LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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Un poema de Pepe Poveda

AGUJERO NEGRO

Te miro, pero no te veo,

la bruma se agolpa

sobre el agujero negro

de mi retina. Y no puedo verte.

La mirada se desgasta,

se hace opaca con los años,

y al nervio de la luz,

le crecen arrugas

y sombras.

Te miro bien

y aunque ansío verte,

la niebla se posa sobre el cristalino

ausente.

Tengo la vista cansada

de tanto mirar,

de tanto mirarte.

Cuando se apague la luz,

tomaré la mano del hermano

para poder continuar.

Me aferraré a él para andar

lo que quede de la tarde.

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EXPOSICIÓN: ESTÉTICA Y PROSTÉTICA DEL CUERPO FEMENINO

Marisol&Araceli_invitacionelect

Queridos amig@s estáis tod@s invitados a la inauguración de la exposición 
Rangoli  “Estética y Prostética del Cuerpo Femenino” de 
Marisol Cavia y Araceli González Vázquez que se celebrara en Arnuero el dia 
sábado 5 de septiembre a las 8 de la noche.
 
Durante la inauguración se llevara a cabo una performance con la participación de las Poetas
 
Nieves Álvarez, Daniela Bartolomé, Paloma Bienert, Elena Camacho, Marisa Campo, Dori Campos, Inés Fonseca, Isabel García de Juan, Araceli González Vázquez, Rosario de Gorostegui, Marina Gurruchaga, Maribel Fernández Garrido, Raquel Serdio y Mar i bel Valdivia Palma.
Os esperamos
Marisol y Araceli
 
Lugar——–   Obsevatorio del Arte de Arnuero
Exposición—   del 5 de Septiembre al 2 de Octubre 2015
Horario——    Martes a Domingo de 10 a 14 H y de 17 a 20 H ( Lunes cerrado )


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Plaza mínima

Cruzaba la plaza como si fuera un salón de baile, si alguno de nosotros supiéramos lo que es eso y, mucho menos, cómo se cruza. Imaginó que habría que echar a andar, un pie tras otro, con la mirada dirigida hacia el fondo de la sala, la cabeza ligeramente elevada, los brazos moviéndose a partir del codo y con un paso ni demasiado lento ni demasiado rápido; casi mejor, tirando a rápido que a lento.

Vomitar cuanto antes. Es mejor la ligereza y quedará una impresión vegetal o metálica; si no, la impresión será agridulce y, como un rollito de primavera, pesará en el estómago sin tregua.

En el extremo de la plaza tocaba el acordeón un hombre del Este que adaptaba sus músicas al andar de algunos paseantes provocando cambios de ritmo azarosos para disimular. Se fijaba en la cadencia al caminar, adaptaba la melodía y quizá sacara unas monedas para la cena, el hostal de un par de noches. El frío obligaba a los músculos de la cara a una rigidez tan seca como el ambiente. Noviembre abría la puerta a otro invierno duro, se entorpecían los dedos que querían bailar sobre las teclas pero pisaban demasiadas veces a su pareja de baile. La música entonaba una marcha a cuatro pies que entretenía.

Cruzaba la plaza como se atraviesa el pasillo de una cárcel, con interrupciones ante cada galería, sorteando niños, grupos, bancos y macetas. El músico tocaba con guantes que dejaban al aire sus dedos sobre el instrumento, con la mirada perdida en la piedra de los bancos y en la de los adoquines; sin levantarla más allá de cincuenta centímetros del suelo. Todo sucede. Viandantes de sonrisa circunstancial, de vestido elegido y tribal. Un papel caído junto a la papelera integrado en las afueras como un paisaje mínimo de un instante mínimo.

Lo sostenía la tierra, las piernas que avanzan paso a paso con la intención de alcanzar el extremo de la plaza, la música de acordeón, intercambiar alguna mirada para no perder el sitio que se ocupa en el mundo y ser visible, posible. Sobre el suelo empedrado pareciera un árbol móvil. El músico, un arbusto de arrayán o boj y los niños moreras risueñas y enredadas. Envidió los grupos de tres generaciones, no los padres con sus hijos o los amigos con sus niños. No. Solo los grupos con abuelos. Y a veces los paseos de dos mujeres solas, del brazo, de edades indistintas, con esa confidencia que da la cercanía del pelo suelto, los besos en el rostro, el tacto sostenible, el ruido acompasado de tacones. Se hacía a un lado, esquivaba a un hombre con cachava. La arcada en la garganta tropezaba con un perro y su correa. Quiso llegar al final de la plaza, esconderse en los ojos lejanos de la música, en la esquina de los arcos. No pudo evitar salpicar a aquella chica y que el acordeón desafinara.

Rosario de Gorostegui


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SELVA EN RUINAS (6). Por Mariano Gómez de Vallejo

S E L V A   E N   R U I N A S

(TRAS LAS HUELLAS DE LA CULTURA MAYA)

Relato de viaje

VI

   Iban hacia la frontera con Guatemala y la presencia del ejército se iba haciendo notar cada vez más. Las patrullas, de varios soldados, van en todoterrenos que llevan una ametralladora montada en la parte de arriba del vehículo y asistida por uno de los soldados que para ello va de pié y agarrando el arma en actitud intimidatoria. Durante esos días se estaban llevando a cabo conversaciones entre la guerrilla y el gobierno. Un momento incierto en un país inmerso en una grave crisis política, institucional, y económica; lo que hacía que el peso estuviera considerablemente devaluado.

