LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Las cosas maravillosas

2 comentarios

I.

     Las cosas maravillosas, inimaginables -adjetivos ambos que no describen forzosamente una vivencia sentida de forma gozosa- , suceden muchas veces de una forma que se nos impone violentamente. No sabemos qué hacer con las respuestas a preguntas que jamás nos habríamos formulado y permanecemos, perplejos, abandonados en una orilla remota, lejos de lo que fuimos y sin saber bien en qué nos han convertido las cosas que hemos visto, que hemos sentido. De esa misma forma violenta debe construirse su relato, sin endulzarlo ni adobarlo de manera que el terror desaparezca, para describir sucintamente los hechos.

Paseaba yo por el camino que ascendía la ladera, el mismo que conocéis, donde una pareja de asnos suelen estar atados y una yegua gris, en ocasiones, pasta en el prado de arriba. Iba mirando al suelo, como siempre, atento a cualquier resto fósil o geológico interesante. Yo era profesor por entonces de Ciencias, y la verdad es que mi profesión era más una afición que un trabajo. Más o menos a la altura de la curva, junto al cobertizo de los animales que he mencionado, levanté la vista de repente y la vi frente a mí. Una mujer pequeña, desgreñada, el rostro tostado por la intemperie. Vestía ropones largos de lana, con mangas anchas y una especie de botas cubiertas de lodo, la cabeza descubierta y arreglado el cabello oscuro, entrecano, con raya al medio. La edad era indefinible: podía tener setenta años, y podía también tener cuarenta. Me miró con unos ojos muy claros, grises o amarillentos, no pude distinguir exactamente. Mi primera impresión fue de muda sorpresa. Ella se mantuvo delante de mí con rostro poco amistoso y musitó algo que no pude entender. Cuando le dije: “¿perdón”?”, volvió a hablar en tono más alto y señaló hacia el prado que se encontraba sobre nuestras cabezas. Aquello sonaba a una especie de lengua muy fricativa y abrupta que no conocía en absoluto (no era inglés, ni francés, ni alemán, ni ninguna lengua eslava… pero sonaba un poco como todas ellas). Reconozco que se me pasó por la cabeza que un grupo de rumanos hubieran podido llegar al pueblo para mendigar por las urbanizaciones de casas, y que aquella mujer se había perdido por las sendas semirrurales que salpicaban la localidad. De repente el asno, que se encontraba algo más abajo, comenzó a rebuznar de una forma tan potente que, aunque de sobra conocía su sonido, no pude por menos que girarme asustado durante unos segundos. Cuando me volví de nuevo, aquella mujer ya no estaba. La busqué con la mirada detrás de mí o por la senda, que continuaba ascendiendo la ladera, pero no había ni rastro de ella. Aquello era completamente imposible, porque, en los escasos segundos en que la había dejado de tener frente a mi, no podía haber subido o bajado por el camino, ni saltado a los prados que nos rodeaban, donde tampoco se veía  ningún rastro de ella.

Por aquella época mi vida se había simplificado mucho. Además del trabajo, la ocupaba mayormente la lectura, el visionado de series y películas descargadas de internet y los paseos en solitario. Por ello en aquel momento me asaltó la idea de que podría haber tenido una alucinación, fruto de mi soledad, de un embotamiento mental, o de algún recuerdo cinematográfico. No me sorprendía en absoluto, dada la tendencia que había comenzado a percibir en mi mismo hacia una vivencia cada vez más real de mis lecturas y ensoñaciones, de tal forma que, una vez que alguna de estas ideas imaginarias se había conformado en mí, me parecía ya parte del mundo real y se imprimía de forma muy precisa y potente no solo en mi memoria conceptual, sino también en el mundo de la emoción.

