LA TIENDA DEL KIRGUISE

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Ulises nunca volvió a Ítaca

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Por Yorgos Anisakis

 

¿Cómo pudimos ser tan ingenuos? Parecería  que desconocemos la condición de la sangre meridional que tres mil años más tarde aún corre por nuestras venas y cuya fatuidad los nazis tan bien supieron diferenciar de su plomiza  seriedad nórdica.

En Alejandría, hace apenas unos meses, el cadáver momificado de un viejo sacerdote del Serapeion o templo de Serapis, una deidad grecoegipcia instaurada allí por Ptolomeo I, el general del gran Alejandro, escondía una de esas bromas con las que el destino a veces gusta abofetearnos para que caigamos en la cuenta de la labilidad de nuestras cogitaciones. Una broma que, por otra parte, había estado esperando 2.200 años para explotar ahora ante nuestras narices.

 

Como sucede con frecuencia, para forrar el cuerpo de la momia se habían reutilizado papiros que, esta vez estaban escritos en lengua griega. Tras una minuciosa investigación, los textos resultaron ser fragmentos de una versión desconocida de la Odisea. Una historia que comparte elementos comunes con la que ya conocemos y a la vez aporta otros completamente innovadores. Entre ellos –tenía que suceder en un latin lover como Ulises– que éste no regresó jamás a Ítaca. Allí le dieron por muerto, pero como tan certeramente dice la canción, No estaba muerto, que estaba de parranda.

 

Ni el arco que solo Ulises era capaz de tensar fue utilizado para acabar con la vida de los pretendientes de la aún deseada Penélope, ni Atenea transformó el aspecto del héroe para que a su regreso a la isla pareciese un anciano, ni su perro Argos (¿Qué perro vive veinte años?) fue el único en reconocerle, como describe Homero.

 

Y es que, según los estudiosos es precisamente allí, en Alejandría, donde las múltiples y heterodoxas versiones de la Ilíada y la Odisea, desarrolladas libremente durante siglos, convergen en una versión canónica, censurada y definitiva a cargo de los eruditos de la famosa Biblioteca. Una versión homologada y como diríamos ahora, políticamente correcta.

 

Tras aventurar e intrigar, tanto en la paz como en la guerra, con dioses y hombres durante veinte años, luego de conocer las más excelsas técnicas amatorias en brazos de Calipso y Circe, y cargado su barco hasta los careles con las riquezas conseguidas en el país de los Feacios  ¿Para qué iba a volver Ulises a su inhóspita Ítaca, a envejecer embruteciéndose en la compañía de sus cabras y sus cerdos?  ¿O es que en el comportamiento de sus equivalentes de nuestra época, ilustres políticos, aventureros y otras figuras mediáticas habría alguna ejemplar diferencia?

 

Es poco y confuso lo que puede extraerse de este texto encontrado entre las costillas de un cadáver que, por otra parte,  tanto va a dar que hablar, pero en él existen suficientes indicios de que Ulises, en lugar de retornar a su patria, utilizó sus bien dotadas agenda y astucia para reaparecer aquí y allá bajo identidades ficticias como consejero y amigo en las intrigas de numerosos reyes a lo largo y ancho de todo el Mediterráneo oriental. Algo así como el precedesor de uno de esos think tank en la sombra que dicen que mueven los hilos del mundo.

Y en cuanto a la viuda Penélope, sí que aparece una referencia clara: terminó casándose con un rico pero feo armador de barcos que la sacó de su insípida y ordenada vida para llevarla a una existencia plena de glamur, infelicidad y opulencia.

 

Y es aquí donde esta historia no cuadra. Se comprende que el pasado determine el futuro, pero no debería ser al revés. Porque si se recuerda a aquella mucho más reciente viuda de un odiseico y ya mítico presidente norteamericano del siglo XX, parecería que alguien de nuestros días fuese el verdadero autor de los escritos hallados en los supuestamente antiguos papiros de la tumba ¿Será el enésimo fraude arqueológico o será que pasado y futuro no se influyen sino que confluyen?

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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