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Fotografía y redes: hacia una redefinición del género

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Mariano nos ha ilustrado muy elocuentemente sobre las raíces neurológicas y filosóficas del acto imaginal. Ese momento creativo, dinámico, se concreta formal y categóricamente en lo que venimos históricamente denominando “géneros” artísticos, al menos desde las primeras reflexiones de los griegos sobre la cuestión. Y precisamente las consideraciones que hoy quiero compartir con vosotros surgen de la irritación que me causó leer, hace ya algún tiempo, un pensamiento como el siguiente: “photography is not longer an art form”,[1] lo que, traducido, podría entenderse como “la fotografía ha dejado de ser un género artístico”. Y seguía el artículo achacando a la generalización del acceso a las cámaras digitales (y a los teléfonos móviles, añadiría yo) la deserción del fotógrafo de la tarea de generar, mediante un tratamiento técnico simultáneo o posterior a la toma de la imagen, un producto perfecto. Volvíamos incluso según esta opinión, al parecer, a aquellas antiquísimas teorías de los clásicos según las cuales la “techné”, el saber hacer del productor, se encontraba en la base de cualquiera de las artes plásticas. Por supuesto que no hacía mención a la definitiva –por ahora- evolución de este producto, cual es su distribución a través de la red de redes y las connotaciones, increíblemente fecundas, que esta situación ha extraído, aplicables tanto al género fotográfico como a otras manifestaciones estético-discursivas. Y en este punto comienza mi particular interpretación.

Como en tantos otros ámbitos de la cultura, del conocimiento o, desde un punto de vista más amplio, de las relaciones humanas, INTERNET ha sacudido nuestras convicciones y creencias, dogmas diría yo incluso, sobre el hecho cultural. La reciente democratización a escala mundial del acceso a las tecnologías de la información y la increíble difusión de los productos que estas tecnologías procuran-construyen (en una intrincada relación de causa-efecto), ha puesto a prueba en realidad los esquemas asumidos colectivamente acerca de lo que venimos entendiendo como “arte”, e incluso la génesis del fenómeno creativo en general. Estas aseveraciones, cuyo origen es ya histórico, pero que continúan actuando como una “agenda oculta” aunque bien real en su concreción respecto a los mercados artísticos y a la consideración el papel del artista, dichos presupuestos pienso que han sido desvelados y contrastados por la realidad actual de los mecanismos actuantes en los ámbitos a los que nos estamos refiriendo.

Realicemos ahora un breve repaso histórico. De una concepción idealista de la sociedad, altamente individualista, emerge ya en la Edad Moderna  una concepción del artista como personaje dotado de una misión cuasi-divina, redentora, que le haría por supuesto miembro de una élite espiritual. Esta ideología ilustrada, aún no capitalista, será perpetuada en el s. XIX interesadamente y aprovechada por las emergentes fuerzas del mercado para organizar un nuevo nicho productivo que perpetuará esta concepción del arte-artista e irá fagocitando y poniendo a su servicio todas las corrientes expresivas que durante el s. XX se han ido sucediendo. Los marchantes artísticos y los historiadores del arte -en una relación unas veces simbiótica, otras de “vampirización” en ambas direcciones-, han perpetuado los sistemas de control que también se hacían efectivos en otros dominios de la expresión humana (la música, la literatura, la edición en general), basados en la selección, por parte de grupos de control intelectual, directores y conformadores de un canon, la selección como digo de una serie de obras y artistas, en base a la cual se ha ido constituyendo la conciencia de los logros artísticos de la cultura occidental.[2]

Esta tutela, que muchas veces ha desarrollado una auténtica relación hermeneútica con las directrices del pensamiento, la sociología y el conocimiento en general, ha saltado muy recientemente por los aires merced a la auténtica revolución que ha constituído, como antes señalábamos, la aparición de la Red. No somos de todas formas ingenuos; Internet es hoy la culminación del capitalismo, que ofrece incluso un interesante fenómeno de monopolio emergente (Google), que disfraza la gratuidad aparente de servicios, aplicaciones y oferta de contenidos con el tráfico, incluso secuestro, de los datos personales -política que está despertando la reacción de los poderes europeos, que amenazan con bloquear este modelo de negocio comprensible sólo en la desregularizada economía norteamericana-. Pero, como un inesperado fruto de este árbol del bien y del mal, emergen la atomización de la creatividad y la multidifusión de la obra artística, lejos de la supervisión y el control de los “gurús”, antaño dominantes y conductores.

