LA TIENDA DEL KIRGUISE

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Tres campanadas y el caos

 

 

La vocación por la escritura poética se despertó en Federico  Gutiérrez (alter ego, Jhetró Legrand)  muy pronto, de estudiante de Bachillerato, cuando se suele ser más sensible al significado profundo de la palabra, a su misterio y a su sonido. Recuerda que fue con motivo de los recitales que organizaba el grupo Cuévano a finales de los años setenta por centros escolares, barrios y pueblos de Cantabria. Él los conoció en el instituto del Barrio Pesquero santanderino. Sin embargo, no ha tenido prisa para publicar. Ha sido al llegar a la edad madura cuando el deseo de dar a conocer sus versos se ha impuesto. El tiempo de espera la ha proporcionado  más reflexión, más exigencia con el rigor  de la escritura pero no menos intensidad, menos espíritu crítico y rebelde. Se podía pensar, como es frecuente, que los años atemperaran su  radicalidad, la utilización de la palabra con arma cargada de futuro que decía Gabriel Celaya. Lejos de ello, sus textos son verdaderas cargas de profundidad. Es verdad que la realidad actual le propone con su crudeza suficientes motivos para que los temas que de joven le preocupaban, le indignaban, no sólo no ha mejorado sino que se han recrudecido. La pobreza, la falta de libertades, la dependencia económica de depredadores sin escrúpulos, la emigración, los refugiados, son motivo suficiente para escribir. Y Federico lo hace con  la frescura y la pasión de un joven pero con el conocimiento y la experiencia que aportan los años. No olvidemos que paralelamente a la escritura poética ha desarrollado otra faceta creativa, la musical, para la cual ha compuesto textos para ser cantados en los que se muestra asimismo radicalmente crítico.

Ya en su poema pórtico se dirige al lector, destinatario último de sus poemas, planteándose la dificultad de conseguir llegar a él, de que  lo que pretende comunicar  sea recibido por el lector. De todos modos sabe que la palabra poética tiene múltiples significados, tantos como posibles lectores y por eso le dice: “Entiende pues, lector / lo que desees, / pues va a ser eso, desde hoy, / lo escrito”

En medio de paisajes sombríos, desolados, edificios (Entre escombros, se titula uno de sus poemas), atmósferas en ocasiones de pesadilla (“El maestro navegante conduce en la niebla un barco sin quilla y sin palos”), “caminos sin luz”,  en los que “la gangrena nos devora”, discurren los jinetes del apocalipsis, “La verdad, vestida con alambre de espino, / no deja que nadie le hinquen el diente, / y la mentira edulcorada con recetas  de repostería /  mítica, pasa por verdad hasta en cerebros / en los que el pan sigue pareciendo pan”. Un espacio vacío “en el que perdemos la entidad y nos rompemos en un caos estructurado”, en el que desheredados y desposeídos, al abandonarlo,  sus hijos “heredarán cenizas”. Refuerzan ese clima algunas imágenes surrealistas a lo largo del libro.

Precisamente las referencias a los hijos y a los niños aparecen reiteradamente en poemas que conmueven de un modo especial. Por ejemplo en el poema Bifocales, cuando alude al revolucionario ya retirado que siente “la dicha de haber visto que su vida, tal vez ha servido para algo o que simplemente, trasciende en su retoños”. Y en el poema Un poco de calma, sobre las esperanzas truncadas: “nada saben de viejas y solemnes promesas sobre una bandera roja que en el tiempo, sostuvo la fe de que el futuro sería un tiempo nuevo en el que todos seríamos felices”. Asimismo: “Podría el niño estar gritando / al sol en plácidas jornadas de asueto, / pero ha querido estar ahí, / tendido en esta playa, haciendo / que navega hacia futuros inciertos; /  flotando tranquilo, transido, / nadamente /  en un respetuoso silencio /  como cortejo mudo y sacrosanto, / de miles de niños callados”. También en el poema El mal navegante: “Niños por un lado. / Y los divide: niños por aquí, niñas por allá. / Aquí los grandes, / aquí los que padecen desde que han nacido, / allí todos los que lucen tiernos para llenar portadas / sensibleras y hacernos ver que el mal navegante, quiere / ver”.