   Al ir remontando un pequeño puerto se fueron cruzando con unos particulares bólidos que, despendoladamente, bajaban por las cuestas. Eran unos carritos hechos con madera y cuatro ruedas, de madera también, que el piloto, tumbado hacia atrás como en un trineo, gobernaba con unas cuerdas, a modo de bridas, que tiraban del eje delantero, y frenos de “pié” sobre las ruedas. Estos rústicos coches servían para bajar leña al mercado del pueblo. Como descendían por la fuerza de la gravedad era preciso acarrearlos, ya vacíos, de vuelta para arriba. Quién conduzca por esa ruta -la carretera general- ha de ir atento a fin de poder sortear estos – a buen seguro no homologables- vehículos.

   Al borde de la carretera, elevando parte de su largura con el brazo, un indio, o mestizo, muestra una piel de boa…

– ”Seguro que por 25$ te la llevas…….. Con algo han de tener que buscarse la vida.”-Comentó Ismael

   En un cartel institucional pintado e una pared se ve una manzana mordida metida en el internacional símbolo de prohibido, y el rótulo que dice: ¡ALTO A LA MORDIDA!. Pero conviene dar a Ismael unos dólares para evitar molestias: la frontera está cerca. Digamos que la mordida es un modo de recaudación directa de impuestos pues hay todo un juego de comisiones proporcionales llegando, tras quedarse las partes o niveles con lo suyo, esa cotización hasta los todopoderosos gobernadores de estado y demás altas instancias

   El paso de Cuauhtémoc está animado. Despedida de Ismael al que probablemente volverán a ver al cabo de unos días. Y, al otro lado, cambistas de calle, buscavidas varios, gentes de pintas expresidiarias, contrabandistas y aduaneros (o ambas cosas a la vez), apuestas de naipes sobre los capots de taxis dudosos; todo ello en un arremolinamiento salteado por los típicos coloristas buses.

   Allí les esperaba Lincoln Ramírez -el que sería el guía de Guatemala- que se mostró enojado por el retraso horario (habían llegado dos horas más tarde a la cita); por lo que el encuentro rápidamente giró de la presentación a la reprimenda..

   El bus Mercedes, bastante “trallado”, avanza lentamente por la deterioradísima y pomposamente denominada Carretera Panamericana. Debido a los bamboleos el ayudante del conductor (o guarda del vehículo) prescinde del taburete casero de madera en el que va sentado al lado del conductor y prosigue el viaje marineramente de pié. A veces, entre la tierra del camino, se ve algún resto arqueológico de asfalto; y al ya de por sí mal estado de la vía hay que añadir la reciente tormenta que en algunos sitios ha arrastrado tramos completos del camino. Da la impresión de ser un país más pobre; empobrecido mejor dicho.

   Guatemala quiere decir tierra de árboles; aunque, de momento, no parece haber tantos; así con todo el paisaje va ganando poderosamente en atractivo. Cruzaban la imponente sierra de los Cuchumatanes por el profundo desfiladero del Selegua.

   Aterrazamientos para el maíz, exiguas mieses; pero las plantas son extraordinariamente altas, cuatro metros o más. Parece que la Cultura del Maíz se debió originar por estas zonas; aunque hay controversias, como la de la datación del teosinte[I] : ahora ya no se le considera el genotipo del maíz sino un hibridaje posterior. Por otro lado conviene resaltar que estamos en tierras volcánicas y muchas civilizaciones se han asentado bajo los volcanes; parece que volcán quiere decir “tierra fértil”. Las civilizaciones, las civilizaciones más antiguas sobre todo, precisaban de una evolucionada agricultura como se sabe. Los que suponen que por estas tierras, con sus cuarenta volcanes, está el origen del mundo maya probablemente estén en lo cierto.

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Volcán Santiaguito

   Entre el accidentado paisaje apareció el primer volcán con su fumarola.

– “Es el volcán Santiaguito, recién eruptó”. -Dijo Lincoln Ramírez.

   Llama la atención lo bien que hablan los que hablan bien. Ya lo había observado con Ismael. Se expresan en un castellano inusual pero más preciso, mucho más rico en vocablos de lo que es habitual en España entre la gente de un nivel cultural similar.

  Habían subido bastante y se notaba. San Andrés de Xicul le recordaba a imágenes vistas del altiplano boliviano, sus indígenas incluso. El pueblo estaba asentado en una ladera; tenía un amplia plaza con edificios abalconados, de trazas coloniales pero poco ostentosos. Un busto de un militar de cemento pintado, guerrera azul celeste con hombreras doradas como de almirante decimonónico, rostro de antigua careta de cartón; un tanto cómico; parecía mirar al pueblo, a la iglesia, a la fuente de la plaza. Niñas y niños acarreaban el agua desde allí en unas cántaras rayadas de plástico.

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Iglesia de San Andrés de Xicul

(clickar imagen)

   La iglesia de San Andrés tiene un particular encanto. Expresión popular en sus muros exteriores: imágenes, cornisas, cenefas; completamente repintadas de colorines; ingenuismo en estado bruto, sin mediatizar, en los angelotes, santos y santas, músicos, amarillas columnatas salomónicas por las que trepan enredaderas verdes cuajadas de frutos rojos, y en la espadaña con moteados jaguares.

   En la parte alta del pueblo, en una pequeña colina o saliente, una capillita amarilla y verde. Al lado de esta tres cruces negras clavadas en el suelo cerca de un ahumado muro. Un brujo atiende una hoguera ritual a la que añade el copal entre sus extrañas prácticas. Se dice que San Andrés de Xicul es un importante centro secreto de brujería.

