LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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TALLERES LITERARIOS: ESCUELAS DE ESCRITORES? por Manu de Ordoñana

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VOCES

Hoy, un tanto embriagado

por la dorada caída de la tarde,

por la bebida, oportuna y brillante,

hoy he pensado que, tal vez,

desearais hablarme,

pues me encuentro en ese modo que reclama

cosas graves y extraordinarias.

Y ascendiendo por el camino herboso

sembrado de los frutos derribados de la higuera

que me han revestido de su aroma,

rebasé las cenizas de la noche reciente,

por San Juan, y me detuve

bajo ramas sombrías

de un roble vital,

ante un coro testigo de mojones cautos

y solemnes piedras medianeras.

Alcé entonces los ojos y esperé. Esperé alguna voz

incomprensible, en una lengua muerta y olvidada.

Que pudiera distinguirla, como a un saludo extraño,

una señal de ser reconocido.

Temblaba el cielo, pasaban los cuervos y la rama

se acunaba al viento. El bosque cobijaba un silencio celoso.

Nadie ni nada me esperaban. Las vidas diminutas

seguían laborando. Mis sueños y plegarias,

risibles pasatiempos.  La vida verdadera,

sin descanso posible, no encontraba tiempo para mí.

A quien esperaba ya había partido. O expiaba aún

un daño, una pena, algo no comprendido.

Arriba, en la ladera, pateó

el gran caballo gris.

Y entonces tuve miedo. Tuve miedo, que viniera

donde me encontraba. Tuve miedo porque estaba solo,

porque allí no era amado y en el viento

lo sabía. De repente todos

lo sabían.

Marina Gurruchaga


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EL REGALO

Por Yorgos Anisakis

Tras los diez años de soledad y resentimiento que siguieron a su fracaso matrimonial, la ilusión había vuelto de repente, como un soplo de aire fresco. Mientras repasaba la lista de invitados y cerraba por teléfono las condiciones de la inminente luna de miel con una agencia de viajes, reconoció aquella honda alegría que creía perdida para siempre.
Le interrumpió el sonido del timbre. En la puerta había un mensajero con un enorme paquete que interpretó acertadamente como un regalo de boda. Apenas recuperó la soledad, lo abrió para encontrarse con lo último que podría esperar.

Era una enorme y horrible pieza de cerámica étnica, cubierta de figuras deformes que se contorsionaban más allá de lo humanamente posible. La conocía a la perfección. La conocía desde hacía exactamente diez años.
La había recibido entonces, también como regalo de boda, de una de esas ambiguas amistades que se ocultan en las fotos de grupo y cuyos comentarios siempre contienen un doble sentido envenenado.
Recordaba con precisión el día de su llegada. Recordaba cómo, apenas rasgado el envoltorio, el objeto se presentó ante sus ojos irradiando una atmósfera ominosa que le sobrecogió. Sin embargo, a su pareja de entonces le parecía maravilloso, y no se detuvo hasta conseguir que presidiese el dormitorio común.
En los pocos meses que duró su matrimonio, que no fue otra cosa que el proceso de demolición de las ilusiones acumuladas durante el noviazgo, tuvo que soportar la presencia de aquel objeto, esparciendo su influencia maléfica en el lugar más íntimo de su vida en común. Era lo primero que veía por la mañana al levantarse, y lo último al acostarse. Cuando despertaba en medio de la noche, a consecuencia de la angustia por las crecientes desavenencias con su pareja, seguía allí, como un ser vivo, exhalando un delicado brillo maligno en la penumbra de la habitación.

