LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Los suicidas

2 comentarios

 

I.

Hoy me he paseado por el lugar al que, según me dijeron, la costumbre del pueblo enviaba a sus suicidas. Como decía R. Gómez de la Serna, parece que existe una ley por la que el primero de los desesperados inaugura un largo desfile silencioso de los suyos en los mismos lugares. Se trataba de un pequeño muelle fluvial en el que la corriente, a determinadas horas del día, hacía casi imposible y digno de una fuerza de arrepentimiento inversamente proporcional a la desesperación supuesta del acto, el regreso a la orilla. Allí se habían cargado durante muchos años los materiales procedentes de una mina de sal que empleaba a la mitad de la comarca, y el pequeño vapor, primera etapa en el camino de la emigración que transportaba hasta el vecino puerto de *** a los jóvenes padres de familia, detenía en el mismo lugar sus máquinas dos veces por semana. Era un lugar endurecido, de paisajes espejeantes, semovientes entre el agua y la ribera, como manos, como pañuelos que han dicho adiós muchas veces y hoy aparecen envejecidos, pero cuya vitalidad está fuera de duda: aquí lo que se ha detenido es el hombre y su carrera frenética de despojo, porque todo lo que no es el hombre continúa su progreso infinito y siempre idéntico.

 

Mi vagabundeo me ha llevado por la carretera del pueblo, que es la única que presta un poco de racionalidad a un urbanismo desagregado y fecundo en sorpresas a la vuelta de cada recodo. Primero, en el frescor enturbiado del olor a madreselva, bajo una vereda oscura y verde, he doblado el antiguo acantilado bajo el que corre el río, antes de ensancharse. Un pequeño camino, todavía más selvático, ha llamado mi atención: ¿se tratará de la entrada a una casa recóndita, edificada por un indiano enloquecido que quisiera ocultar allí a sus hijas, habidas con una india turbadora? ¿Un camino antiguo hasta el borde del agua? Desgraciadamente, sale un perro pequeño y cumplidoramente me expulsa: tras el alfeñique canino suele llegar un camarada considerable. Sigo por la carretera y la vereda se abre al cielo. Comienzan a menudear las casas, molineras y sufridas, opulentas y elegantes, de medio pelo también. La mayoría de las excelentes tienen los jardines descuidados, las contraventanas desclavadas. Aquí y allá el tejado necesitaría reparaciones. Sobre todo esto ocurre en el barrio más adentrado en el valle: las auténticas mansiones, como siempre, se agrupan a la entrada del pueblo. Imagino los landaus charolados en la puerta, las visitas con pasteles el domingo por la tarde, los juegos a tenis en los patios traseros. Ellos, ingenieros y militares, funcionarios con responsabilidad. Ellas haciendo gala de su francés, tocando el piano, bordando y leyendo las novelas de la era. No sospechan, o quizás han querido olvidar, los sudores que atrajeron una opulencia quizás muy frágil -el padre de su abuela morirá de unas fiebres y de la noche a la mañana la familia se encontrará en una posición equívoca-, o que será malgastada con un matrimonio poco reflexivo.

 

Cuando llego al puerto, hay unos niños escribiendo sus nombres con sprays de colores en unos restos de vigas de hierro junto a la vía abandonada. Son los bisnietos de las casas que antes he visto; llegan de las ciudades grandes a pasar el verano y no sabrán posiblemente nada del lugar. El pueblo es para ellos un lugar dormido, que nadie fiscaliza y donde pueden dar rienda suelta a unas ansias de destrucción que lograrán dominar pasada la veintena. Pero me dan lo mismo: me retiene el agua, tan cerrada, tan oscura, en la que no puede adivinarse el fondo. Morbosamente tiendo a imaginarme en el papel de uno de estos desesperados en su último paseo. Extraña la sabiduría del suicida. Debe ser un momento sagrado, aquel en el que se decide usar una potestad entregada y poseída por defecto desde el día de nuestro nacimiento, la de soltarse -o quererlo, al menos, en la negación de una vida metafísica final-, de uno mismo. Y todavía más extraña la soberbia del suicida impedido, doblemente premiado, que disfruta de la admiración de los hombres ante lo que consideran el último umbral de la rebeldía y conserva finalmente su vida por una jugarreta del destino. Como seguimos siendo románticos, el escenario de una muerte voluntaria se convierte en un marco embellecido por haber sido parte del momento “fuerte” de una vida: el chapoteo del agua, arquetipo ella misma de la perdición y el abandono del sentido; la obscuridad del ambiente, la silueta del horizonte… todos estuvieron entonces: falta sólo él, precisamente: el suicida, la figura más enigmática de todas, para mí, porque ser capaz de comprender a un suicida es ya ser suicida. Lo que cada uno de ellos se plantea primariamente es si la vida no debe ser un arte, si cuando perdemos el poder de su transformación o dirección no debe abandonarse el interés. ¡Qué fríamente así expresado, pero cómo no hablará un corazón desanimado a una mente hastiada! Infravaloramos la influencia de la razón en las razones que guían la vida. Todos somos suicidas de minutos, siquiera como argumento operativo en la imaginación, en salvación temporal de lo que nos oprime.

