LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

El diario (continuación)

3 comentarios

4.
Llegó el día en el que terminé de redactar una colección de cuadernos que abarcarían los años transcurridos entre los inicios de mi actividad redactora y la adolescencia tardía. Me faltó tiempo para convocar a aquella chica y entregarle mi colección de mixtificaciones. Si redactar aquellas páginas había constituido una deliciosa tarea, observar la reacción que suscitaban completó mi satisfacción. Yo era como el sastre que diseña un vestido soñado, a la medida de su destinatario, y observa la concordancia, perfecta, entre lo que se esperaba y deseaba y la realidad final. Por supuesto me había dibujado a mi mismo, tanto para complacerla a ella como para tomarme la revancha respecto a la parte mas sufriente de mi vida, de una forma harto halagüeña: otros amigos, otra familia, otros escenarios, otros sucesos. No, no quiero decir que un torrente de almíbar se derramara de mi bolígrafo y yo me metamorfoseara en una especie de héroe de telenovela, pero tomé de aquí y de allá, de mis diversos recuerdos, de la vida de amigos hoy completamente alejados de mi escenario, una serie de rasgos y vivencias que fueron encajando hasta formar una construcción bastante realista y sin embargo envidiable. También añadí algunas peculiaridades que, conociendo ya un poco los gustos y fantasías de mi novia, seguramente embellecerían mi imagen ante ella y le harían apreciarme aún más.
Nuevos cuadernos fueron surgiendo a medida que ella los devoraba. Comenzaron también las conversaciones sobre los detalles de los sucesos narrados y los “recuerdos” atesorados por mí al hilo de su lectura. Mi memoria afortunadamente siempre había sido excelente y no me costó recordar y encadenar unos episodios a otros. Muy pronto aquella realidad paralela tomó completa posesión de mí y ya se me hizo tan natural como la verdad pasada de mi existencia. Miento: más real, más vívida, más gozosa.
5.
Un día me sorprendí a mi mismo, durante una breve visita a mis padres, preguntándoles por el paradero de un amigo del pasado, pero del pasado que me había construído. Lo hice de una forma completamente natural, y ellos ni siquiera se sorprendieron; sencillamente dijeron que no lo recordaban. Al principio pensé que estaba tan imbuído de las maquinaciones y relatos que redactaba frenéticamente casi todos los días para seguir suministrando material a los diarios espúreos, que era natural que hubiese habido un “cruce” o “contaminación” entre la realidad y la automitología. Pero cuando, algunos días después, fui incapaz de discriminar si un recuerdo que me asaltó súbitamente correspondía a mi vida verdadera o a la paralela, comencé a percibir el alcance de la situación.
 Al mismo tiempo que esta confusión se iba apoderando de mí, mi relación con la chica receptora de los diarios me iba pareciendo cada vez más irreal. No conseguía ubicarla ni en mi mundo de fantasía ni en la supuesta realidad (y digo supuesta porque cada vez yo habitaba menos en ésta y más en el mundo de mis sueños de compensación). Era lógico que la pobre infeliz pagase el precio de haber servido de catalizador de mis frustraciones. En realidad, ahora lo veo, ella no pertenecía a ninguno de aquellos mundos: no había encajado en mi atmósfera cotidiana dado que jamás la había presentado a  mi familia ni amigos más antiguos (y no porque me avergonzara de ella, al contrario), y tampoco podía insertarla en el mundo que había recreado, dado que éste se encontraba constreñido a las páginas supuestamente escritas muchos años atrás en un diario en el que jamás, por motivos estrictamente temporales, podría ella encontrar un acomodo. Al mismo tiempo mis problemas de referencia se acentuaban y ya era habitual que buscase fotografías de hechos que jamás se habían producido entre mis viejos negativos o comentase anécdotas sólo existentes en las páginas de mis anotaciones a amigos o familiares.
6.
Me encontraba en un punto de inflexión. Cronológicamente mi diario se encontraba ya muy cercano al momento actual. Llegaba la ocasión en la que debería comenzar a recrear los sucesos reales y hacer así converger mi universo paralelo con la realidad que ella ya conocía. Pero iba a ser difícil casar ambos escenarios: el pasado esplendoroso y narcisista que había venido recogiendo, con mis escasos logros demostrables. Por lo tanto tenía que tomar una decisión: o renunciar a la versión más satisfactoria de mi persona que se había convertido, como ya he relatado, en un aspecto que había invadido mi consciencia, o prescindir de la principal espectadora de aquella magistralmente construida obra teatral.
 Creo que no me quedó otra opción que ser grosero y descortés con ella. ¿Cómo iba a apearme de aquella imagen de triunfador en nuestra ruptura? No podía más que decirle que otra persona se había interpuesto entre los dos. Y, sin embargo, ella realizó un último servicio a este ego desmedido que yo había proyectado al parecer de forma tan eficiente. Porque no se sorprendió en absoluto de la conclusión de nuestra historia; es más: incluso creo que pensó que era lo más natural; que una chica como ella, sin excesivo relieve, ni un trabajo interesante, ni un patrimonio ni familia resaltable, era en verdad poco para mí. Así que casi me dio las gracias por haber tenido el gesto de sincerarme con ella en vez de simultanear las dos relaciones.
7.
Nuevamente estaba solo. Llegué a casa y quemé los diarios, otra vez.
 Marina Gurruchaga
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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

3 pensamientos en “El diario (continuación)

  1. Que me prestó mucho, vaya. Muy estendhaliano

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