   En un pequeño claro entre los maizales los zopilotes se embarran al darse un festín con los enlodados despojos de una caballería. No se inmutan, siguen embadurnándose pese a pasar junto a ellos. Próximo a la escena otra capillita blanca, recientemente encalada, y, al fondo, el volcán con fumarola, rosa, de atardecida.

   Como se sabe, la Sierra Madre viene a ser la porción del mismo sistema montañoso que forman Las Rocosas al norte y Los Andes al sur. En la porción guatemalteca de esta sierra hay altas montañas, los volcanes sobre todo, como el Tajumulco (4220 mts.).

   Pasaron por un puerto de 3300 metros con una última luz en el fondo.

   No conviene demorarse -había dicho el guía. Habían dejado Huhuetenango y evitarían Quetzaltenango; estaban en el país maya quiché. Los quichés junto con los Cakchiqueles son las dos etnias más importantes de Guatemala; un país que tiene el mayor porcentaje de indígenas de América, más incluso que Bolivia (40%) pues en Guatemala el 60% aproximadamente son indios puros y, al menos, el 30% mestizos.

   Lincoln Ramírez tenía algo de mestizo. Primeramente parecía pertenecer a ese gran grupo occidental de indeterminada raza blanca fruto de las sucesivas remezclas pero, viéndole de perfil, era inevitable recordar aquellos mismos perfiles esculpidos en los relieves mayas. Aún quedaba una tirada y Lincoln empezó a hablar de los mayas, de la historia de su país, la política; tenía un cierto tono profesoral en el que, al irse poco a poco relajando, se fue esfumando también la impronta de antipatía del comienzo. Acabó su pedagógica exposición, salpicada de golpes de estado, con una cita de, posiblemente, un autor anglosajón: “La política es el arte de servirse de los demás haciéndoles creer que se les sirve a ellos”. Y ya llegando a Panajachel, Ramírez les dio la razón para no demorarse: los asaltos; nocturnos preferentemente y harto frecuentes en el conflictivo departamento del Quiché, más aún por la zona de Huehuetenango por dónde habían pasado y donde ejército, delincuencia común y guerrilla forman un “totum revolutum” nada tranquilizador…

   Como casi siempre, se despertó en los primeros albores. Por la ventana se empezaban a diferenciar las sombras entre la neblina, las cónicas masas azuladas y el espejeo tenue del lago. Cogió la cámara y se fue al embarcadero.

   Con el incremento de luz se fue replegando la niebla y magnificando el entorno. El volcán más próximo, el Tolimán, comenzó a dorarse suavemente, con una irradiación que pareciera brotar de su interior naturaleza mineral. A el lado de naciente los volcanes más pequeños con los conos arruinados y más oscuros dado el incipiente contraluz. Grandes masas de nubes, altas y veloces, sobrevuelan todo hacia el poniente; y por allí -parecen escarpaduras de costa- se escalonan los planos, por los sucesivos entrantes del lago en la montaña; recuerda un fiordo noruego ese ángulo.

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Lago Atlitan

   Llega una familia india: padre, madre, hija y nieta. Entre la abuela y la nieta seguramente no hay una diferencia mayor de los treinta años. La hija lleva a su hijita con el sistema tradicional de las indias de estas zonas: colgada de la espalda con un paño que va anudado delante; como una especie de hatillo. Esperaban el primer barco para hacer los doce kilómetros de travesía que hay hasta el otro lado.

   El lago Atitlan es un gran cráter volcánico del terciario rodeado de volcanes entre los que destacan el San Pedro, el Tolimán y el Atitlán (3.537 mts.). Alrededor del lago hay varios pueblos habitados por cakchiqueles, la, otrora irreductible, etnia predominante por esta zona. Todo el entorno tiene una indiscutible belleza; ya por los años treinta el escritor Aldous Huxley -interesado (aparte de las contrautopías) por los hongos sagrados y el origen de las religiones- recaló por estos parajes; todos sus posteriores elogios contribuirían a la difusión del enclave. Hoy, como en casi todos los sitios, la industria del turismo ya es más que una seria amenaza.

   Ir al pueblo de Sololá supone salir del entorno del lago, remontar el borde del gran cráter. Por la empinadísima carretera hay que ir sorteando los enormes pedruscos que se han desprendido de las alturas; al ser de día esta vez (es el mismo camino que les trajo al lago) se ve claramente la dimensión de los destrozos provocados por el último temporal; de una magnitud polifémica se podría decir, pues no resulta difícil pensar que se atribuyera una personalidad a las fuerzas naturales desatadas, o tras ellas.

   Sololá es un pueblo sin demasiado atractivo en principio: su iglesia colonial, su plaza, su arquitectura en avanzado proceso de desnaturalización; pero en esa plaza, aunque sólo sea un día a la semana, se aglutina un gran bullicio cromático: allí se reúnen un buen número de indígenas: es el mercado.

