LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Una mierda sobre un puente

1 comentario

 

I

 

Ha pasado tanto tiempo, y aún lo recuerdo con nitidez: la lívida luz de aquella tarde de otoño, las furiosas rachas de viento sur agitando los matojos de la marisma; al fondo el horizonte industrial de oscuras e indiferentes estructuras de acero.

El estrecho afluente de la ría que partía en dos la marisma estaba encauzado con muros de mampostería. Una oxidada tubería de hierro brotaba del talud de la ribera y comunicaba las dos márgenes del afluente a unos metros por encima de su fondo.

Era el camino por el que siempre teníamos que pasar para ir a la otra orilla, un abandonado marjal donde jugábamos. O, más exactamente, cruzar el ramal de la ría haciendo equilibrio sobre la tubería era el camino por el que Julen nos obligaba a pasar, como prueba de valor. Pero Antón, el hermano de Julen, era aún demasiado pequeño.

Aquella tarde había bajamar, y el tubo que hacía de puente estaba muy alto. Antón iba el último. Cuando mi hermano Iñaki, Julen y yo nos asomamos al talud,  vimos al fondo a Antón, tendido de bruces sobre el lecho de la ría, inmóvil y semienterrado en el barro sucio de mineral de hierro y vertidos de la industria. Con los brazos y las piernas extendidas, formaba una extraña X.

 

2

 

Ya no hay marisma, ni tampoco aquellos curvados esqueletos de madera de las antiguas boniteras semienterradas en el cieno de la ría, que la bajamar desvelaba por unas horas, como para mostrar qué es lo que queda del pasado.

Un día, desmontaron las oxidadas torres y las enormes tuberías de las fábricas que bordeaban el páramo en el que jugábamos para llevarlas a algún lejano lugar donde fueran rentables. Y en su lugar construyeron nuevas urbanizaciones.

Años más tarde, el áspero paisaje de la marisma fue cubierto de asfalto y reconvertido en una gran explanada repleta de  plazas de aparcamiento y  edificios cúbicos con enormes letreros luminosos de hipermercados y outlets, siempre lleno de gente que va y viene, aunque ni ellos mismos sepan bien a qué.

Cierta vez que, como todos, yo también vagabundeaba por allí para no estar en otro sitio, me topé con Julen. No le veía desde muchos años atrás, cuando aún vivía en el barrio. Llevaba traje y corbata y le acompañaba su mujer, de la que decían que había sido modelo.

“Medio metro por debajo de estas baldosas está nuestra infancia ¿No te da pena? “, le dije.

Julen no había perdido su mirada de águila. Pero acusó mi comentario de una manera extraña. Como si le hiciera daño. Enseguida se repuso. Me miró con furia durante unos segundos y se alejó sin responder.

 

3

 

“¿Dónde has dejado a tu hermano? Julen, dime lo que has hecho con tu hermano, que te mato”.

Iñaki y yo escuchábamos a Olegario, el padre de Julen y Antón, apostados tras la puerta de su casa, con la oreja pegada a la madera. Era la última casucha, junto a la última miserable urbanización para obreros, la nuestra, construidas ya sobre la misma marisma.

Los tortazos sonaban como disparos de una película del Oeste. Julen nos había hecho jurar que no diríamos nada de lo sucedido. Le oíamos llorar muy débilmente, pero no cantó. Estaba demostrando que era tan valiente como decía.

Pero nosotros  estábamos muy asustados y no nos atrevíamos a volver a casa. Ya era de noche, y pensé que la marea empezaba a subir y los karramarros se estaban comiendo el cuerpo de Antón.

 

4

 

De vez en cuando, mi hermano me invita a comer a su casa, con su mujer y sus hijos. Para mí es una verdadera fiesta. Iñaki tiene una mujer encantadora, los dos han conseguido un buen trabajo y saben disfrutar de la vida. Así que cuando estoy allí me relajo, siento que los problemas van a ser manejables, me dejo llevar por el clima de armonía que respira su familia.

Siempre que estamos juntos encontramos un aparte en el que aquel lugar vuelve a dibujarse en nuestras mentes. Había que cruzar el afluente de la ría sobre el oxidado tubo de acero, y entonces un vasto territorio sin nombre se abría ante los ojos. Nuestra ingenua madre pretendía contagiarnos su miedo prohibiéndonos que fuéramos  porque aún había granadas de la guerra, lo que por supuesto sólo conseguía aumentar nuestro deseo de encontrarlas.