 

¿Le resultaría fría el agua en la caída postrera? ¿Vendría la decisión final de la última apelación a la voluntad, o se dejaría atraer por alguna de las atractivas apariencias del agua, como un brillo, o una llamada del frescor que se prolongaría hasta la muerte? ¿Lucharía o se dejaría, blandamente, con abandono incomprensible para los alegres, arrastrar al fondo desconocido? Dios mío, qué horror y lástima. Los ricos no se suicidan en los pueblos: un oligofrénico miserable, abandonado tras la prematura muerte de sus padres a cualquiera de sus rarezas, la hija de un campesino, embarazada tras una romería… qué de tristes historias que sólo nos queda imaginar, porque la mayoría de sus protagonistas ni siquiera deletrearía el abecedario. Y luego, si era el caso y había humor o alguien que reclamara el cuerpo querido, la búsqueda, la recuperación quizás unos días después, y el entierro en camposanto autorizado por el párroco, que era una buena persona. Me acuerdo de que tengo que estar en la ciudad a una hora determinada y regreso hacia el coche por un camino más corto que el de mi primer trayecto.

 

Aprovechando, otro día, una tarde espiritualmente indefinida, me acerco de nuevo al río y su embarcadero. Me siento sobre las tablas rotas y miro las aguas- hoy no parecen negras; la inmensa luz de siesta de verano las penetra, como en una cosmogonía antigua, y por su puente llega la vida hacia lo que no existe, porque no puede ser visto. Asciende una burbuja: ¿la última de una boca antigua? Pero es tontería: ya no me sirve la figura anónima que soporte mis reflexiones ante la terrible decisión de ahogarse. Con un poco de vergüenza -he sentido cómo el rostro me ardía al ocurrírseme- me encamino hacia el cementerio, en busca de confesiones. Está junto a la más antigua iglesia entre todas las de los barrios dispersados. Como esperaba, no hay prácticamente ninguna sepultura en tierra. Quedan sólo tres o cuatro junto a la parte más antigua del muro. Tienen cruces de hierro de un dudoso gusto neogótico, y en ninguna falta el requiescat in pace que casi siempre le sería negado al suicida, enterrado fuera del recinto. Nada más alejado del Friedhof der Namenlosen viénes.

 

Regreso. Otra vez al borde del agua, veo a un jubilado que, vara en mano, pasea por los matojos entre las guías del tren. Este es mi hombre, me digo. Le observo: me mira él también, tímidamente, y ya va saludarme cuando me adelanto al cumplido, y aprovecho para preguntarle sin reparos. Pues si, aquí venían los suicidados hace muchos años. Ahora, me entiende usted, cono no quedan jóvenes en el pueblo, pues no se tira nadie. ¿Conocer alguno? Pues sí, alguno con-ocí yo. Mire que le hablo de hace cuarenta años, antes de marcharme yo a Bilbao para trabajar. Este… sí, hombre, Faustino. Llevaba ya mala vida, de mucho beber. Pues problemas, mire usted, con veinte años ninguno de importancia o que no tendría desde chiquillo. Ya estamos, pienso yo, despreciando el infierno del deprimido. Y una vez apareció una chica que no era de aquí. ¿Y antes? Sí, antes había al menos tres o cuatro por año. Pero mire, a la gente no le gusta hablar de ello. ¿Es usted periodista?