No fue necesario mencionar quién se lo llevaría en el reparto que siguió a la ruptura. Pero en la última barahúnda de reproches y llantos, su ya ex pareja abandonó ruidosamente el piso dejándolo olvidado. Cuando lo encontró sobre el suelo del desarmado dormitorio, sintió una aversión de una intensidad desconocida que brotaba de sus vísceras y ascendía hasta lo que le pareció más arriba de su cabeza. Con un grito inarticulado, salió corriendo en busca de un martillo para hacerlo mil pedazos. Pero al enfrentarse a él con la determinación de destruirlo, experimentó la sobrecogedora sensación de que el objeto, como si estuviese vivo, le devolvía el mismo rechazo. Y sintió miedo.
No había vuelto a pensar en todo aquello desde entonces. Y ahora sabía que no fue el miedo lo que le hizo dejar caer al suelo el martillo. Era algo peor. De alguna oscura manera, tuvo la convicción de que aquel repulsivo objeto no era ajeno a su persona. Como si la expresara. Como si la contuviera.
Algo desde su interior le decía que debía intentar aceptarlo, asumirlo, y por inverosímil que pareciera, llegar a amarlo. Pero ya era demasiado tarde. Lo escondió de su vista –en realidad, de su conciencia– en el lugar más recóndito del piso. Una decisión sin alcance, porque saber que estaba allí, esperando, le alteraba el sueño.

Creyó tener un golpe de suerte cuando, algún tiempo más tarde, recibió una invitación de boda de alguien que realmente no deseaba su asistencia, correspondido por su parte con una envidia soterrada. Así fue como se deshizo de él por el mismo cobarde procedimiento que aquel por el que lo había recibido.
Tal y como esperaba, la noticia del divorcio de los recién casados le llegó antes de que pudiera enterarse de los pormenores de la boda, a la que, por supuesto no había asistido. Y a partir de aquel momento, felizmente olvidó el objeto.

Ahora, que volvía a estar frente a él se preguntaba por cuántas casas habría pasado durante aquellos diez años: de falsa amistad a falsa amistad, de boda arruinada a boda arruinada, y a la vista de su aspecto deslustrado, cuántos más llevaría cumpliendo esa misma función antes de haber irrumpido en su vida.
Una oleada de terror le inundó al imaginar la aparente determinación que parecía poseer aquel objeto, cumpliendo inexorablemente su cometido y a la vez esperando el momento preciso para regresar con el fin de finalizar la labor comenzada. Un terror que el jarrón le devolvió al instante, acrecentando el suyo.
Supo que no soportaría otro fracaso. Sintió la desesperación de encontrarse en una encrucijada probablemente sin salida, y la premura de tener que hacer algo, urgentemente, antes de que fuese demasiado tarde, si es que ya no lo era. En un impulso lo cogió y lo tiró por la ventana.
Apenas lo hubo soltado, comprendió que estaba destruyendo voluntariamente una parte de su ser cuyas consecuencias desconocía. Y al asomarse a la ventana, vio junto al portal una visita que no esperaba. En la trayectoria del jarrón se encontraba la amada cabeza de quien ya no sería su próximo cónyuge.


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CENTRIFUGADO

A través de esa red global de comunicaciones que une todas las lavadoras del mundo por sus desagües, Ernesto Sánchez, auxiliar de Justicia que disfrutaba de baja maternal (repartida con su mujer a partes iguales), entró en contacto con Douglas Waldorf, prostituto australiano. Se conocieron cuando Ernesto, una mañana, preparaba la colada de ropa de bebé blanca, y Douglas echaba a lavar en medio de la noche sus sábanas de seda falsa –rito este que lo apaciguaba una vez que la última clienta se marchaba.

Salvo alguna discusión con su mujer debido a que la ropa del bebé cada día tenía peor color –a fuerza de lavarla en programas cortos para tener la lavadora el menor tiempo posible ocupada-, el matrimonio de Ernesto no sufrió mayor descalabro, a pesar de que su relación secreta con Douglas fue muy apasionada: se avisaban con unos golpecitos de tam-tam en el tambor del lavado cuando ambos tenían vía libre, y las horas siguientes las pasaba Ernesto apostado en las fauces abiertas de la lavadora con la torpeza de un domador principiante, susurrándole a Douglas ora melindres ora obscenidades.

Pero un buen día al funcionario se le acabó la baja y aquel amor, por cuestiones horarias, hubo de acabarse. Desde entonces a Ernesto los lamentos húmedos de la lavadora se le antojan ronroneos cálidos y no digamos ya si está centrifugando: entonces no puede evitar imaginarse a Douglas llegando al orgasmo.

CARMELA GRECIET


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¿Quién dijo vivo?