Volviendo al tema de la fotografía en este nuevo contexto de creación y distribución, intentaré llamar la atención sobre el impacto que la aparición de determinadas redes sociales ha tenido en cuanto a la afirmación que critiqué anteriomente, según la cual la fotografía digital, la móvilgrafía y etc., ya no pueden considerarse arte.

La fotografía nace recientemente, y como casi todas las artes pláticas, lo hace con una motivación práctica, documentalista, que pudo encauzarse como arte de denuncia, social, en determinados momentos, o como medio de propaganda de los logros del poder, incluso instrumento para la investigación antropológica en su acepción más general. En su evolución reciente, se conecta con las vanguardias artísticas y se hace un género esteticista, psicologista, en el que, según la expresión de Barthes[3], la selección objetiva del tema adquiere mayor importancia que el tratamiento técnico, objetivo prioritario de una primera etapa objetivista del género.

Hoy la fotografía se ha hecho objeto de intercambio en las redes sociales; la mirada se ha banalizado; los “smartphones”, que constituyen un dispositivo individual con posibilidades de conexión global, permiten la generación de miríadas de imágenes que son inmediatamente difundidas en Instagram, Vignette, Hipstamatic, PicYou, Molone, Lightbox, Streamzoo, Flickr, por citar algunas de estas plataformas que no sólo ofrecen sugerentes paquetes de filtros y herramientas de edición, sino también la articulación de una importante comunidad de usuarios que se relaciona entre sí mediante foros, concursos y mensajes; que definen en común y consultan sus líneas argumentales (“hagstags”) y el tratamiento estético de los temas con los otros “instagrammers” (sean objeto de seguimiento personal o de encuentro al azar, etc.). Este abaratamiento y democratización consiguiente del acceso a las herramientas de tratamiento de la imagen, esta eclosión de la creatividad en la generación de productos de elevada calidad visual, esta oportunidad multiplicada de difundir nuestras creaciones (incluso de realizar la contabilidad de las “visitas” a la obra “colgada” en la red), no desvirtúa en mi opinión la capacidad expresiva de la fotografía como género, independientemente de la  multiplicación exponencial de fotografías y fotógrafos.

Opino que esta reciente precipitación del cambio nos está poniendo a prueba, nos está obligando a sacar a la luz creencias soterradas, impresiones fosilizadas acerca de la función social del arte, y por supuesto, los mismos principios de éste. Una nueva comprensión de la expresividad, a la par estrictamente subjetiva y comunicable de forma no tan indiscriminada como pueda parecer, cumple con creces la función que antropológicamente debe servir el arte: constituirse en vehículo de nuestra emotividad, servir de cohesor grupal, ilustrar el devenir social…, etc. Parece que algunos siguen pensando que no todos podemos tener algo reseñable o valioso que transmitir. Aquí quiero hacer un paralelismo con los “blogs de autor”, en su configuración de nuevos y atomizados grupos de referencia.

Pasando a comentar mi experiencia particular del género, siempre he percibido fuertes nexos expresivos entre la Fotografía y la Poesía. La imagen verbal o plástica, extraida de una “presentación” de lo real ( en el sentido heideggeriano de la razón como expresión del logos-leguein), son ambos objetivos de expresión equiparables. El psicoanalista jungiano James Hillman incluso afirma que la base poética de la mente humana sitúa la actividad psicológica humana primaria en el mundo de las imágenes. Los arquetipos universales se formalizan en ilustraciones mentales, cuya comprensión puede alcanzarse mediante la exploración y no la explicación (como afirmaría la escuela jungiana) de tales imágenes.