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Mujeres en el mercado de Sololá

(clickar imagen)

   Vienen de los alrededores, de los diferentes pueblos y clanes; y esto es lo que da el color: cada pueblo, cada tribu, cada clan se distingue del resto por su atuendo, por la tela de su vestido más bien, por su diseño y color. Se dice que fueron los españoles los que obligaron, por una cuestión de control policial, de identificación, a uniformar a los miembros de cada pueblo; pero, aún habiendo algo de esto seguramente, es fácil pensar que las raíces de estas costumbres vienen de mucho antes, que en cada dibujo, en cada diseño, en los colores incluso, aparece representado, está presente, su cosmos, sus mitos, sus valores simbólicos ancestrales, totémicos, grupales etc; y así debe ser, pues, al parecer, a estos diseños los llaman sueños y llevar puestas las telas es recordar esos sus sueños de los que han sido arrebatados – o, tal vez, emergen- hacia esa suerte de vigilia relativa que supone la cotidianidad de lo real. Se puede ver analogía entre estos diseños lineales y abstractos -que vendrían a ser síntesis, depurada estilización simbólica- con los coloristas y más figurativos diseños de otras tribus del norte de México como los yaqui y los huicholes, o bien los indios puna de la costa panameña: donde en los coloristas diseños plasman, o vienen a reproducir, las distorsiones cromáticas propias de las visiones producidas por los alucinógenos hongos sagrados; todos esos éteres que las figuras irradian, los halos que parecen emanar, o imanar, envolviéndolas; las auras de donde posiblemente procedan: no resulta tan inverosímil pensar que estas sustancias psicotrópicas desencadenen o activen un “dormido” sistema de percepción; que también puede ser que con el tiempo -ahí está la cámara de Kilian[II] a modo de anticipo- se pueda determinar que forman una parte del espectro, del campo electromagnético común en los seres. Y, volviendo un poco a una temática cara a Huxley, retomar aquella idea según la cual (aceptando que en los cimientos de toda cultura que se precie hay un momento visionario fundacional de diversos modos inducido, pero con mucha más frecuencia de lo que se cree provocado por la ingesta de algún tipo de alucinógeno; como se ha podido comprobar en múltiples pueblos, y rastrear en diversos yacimientos arqueológicos) el comienzo de los pensamientos trascendentes del hombre estaría en relación con todo ello[III]. Y llevando la idea al campo de la autoconsciencia del hombre ver como esta pudo surgir de una tormenta neuronal, de una revolución perceptual; de ese desdobla-miento primero o crisis provocada por un psicotrópico y que vendría a constituirse, a tomar el valor de auténtica revelación primera; hipótesis está que, aunque pudiera parecer disparatada, y sumada a otros factores menos “unívocos” no sería sensato soslayar a la ligera. Pudiendo verse también como un factor de aceleración en la parsimoniosa evolución, a la que tampoco -si la tomamos, en un sentido amplio, como una mutación más- viene a contradecir. Pero todo ello, al estar inevitablemente ligado al hecho religioso, hallará detractores; más es, cuando no se puede deslindar del origen del pensamiento trascendente, del pensamiento mágico simbólico; y donde todo ello vendrá a ser la base de la inteligencia analógica abstracta y superior, o posterior. Podría ser.

   Pero volvamos al mercado. Allí, como en todos los mercados, las frutas, las hortalizas, el grano, las telas, y toda la gama en los hilos y lanas; también clavos oxidados, pesos viejos, viejos calderos metálicos, y nuevos también, de plástico; martillos, tenazas, machetes de segunda mano a los que la delgada hoja, gastada por el uso, confiere la estampa de una espada más bien; velas, abalorios, incienso de copal preparado en ristras de “botones”, como amasado haciendo pequeñas escudillas grises y así listo para las ceremonias del “pom”. Pequeños chiringuitos donde se hacen tortas de maíz; tortas que muchos traen ya hechas para comerlas tal cual, sin más enjundia añadida; lo que da idea de su elemental dieta. Gentes: las indias, afables de sonrisa, con sus niños; los hombres con sus sombreros de aire “tejano”, sus camisas étnicas al natural, sin los “neoarreglos” del diseñador de turno, y una especie de mandiles sobre los pantalones, también ambas piezas tribales, aún. Aún, pues empieza a verse como la ropa usada de “occidente” llega, por los insospechados cauces de la “ayuda”, a estos mercados de los países pobres donde los hombres, primeramente, abandonan sus tradicionales vestimentas; siendo esto otro factor más en la desnaturalización y pérdida de identidad cultural….

   Y pensar, pues, -como otras veces-, que el turista o el (más eufemísticamente) viajero, contribuyen a la degradación. Cierto escrúpulo; pero -dentro de un proceso imparable de lo que se podría denominar “cosmopolitización forzosa” en un mundo ya empequeñecido- viendo lo relativo que en ello hay, cuando, de la noche a la mañana, cualquier paraje puede ser destino de las nuevas masas migratorias, temporales o sedentarias; y concluir: “cuanto antes mejor”; sabiéndose los últimos testigos de los residuos de la auténtica, antigua ya, planetaria diversidad. Aprovechar, pues, el regalo colorido del hoy a los ojos que ven…

   Pero hay que volver a Atitlán. Tomar el barquito. Ver los volcanes desde el centro del calmo lago, con sus características nubes circundando sus conos a media altura. Y la luz intensa; pues también el lago está alto sobre el nivel del mar. Y el piloto en la cabina que, repanchingado en la silla mecedora, lleva la rueda del timón con los pies. Y las barcas de madera con los indios pescadores. Y el gran somormujo específico del lago. Llegar a la otra orilla; es decir, a Santiago de Atitlán.

   Estaba viendo la iglesia, también con su balconcito, cuando apareció un grupo de niñas. Sacó unos caramelos con la intención de dárselos y cuando quiso darse cuenta un enjambre de manitas se los habían arrebatado.

   El oscuro interior de la iglesia parecía similar a otros: con sus grupos de santos diferenciados por los atuendos distintivos de cada cofradía. Pero todo estaba más arreglado y parecía más ortodoxa en lo católico: un indio, con el pantalón a rayas típico de los hombres del pueblo, reza fervientemente prosternándose ante una imagen de Cristo; un grupo numeroso de indias, jóvenes más bien, sentadas de rodillas, se entregan enfervorecidamente a sus cánticos a su vez; los dirigen a lo que parece un santo menor en un altar secundario, la imagen está llena de cintas de colores.

