LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

B2

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 Tengo un buen corazón y un cementerio en el brazo
(Farruko)

Un motivo para alegrarse por el paso de los años es la visión histórica de las cosas, una experiencia que puede servir para pasar el relevo a los jóvenes que nos miran, cuanto menos, con curiosidad. Vivimos en un mundo que cambia constantemente pero hagamos un ejercicio de distancia de las cosas para entender los cambios de esta sociedad que camina demasiado deprisa sin tiempo para pararse a pensar.

Nos asoma la sensación a veces de no pertenecer demasiado a lo que nos rodea. Hemos visto cómo las cartas que nos escribíamos sobre papel blanco, con boli, pluma, Pilot… (había una industria de pliegos para cartas a juego con los sobres y era un precioso regalo de Primera Comunión o de cumpleaños). Pues vimos cómo la comunicación por carta fue sustituida por el correo electrónico que nos pareció un atentado contra la palabra escrita, de lenguaje extenso y dilatado. El correo electrónico trajo la inmediatez y la brevedad casi (creíamos entonces) telegráfica. Era un formato perfecto para los trabajos, informes, planificaciones, órdenes de todo tipo… En fin, una revolución que convirtió el tiempo en una especie de acordeón que se podía abreviar y dilatar.

Hasta llegar al móvil y las formas más gráficas de hablar: mensajes, whatsapp, emoticonos… Desde estos, el correo electrónico se convierte casi en un testamento que apenas se usa si no es para el ámbito laboral. Cada vez usamos más dispositivos que caben en la palma de la mano, se ajustan mejor al tipo de vida que llevamos, pesan menos y cubren nuestros deseos con aplicaciones para todos los gustos y necesidades.

El lenguaje no es ajeno a esto. Los especialistas hablan de un vocabulario cada vez más reducido. Hay una escena que se repite al subir a un autobús, al metro, al entrar en un museo… al entrar en un restaurante de una capital de provincias cualquiera. Hay silencio. Todos vamos ensimismados escuchando música, la radio, o mirando la pantalla del móvil. Algunos dicen que nunca se leyó tanto… pero cuenta la calidad de la lectura, sin duda. No dejamos de usar palabras pero hay un silencio que hace sospechar que algo está cambiando.

El sentido que predomina en nuestra sociedad es la vista. También estamos rodeados de sonidos que nos acompañan y saturan; pero no son voces, sino ruido. La era de la imagen desde que el hombre se irguió: miramos, vemos, nos abordan los impactos, los colores, el movimiento, los canales infinitos de televisión… no descansa nuestra cabeza plagada de estímulos. El oído es otro más y, por contra, el silencio que le imponemos al cuerpo: estamos solos, callados; sin embargo, o quizá por eso, nos comunicamos constantemente, tenemos la necesidad de estar vinculados, en contacto siempre con alguien. No romper el hilo que nos une a nuestro círculo aunque cada vez parecemos estar más solos. En las ciudades hay más hombres y mujeres viviendo solos; hay más hijos e hijas en sus cuartos frente al ordenador, comiendo o cenando en silencio sin saber qué decir. El estilo de vida y las distancias nos obligan a que los tiempos de desplazamiento sean mayores a la vez que abreviamos los tiempos de respuesta.

Conviven las polaridades: la globalidad y los localismos; la sobre información y el mutismo; las aglomeraciones y el individualismo; las grandes distancias que cada vez se recorren en menos tiempo. O quizá aparecen estas para denunciar a aquellas, para buscar su equilibrio. O podemos ir a 120 km/h… o a 300.000 km/h, en un clic.

A lo largo de la historia se han producido movimientos pendulares en el arte, en la literatura: del clasicismo a Roma; del Renacimiento al Barroco; de lo abigarrado a lo sintético y mínimal… Hoy conviven tendencias aparentemente opuestas en espacios breves con tiempos limitados de vida, como si el tiempo fuera transversal en lugar de longitudinal o, simplemente, más corto. Surgen direcciones transversales, son tiempos de notas sostenidas, de supervivencia, de transición.

Los viejos cuentan historias románticas porque el romanticismo siempre fue la añoranza mitificada del pasado pero solo se trata de un engaño de la memoria, ningún tiempo pasado fue mejor para la ciencia, para las libertades, para los derechos, para las posibilidades… otra cosa es lo que queramos hacer con todo ello, la gestión política y económica de los recursos. Quizá no ha cambiado tanto la historia en algunas cosas, entendemos perfectamente las letras de canciones de reguetón, siempre añoraremos la comida de nuestra madre y los mejores recuerdos están asociados a los afectos aunque usemos un corazón rojo que late en vez de palabras… Para encontrarnos, siempre nos quedará el amor.

Rosario de Gorostegui

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

Un pensamiento en “B2

  1. LÚCIDA REFLEXIÓn, Charo, hay “mucho ruido y pocas nueces”: Surfeamos en la espuma del instante y del olvido.
    G.R.

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