LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

CHUREL

2 comentarios

de SIKANDER JAN

Churel, churel, churel, en mi mente no cesa de sonar esa obsesiva palabra mientras escribo en mi antigua, axfisiante habitación de paredes de barro, echado sobre las cuerdas del tosco charpoy en el que dormía en mi infancia. Es muy tarde en la noche, un mal sueño me ha despertado y ya no puedo dormir.
Hace tres días, cuando me comunicaron la inminente muerte de mi padre, dejé mis clases de Matemáticas en la Universidad de Bombay y cogí un vuelo para llegar a tiempo hasta esta remota aldea del norte del país. No había vuelto aquí desde que tenía diez años. Recuerdo, aun dolorosamente, cuando me fui, una mañana en que mi padre se presentó con un billete de tren y una carta para un internado de chicos en Delhi. Me dio un abrazo y se alejó llorando. Puntualmente me llegaba el dinero para continuar mi vida y mis estudios, pero no volví a verle nunca más.
Desde mi nacimiento hasta que abandoné el pueblo viví en esta casa con mis tías y mi abuela paternas. Aún recuerdo oírles pronunciar, siempre con aprensión esa palabra, churel, cuando espiaba sus cotilleos. Pero nunca llegué a conocer su significado.
Mi padre era un agricultor con tierras, que vivía con otra mujer y los hijos que tuvo con ella, y pasaba a visitarnos una vez por semana. En casa, la figura de mi madre, a la que yo no recordaba haber conocido, era una presencia sin forma pero siempre latente, resaltada por años de elusiones y silencios. Un día le pregunté a mi padre por ella, y palideció. Se asomó a todas las ventanas con aprensión, farfulló algo así como “matrimonio fallido” y salió disparado de la casa. Aquella vez tardó más de un mes en volver.

Han bastado apenas unas horas para olvidar mi ordenada vida de clase media en Bombay y sumergirme en esta densa atmósfera de recuerdos del pasado. Son vivencias de un mundo extraño, tortuoso, sofocante. Como haber vivido en una pesadilla. Y ahora que he vuelto a ella, mi vida cotidiana me resulta tan lejana como un dulce sueño.
Sé que en la aldea había gente que eludía mi presencia, pero ignoro su motivo. De la misma forma que nunca me dejaron acercarme a la que ahora es viuda de mi padre, ni a mis hermanastros. Si me han llamado para el funeral es porque no les quedaba otro remedio: yo era el hijo mayor, y están obligados a cumplir con el rito.

Esta es una tierra primitiva. Los parientes y amigos de mi padre agonizante, a los que no conocía, cuchicheaban en torno a su lecho. Entre los asistentes me pareció escuchar otra vez, en un susurro, la vieja y ominosa palabra. Me acerqué. “Una vida desgraciada”… “La veía todos los días” “¿Todos los días?… nadie soportaría eso”, respondió otro. No pude más y pregunté “¿A quién veía? Se disolvieron como un rebaño de ovejas cuando aparece el lobo.

Mi padre era un hinduista devoto, y siguiendo su voluntad lo llevamos a morir a Benarés. Pagué un fardo de buena leña de teca para la ceremonia. Di las tres vueltas rituales en torno a la pira y, antes de prenderla rompí el cráneo de mi padre con el fin de que se liberase su alma, como exige la tradición. Cuando el fuego se hubo apagado y un intocable barría las cenizas hacia el Ganges, se acercó un sacerdote. “No pude más: ¿Qué significa churel?”, le espeté. El brahmán acercó su mano hasta el hombro para tocar su cordón sagrado, como intentando eludir un maleficio, y me miró largamente, con desconfianza. “¿No lo sabes?” “No”, respondí. “Ya deberías saberlo. Es una mujer que muere en estado de impureza y no puede reencarnarse”.

Tenía que traer a mis deudos de retorno a la aldea y quise volver a pasar una última noche en la antigua casa de mi infancia, ahora abandonada y casi en ruinas. Sería mi despedida, antes de cerrar para siempre esta cápsula de mi vida, repleta de un aire irrespirable. En el pueblo encontré a uno de mis pocos amigos de entonces, que ahora es médico. “Conozco la historia”, me dijo, “Una infección tras el parto. Tu padre sabía que por una imprudencia suya, y no pudo superarlo nunca. Quizá esté ahí el origen de lo que pasó después…”.

Por todo esto, tal vez fuese inevitable que esta noche, en mis sueños, viese a la churel. Espantosamente pálida y con los pies vueltos hacia atrás, como me había descrito mi amigo, me observaba desde la puerta abierta del cuartucho. En sus ojos había una expresión de súplica que nadie podría soportar.

He despertado bruscamente, he encendido la lámpara de queroseno y he vuelto a rebuscar en la pequeña caja de recuerdos que mis hermanastros a la fuerza me entregaron como herencia, mientras ellos se quedaban con todas las tierras. Dentro de la caja hay un viejo amuleto de mi padre, dos anillos de boda, un pendiente de oro engarzado con una cadenita a una argolla para la nariz y una vieja foto de boda en blanco y negro. En ella aparece mi padre, muy joven, junto a una muchacha jat ataviada con un hermoso sari, y la misma cadena que une la nariz con la oreja. Su cara es idéntica a la que he visto en mi sueño.

Pero al apagar la luz, la churel sigue ahí. Flota insistentemente delante de la puerta del cuartucho como si esperase de mí algo que no puedo darle, como si me reprochara un pecado que desconozco pero temo haber cometido. No era un sueño. Y empiezo a sospechar que el sueño era creer que yo tenía otra vida.

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

2 pensamientos en “CHUREL

  1. buen relato. Está tan concentrado que podía dar para uno mas largo.

  2. Dios, qué mundos dentro del mundo. Y las mujeres siempre a la cola del pan

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