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INGEBORG BACHMANN, LA PANTERA ESTÁ SOLA

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INGEBORG FOTO

Ingeborg Bachmann no tiene museo propio en Klagenfurt, la ciudad en la que también nació Robert Musil, el autor de El hombre sin atributos. El Robert MusilLiteraturmuseum acoge no solo la obra del famoso escritor, sino también manuscritos o fotografías de Ingeborg. La escritora austriaca da nombre, en cambio, a uno de los premios literarios más prestigiosos –y mejor dotados- en lengua alemana.

 

El 12 de marzo de 1938 las tropas de Hitler entraron en Austria. Es el Anschluss, la anexión de la república austríaca por parte de la Alemania nazi. Bachmann, que entonces tenía casi 12 años, señala esta fecha como la que arruinó su infancia: un dolor que, según escribió, nunca más volvió a sentir. Ese momento pudo constituir, en cierto modo, el origen de su particular relación con Austria: Ingeborg sueña entonces con una patria utópica –la anterior a la Segunda Guerra Mundial-, pese a reconocer que “la formación intelectual me la dio este país que no es uno”.

 

Escritora de múltiples aristas, fue locutora de radio en Viena, en la emisora Rot-Weiss-Rot, -de las fuerzas de ocupación americanas-, para la que firmó guiones y dramas radiofónicos. Escribió dos libretos de ópera junto al compositor Hans Werner Henze. Cercana en un principio a la obra de Martin Heidegger, su mayor influencia filosófico-lingüística vendrá del filósofo Ludwig Wittgenstein y su teoría del lenguaje: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Su reflexión poética, sus anhelos de renovar el lenguaje, están íntimamente unidos a la obra del filósofo. “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, escribió Wittgenstein. Sobre esa necesidad de silencio, Bachmann reconoce: Las caídas en el silencio, los motivos para ello y para el retorno desde el silencio, son de la mayor relevancia a la hora de comprender las realizaciones lingüísticas que las preceden o las siguen.

 

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, se crea en Alemania uno de los foros literarios más importantes de la posguerra, el Grupo 47. Paul Celan, junto a escritores como Günter Grass o Heinrich Böll, y la misma Ingeborg, forman parte de él. Su propósito principal será el de la renovación del lenguaje, en un país arruinado no solo económicamente; un país que ha acogido sin demasiada vergüenza, y con entusiasmo, la presencia del nazismo. Una generación, la de Bachmann, que ha sufrido la experiencia de la Segunda Guerra Mundial.

 

En 1953 publica su primer libro de poemas, El tiempo postergado, una visión desesperanzada del mundo, premiado por el Grupo 47, y tras el cual será “lanzada” al universo literario de escritoras célebres en lengua alemana. Tres años más tarde, cuando ya se ha trasladado a Roma, aparece  Invocación a la Osa Mayor, en el que, a la vez que muestra un universo arrasado –el mundo devastado vuelve a hundirse en el crepúsculo-,  aviva la necesidad de esperar salvarse. Además de poesía, abordará la narrativa; publica A los treinta años, una colección de relatos acogida negativamente por la crítica alemana, que se negaba a “aceptar” a Bachmann como novelista, además de reprocharle un excesivo sentimentalismo en sus relatos. Para entonces, la escritora austriaca había abandonado la poesía, no solo porque se negara a ser encasillada en un único género, sino porque como ella misma reconoció: Dejé de escribir poesía cuando sospeché que ahora “sabía” escribirla, aunque faltase la necesidad. Su única novela concluida, y que formaba parte de una tetralogía que nunca terminó -titulada Modos de Muerte-, fue Malina, publicada en 1971, solo dos años antes de su muerte.