Pero una cosa era reflexionar o sospechar de la propia personalidad, y otra era encontrar de repente pruebas de que los derroteros hacia los que me dirigía eran más psiquiátricos que psicológicos. Pronto olvidé sin embargo aquel extraño encuentro. Otra tarde estaba paseando por el lugar acostumbrado, esta vez martillo geológico en mano, con el que esperaba extraer los acostumbrados fósiles de espóngidos que el talud en retroceso de la carretera iba haciendo emerger, tras de cada chaparrón, de la blanda arcilla que una vez fue arena en un mar poco profundo durante el final de la era Secundaria. Tras de un rato de infructuosa búsqueda me giré, al llegar a cierto hito sobreelevado, para contemplar mi casa desde allí y las demás urbanizaciones, enmarcadas por los pueblos cercanos y el lejano mar. Tan pronto como lo hice, una sensación súbita y horrorosa de desvanecimiento se apoderó de mi. No encontraba el paisaje esperado: sólo veía un denso encinar y algunas huertas. El pequeño barranco donde se asentaba mi casa estaba libre de edificios. Aquí y allá, más en lo llano, se veían construcciones de piedra y adobe, de cuyos tejados de tosco ramaje y tejas agrietadas salían humos a todas luces procedentes de hogares de leña. Aquí y allá se movían algunas figurillas de personas ocupadas en sus cosas: una acarreaba un cubo de madera y otra llevaba un palo en la mano, saliendo hacia el lateral de una de las casilllas.Tuve que poner mi cabeza entre las manos para no perder el conocimiento, dada la impresión que aquella imagen me provocó. O me encontraba bajo el poder de una nueva alucinación o algo completamente disparatado estaba sucediendo. El lugar era en sus características generales similar al que yo conocía, pero todo había cambiado al mismo tiempo. En ese momento recordé a la mujer con la que me había cruzado tiempo atrás, y esperé aterrorizado, rogué, para que en unos momentos todas aquellas imágenes se desvanecieran, como entonces había sucedido, y lo cotidiano regresara a mi visión. Así sucedió, afortunadamente. El martillo estaba en el suelo; lo recogí y corrí hacia mi casa. Llamé al centro de salud y concerté cita con mi médico de cabecera. Aquello estaba comenzando a asustarme. Algo no estaba bien en mi cerebro. Por supuesto pensé en un tumor o en la posibilidad de un brote esquizofrénico o psicótico. Ninguna suposición era remota, ni por supuesto tranquilizadora. Además en esta ocasión la visión había sido no fragmentaria, como cuando contemplé a la mujer extrañamente vestida. En esta última ocasión había podido ver la panorámica de mi valle, del pequeño mundo que conocía hasta en sus últimos detalles, completamente distorsionada. Aquello suponía un grado respecto al encuentro anterior. En ese momento se me ocurrió que quizás, cuando vi a la mujer, simultáneamente se estaba reproduciendo ese mismo paisaje alterado, aunque yo no lo observaba cuando la veia a ella, pues no se encontraba en mi ángulo de visión. Por ello quizás también podría ser que esta persona perteneciese a esa población extraña que alentaba allá abajo. Ambas fantasías eran una dislocación de la misma idea que alentaba en mi cerebro, solamente yo la había vivido de forma duplicada en diversos momentos.

Fui al médico y le conté mis preocupaciones. Me hizo una serie de preguntas, algunas bastante incómodas, sobre mis hábitos y pensamientos recientes. Me examinó el fondo del ojo, comprobó mis reflejos y me recetó unas pastillas, recomendándome que, si volvía a tener alguna de aquellas visiones, le llamara nuevamente. Durante mucho tiempo no volví por el camino de mi paseo habitual. Empezaba a tener miedo del lugar, como si algo en él pudiera despertar en mí algún reflejo o reminiscencia que generase nuevamente aquellas ensoñaciones.

Un día fui con mis alumnos del colegio en el que era profesor al museo histórico de la capital de nuestra provincia. En la sala de antigüedades locales, que había sido remozada recientemente y mostraba nuevas piezas hasta entonces nunca expuestas, me fijé en los broches altomedievales recién restaurados que se mostraban en una vitrina. Su forma me resultó muy familiar, como si hiciera poco tiempo que los hubiera visto o ya los conociera.  La imagen se me quedó grabada y más tarde, por una de esas curiosas estrategias de la memoria, volvió a aparecérseme pero desplegada  en la cintura de la extraña mujer de mi primera visión. Efectivamente, algún adorno parecido era el que llevaba sobre la larga falda. No pensé más en el asunto, dado que había desarrollado una cierta tendencia a no pensar en aquellos episodios tan desagradables que sospechaba estaban íntimamente vinculados, de una forma que no acertaba a comprender.

Llegó el verano y con él una cierta relajación en mi ánimo. Volví a caminar por aquellos lugares de una forma natural y progresiva. A veces coincidía con algún vecino que paseaba con su perro y charlábamos de mil cuestiones intrascendentes que hacían el recorrido ameno y tranquilizador, como había sido siempre para mí. Una de aquellas veces mi acompañante fue un profesor retirado, conocido en alguna ocasión relacionada con mi docencia, que me ofreció, durante una tarde larga y soleada, ampliar nuestro circuito de paseo por una zona donde se había descubierto hacía pocos años una cueva sepulcral. El camino, que yo no conocía, arrancaba bruscamente del más transitado y se internaba en dirección contraria a la que yo solía seguir. Resultó ser muy ameno, cuajado de piedras medianeras, higueras recién brotadas y una visión muy decorativa de los alrededores.

 

CONTINUARÁ…

 

Marina Gurruchaga

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

2 pensamientos en “Las cosas maravillosas

  1. Una gran atmosfera de misterio… si,estas cosas deben ser asi. Te dejan hecho polvo

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