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LEONOR DE AQUITANIA. Belén Gómez-Acebo

1 comentario

Leonor de aquitania

LEONOR DE AQUITANIA

(Monólogo elaborado a partir del libro del investigador francés   Jean Markale referido a ella)

   Nací en Niort en 1122, y fueron mis padres Guillermo X de Aquitania y Aenor de Châtellerant, por lo que soy la otra Aenor (Alia-Aenor), o sea Leonor.

   Mi abuelo Guillermo IX fue un hombre muy culto y también muy guerrero. Le apodaron el Trovador, de donde me vino mi afición a la poesía. Y yo os pregunto, hombres y mujeres del siglo XXI ¿soy poeta o poetisa?

   Este abuelo se fue de Cruzadas con Godofredo de Bouillón. ¡Vaya par de pájaros¡ También fundó varios conventos; y un burdel, pero no os escandalicéis, porque al fin y al cabo, “las jóvenes aquellas vestían obligatoriamente de monjas”.

   Cuando, debido a otros motivos, el obispo de Poitiers le excomulgó y se tomó la molestia de ir personalmente a comunicárselo, (no le envió un emisario ni un whatsApp), estuvo a punto de matarlo clavándole una espada. También discutió con el de Angulême que quería someterle a su obediencia, pero mi colérico abuelo le respondió, al obispo que era calvo, “que le esperase allá arriba y se pasara un peine”.

   Pero ya está bien de hablar de mis antepasados.

   Recibí una esmerada educación, pues estaba llamada a ser la heredera de la casa de Aquitania, así que aprendí varias lenguas, entre ellas el occitano y el latín.

   Mi padre, que no se llevaba muy bien con su segunda esposa que no le resultaba muy fiel, decidió un día desaparecer: se fue a Compostela, se organizó un funeral para que no le buscasen y se largó por esos mundos, después de firmar un testamento por el que me entregaba como esposa a su señor Luis Capeto, hijo del rey de Francia. (Hizo buen negocio, pues aunque fuera hijo del rey, mis tierras y vasallos eran muchas más que las suyas). Casi de inmediato murió mi suegro, así que con 15 años era ya duquesa de Aquitania y reina consorte de Francia. Luis, mi marido, el VII de ese nombre tenía 16 años, un niño.

   Nos casó Suger, ese que… en fin, conseguí echarle de la corte: no me gustan los obispos. Sí me gustaba la moda, y romper moldes, así que mis amigas y yo vestíamos sedas de brillantes colores y vestidos bien escotados; organicé juegos florales y grandes banquetes y torneos y las fiestas del “amor cortés”.

   Tardé siete años en tener a mi primera hija, María, a la que dediqué toda mi atención, sin darme cuenta de que Suger y Bernardo de Claraval volvieron y dominaron a mi esposo. Convocaron otra Cruzada, y aunque mucho me han criticado por acompañar a mi marido a Tierra Santa, no creáis un ápice de nada, porque en realidad Luis me necesitaba para templar a mis vasallos, que sólo le obedecían porque yo era su duquesa. Me entusiasmó Constantinopla. ¡Cómo me hubiera gustado habitar en aquellos palacios de mármol blanco¡ Pero el emperador bizantino nos traicionó; la cruzada fue un auténtico fracaso; me pelée con Luis y decidí volver por mi cuenta, con la mala suerte de que caí prisionera, y gracias a los normando de Sicilia me salvé. Luego caí enferma, en Monte-Casino. El Papa, siempre metiéndose en todo, nos reconcilió a Luis y a mí: bueno, por lo menos me preñó otra vez.

   De vuelta a París la vida se me hacía muy aburrida, y mi esposo aún más, hasta que un día llegaron a la corte, desde Inglaterra, Godofredo Plantagenet (llamado así por la planta de genista que lleva en su escudo), al que habíamos conocido por allá, por Oriente, con su hijo Enrique el heredero de 18 años, pero ¡qué dieciocho años¡ en fin, que aunque le sacaba unos doce me enamoré como una tonta y no paré hasta separarme de Luis y casarme con Enrique. El mismo obispo que me casó quince años antes, me descasó y declaró nulo mi matrimonio, aunque mis hijas fueron declaradas legítimas. En el entretanto tuve que asegurarme la lealtad de mis súbditos. Dos mese después de separarme de Luis de Francia me casé con Enrique Plantagenet, duque de Anjou y de Normandía. Creo que Enrique no me quería mucho, pero sí que le atraía, y mis tierras mucho más; yo sí estaba verdaderamente coladita por él, y si él era culto, yo más; si él era dominante, no os cuento cómo era yo: nuestras discusiones… pero no llegué a someterle como había creído que iba a poder hacer contando con mi experiencia y su juventud.

   Tuvimos el primer hijo y enseguida nos coronaron reyes de Inglaterra (he sido reina dos veces de dos países diferentes); murió mi niño a los tres años, pero mi fogoso marido me hizo muchos más: Matilde, Enrique, Ricardo (futuro Corazón de León), Godofredo, Juana, Juan (apodado Sin Tierra), y finalmente Leonor.

   Me pasé la vida viajando, pese a mis embarazos, por todos los reinos de Gran Bretaña y de Aquitania y Normandía: ya he dejado claro que me gustaba mucho mandar. Quería reconstruir Poitiers y convertirla en una gran capital, pero Enrique me necesitaba en otro lado, y yo tan enamorada, hacía todo lo que él me pidiera. ¡Cómo me lo pagó después! me engañó con todas las que le dio la gana: comprendí que nunca me había querido a mí sino mis posesiones.