   Mercado entre maderas oscuras y ondulines metálicos oxidados. Los trajes de las cakchiqueles tienen una predominante gris-azulada, que hacen a la tela agrisada en cuadritos y donde los otros cuadritos de vivo color resaltan de distinto modo (recuerdan a algunos cuadros de la época “divisionista” de Klee, un pintor que, curiosamente, tuvo una influencia étnica, si bien bereber y posterior). Alguna que otra mujer, las mayores sobre todo, llevan como una tira de ¿fieltro? envuelta en la cabeza como una rosquilla; el canto naranja vivo -pulpa de calabaza- de la cinta, al circundar la cabeza con varias vueltas, forma un curioso “halo” de potente color ya que viene a ser como un ala muy gruesa de un sombrero (sin la parte de arriba, con el pelo al aire; como los anillos de Saturno).

   En una de las casas del pueblo se aloja Pedro Maximón.

   Tras pasar por un pequeño corral y dejar el óbolo en el umbral accedió a la pequeña habitación. Estaba iluminada con velas, pequeñas candelas; pero también, en uno de los lados, una guirnalda de lucecitas intermitentes de las empleadas en Navidad rodeaba una urna de vidrio con un oscuro Cristo yacente de tamaño natural al que habían puesto los vestidos locales. Pegada a la urna una cruz inclinada apoyada en la pared. Había mucha gente para tan poco espacio y uno de los personajes era Maximón, o Don Pedro. Se ve a Maximón junto al escaño de madera, está quieto; pero fuma: puros y cigarrillos, servidos por un asistente; también bebe: ron de la marca” La Quetzalteca”; aunque este se lo dará el brujo. Lleva dos sombreros superpuestos y gran cantidad de pañuelos o pañoletas (una del tipo Hermés) cuelgan de su cuello. El brujo se dirige a él; pero Maximón, o Don Pedro, no contesta, está mudo; al menos para oídos comunes…

   Maximón habita en Don Pedro, en su imagen de madera; o viceversa: Don Pedro es un santo, Pedro el de la Llave (San Pedro), que está presente en el muñeco de Maximón, con su cara de conquistador español blanco, en madera clara, sin pintar y casi de tamaño natural. Maximón es una advocación y a él se le viene a hacer rogativas, o a curarse el espanto[IV] a través del brujo. San Pedro (el de la llave)-Don Pedro -Maximón no tiene morada fija pues, como aquellas imágenes de La Virgen en los pueblos españoles, va rotando de casa en casa.

   Un anciano sencillo, con cierto porte de distinción natural y de una humildad dignataria, estaba respetuosamente sentado, cabizbajo y descubierto, ante la imagen. Mediaba el brujo que, abriendo los brazos en actitud orante, comenzó la plática con el santo. El brujo era un hombre de edad aunque aparentaba tener menos que el paciente, su cara de arrugas, ojillos ¿pícaros?, enjuto, descalzo y vestido con las ropas tradicionales. Parecía dirigirse a la imagen con una sorprendente confianza familiar, como quién hace domésticos reproches a su cónyuge, asuntos de trascendencia menor pero gesticulando mucho: poniendo las manos en las caderas como diciendo: “mira que hacerme esto a mí” o “¿cómo es que te has olvidado de tal cosa?..” La lengua -claro está- resultaba incomprensible para un extraño; tenía una sonoridad similar a la japonesa que se puede oír en las películas históricas de aquel país; pero, de vez en cuando, había algo en el discurso que se entendía en castellano: ”….50.000.. ..30.000.. .. a las cinco la mañán.. .. 80.000..”(¿?) -Él quiso verlo como las sombras de aquella antigua obsesión contable y calendárica, como si siguieran enumerando los ciclos katúnicos[V]; pero podían referirse a más prosaicas cifras…..- Y la larga plática, o monólogo, interrumpido de vez en cuando, como entreverando el discurso, por los tragos de ron del santo, – administrados por el asistente para lo que inclinaban la imagen (hay quienes dicen que el ron pasa por un tubo disimulado en el traperío a un recipiente interior donde se recoge para uso posterior….)- o los tragos del brujo, o sus escupitajos al suelo y pisados con saña después. También los cambios de cigarro puro a cigarrillo para volver al puro pues, al apagarse este (Maximón no chupa, aún), ha de ser nuevamente encendido. Y la bandeja de madera con forma de pez (posiblemente de artesanía modernizada en diseño, exportable) donde se ve una caja de cartón sin tapa repleta de puros verticalmente colocados, y otro atado de puros y los cigarrillos y un puñado de los manoseados billetes al uso y las botellitas vacías de las “nectarinas” quetzaltecas.

   Y al final del rito, el brujo coge el sombrero suplementario que antes le había puesto a la imagen, escupe nuevamente, y se lo coloca en la cabeza al “paciente”, pues suyo es en realidad; pero ya exorcizado o limpio. El público, prácticamente indígena en su totalidad, ha seguido atentamente la ceremonia. El asistente de Don Pedro Maximón lleva un pañuelo en la cabeza anudado al estilo pirata por lo que cabe pensar que con el tiempo sea él el brujo ya que, habitualmente, estos lo usan de esa guisa. Aunque, en esta ocasión, el brujo oficiante iba con la cabeza descubierta. Al final, él hubo de pagar lo acordado por hacer la foto.

