LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Mama Bea

2 comentarios

Leví agradece la soledad que le permite disfrutar de la presencia de Mama Bea sin que nada le moleste. Es una relación extraña la que mantienen desde hace tiempo. Un día ella se fue. Salió de casa temprano, le dejó su nombre escrito en cartelitos pequeños por toda la casa, con esa letra puntiaguda, rasgada que a él tanto le gustaba mirar, y no volvió. Desde entonces los vínculos entre los objetos de la casa y él se estrecharon de forma que Leví hablaba con cada plato, silla, cuadro, y todos se llamaban Mama Bea.

Recuerda lo que disfrutaba mirando cómo Mama Bea escribía alguna carta, sólo porque él se lo pedía. Se creaba una atmósfera de intimidad: la pluma recorriendo el pliego de tela que ella empleaba, cómo sonaba la plumilla rascando el papel, el olor de la tinta. Esperaba con especial deseo que la próxima letra fuera una “a”. Los rasgos de la “a” eran muy complicados y ella los hacía de forma tan natural…: un trazo en horizontal hacia la derecha, luego subía, bajaba cruzando la horizontal, volvía hasta el extremo del primer trazo, bajaba de nuevo y terminaba en otra horizontal. Todo ello sin levantar la pluma una sola vez. Y Leví atento, sobre las puntas de los pies, agarrado al borde de la mesa, no pestañeaba hasta ver concluido el último de los seis trazos. Ejercía esa “a” tal hechizo sobre él que era capaz de permanecer así durante mucho rato.

Ella lo sabía y por eso antes de marcharse se preocupó de dejar escritos carteles por la casa con su nombre: “Mama Bea”, para que Leví no echase nunca de menos aquella “a”. Y ahora Leví se dedicaba diariamente a revisar los carteles deteniéndose en cada “a”.

Lo más llamativo ocurrió unos años después, cuando ya Leví había aprendido a vivir como un hombre solo. En todo ese tiempo no habían cambiado mucho las cosas aunque la perspectiva de una persona sola le da a su entorno un matiz personal. Esto significa que los muebles no estaban limpios, los diarios locales se desparramaban por el piso en compañía de algún resto de comida, la cocina no conseguía encontrar el orden. Había algo, sin embargo, que permanecía inmutable: la escena diaria de culto a los carteles se sucedía como un rito. Leví se sentía estrechamente vinculado a esos rasgos agudos que encerraban para él la palabra más cercana en la forma más atractiva. Una mezcla de cariño y agresividad envolvían aquellas letras como si la mujer y la madre estuvieran contenidas en cada trozo de papel.

Sucedió en la mañana de un día cualquiera. A las doce, hora en la que habitualmente llegaba el correo, recogió la correspondencia. Había una carta con sus señas escritas a máquina. Su sorpresa fue descubrir en el interior un cartel con la misma palabra pero, sobre todo, con la misma letra: esa “a” inimitable y única ante él con todas sus esquinas, como un reto o una provocación.

Revisó los carteles, los contó y recontó pero no faltaba ninguno, estaban todos como él los había dejado esa misma mañana. El cartel nuevo rompía el equilibrio. Ahora debía encajar esta pieza en su día a día sin fisuras, por eso temía añadirlo al montón de cartelitos usados que manejaba ya con familiaridad. Le asustaba el tacto duro del papel nuevo pero no podía evitar mirarlo absorto, recorrer cada línea y deleitarse con una “a” perfecta y otra y otra más.

El siguiente correo le trajo una nueva carta y lo que en un principio fue pasión se acabó convirtiendo en ansiedad obsesiva. Así, Leví esperaba cada día el correo temiendo la llegada de otra carta, y deseándolo a la vez. El tiempo había perdido su equilibrio y ahora fluía desordenado, con un único foco de atención que removía en él sensaciones olvidadas. Recuperaba el recuerdo blanquecino de manos suaves, olores perfumados y alguna caricia discreta que ahora interpretaba desde el deseo.

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El juego de la provocación se repetía en cada encuentro y Mama Bea sonreía con los ojos entornados. Pensaba en las veces que había escrito su nombre en cartelitos bien recortados mientras Leví la espiaba atento, especialmente atento cuando escribía una “a”. Podía imaginar la cara de Leví al abrir su carta, al encontrarse de nuevo con sus rasgos, con la “a” encantada que detuviera por un momento sus sentidos. Inmovilizado por ella, para ella como entonces. Sabía también lo grande que es la capacidad de sorpresa; Leví podía haber estado esos años sin ella sin preguntarse jamás por el motivo de su marcha. Sin embargo, la aparición de un cartel desencadenaría todas las dudas y temores, todos los miedos y preguntas que nunca hizo. Por eso sonreía Mama Bea: Leví se acordaría de ella, lo tendría para sí de nuevo, como si no hubiese dejado de levantarse sobre las puntas de los pies para mirar por encima de la mesa cómo Mama Bea escribía esa hermosísima “a”.

Rosario de Gorostegui

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

2 pensamientos en “Mama Bea

  1. “Mamá Bea” parece haberse sincronizado (Jung) con esa otra “a” del relato previo. Que viene a cuento vaya! Y felizmente para ambas. ¿Alguien se anima? ¿Sherezade estás ahí?….

  2. Hermosísimo minicuento, como la “a”primigenia, como el principio de todo que no alcanza el fin, seguramente. Es ideal, Charo.

    P.B.

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