   De nuevo el tropiezo con los obispos: Tomás Beckett me ha hecho la contra desde que llegué a la corte y no me sometí a él, pero mi esposo le quiere y le tiene en gran estima, sin entender que la Iglesia pretende siempre someter a los reyes y al Estado. Hasta que un buen día chocaron los intereses de ambos y Enrique le hizo asesinar ¿Recordáis a Peter O´Toole haciendo de Enrique en la película que lleva el nombre del obispo? Ese acto cruel nos trajo múltiples problemas, y los súbditos se le rebelaron.

   La gente ya sabéis, larga mucho, y dicen que yo asesiné a Rosamunda, una de las amantes de Enrique, pero no fue así: ella murió abandonada por el rey en un convento, como las favoritas reales.

Mi venganza ante los engaños fue volver a mis hijos contra su padre: eso sí que es venganza.

   Declarada la guerra sin cuartel entre ambos, huía desde Poitiers en dirección a Chartres disfrazada de hombre y acompañada de unos pocos vasallos cuando tropezamos con una partida del Plantagênet y me hicieron prisionera. Enrique me encarceló y no volví a ser libre hasta que él murió en 1189, y para entonces ya me habían caído los 67, así que pasé 16 años de castillo en castillo, tratada con todos los honores, pero sin poder disponer y gobernar como me gustaba. Mis vasallos se las arreglaban para mantenerme informada de todo lo que ocurría en mis territorios.

   Antes de que sucediera lo de mi caída viajé a Castilla a casar a mi hija Leonor con el rey Alfonso VIII y de esa manera dejé mi nombre en la corte de Madrid.

   Cuando víctima de una misteriosa enfermedad murió mi hijo Enrique el Joven su padre no sólo le perdonó que se hubiera levantado contra él sino que accedió a hacer mi prisión más llevadera, como le solicitó el hijo.

   No llegó la paz entre padre e hijos, que siguieron revolviéndose contra él, especialmente mi preferido, Ricardo, que se hizo íntimo del rey de Francia, enemigo número uno de Enrique mi esposo; os podéis imaginar la quina que éste tragó cuando en 1188 en una reunión con Felipe de Francia para intentar firmar la paz vio que su hijo Ricardo rendía homenaje al francés. Y aparte de Ricardo ya no contaba con más hijos varones que Juan, pues los otros habían ido muriendo, pero incluso Juan le traicionó, y el pobre Enrique murió sin haber conseguido la unión de los reinos, por lo que había luchado toda su vida.

   En ese momento mi corazón estaba entristecido por la muerte de mi hija Matilde, pero eso no me impidió alegrarme de la de mi esposo, ya que con ella volvería a ser libre.

   Efectivamente mi hijo Ricardo Corazón de León, mandó liberarme de inmediato, y como él estaba en el continente fui la dueña de Inglaterra durante un año al menos, y cuando vino sembró la paz, y fue generoso incluso con sus hermanos bastardos.

   Ricardo cayó en el mismo error que mis dos maridos yéndose de cruzada, la tercera, a Tierra Santa. Para ello necesitaba mucho dinero que consiguió vendiendo el patrimonio del Estado. Creo que ahora llamáis privatización a este mecanismo. Un eufemismo como cualquier otro. Antes de partir me hizo gobernadora, que no regente, pues los dos conocíamos bien a su hermano Juan, al que la historia le ha apodado el Sin Tierra. Todavía tenía que cumplir la importante función de buscarle esposa. La elección recayó en Berenguela, hija de Sancho VI el Sabio de Navarra y a mis setenta años me embarqué rumbo a Sicilia para entregársela personalmente, y regresé de inmediato a Inglaterra. Y pensad que los viajes eran entonces largos y duros, no como ahora que en un par de horas saltáis de sur a norte de Europa. Entonces Europa era mucho más grande.

   Al regreso de Tierra Santa Ricardo fue hecho prisionero por el emperador de Alemania que pidió un gran rescate por él ( se ve que a estos alemanes les gusta lo de los rescates), y he tenido que reunir una gran fortuna con mucho esfuerzo y como ya no me fío de nadie, ahora, siendo como soy una anciana de setenta y dos años me dispongo a viajar hasta Colonia, en el centro de Europa, porque aunque he recurrido al papa, no me ha hecho ni caso pese a que mi secretario le ha escrito así: “Yo Leonor, por la cólera de Dios, reina de Inglaterra, estoy consumida por la pena…” Pero claro, ¿a quién se le ocurre recurrir a la cólera en lugar de a la gloria? Y el Papa no intercedió por mi hijo ante Alemania y tuve que acudir de nuevo a mis súbditos y gravar los monasterios. Cuando reuní cerca de cuatro toneladas de plata fina que era el importe pedido por el rescate, me encaminé, en el invierno de 1193 hacia Alemania, yo misma con setenta y un años.

   Cuando en el mes de marzo del año siguiente regresamos juntos, me sentía muy cansada por primera vez en mi vida, y me retiré en plan semimonástico, aunque tuve que salir del retiro para ir a recoger a mi hija Juana que enferma murió en mis brazos en Fontevrault.

   Ricardo fue un gran rey, pero tenía el problema de la sucesión y a su muerte me tocó de nuevo entrar en acción y este fue mi gran error: nombré a Juan, que era listo pero estaba loco; además siempre sospeché que había asesinado a mi nieto Arturo que hubiese sido un buen rey.

   El 22 de marzo de 1204 me fui de este mundo habiendo cumplido los 82.

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

Un pensamiento en “LEONOR DE AQUITANIA. Belén Gómez-Acebo

  1. Leer así la historia es hacerla más próxima, me parece una idea estupenda.

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