Maximon_-_Lago_Atitlan

Don Pedro Maximon

   El hecho venal del oficio como foto hace pensar que hay algo espurio; sin embargo, el interés que muestra la concurrencia, sobremanera el anciano paciente, lo contradice.

   Salió escéptico de allá. Pero no deja de ser curioso el ritual y sobre todo si uno sabe que el sincrético culto de Don Pedro Maximón aúna al viejo dios maya del mal , Mam, a Simón Judas, a Pedro el de la llave y Don Pedro, que no es otro que Pedro Alvarado, el conquistador; así presente, “canonizado”.

   Aquí, ya que D. Pedro Alvarado nos ha dado pié, viene bien reparar en él, en su figura. Y tomando nuevamente los libros, repasar algunos párrafos para situarse en la historia -y, por lo tanto, en la inevitable controversia sobre la conquista y exterminio indígena- y así disponer de alguno de los fragmentos a modo de citas:

   “Estará el ave anunciadora; llegarán entonces los espantajos de a caballo, cuando llegue Cristo; llegarán los jinetes.” [VI]

   La anterior cita es del Chilam Balam, el profético libro de los Brujos Jaguar y que habla de la inminente llegada de los conquistadores. Aunque, si bien sin saberlo, en esta zona los conquistadores fueron precedidos por la enfermedad que ellos mismos habían traído y que probablemente llegó a estas regiones con los emisarios aztecas como portadores:

   “En el quinto año comenzó, oh hijos míos, una enfermedad. Se estaba primero enfermo de una tos, después la sangre estaba enferma, la orina amarilleaba. Verdaderamente espantosa esta excesiva mortalidad de antaño. El jefe Vakaki Ahmak murió. Estuvimos en una gran oscuridad, una gran noche, por haber estado entonces nuestros padres, nuestros antepasados, oh hijos míos, enfermos de esta epidemia. (………..) Tres días después, murió nuestro padre, el Consejero de los Varones Balam, vuestro abuelo, oh hijos míos. También vuestros abuelos murieron con los padres. Los hombres morían de la pestilencia. Entonces murieron nuestros padres, nuestros antepasados. La mitad de los hombres fue a caer en las barrancas, y los perros, los zopilotes, fueron a comerse a los hombres. La espantosa muerte mató a vuestros antepasados. Los hijos del jefe murieron juntos, el menor con el mayor. Así es como nos convertimos en huérfanos, oh hijos míos. Éramos entonces pequeñitos; entonces, de todos, sólo nosotros quedamos. He aquí la presentación separada de los linajes.”[VII]

   Estos párrafos extraídos de Los Anales Cakchiqueles nos hablan de las tremendas epidemias que se propagaron entre los indios que, inmunológicamente indefensos dado su aislamiento, sucumbían no sólo con la viruela y sarampión, sino también con la más común de las gripes. De ahí que en las millonarias cifras del exterminio indio conviene tener en cuenta, y en primer lugar, a las epidemias; pero claro eso no quita…

   Volvamos, pues, a Don Pedro. ¿Que puede explicar que Pedro Alvarado “perviva” en esa suerte de canonización? Se explica ese rito viendo a Don Pedro, asociado a S. Pedro (el de La Llave) o al mismísimo (más local) Maximón, como la sombra de Alvarado: los asistentes le sirven bebida, cigarros etc. mientras el escucha a sus nuevos súbditos desde su posición de autoridad……

   Nuevamente conviene contar algunas de las generalidades de la Historia de la Conquista y donde la clave de esa, bastante fácil, conquista resultará múltiple: primeramente una espera mítica, una invasión de alguna manera profetizada, esperada por tanto ; un segundo factor a tener en cuenta es que, pese al reducido número de efectivos, la superior y más mortífera tecnología militar, artillería y caballería incluidas, debió resultar deslumbrante (hoy sería comparable a un desembarco de extraterrestres de sus naves intergalácticas y con armas de rayos); luego ver que se trataba de una cultura desde hacía tiempo en decadencia, lejos de aquellos esplendores del pasado, y de unos territorios muy fragmentados, en disputas continuas entre sus tribus y clanes por lo que fue muy fácil conseguir guerreros indios, enconando aún más sus odios seculares, para combatir al vecino; y, por último, algunos hombres implacables y ambiciosos como este Alvarado. Pero volvamos a los textos para ambientar lo dicho.

   “Éste es el katun en que vendrán los de color claro, los hombres barbudos, así lo dijo, así lo supo el Ah Kin, Sacerdote-del-culto-solar, Chilam, Intérprete: “Es el tiempo en que llegarán vuestros padres; vuestros hermanos.” Así le fue dicho a los Grandes Itzaes, Brujos-del-agua: “Iréis a alimentarlos; vestiréis sus ropas, usaréis sus sombreros; hablareis su lenguaje. Pero sus tratos serán tratos de discordia.” (Chilam Balam, pag. 65)

   “Así vinieron antaño los hombres Castilan, oh hijos míos; fue verdaderamente terrible cuando llegaron: no conocidos sus rostros; los jefes los creyeron dioses”(Anales Cakchiqueles, pag. 58)

   “¡Ay! ¡Entristezcámonos porque vinieron, por que llegaron los grandes amontonadores de piedras, los grandes amontonadores de vigas para construir, los falsos ibteeles de la tierra que estallan fuego al extremo de sus brazos, los embozados en sus sábanos, los de reatas para ahorcar a los Señores!” (Chilam Balam , pag. 68)