 

Cuando regreso unos meses después, el pueblo no parece el mismo. La Diputación ha asignado dinero y se están levantando las antiguas carreteras para instalar conducciones de gas. Me dicen en el bar-cafetería que el camino hasta el embarcadero está cortado porque se cobijan allí los materiales de la obra, en una estridente caseta amarilla. Paseo, sencillamente. Gracias a las hojas perdidas de los árboles en la vereda, se ve una gran casa de estilo francés, con las paredes color de óxido, en lo alto del antiguo acantilado. Siempre se esconden en lo alto los mejores tesoros. La más hermosa casa del pueblo, seguramente, es hoy la menos escondida. Qué bella la carretera cuando llueve, como ahora. Brilla con un azul tranquilizador. Quizá, en el momento de la decisión, cuando se tiene en la mano la propia muerte, y se es tan libre gracias al dolor que sobrepasa todo, si en su obsesión mirasen durante un momento las postreras, pequeñas cosas que les rodean -el insecto, el guijarro sucio, una rama alta terminada en una flor diminuta y vulgar-, al rozar el sentido de la vida no querrían desprenderse de ella, o quizás, al contrario, se encontraran más asistidos para sumergirse en ella eternamente.

 

Las obras han hecho emerger un antiguo esqueleto entre los limos del embarcadero, cuando, aprovechando la reorganización general de la ribera, lo estaban retirando para construir un pequeño parque infantil junto al río. Lo han enviado a *** para hacerle la autopsia, no fuera que pudiera resolverse una desaparición antigua. Yo ya sé quién es: es un suicida, uno que nunca se desprendió del río. Allí ha estado, asistiendo irónico a mis pensamientos sentada en el borde del malecón. A través de las aguas, seguro que me miraba. Se reiría de mis inútiles tentativas de comprensión, de reconstrucción, de búsqueda de una verdad con la que, seguramente, sólo desearía ahondar en mi narcisismo de vivo despreocupado con la endorga llega.

 

He vuelto algunas veces al pueblo pero ahora le visito a él en el cementerio. En el fondo pienso que es una inmensa suerte carecer del don de la comprensión general. ¿Qué falta nos hace ser como Dios? El dolor, que, al igual que la bondad, son los atributos más humanos, se podría comparar con las llaves de nuevas estancias en las torres ascendentes de la consciencia, llaves que muchas veces no abren las puertas deseadas. La prueba de lo anterior la encuentro ahora en el silencioso compañero del embarcadero al que me complazco en velar, hasta que ambos despertemos.

II.

Voy a morir. He elegido una especie de veneno para devanar tumbado -el estado físico de la beatitud- mis últimos coqueteos con el mundo. No va a ser a la Bobary, con horribles imprecaciones, y dolores, y remordimientos. Si estuviese inventada la grabadora, editaría así una Guía de Peregrinos para quienes tengan miedo de caminar por estas riveras definitivas del Leteo. Pero estamos en 1895 y el empeño quedará para otro arriesgado cicerone. Debería aclarar que no hay motivo aparente para éste, mi tropiezo definitivo. Vivo en una bella casa y no tengo deudas, no al menos de la especie usual en este tipo de penosas circunstancias. Desgraciadamente me limito a cumplir un voto que realicé conmigo mismo en mi no tan lejana adolescencia, y, entre caballeros, la palabra dada es sagrada. Mentiría si ocultase que el mundo no me ha recordado abundantes veces mi promesa. En estos años de tránsito, ¡cómo he aprendido a odiar a mis semejantes, al género humano, encantador de serpientes y zarandeador de inocentes, brutal succionador de sustancias propias y ajenas! Entonces me pareció una afrenta morir de otra mano que no fuera la mía, por el fuego, por el agua, por la siempre extraña úlcera de la vejez, en una palabra por el azar vertido de repente o dosificado en su golpe, pero siempre ajeno.

 

