LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Plaza mínima

2 comentarios

Cruzaba la plaza como si fuera un salón de baile, si alguno de nosotros supiéramos lo que es eso y, mucho menos, cómo se cruza. Imaginó que habría que echar a andar, un pie tras otro, con la mirada dirigida hacia el fondo de la sala, la cabeza ligeramente elevada, los brazos moviéndose a partir del codo y con un paso ni demasiado lento ni demasiado rápido; casi mejor, tirando a rápido que a lento.

Vomitar cuanto antes. Es mejor la ligereza y quedará una impresión vegetal o metálica; si no, la impresión será agridulce y, como un rollito de primavera, pesará en el estómago sin tregua.

En el extremo de la plaza tocaba el acordeón un hombre del Este que adaptaba sus músicas al andar de algunos paseantes provocando cambios de ritmo azarosos para disimular. Se fijaba en la cadencia al caminar, adaptaba la melodía y quizá sacara unas monedas para la cena, el hostal de un par de noches. El frío obligaba a los músculos de la cara a una rigidez tan seca como el ambiente. Noviembre abría la puerta a otro invierno duro, se entorpecían los dedos que querían bailar sobre las teclas pero pisaban demasiadas veces a su pareja de baile. La música entonaba una marcha a cuatro pies que entretenía.

Cruzaba la plaza como se atraviesa el pasillo de una cárcel, con interrupciones ante cada galería, sorteando niños, grupos, bancos y macetas. El músico tocaba con guantes que dejaban al aire sus dedos sobre el instrumento, con la mirada perdida en la piedra de los bancos y en la de los adoquines; sin levantarla más allá de cincuenta centímetros del suelo. Todo sucede. Viandantes de sonrisa circunstancial, de vestido elegido y tribal. Un papel caído junto a la papelera integrado en las afueras como un paisaje mínimo de un instante mínimo.

Lo sostenía la tierra, las piernas que avanzan paso a paso con la intención de alcanzar el extremo de la plaza, la música de acordeón, intercambiar alguna mirada para no perder el sitio que se ocupa en el mundo y ser visible, posible. Sobre el suelo empedrado pareciera un árbol móvil. El músico, un arbusto de arrayán o boj y los niños moreras risueñas y enredadas. Envidió los grupos de tres generaciones, no los padres con sus hijos o los amigos con sus niños. No. Solo los grupos con abuelos. Y a veces los paseos de dos mujeres solas, del brazo, de edades indistintas, con esa confidencia que da la cercanía del pelo suelto, los besos en el rostro, el tacto sostenible, el ruido acompasado de tacones. Se hacía a un lado, esquivaba a un hombre con cachava. La arcada en la garganta tropezaba con un perro y su correa. Quiso llegar al final de la plaza, esconderse en los ojos lejanos de la música, en la esquina de los arcos. No pudo evitar salpicar a aquella chica y que el acordeón desafinara.

Rosario de Gorostegui

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

2 pensamientos en “Plaza mínima

  1. Qué bonito Charo, es … , ¡ me encanta !
    Paloma

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