   “…. los hombres Queche fueron matados por los hombres Castilan. El llamado Tunatiuh Avilantaro (Tunatiuh=“Sol”, Avilantaro es una contracción o mezcla de ”Adelantado-Alvarado” = Pedro Alvarado) abatió las jefaturas de todas las tribus “.(Anales Cachikeles pags. 57 y 58)

   “… Tunatiuh pidió entonces una hija de los jefes, y le fue dada a Tunatiuh por los jefes”( Anales Cakchiqueles pag. 59)

   “….¿Por qué no me han sido dados por vosotros los metales preciosos? Si los metales preciosos de todas vuestras tribus no me llegan, es por que vosotros deseáis que yo os haga quemar, que yo os haga ahorcar…..” (Anales Cakchiqueles pag. 59)

   No cabe duda de que Pedro Alvarado fue un personaje brutal pues hay testimonios no sólo de sus crueles acciones sino también del cese de estas en sus ausencias, cuando el mando quedaba en otras manos:

   “…llegó el jefe Mantulano (Maldonado). El jefe Mantulano llegó para librar a los hombres de sus sufrimientos. El lavado del oro, de la plata, cesó prontamente; el tributo en jóvenes Varones, en jóvenes mujeres, cesó; se cesó de quemar (vivos), de ahorcar, y verdaderamente (cesaron) todos los actos de violencia de los hombres Castilan y los tributos que habían puesto por la fuerza sobre nosotros. Los caminos fueron más frecuentados por los viajeros, desde que hubo llegado el jefe Mantunalo, que no lo habían sido ocho años antes cuando por primera vez había sido impuesto sobre nosotros el tributo, oh hijos míos.” (Anales Cakchiqueles, pag 63)

   Pero el cruel Pedro volvería…

   Los extractos anteriores son suficientemente ilustrativos de por sí; y, en realidad, las fuentes escritas de dónde provienen constituyen el arranque de toda interpretación seria del asunto. Ahora bien, que Imperio no se ha originado o mantenido, al menos en alguna de sus etapas, con la fuerza bruta? ¿Hay alguna conquista, incluso en un ámbito puramente comercial, que no se haya logrado o mantenido sin el uso de la violencia? Todos sabemos lo que esto significa, lo que una conquista militar tiene de atroz cuando lo más común es que se encuentre la lógica resistencia de los pueblos a ser sometidos, la necesidad de defenderse de aquellos que viendo invadidas sus tierras seculares se niegan a entregarlas, a doblegarse; máxime en este caso, entre los descendientes de la civilización maya cuando, como se verá, la guerra era una parte consubstancial a su cultura. No es preciso citar los ejemplos de otros imperios, de esa misma época incluso; pero, sin descargar un ápice la culpa de los conquistadores y de sus responsables máximos, convendría recordar que la “mala prensa” de los españoles allende los mares también se vio incrementada por la guerra psicológica fomentada por las potencias rivales del momento (Inglaterra, Holanda, Francia) que, lógicamente, también querían sacar lo suyo de los nuevos territorios.

   De todos modos, en la Conquista Española se suelen ver al menos dos factores diferenciadores por comparación a conquistas y colonizaciones similares: primeramente, la política de conversión religiosa, o cristianización forzosa; algunas veces y como se ha dicho “a cristazo limpio”; aunque tampoco se debe caer en la simpleza reduciéndolo sólo a eso (la actividad misionera es un fenómeno mucho más complejo y que acabará conformando una parte sustancial del entramado cultural); y en segundo término, casi como algo inseparable de lo anterior, y como una suerte de política oficial, el rápido fomento del mestizaje (donde el clero aportaría más que su “granito de arena”); dando origen ambas cosas a la peculiarísima cultura sincrética colonial.

   Y así llegamos de nuevo a Don Pedro El de la Llave-Alvarado-Maximón, donde se puede rastrear la integración exótica en los mitos locales.

   Del mismo modo, él había observado que prácticamente en todos los templos vistos, en Chiapas también, había una imagen que parecía repetirse: la del Cristo yacente en la urna de vidrio. Pensó que esta predilección por esta se deba a alguna relación iconológica con sus tradiciones. El hecho de que esté aislada en la caja de vidrio puede que haya contribuido (aunque este material es más probable que se generalizase más recientemente, en el siglo XVIII tal vez, o en el XIX incluso) al resultar un material más misterioso o mágico; pero también la idea de muerte, previa tortura, de enterramiento, de sacrificio regenerativo; de descenso a los ínferos, como aquel del rey Pacal…

   Al dejar Santiago de Atitlán se fijó en sus casas de madera oscurecida por el sol que, escalonándose un tanto por la ladera, conferían cierto aire portuario; tal vez su arquitectura palafítica contribuía a ello, como si quisiera persistir, pese a todo, ese algo de una cultura eminentemente lacustre. Pescadores con sus barcas de carpintería simple, apenas tablones ensamblados, varadas entre los juncos, mujeres haciendo la colada; y los maizales, que no sólo llegan hasta el límite de la orilla sino que, progresivamente, van ascendiendo por la falda del volcán, ganando arriesgadamente altura ante la demanda de más tierra fértil. Pensó que probablemente a Jünger (Ernst Jünger. La Tijera.Tusquets, Barcelona 1993) no le faltaba razón al pensar que una de las causas de la mitología y creencias sobre el Apocalipsis puede deberse al hecho de que muchas primeras civilizaciones se hayan asentado “bajo el volcán”, que, buscando esa fertilidad que le es propia, se expusieran con más frecuencia a los grandes cataclismos que le acompañan como los terremotos o las erupciones….