Esparcidos entre la maleza había interesantes piezas de chatarra, restos de estructuras industriales y un seiscientos  hundido en el barro, ya sin ruedas ni cristales. Pero sobre todo, allí no había nadie, nadie para observarnos ni criticarnos. Nadie para decirnos cómo tenían que ser las cosas.

Iñaki recordaba pocos detalles de la tarde en que sucedió aquello. No recordaba cómo Julen acusaba a su hermano Antón de ser un cobarde porque no era capaz de caminar sobre el tubo que salvaba el afluente de la ría. Antón siempre pasaba a horcajadas. Y la verdad es que nosotros también, si no estaba Julen. Y fue precisamente aquel día, cuando ya habíamos alcanzado el otro margen, que Julen se agachó en medio del tubo, se bajó los pantalones y se puso a cagar.

“¿No lo recuerdas?”, le dije a Iñaki. Yo aún veía en mi mente la silueta de Julen acuclillado sobre nuestro único camino de retorno. Iñaki reía a carcajadas al escucharme. Julen había dejado una mierda imponente encima del tubo, así que ya no era posible pasar a horcajadas. “¿No te acuerdas?”, le repetí, y pensé en voz alta: “¿Pero quién permitió construir una plaza sobre una marisma?”.

 

5

 

Íbamos mucho a jugar a casa de Antón y Julen, pero entre aquellas estrechas paredes flotaba, como un olor, algo extraño, desasosegante. Nunca hablé con Iñaki sobre ello, ni sabríamos describirlo, aunque sé que él también lo percibía.

Julen, que era el mayor, siempre ganaba. Era un as jugando al goro con las canicas. Y cuando no ganaba, hacia trampas.

En el barrio, todo el mundo decía que a Olegario, su padre, le gustaba el alpiste, así que Iñaki y yo le llamábamos Olegario el canario. Se le veía poco en casa, pero no era como el caso de nuestro padre, que trabajaba a turnos. Y cuando aparecía por la casa era mejor hacerse a un lado.

Sólo entendí lo del alpiste tras escuchar a una mujer que cotilleaba cómo, cierta noche, escuchó a Antón llamar asustado a su madre porque  había visto un cocodrilo en la oscuridad, acercándose a la casa.

Era una de las matronas que tejían prendas de lana sentadas en banquetas contra la pared sur de nuestro solitario bloque de pisos, como dejado caer entre las campas. La informante aseguró haber oído también la respuesta de la madre: “No te preocupes, hijo, es tu padre que llega a casa como puede”.

Luego crecimos, y nos fuimos distanciando de Julen. Cuando se hizo ertzaina me saludaba con esa severidad de quien sabe que has cometido algún delito. Hasta el punto de que, muchas veces me pregunté si realmente tendría conocimiento de los míos.

Iñaki me contó, años más tarde, que se había hecho un lobo de la política y estaba acaparando mucho poder como concejal de urbanismo, siempre a un paso de ocupar el puesto de alcalde.

“¿Y sigue haciendo trampas, como cuando jugaba al goro?”, pregunté.

“Nadie hace trampas hasta que le cazan”, me dijo “pero todo el mundo dice que esa concejalía apesta a corrupción”.

Una de aquellas tardes en casa de Julen y Antón, no recuerdo el motivo, durante un tiempo me quedé solo en su casa. Trataba de concentrarme en mi juego, pero no dejaba de sentir cómo la atmósfera opresiva que la impregnaba se iba adueñando de mí. De pronto no pude soportarlo, me asusté y salí corriendo.

Entonces la identificaba claramente, pero no sabía decir lo que era. Ahora bien que lo sé.

 

6

 

La noche que pasó lo de Antón, estábamos mi hermano Iñaki yo cenando en casa, cuando sonó el timbre. La preocupación nos había quitado el hambre, y los platos de sopa ya estaban fríos frente a nosotros. Pero después de discutirlo mucho habíamos acordado mantener nuestra palabra y no delatar a Julen.