Respecto a la plástica fotográfica, las instantáneas que se plasman a partir de las sugerencias del entorno o que reflejan emergencias del subconsciente (“pareidolias”), o incluso aquella fotografía casual, muchas veces auto-referenciada a partir de momentos privados, vitales, todas estas formas guardan una estrecha relación con la palabra poética, con sus recursos y concepciones. El poeta es una especie de “paseante” de la vida que actúa a partir de la contemplación. Esos “advenimientos” (que diría Barhes) de la existencia generan una repercusión cuyas notas tienden a ser atesoradas, fijadas en una memoria paralela a la pragmática (o pragmática también, en otro sentido), una memoria de lo sentimental. En un camino de vuelta, esas imágenes polarizan en nuestro interior las claves, los códigos y las simbolizaciones que han ido articulando nuestra particular historia psíquica. Vivimos, como dice el investigador de la conciencia Giulio Tonioni, en un particular “cine contínuo interior”. La información que percibimos genera nuestra identidad desde el momento en que se enlaza en forma de experiencia integrada, y esa experiencia integrada se corporeiza en imágenes mentales, un flujo constante que unifica sueño y vigilia. Construimos nuestro entorno, lo remedamos, digerimos en forma de arquetipos visuales.

Pero la Poesía no es solamente la fijación de un instante, como no lo es la Fotografía. El juego hermeneútico es una constante actualización histórica del bagaje personal que, avanzando hacia el pasado, prefigura el futuro emocional de quienes se encuentran en el evento comunicativo que configura la experiencia artística, la transferencia entre creador y espectador. La imagen, quizás ya violentada, manipulada por el fotógrafo, en el mismo sentido que el escritor selecciona y retuerce la palabra para extraer sus máximas potencialidades expresivas, la imagen evoca en nosotros otras imágenes personales atesoradas en nuestra memoria emotiva.

Poesía y Fotografía tienen también, significativamente, “vidas paralelas” en lo que al devenir de sus desarrollos se refiere. Hoy el género fotográfico se refleja en diversas corrientes que exploran desde la seriación temática hasta el documentalismo clásico (recurriendo incluso al refuerzo tradicional del blanco y negro), pasando por el juego matérico que establece relaciones físicas y conceptuales entre la fotografía y su soporte, conectándola incluso con otros géneros artísticos como la literatura, la escultura y la pintura. Asistimos al mismo panorama respecto a la voz poética actual, cuajado de citas, de préstamos y relaciones con otras manifestaciones culturales (performance, video-art, fotografía, etc.). El desarrollo de los dispositivos técnicos y su distribución más igualitaria entre consumidores y generadores de cultura justifica también, en el sentido inicial de mi intervención, la eclosión de este nuevo mundo de posibilidades.

La experiencia creativa de nuestra época padece de horror vacui; cualquier medio o instrumento emergente que pueda catalizar el profundo deseo comunicativo de los individuos es bienvenido y supera con creces las esperanzas colocadas en él, respecto a la anterior compartimentación de las aportaciones artísticas, dirigida o limitada por los santones que antaño intentaron controlar el fenómeno expresivo. Desaparecen los cánones, o, más bien, la creatividad se atomiza, se concreta en los pequeños grupos que a su vez establecen relaciones espontáneas entre sí gracias a los fenómenos propiciados por la existencia de la red de redes.

Sea bienvenida esta anarquía deliciosa.

Marina Gurruchaga

Esta conferencia se ofreció en el marco del Seminario “Semántica de la Creatividad: signos y sentidos” (Colectivo Territorio Kirguise-Librería del Puerto, Santander) el 8 de octubre de 2015.

 

[1]    Adelle Whitefoot en su blog The North Wind, 14 de abril de 2011.

[2]    De este tema me ocupé en mi artículo “Hacia la muerte del canon: tecnología, cultura y creación en la era virtual” en https://latiendadelkirguise.wordpress.com/2013/03/08/hacia-la-muerte-del-canon-tecnologia-cultura-y-creacion-en-la-era-virtual-marina-gurruchaga/, 8 de marzo de 2013.

[3]    La cámara lúcida, publicada en 1980. Múltiples reediciones.

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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