Me estoy suicidando. Se acaba el mundo. Se cierran los lomos de lo inteligible. Mis ojos han sendereado de la nada hacia la nada otra vez, más sabios un momento antes de hundirse. ¿Dejaré de ser tal nada cuando se acumulen mil millones de millones de gritos de inteligencia, clamando por una senda de orden en el desierto del caos? He abierto para mí las fauces de un río que no sé a dónde conduce y comienza a arrastrarme. Para escapar ¿de qué? ¿de mi voluntad? ¿y no la estoy eternizando en este, mi último gesto? ¿No es esto amarme aún más desesperadamente? Las cosas entregan un número limitado de armonías, de lecturas, permiten contadas formas de mirarlas. ¿Por qué no mirarlas como nos miran ellas? Sería una muelle especie de existencia, completamente natural. Pensar como Dios, sin recores ni dolor por la ofensa. He creído que Dios me perdonará. No he podido otra cosa que imponerle ésta mi decisión. Extraño encontrar ahora cómo podría haber vivido, cuando voy a morir merecidamente, por mi mano. Los antiguos teólogos decían que nuestro purgatorio era una perpetua reiteración del último camino, una asociación al último lugar de nuestra vida. No aspiro a que nadie comprenda. Comprender siempre: este es el absurdo afán de la naturaleza humana. Hace mucho tiempo que me dejó de importar la inteligibilidad de mis actos y de los ajenos. Digo mal: constaté enseguida el motor prioritario y fundamental de las acciones de los que me fueron, por turnos, rodeando: el sencillo interés, la sofocación del deseo y la danza en torno a los propios pareceres. ¿Y la pasión? Entrechocar de átomos, la efímera ilusión de dejar-de-ser, dejar-de-estar aterido ante su espera – esto es la verdadera vida, la espera que intenta negociar nuestra forma de morir.

 

Siento ahora como una fuerza que me reduce a mi más profundo yo. Creo que la muerte va a ser una cuestión de matices. Un espectro: eso es lo que ahora soy. Definitivamente liberado de la naturaleza humana más grosera, pero no dispensado del mundo en que he vivido: así será el dorado riel de mi tribulación. Una y otra vez cubriré el espacio del piso inferior a mi dormitorio, por la crujiente escalera que será más vieja cada vez, no como yo. Llegaré a la cama y me tenderé, quizás dejando la impronta de esta cabeza que ya no es tal. Al oído atento de algunos manejaré el vaso y la botella sobre la mesita, aunque no existan ya más que como una idea mía, y verteré el agua con los polvos fatídicos que mi garganta espectral deglutirá con obstinación. Quizás en algún momento de los años por venir nazca en mí el dolor de la culpa que ahora, y en mucho tiempo, no poseeré. Quizás, cuando me cruce en mi periplo con otras gentes, nazca en mí el dolor por la extrañeza de los seres. Quizás desearía encontrar otra alma errante. Quizás somos legión invisible, irreconocible entre sí, sumidos en nuestros itinerarios que jamás se cruzarán, en la recreación de las edades. Quizás alguien me busque. Quizás pueda aventurarme fuera del jardín, quizás pueda hacerle comprender que mi estado es otra oportunidad, más allá de la vida, para alcanzar la Verdad.

*

Yo soy la mujer que esta semana han encontrado bajo el embarcadero. Yo soy ese esqueleto pelado, ese cráneo sonriente y anónimo que has estado vigilando sin saberlo, interrogando con tanto amor. Yo no estaba hastiada de la vida como el espectro de la casa roja junto a la vereda. Yo era una mujer joven y alegre que esperaba del mundo lo que todas, o quizás algo más que todas, y que despertó una mañana pero ya no tenía alegría ninguna, ni la tendría el resto de sus días. De pronto estaba perdida en el bosque obscuro de la mágica pesadilla dantesca. Repentinamente ser quien era, el solo recuerdo de mí misma, me producía el más espantoso dolor sobrellevable por un frágil cuerpo hasta entonces ilusionado por las posibilidades de la vida futura. La culpa sin recuerdo, como una enorme, infinita losa gris que me aplastase, invadió mis sueños y vigilias; la culpa imposible de existir y manchar con el solo aliento de mi boca el tibio y virginal aire de la tierra. Sobre las frases deliciosas e inteligibles anotadas con letras móviles en las cosas del mundo, alguien había pasado la mano y instaurado el caos de las noches sin estrellas.

 

Dejé de comer, de dormir. Hubiera dejado de respirar si aquello hubiera sido fácilmente desaprendible. Los rostros de los seres, de los objetos cotidianos, eran un inmenso espejo fraccionado que reflejaban mi dolor. Todo perdido: fe, esperanza, caridad. Primero contemplé mi vida futura como un inmenso erial helado en la noche del polo, y nada lo turbaba. Mi prometido no comprendía y pensaba que todo era una estratagema para romper la promesa de matrimonio. Mis padres se avergonzaban de mí: en el pueblo, entre los familiares, las visitas que cada vez eran más infrecuentes, era ya la loca. Yo vagaba por la casa, buscando cuchillos o espejos que romper, veneno que ingerir, pero mis intenciones habían sido adivinadas y pronto se me empezó a encerrar con llave en mi habitación, donde permanecía muchas horas en el diván, aletargada por lo inexpresable. Un día me escapé, guiada por un olor salobre que nunca había conocido. En la noche llegué a la ribera del agua y un gran alivio me invadió en el pensamiento de aquel lugar que me ofrecía un helado asilo donde ocultarme de mí misma. El agua llenaba mis oídos y mis narices, entraba en mis pulmones con bullicio de fiesta, la oscuridad se llenaba de una verbena de luces, siempre más abajo… .

