manto o lienzo de color claro. Me miraron turbiamente en la semioscuridad, con el gesto torvo pero sin sorprenderse demasiado. Eran cinco, sin contar lo que yo ya adivinaba que era un cadáver. No intenté dirigirles la palabra; de sobra sabía que no podríamos entendernos. El cuerpo que transportaban se encontraba cerca de mí y pude verle el rostro. No me sorprendió reconocer a la mujer que había conocido meses atrás en el camino. Uno de ellos musitaba algún tipo de oración o ensalmo mientras los otros depositaban en una zona lateral algunos objetos. Allí dejaron el bulto, que, nuevamente y sin asombro por mi parte, no estaba solo. Cerca otro cadáver, a medias envuelto en otro sudario medio carcomido por la humedad y el tiempo, dejaba ver un cráneo blanquecino. Lo que sucedió después me dejó helado por la violencia y rapidez con la que aquellos hombres, tras encender una hoguera con sus antorchas, arrojaron aquel cráneo, tan fácilmente separado del cuerpo, al fuego, y lo destrozaron con dos grandes piedras que recogieron del suelo. Luego, sin articular palabra, arrojaron dos puñados de algo que parecía tierra, o grano, sobre la hoguera, que chisporroteó alegremente en aquel aire estático y cargado de humedad. No recuerdo más. Cuando me levanté del suelo estaba solo, con la culera del pantalón empapada y sucia de barro. Una tenue luz del exterior me ayudó a salir de aquel recinto, nuevamente estrecho y solitario. Mientras me arrastraba iba reflexionando sobre la poca tristeza que se percibía en ellos. Aquello no era un duelo, era otra cosa. El cadáver al que habían arrancado el cráneo era tratado con temor, odio incluso. Y no se percibía ninguna muestra ni objeto que recordara vagamente al cristianismo en el trato que se le había dado, aunque aquellas plegarias o ensalmos habían sido para mí incomprensibles. Aquella era gente embrutecida por alguna desgracia, o por una vida en extremo terrible. Recordé el dicho de Hobbes, sobre la existencia antigua: “corta, desagradable y brutal”. A fe que debía de tener razon. Por supuesto en ningún momento me pregunté sobre la realidad de lo que había visto. Esas dudas habían desaparecido ya hace tiempo de mi mente.

Durante varios días me mantuve en un estado de agotamiento y estupefacción, con la emoción de vivir en una especie de limbo. Obviamente no podía contarle a nadie lo que había visto, ¿o sí?. ¿Y a quién? Se me ocurrió ir a visitar a mi amigo el profesor y sincerarme con él. Me daba un poco lo mismo que pensase que estaba loco. Lo que yo quería era saber qué hacer con esa experiencia singular. Si podría repetirse, y si yo quería que se repitiera. Todo aquello había puesto en evidencia, aún mas, la soledad en la que vivía, y no era capaz de ver más allá de los recuerdos del último trance imposible que había experimentado. Quizás era esa misma desafección por la vida de los otros lo que me había puesto en la diana de las manifestaciones de aquellos seres  no tan separados de mí salvo por el tiempo, categoría que no era tan impermeable como parecía. Volvia a verme a mí, en la cueva, incapaz de comunicarme con ellos, al igual que me sucedía con mis  congéneres habituales, asombrado ante su certera actividad, cuyo significado tampoco era capaz de comprender.

Pasó el resto del curso. El malestar, la incomunicación aumentaban. Finalmente no le había contado nada a nadie. Mis ataduras con el colegio eran livianas, y rescindí el contrato para el año siguiente. También suspendí el alquiler de la casa en la que vivía y decidí poner tierra de por medio. Un amigo mio trabajaba en un colegio de Huelva y pudo conseguirme un nuevo trabajo. Al final parecía que se me ofrecía una oportunidad para salir de aquel circulo vicioso e inutil en el que se habia covertido mi vida.

Nada más lejos de la realidad.

 

Marina Gurruchaga

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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