 

Ingeborg mantuvo intensas relaciones con los escritores Paul Celan y Max Frisch. Este último dejó de ella una imagen de mujer excéntrica e histérica. Además, fue amiga del también austriaco Thomas Bernhard, cinco años más joven que ella, con quien compartió no solo una particular visión de su país, sino cercanía con el filósofo Wittgenstein. Ignoro qué habría pensado la escritora – tan preocupada por las relaciones hombre-mujer, de las que llegó a afirmar que pueden ser consideradas como el inicio del fascismo- cuando, tras su muerte, el amigo Thomas afirmó: Era una mujer muy inteligente; una combinación extraña, ¿no? La mayoría de las veces las mujeres son tontas, pero aceptables y, llegado el caso, agradables; inteligentes también, pero raras veces.

 

Desde que abandonó la poesía, solo escribió 18 poemas -entre 1957 y 1967-, de manera esporádica. En una entrevista, pocos meses antes de morir, se refería a la esperanza. Había vuelto de una visita al campo de Auschwitz, y su padre acababa de morir. Su mundo poético parecía más bello aunque más pesimista aún. Y, paradójicamente, reconoció lo siguiente: Yo creo de verdad en algo que llamo “llegará el día”. Y llegará algún día. Probablemente no llegará, porque siempre nos lo han destruido, desde hace tantos miles de años siempre nos lo han destruido. No llegará pero sin embargo creo en ello. Porque si ya no puedo creer en ello, entonces tampoco podré escribir.

 

Cuando muere, en octubre de 1973, desaparece una mujer de un gran talento narrativo y poético, que eligió como confidente la búsqueda de un lenguaje: Ingeborg nombra como ningún otro escritor de su generación -Paul Celan, Ilse Aichinger, Günther Eich-  el escepticismo lingüístico, consecuencia, entre otras razones, de la barbarie nazi; renuncia a la palabra común y opta por atraer para sí referentes lingüísticos. Ingeborg Bachmann reflexionó, y mucho, acerca del acto creativo, aludiendo constantemente al silencio, hasta llegar a legitimarlo. Y además, consideró la música como “la más alta expresión y como trascendencia del lenguaje verbal”. Se acercó a lo que pasa antes y, sobre todo, lo que sucede después del amor. Pensó sobre su imposibilidad.

Bachmann murió joven, en un incendio -accidental o no- de su apartamento de Roma. El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro, escribió.

 

Todo ello nutrido por el fuego.

 

MARIA JOSÉ ECHEVARRÍA

 

  

UNA ESPECIE DE PÉRDIDA

 

Usados en común: estaciones del año, libros y una música

Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una cama.

Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados.

Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano.

 

De invierno, de un septeto vienés y de veranos me he enamorado.

De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama.

Con fechas he hecho un culto promesas he declarado irrevocables,

he adorado un algo y he sido devota delante de una nada.

 

(—de un periódico doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte)

impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.

 

De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.

Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis vecinos.

Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi cabello tenía su color más intenso.

La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.

 

No te he perdido a ti,

sino al mundo.

 

Últimos Poemas, Hiperión, 1999. Traducción de Cecilia Dreymüller y Concha García.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

Un pensamiento en “INGEBORG BACHMANN, LA PANTERA ESTÁ SOLA

  1. Ingeborg Bachmann perteneció a esas generaciones que se entendieron hijos directos del laboratorio del horror nazi y sufridores medulares de su despertar post-traumático. Comprendieron que su país, Austria, tenía el triste honor de ser el máximo exponente de aquella pesadilla y no solo con la aquiescencia popular generalizada sino también con la plena complicidad, o total entrega. Desvelaron que la mayoría de sus compatriotas, vecinos, y familiares directos participaron y dotaron de lo mas granado de su organigrama infernal. Bachman es expresión pura de esa nausea, de ese desesperado grito nihilista abocado al vacío . De ello saldrían también los movimientos radicales “anti-arte” como el Accionismo Vienés (Wiener Aktionismus) donde el propio cuerpo físico es el torturado “campo de trabajo”, y paralelamente el movimiento “Fluxus” en Alemania. Su final trágico creo que tiene relación con todo ello. Es un punto final a ese capitulo de la historia, la de la gran y fértil tradición artístico-literaria de lo que en su día constituyó el ámbito cultural de la “Mitteleuropa”.
    Bravo, Chose, por lo oportuno de su recuerdo.

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