 

Nadie buscó nunca aquí, donde se suicidaban las criadas y los gañanes. En mi fondo sólo estoy yo. Te he visto llegar como una distraída buscadora de soledades. Me has adivinado como si fuera una concha roja en un pozo tranquilo, cuando en el verano se buscan cosas veladas y maravillosas. De verdad que ahora estoy en paz, yaciendo sin nombre, acompañada por tí tan asiduamente.

*

Ahora puedo decir que he vivido una vida espléndida como a pocos les es dado conocer. Ahora sé a ciencia cierta que el menor de mis caprichos de entonces costearía muchas de las pobres comidas que me aguardan en un futuro ominoso. Lo hemos perdido todo: las casas de ensueño, los coches, los sirvientes obsequiosos, un lugar en el mundo y la mente de los grandes amigos, la bellísima biblioteca de volúmenes que quedarán sin hojear y que venderé al peso, los pianos barrocos en sus salones… . Pero a ellas no; jamás, mis joyas adoradas, la única corporeización de mi vida pasada. Mi marido me suplica: podrán pagar aún algunas deudas más, abrir más rostros, repentinamente endurecidos como jamás los había visto. Mis joyas son brillantes azules engastados en forma de flor, perlas negras y amarillentas, anillos de oro revueltos como hojas en el otoño, coronas de platino cargadas de rubíes como frutas, prendedores de plata que sólo soportan el peso de la seda, pendientes ligeros como plumas, que rechazan los rayos del sol porque despiden una luz propia, tobilleras de esmalte con la forma de los insectos del campo por los que debían ser arrastradas.

 

El tiempo apremia; hoy se han llevado nuestros mejores muebles cuatro mozos. El olor acre de sus cuerpos, mezcla de comida pobrísima basada en la cebolla y los ajos, de sudor y fluidos genitales, me ha hecho casi vomitar en la sospecha de un mundo donde el primer cuidado de la dignidad es mantenerse vivo. Contemplo con morbosa atención las últimas labores de nuestras criadas, que no nos abandonarán hasta el final del mes. Intento imaginarme a mí misma picando berzas, frotando ropa sucia en el lavadero, levantándome la piel de los dedos, arrodillada hasta la congestión con un cepillo de fregar los suelos. Mis collares de perlas estorban la labor, los anillos se ensucian de jabón y bajo el pañuelo laten los rubíes de mis diademas.

 

Él me lo ha pedido una vez más, suplicante hasta las lágrimas: hay que venderlas. He perdido ya todos mis trajes; llevo una bata de algodón y una cofia baratas, pero si me vieses desnuda, creerías que soy una reina. No encuentro palabras para explicarle lo que de verdad me pide. Él no puede imaginarse lo que de verdad me obliga a hacer. En la sucia mesa de la cocina que ahora ocupamos, apoyo mis cuartillas rosas, timbradas de flores: Madame R., y escribo lentamente, con la deliciosa letra inglesa que ninguna sirvienta se atrevería a imitar:

 

Querido: necesitas mis joyas y voy a entregártelas. Pero antes es necesario que las limpie a conciencia, de una manera un tanto extraña, pero que, créeme, es la mejor para que no pierdan ninguna de sus propiedades. Las encontrarás mañana, bajo el atracadero del muelle, prendidas del más maravilloso cuerpo que puedas imaginar.

 

Salté acompañada de un lastre encantador. En el agua verdosa brillaban como nunca, mis bizarros anillos, mis ajorcas de oro, las pulseras y broches. Brillaban las luces, mis vestidos giraban como en un salón de baile. No recuerdo quizás una hora más hermosa.

 

MARINA GURRUCHAGA

Este relato se publicó por vez primera en http://www.maisontine.com. Anteriormente había sido finalista en el concurso de relato del premio “Manuel Arce” del Consejo Social de la Universidad de Cantabria (1996).

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

2 pensamientos en “Los suicidas

  1. Dios mío, ya 20 años del relato…

  2. Formidable, Marina.

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