   Coincidía que la calle principal de Panajachel se llamaba Santander ¿idea de un emigrante nostálgico que quiso ver “su bahía” en el lago?-Pensó.

   Es un pueblo para el incipiente turismo interno también. Pero sobre todo le llamó la atención comprobar que la violencia empezaba a enseñar sus dientes: en una pequeña tienda, como un pequeño local-quiosco, un hombre con cara de pocos amigos montaba guardia con una gran escopeta de repetición manual. Luego vio que los contratados guardias con revólveres andaban por doquier.

   Al atardecer, al borde del lago, un chico de unos doce años vendía collares de jade y lapislázuli. Ganaba muy poco si conseguía vender algo: las piezas llegaban a él tras varios intermediarios; sin saberlo probablemente, pasaba por sus manos una mercancía que constituiría, junto con el cacao y las plumas de quetzal, los productos básicos en las antiguas rutas comerciales, las que comenzando en las canteras de las montañas del sur de Guatemala cruzaban las selvas hasta la antigua capital de México donde se intercambiarían por cerámicas y la estratégica obsidiana.

   Nuestra cultura es una cultura de referencias y comparaciones; más la cultura visual y su memoria: le pareció que había algo japonés con el volcán, el lago y el contraste de un árbol deshojado sobre ese ocaso. Las caras asiáticas de los indígenas pudieron activar esa memoria.

      (continuará)

[I] Teosinte. Hasta no hace mucho se consideraba el teosinte como el genotipo del maíz; pero se han encontrado en enterramientos vasijas con granos de maíz de los que se creían provenían de aquel.

[II] Cámara de Kilian. Cámara que utiliza un tipo de película de alta sensibilidad en la que queda impresionado el aura de los cuerpos vivos, como una especie de halo de colores variables; ocurriendo incluso en los miembros fantasma; es decir, aquellos miembros que por accidente o intervención quirúrgica han sido amputados y los pacientes dicen tener sensaciones; cosa entendible de alguna manera por las terminaciones nerviosas, pero que con esta cámara van más lejos pues al parecer se consiguen impresionar como si se detectase algún tipo una actividad eléctrica o radiación donde ya no hay nada.

[III] Según el antropólogo Terence McKenna, la mítica manzana de Eva pudo ser un alucinógeno y su ingesta pudo provocar la apertura del umbral perceptual, una expansión de la conciencia hasta los pensamientos transcendentes, lo que posibilitaría por vez primera la autoconsciencia; recogiendo así el relato bíblico la práctica de su consumo.(información sacada de la Revista Quo, Diciembre 95, pag35). No es tan descabellado el valorar esta probabilidad; los potentísimos efectos de los alucinógenos pudieron actuar como catalizadores a modo de revelaciones decisivas para el desarrollo del pensamiento mágico-simbólico: la base de la inteligencia superior analógica abstracta. En todas las culturas al menos en su estado embrionario son comunes esas prácticas con los alucinógenos; y ya que nos atañe más, podría citarse como ejemplo a la diosa de la fertilidad en la cultura Mediterránea, culto ligado al cornezuelo del centeno, el hongo parásito del cereal y de ahí el nombre de la diosa, también de la agricultura, Ceres.

[IV] “Curar el espanto” ¿Tendrá relación con el dicho “curarse de espanto”? ¿Provendrá de ahí, o viceversa?

[V] Ciclos katúnicos. Los mayas dividían el tiempo en ciclos periódicos: el día Kin; el “mes” de 20 días, uinal; el año de 360 días, tun; el katún igual a 20 tunes, 19.71 años; el baktún, igual a 20 katunes, 394.6 años; el alautún 63 123 287 años. La estela “D” de la ciudad de Quirigá contiene una fecha con una anterioridad a la erección del monumento de aproximadamente 400 millones de años.

[VI] Chilam Balam, pag.65 (El Libro de los Libros de Chilam Balam, Fondo de Cultura Económica Mexico 1994).

[VII] . Anales Cakchiqueles, pag. 55  (Anales Cachikeles, versión de Miguel Angel Asturias y G.de Mendoza, Guatemala 1937).


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Cociditos leucocitos (El aguijón del ave rojo)

Anoche se libró una batalla en mi cama. Entre mi cuerpo, la fiebre, las sábanas, los ruidos de la noche y los sueños empeñados en mirar por las rendijas para ver la sangre, la victoria, las fuerzas de los contrincantes.

Gané yo, era previsible.

Perdí también yo, es lógico.

Fue una batalla consentida, un pulso sanador.

El despertar, honroso y derrotado al tiempo. Se adquiere habilidad en la lucha, conocimiento del contrincante; se pierde una energía valiosa, el tiempo de la ilusión, de la inconsciencia. Nos convertimos en escépticos ante el amor.

Cada enfermedad o crisis es nuestra en el sentido concéntrico del término. Somos uno con nuestro cuerpo, no algo aparte de él; y lo que en él ocurre nos concierne de tal manera que solo es un reflejo más, un síntoma más, una alerta para que vayamos al origen. Un duelo de leucocitos puede matar si se convierte en un juego perverso y autoinmune.

Y, en ese camino de preguntas que me trazo hasta agotarme en la arena, me di cuenta de que la victoria o la derrota no habían solucionado absolutamente nada. Sigo triste, interiormente contento; derrotado, interiormente victorioso; acompañado, interiormente solo; autónomo, interiormente dependiente; dueño de mi tiempo, interiormente raruno… Cada día más escéptico con el amor y sus incondicionalidades, con la familia y sus demandas, con la vida y sus cuerpos.

Pasan los años y pienso que no se aprende nada.