Federico sabe solidarizarse con los que sufren las consecuencias de una sociedad dura e inmoral (“Y el asesino y el ladrón festejan con los jueces mientras se apresa al hombre honrado” escribe en Relojes) y trata de entender su situación, por eso escribe su poema El otro eres tú. Lo que con otras palabras escribió Ángel González, cómo se ve la vida desde otros ojos. De ese modo, se sobrecoge con la tragedia diaria de los refugiados y los emigrantes, considerados ilegales y extranjeros, obligados  “a salir de casa / a mendigar salarios y esperanza” expresando en duras imágenes literarias una realidad cotidiana, los cadáveres abandonados en las playas de Lampedusa, que son todas las palayas del Mediterráneo, que son todas las tierras a las que quieren llegar los que no tienen nada, “los que padecen  desde que han nacido”  y quieren hacer realidad sus sueños (“Otra vez tomo el camino a mi utopía Imaginaria”), finalmente  “flotan en el mar los sueños perdidos o son  enterrados en “fosas de agua”..  “Los muertos no son muertos /  son seres sin nombre, /   y, ya sin rostro, no pueden ser contados”, cuando no ponemos cara a la tragedia, nos parece menos.

No faltan las acusaciones a un cinismo religioso, puestas de manifiesto en poemas como Relojes, en el que alude  a “aquellos que tienen tan cerca a Dios que no precisan velas en su nombre y excusan el devoto tiroriro de las parroquianas devotas”. En  el poema Máquina, denuncia a los jerarcas religiosos que deciden la ortodoxia o expulsan a los no sumisos: “Un obispo cuaternario, establece / normas selectivas de acceso y decide cuales / son aptas para entrar al reino dulce del tirano / que da amparo a la barbarie y a los asesinatos”.

En unos escenarios del dolor como los que refiere Federico, no es raro que surjan las lágrimas. El llanto, el sollozo aparecen regularmente en este poemario en el que la muerte empapa sus páginas.

La lucha por la libertad está también presente en sus versos. “¿Cómo se doblega a un hombre digno?” se pregunta Federico. Pese al escepticismo y las derrotas,  la opacidad y la resistencia para cambiar las cosas que encuentra el que cree en un mundo mejor, aún hay una llamada a la lucha. En el poema Amanece de buena mañana, escribe: “Sigue deseando y, cuando puedas,… / sigue soñando y, cuando puedas…/ sal a pelear lo que has soñado”. Y en Ausencia y viajes: “Otra vez tomo el camino a mi utopía Imaginaria”. Por eso, quizá, la metáfora de Sísifo, insistente en su repetida acción. Y su particular homenaje a dos mujeres luchadoras, resistentes como Maite Lorenzo y la desahuciada Amparo  y su poema final dedicado a la memoria de Las trece rosas.

Su vinculación con la música queda patente a lo largo del libro en muchos poemas. Desde la cita de diferentes instrumentos musicales a la música para los ámbitos de la desolación y el dolor: “De un licor amargo lleno de tangos. Boleros de tristeza lánguida y amable; y mi espíritu lustroso y azabache canta  blues azul oscuro y traduce negro por futuro”. En Desconcierto sonoro y Gavotte se refleja asimismo de un modo evidente.

En verso y en prosa, Federico nos entrega  su mirada poética de un mundo cruel e injusto con los débiles. Lo hace con palabras verdaderas, necesarias que nacen de muy hondo porque le resulta imposible mirar hacia otro lado. Son sus palabras una invitación a la reflexión del lector sobre una sociedad dura en la que los responsables del dolor y sufrimiento, de la muerte que señala Federico, quedan en muchas ocasiones impunes. Por si acaso lo olvidamos, Federico nos lo recuerda.

LUIS ALBERTO SALCINES