Algunos días, antes de abrir los ojos, al despertar, hay que hacer un ejercicio de anclaje. “¿Dónde estoy?”. Y el cerebro busca algún vínculo, reconocer el graznido de una gaviota, cómo ruedan los coches, el carillón del reloj, la tibieza de un cuerpo o los gritos de los niños de arriba.

Eso ocurre cuando uno duerme bien, profundamente; y también cuando cambia con frecuencia de cama.

A veces uno no oye nada, absolutamente nada, ni viento, ni ríos, ni cláxon que valga. Entonces, ay, pensamos en la muerte. Ser un nómada obliga a tener conciencia del entorno, el cuerpo se viste de alarmas y atenciones, de gerundios. Pero nómada muerto no es lo mismo que espíritu errante. La diferencia fundamental está en la inmovilidad frente a la acción, cuestión de tiempos: la batalla por la quietud del participio.

Llevo doce algos sin oír nada; no sé si son doce días, semanas, años o ratos. Los he contado. Doce, como campanadas o meses del año. Nada. No me atrevo a abrir los ojos por el pánico así que, respiro profundamente hasta quedarme otra vez dormido. Sueño con lugares que conozco, con personas que quiero o temo, con sonidos. Me concentro en revivir la técnica del vuelo que continuamente ejercitaba en sueños. Sé hacerlo. Elevarme y avanzar a ras de suelo, un instante de certeza.

Luego, de nuevo nada, en esa espera atenta del águila en su vuelo; del felino ante su presa. Quieto, silente, esperando una señal que indique el movimiento, el salto. Abrir los ojos y ver dónde uno yace.

El aguijón del ave rojo


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LA SOLEDAD

ES DIFÍCIL GRITARLE PALABRAS A UN MUERTO.

SE TE HACE COMPLICADO EXPRESARLE

EL MÁS LLANO SENTIMIENTO.

ES INGRATO SOÑAR CUANDO LAS MUSAS NO ESTÁN.

INTENTAR CONCILIAR LA BELLEZA HUIDA,

PORQUE LOS DEMONIOS LA CONVIRTIERON EN LODO.

LAS ROSAS TIENEN COLOR FUNEBRE Y OLOR A MUERTE.

LAS CENIZAS VUELAN Y CREAN ALERGIAS,

INCINERANDO EL AIRE.

LAS PALOMAS SE TRANSFORMAN EN NEGROS CUERVOS.

ESCUPEN SANGRE INPREGNANDO LOS CABELLOS,

Y EN SU VUELO TE ARRASTRAN AL INFIERNO.

LAS CAMPANAS DEL CAMPANARIO REPICAN A DIFUNTOS.

PRONTO LO CUBRIRÁ LA TIERRA,

LOS GUSANOS SE COMERAN SU FALTA DE HUMANIDAD.

LA AMISTAD PARA ÉL TUVO SU INSIGNIFICANCIA.

POBRE LOCO, NO SUPO CONVIVIR CON LA SINCERIDAD,

Y EL DESEO LE DESTROZÓ LA CAPACIDAD DE ADORAR.

NO OBTUVO EL PERDÓN NI DE HOMBRES NI MUJERES,

NI DE NIÑOS, NI DE ALÓNDRAS, NI DE JUECES,

NI LOS ÁNGELES LO ENTIENDEN.

¿QUÉ CÓMO MURIÓ? ¿QUÉ POR QUÉ SE FUÉ?

SUCUMBIÓ AL DESENFRENO DE LA TRAICIONERA PASIÓN,

DESTRUYENDO Y CONVIRTIENDO EN MIERDA LO QUE TOCÓ,

Y ESO AL FIN Y AL CABO LE CONTAMINÓ SU CORAZÓN.

¡AH! ¿PERO EN SU CUERPO DEPOSITARON UN CORAZÓN?

LO QUE ACARICIÓ SE CONVIRTIÓ EN EFÍMERO,

SUS CONVERSACIONES EN BURDAS FALACIAS,

SUS PECADOS EN MORTALES,

SU NOMBRE DEJÓ DE SIGNIFICAR.

SU BOCA SE VOLVIÓ NEGRA COMO EL ASFALTO.

NEGRO, COLOR CON AUSENCIA DE COLOR.

Soledad de María