Al abrir la puerta, la madre de Julen y Antón se precipitó llorando sobre la nuestra. Se nos encogió el corazón. Dijo que había estado muy preocupada porque Antón no aparecía, y luego, riendo y llorando a la vez que, cuando estaban a punto de llamar a la guardia civil, había aparecido en la puerta de la casa, embadurnado de barro hasta los ojos.

Antón no estaba muerto.

Cuando la mujer se fue, Iñaki me miró largamente, de una forma que no conocía en él. Supe que sentía lo mismo que yo. Era vergüenza.

Nos quedamos los dos solos, en un silencio sólo alterado por el batir incesante del viento. Pegué la cara contra el cristal de la ventana y traté de situar, en la oscuridad, aquella vasta extensión salvaje y degradada, que poco a poco nos iba conformando a su manera.

 

7

 

Siempre que vuelvo a esta plaza, construida encima de nuestra marisma, quiero imaginar que camino otra vez por aquel suelo irregular, cubierto de malas hierbas, y que subo al puente derruido en medio del páramo, edificado para dar servicio a una carretera que nunca se hizo.

Desde allí, entre el veneno amarillento de las chimeneas, se veían naves industriales y barcos y las grúas que bordeaban la ría y la lámina marrón de sus aguas, siempre surcadas por alguna gabarra.

Ahora, los logos de las multinacionales destacan sobre los grandes bloques de hormigón que rodean la explanada de la plaza.

Esta mañana, la lluvia ha empapado los carteles de propaganda electoral pegados a las paredes, algunos con la imagen de Julen como candidato a alcalde.

Mientras me acerco al grupo de gente que rodea lo que parece un acto institucional, recuerdo otros carteles en otras paredes, muy diferentes, mucho tiempo atrás, Carteles de mártires, con grandes fotos de Antón rodeadas de consignas en euskera. Carteles de un tiempo que prefiero no recordar.

Antón era tan diferente de Julen. Con el tiempo nos hicimos íntimos. Hasta el punto de que sé que nunca me acostumbraré a su pérdida.

Aún caminaríamos tantas veces juntos por aquella marisma, ya de jóvenes, contándonos nuestras cosas, discutiendo nuestras diferencias, tratando cada uno de sacar al otro del pozo en el que se estaba metiendo.

Porque no todos vimos las cosas tan claras como Iñaki o Julen. No era fácil en aquel lugar ni en aquel ambiente torturado. Y cada uno a su manera, ninguno de los dos elegimos el camino recto.

El sonido del txistu me atrae hasta la ceremonia y me abro paso entre los espectadores. Un dantzari ejecuta un baile de saludo frente a unos politiquillos vestidos de domingo. En medio de ellos, como actor principal está Julen.

No puedo dejar de ver su corbata de seda y el buen corte de su chaqueta, y volver luego la mirada a la falsa marca de mi chándal de parado profesional.

Tampoco puedo eludir la vista de su tierno cutis sonrosado, que ya empieza a redondearse hasta la pesadez, sin recordar el campo de batalla de mi cara desdentada de yonki viejo.

De pronto, recuerdo su extraña reacción de aquel día en que le hice un comentario inocente sobre la urbanización de esta misma plaza, y el destrozo que supuso de la marisma en la que jugábamos. Y también recuerdo el comentario de mi hermano acerca de su sospechosa gestión urbanística. A veces, la corriente eléctrica pasa de un punto a otro salvando el vacío.Y sé que he dado con la clave.

Julen acaba de ver que le estoy mirando y por su gesto sé que conoce las llamas del incendio que agita mi mente.

Atravieso el espacio vacío entre el corro de espectadores y los políticos, ignorando al danzante, y me dirijo hacia él. Está asustado. Él, que era el más valiente.

“Fuiste tú el que se cargó la marisma ¿Qué te dieron a cambio?”, le digo y le escupo a la cara.

Siento los brazos que me agarran por la espalda y me arrastran hacia atrás. Conozco lo que vendrá ahora: los gestos de desprecio, los malos modos de la policía. Finalmente, las gestiones de mi sufrido hermano para sacarme del lío.

Pero qué me importa. Los que, como yo, se resistieron a pisar la mierda que había en medio del puente y se quedaron a este lado, tenemos muy poco que perder.

 

ÓSCAR LOSA

 

 

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

Un pensamiento en “Una mierda sobre un puente

  1. muy bueno, Oscar, reitero.

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