LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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El diario

“El encanto de una nueva amistad se encuentra en la esperanza de transformar para ella, negándolo, un pasado que se hubiera deseado mejor”.

André Maurois, Climats.

1.

Cuando era muy joven comencé a escribir un diario. En realidad comencé a escribir varios diarios, cuadernos que ya estaban destinados a servir a ese objetivo. Uno de aquellos incluso tenía un diminuto candado, con su correspondiente diminuta llave dorada, todo ello enmarcado en una profusión de flores estampadas de color burdeos. Otros eran almanaques de contabilidad, con las tapas de un grueso y rígido cartón y líneas azules en horizontal, canto entelado y un recuadro impreso en el centro de la portada en un vago estilo decimonónico. También tuve en una ocasión un lujoso cuaderno con las tapas de cuero y sus hojas de un opulento color vainilla. El destino de aquellos diarios fue variopinto: el cuaderno de la cerradura dorada terminó quemado en una chimenea o similar, en un rapto de compunción o vergüenza; las hojas del cuaderno de cuero fueron arrancadas y probablemente también quemadas o despedazadas, y los almanaques contables supongo que también perdieron su contenido. Era una gran tentación entonces, en esa edad de impotencia absoluta, hacer aflorar todo el chorro, la corriente brutal de sensaciones, juicios, proyectos, odios y amores que llenaban mi cabeza preadolescente. También una enorme fuente de conflicto interior, ya que casi todo lo que hubiera podido escribir o ya hubiera escrito, sería con toda seguridad motivo de la censura de mi rígida conciencia de niño; incluso hacerme presa de grandes remordimientos por manifestar mi rechazo a las ocasionales conductas o comentarios de mis padres y familiares, y, especialmente, por fijar de manera permanente en el escrito aquellas críticas o expresiones de odio y disconformidad. Aún hoy no soy capaz de leer algunas, pocas, de las cosas que escribí en aquella etapa de mi vida, sean los fragmentos de los pocos diarios que han sobrevivido milagrosamente, sean cuentos o poemas. Una gran vergüenza se apodera de mí, un gran rechazo que no sé si corresponde a la vida que entonces me correspondió, o a lo que yo era por aquellos tiempos (lo cual es poco probable, dado que no tuve gran elección), o a la imagen de mi persona que se reflejaba en los que me rodeaban y que yo era capaz intuitivamente de percibir. Quizás aún no me había concedido a mí mismo el derecho a rechazar elpaisaje global de mi infancia. En todo caso, recuerdo que cuando destruía estos fragmentos del pasado, siempre me sentía sorprendido por cierta sensación, un tanto jolgoriosa, de venganza (¿venganza de quién, de qué?). Culpa y literatura no hacían, en mi caso, buena pareja.

2.

Aquello fue quizás un primer indicio de la insatisfacción íntima que iba a arrastrar durante los años posteriores. También me parece hoy muy elocuente lo fácil que siempre, desde la infancia, me había resultado mentir, observando con delectación el efecto que mis mentiras causaban a mi interlocutor. Eran mentiras un tanto legendarias, con un fondo verídico pero convenientemente exagerado o distorsionado. Casi siempre mentía para suscitar lástima, simpatía o admiración. Eran mentiras redentoras, edificantes, pedagógicas incluso, mentiras que nunca me causaron remordimientos porque, en realidad, yo mismo  me las creía un poco.

Un dia, ya bien pasada mi adolescencia, recuerdo que mi novia de entonces, con la que acababa de empezar a salir, me preguntó si alguna vez había escrito un diario. Supongo que se encontraba anímicamente en los momentos de entusiasmo y narcisismo que acompañan a los inicios de cualquier relación, cuando a quien de verdad adoramos violentamente es a nosotros mismos, héroes singulares que han sido capaces de atraer a sus redes presas de un tamaño que nuestro delirio se encarga de mitificar. La pregunta me dejó bastante perplejo, dado que hacía años que no manejaba ninguno de los cuadernos que habían sobrevivido milagrosamente a mis raptos de compunción. Sin embargo reaccioné a tiempo y le dije que sí, que efectivamente siempre lo había hecho y que aún seguía escribiendo algunas notas en él de cuando en cuando. Ella, en un rapto de entusiasmo, me dijo que le encantaba la noticia, porque le gustaría sobremanera conocerme a través de la sucesión de cuadernos, desde los primeros a los últimos, no perderse nada y contemplar retrospectivamente cómo había ido evolucionando mi personalidad, cuales habían sido mis arquetipos más permanentes  y etc. (a aquella chica le encantaban la psicología jungeriana y sus excrecencias). Por supuesto, le prometí que en nuestra próxima cita le llevaría el primero de los diarios conservados. Aquella chica me gustaba bastante. La había conocido en un restaurante, durante una comida a la que mis amigos habían llevado a otros amigos que a su vez conocían a otros amigos…; la habitual piscina donde un treintañero algo deprimido por los escasos resultados de su vida sentimental  piensa que puede encontrar aquella presa de la que antes hablaba.

3.

Me había metido en un pequeño lío y tenía que decidir rápidamente qué hacer. En realidad, sin embargo, hoy debo reconocer que estaba asombrado ante mi reacción. Supongo que mi tendencia a la mistificación, soterrada pero aún viva, se había agarrado como a clavo ardiendo a aquella inopinada oportunidad para, definitivamente, construir un relato, por fin a mi gusto, sobre mi propia persona. En realidad creo que la solución se había impuesto a sí misma, antes de que el problema apareciera incluso. Me las arreglé para retrasar una semana más nuestro siguiente encuentro, aduciendo motivos de trabajo. Aquella semana requerida para redactar una nueva versión de mi mismo se me aparece ahora como un sueño, una especie de delicioso duermevela, una delirante efervescencia contínua. Por la noche, cuando llegaba a mi piso de soltero, cenaba rápidamente, encendía el flexo amarillento de mi despachillo y comenzaba a escribir, a modelarme a mí mismo, intentando dotar a mi letra de un aire vagamente infantil, configurando la vida de otro que en realidad era mi yo deseado. Las anécdotas surgían espontáneamente, los personajes eran emanaciones de la realidad, de una realidad más verdadera que la auténtica, porque se había ido desenvolviendo en mi interior más profundo sin yo adivinarlo durante todos aquellos años, y brotaban armados, como Atenea de la cabeza de su padre Zeus,  con todos sus rasgos distintivos, sus miserias y aciertos.

CONTINUARÁ…

 

ESCRIBANO JUDAIZANTE


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Dos poemas de Paloma Bienert

Contra el olvido

 

Sola línea plateada,

cuando me olvides

acércate a mirar

el horizonte

en la bahía

que nos une sin hilo

y no nos deja.

( Y esta risa en la orilla).

 

Enlazados

 

Los sueños se trasponen

de una cabeza a otra,

hebras en los costados.

Los míos, claros

sortilegios, pulpa de frutas

escapan hacia tu lado

y no desembocan.

Los tuyos, lúcidos,

tronco suave de ramas,

en nuestro vientre escancian

en nuestra copa

en camas separadas,

en la misma cama.

 

 


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Dos poemas de Sikander Khan

Del libro “El corazón del Ciervo”

HERMANO LOBO
Volvía a casa, aún en el bosque,
En esos días en que las viejas hayas
Se han llevado mi mente y
Como un ser sin contornos, camino,
Indistinguible de la luz oblicua de la tarde.

En la atmósfera amoratada de la última hora
Que hace brillar las hojas doradas caídas en el suelo
Como pequeños soles,
Una forma parda trazó un arco
Perfecto entre dos rocas, por encima de mi cabeza,
Para detenerse luego un instante, y mirarme orgulloso antes
De volver a saltar y desaparecer entre los altos helechos.

Aquellos amarillos ojos como brasas
Llenaron la oscuridad de mis noches tantas veces
Como intenté descifrar el gesto inútil,
Impropio de un animal que, naturalmente
Trataría de ocultarse.
Luego entendí que no era un desafío
Sino un saludo entre iguales, y más allá aún,
Comprendí que, en realidad,
Era el bosque quien hablaba:
De el lobo hacia mí, pero no entre nosotros
Sino a través de nosotros:
Era el bosque, hablando consigo mismo,
El bosque, susurrándose al oído:
Un reflexivo asentimiento, una constatación, tal vez
Un reconocimiento.

 

CIERVAS
Sombras fugaces de ciervas corriendo.
La belleza que irrumpe y se esfuma,
La belleza, burlando sin esfuerzo
Los torpes dedos que intentan atraparla.

Siluetas evanescentes de ciervas
Galopan entre el fragor del aguacero.
Llegan siempre sin pedir permiso
Para alejarse luego en elásticos saltos,
Inalcanzables entre la niebla y los árboles,
Abandonándonos frente a la futilidad
De todo aquello que tan pacientemente
Creímos construir.

Se van y nos dejan aún más solos,
Turbados por la fascinación, y el deseo,
Y el vértigo que deja a su paso el vivir sin límites.
Se van y nos dejan atrincherados
Entre nuestras propias ruinas,
En la boca el regusto amargo
De lo que por un momento quisimos/ creímos/pudimos
Ser.
Pero nos faltó valor.


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Poemas en la recámara por Emilio Cuervo

 

POEMAS EN LA RECÁMARA por Emilio Cuervo

“hermético heredero de mi mismo ”

Juanjo Roiz de la Parra

 

TRIBUNAL DE LAS CONCIENCIAS

Yo, que como los glaciares,

me encuentro en retroceso

y vivo

para contarlo,

despertaré del día venidero

sin aplausos ya,

ya sin erectas columnatas apuntalando

cielos enormes, magníficos, deletéreos

entre necesarios piroclastos.

Sin cura –¡ni falta que hace!­­–

molidos todos los huesos y

ofrendados al tribunal

de todas las conciencias.

 

LAS MONTAÑAS AQUELLAS

y si, sí eran bellas

las montañas aquellas

las de entonces, aún

ahora, cuando todos los ahoras se soliviantan

tan despreocupado como no me hallo

qué entonces me diría

a mi continuo presente, de presencias presentidas

animal refrigerado, bestia impávida

exoesqueleto de cristal fragmentado

fementido entre nubosos trazos

restos, residuos de carbono

de ocaso cenicientos

recuperados cimientos de lo inútil

sobreseídos de causas imaginarias

oráculos espesos, plúmbeos, de crepúsculos

infames a lactantes desdentados

 

EXPUTO II

De mañana bajo el cielo

rayado de  innúmeras nubes artificiales

me encontraré culpable,

de la nana del niño muerto

fingiendo ser fingido

Un hombro donde poder llorar

en senil dipsomanía mas o menos eclesiástica

Y reflejada en su espejo, recostada

con su blanca desnudez ¿sirénida?

 

memoria en la fragancia

vahadas

de la negra selva

 

COPERO DEL REY

me echo de menos

tanto aquí como en todas las partes

corro y recorro el mapa del olvido

 

antífonas a capricho

del compás y la plomada

no arruinada

todavía

pero a punto

del desplome

no quedan plomeros!

ni soviéticos

ni zuavos

con bombachas y fez

 

y me siento

sereno

como la perdiz

a su nariz

que urge el escabeche

me lo dijo el mirlo

sin odio al oído

copero  del rey, en todos sus restos