LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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“YA NO ES TARDE”, NUEVO POEMARIO DE BENJAMÍN PRADO

“¿Y escribir

es bajar

a un pozo

en busca

de una manera de de salir de él?”

(Benjamín Prado)

     Benjamín Prado es un escritor plural, poliédrico. Escribe relatos, novela, con una serie dentro de esta con un peculiar personaje, Juan Urbano. Ha escrito canciones con Joaquín Sabina y colaborado con Coque Malla. Ha escrito ensayo, textos sobre Alberti, Carmen Laforet y libros de aforismos. Y escribe poesía, el motivo que hoy nos convoca.

Hecho en falta colaborar en guiones cinematográficos. La serie de Juan Urbano se prestaría a una incursión en el territorio del cine.

En el territorio de la poesía ha publicado cinco libros escritos entre 1986 y 2001 que fueron posteriormente agrupados en Ecuador (2002), vendrían luego Iceberg (2002) y Marea humana (2006). Con algunos de estos libros obtuvo prestigiosos premios como el Hiperión, Ciudad de Melilla y Generación del 27.

Considera que “la poesía es el origen de todo”. Afirma en una entrevista: “Lo fue para mí, al menos. Oír a mi profesor de Literatura del colegio hablar de Garcilaso, me puso el camino bajo los pies. Desde entonces he escrito algunos libros y los he leído casi todos, pero no he cambiado de opinión: lo que puede decir un gran poema, no lo puede decir mejor ninguna otra creación literaria. Y eso me vale también para lo que ocurre fuera de los libros: las personas y las situaciones que no tienen algo de poesía, no me interesan gran cosa”

Ahora, ocho años después de publicar su último poemario, regresa con Ya no es tarde. Con ello confirma que la poesía no es algo que uno decida escribir cuando quiere sino cuando llega. Una novela puede ser un proyecto más o menos programado a partir de una idea. La anécdota de que las novelas las escribe a ordenador y la poesía caligráficamente, a mano, puede ser una corroboración, la diferencia que hay entre algo programado, con un plan de trabajo y lo que puede surgir de una modo más azaroso o improvisado, la idea que atrapas al vuelo.

Se ha dicho muchas veces que se escribe de las pérdidas. Y en el ámbito del amor, del amor perdido, del amor no correspondido, del abandono. No es este el caso de B.P. Su libro es un poemario escrito desde el amor correspondido, el amor en plenitud. Un libro de una obscenidad que contagia, provoca envidia.

Tiene tres partes precedidas por un prólogo que funciona a modo de poética y un epílogo que en cierto modo también es metapoético.

En Cuestión de principios, poema pórtico, nos habla de cómo es el poema que él quiere escribir: “Un poema que diga también lo que no dice”, o sea, que sugiera; “Un poema que sabe lo que piensas”, es decir, lo que todos sentimos y sólo los poetas saben expresar y hacerlo universal; pero también, que no calle ni silencie, que acuse y sea testimonio: “Un poema que diga que el que cierra los ojos / es cómplice del crimen que no ha querido ver” y que acaba: “Un poema que sea capaz de repetir / justicia y corazón / libertad / y alegría…”

En la primera parte, Nunca es tarde, título suficientemente explícito, nos habla de que nunca se acaban las oportunidades de vivir, de que cualquier momento es bueno para comenzar. Es una declaración de principios como una afirmación de vida. El optimismo y la esperanza se instalan en su poesía. “Ya no es tarde, / y si antes escribía para poder vivir, / ahora / quiero vivir / para poder contarlo”. Y María es la metáfora, el símbolo de la fe en el amor, en la vida.

En esta parte incluye un homenaje a su gran amigo el poeta Ángel González. El poeta asturiano no está muerto, acude a visitarle frecuentemente, se sienta a su lado, le afirma en su amor a María: “No lo dudes: María es tu respuesta”. Es el poder que tienen los creadores, los poetas, que viven en su obra. “Pregúntale a los otros para saber quién eres”, escribe. Al fin es el verso de Ángel González: “Cómo se ve la vida desde otros ojos”.

En No me cuentes tu vida, se reafirma en el presente: “No me hables del pasado”, dice, pese a que el pasado, las dudas ante determinadas decisiones del pasado sean difíciles de olvidar, vuelvan: “ni hay nada más difícil de ignorar / que las cosas / que hubieras preferido no saber”.

En esa línea del amor colmado, en plenitud, del poder transformador que puede ejercer, el poema Propios y extraños. “Lo dice todo el mundo. Ya no soy el que era”. “Pregúntale a cualquiera. Lo dice todo el mundo: / ya no eres ni la sombra del que fuiste, / desde que esa mujer está a tu lado”.

Por eso la ausencia de la amada le sume en el desconcierto: “Cuando tú no estás / la casa tiene / una oscura quietud de barco hundido”. O, en unos versos preciosos: “Veo cómo unas ruinas / intentan acordarse de la ciudad que han sido / o el cuervo que abandona / las torres de la luz / regresa a Poe”.

Esa afirmación de vida, ese sentimiento de que nunca es tarde para comenzar de nuevo queda subrayado en el poema Segunda Juventud. “No era verdad que el tiempo que se va no regrese; / ni que uno sólo pueda ser joven una vez”. O “Es falso que el amor sea un tren que se marcha. / Es falso que el pasado nos deje siempre atrás”. Y en ese poema, al final, expresa su felicidad y agradecimiento a su amor que le devuelve a la vida intensa: “No podía esperar / a escribir un poema en que te diese / las gracias / por salvarme / de mi vida”

Dos poemas más de esta segunda parte me parecen especialmente significativos. El primero, Libro de familia. En él le relata a ella, un a modo de autobiografía, lo que ha constituido su familia a lo largo de los años, los autores que ha leído y le han gustado. Ellos han formado su verdadera familia como lo va a ser ella para los que lean los poemas que él le ha escrito.

El poema que cierra esta primera parte es Poesía social. Aparece el poeta comprometido. En él rinde homenaje a los poetas sociales, “leerlos fue soñar con un idioma / sin la palabra usura, / sin miseria, / injusticia, / desigualdad, / prohibido… / sin palabras que fuesen el veneno en el agua y la sal en la herida”. ¿Y el amor está presente en este poema? : “Que no te extrañe verte dentro de este poema: / el amor se parece a las otras libertades / en que a todas les siguen los mismos enemigos”

La segunda parte la titula Viajes con la azafata. Y efectivamente el viaje es el motivo que agrupa a este puñado de poemas. El viaje en compañía del amor. Cartagena de Indias es el lugar donde se pierde “el que siempre avanzaba para dejar atrás el miedo de volver.”, donde le dan por desaparecido “la noche en que te encontré”.

San Salvador, el espacio en el que afirma: “Hasta el miedo es hermoso desde que estamos juntos”.Lisboa, donde recuerda a Pessoa, poeta de culto para él: “Decía que se escribe porque existir no basta / y que él pasó de incógnito a través de su vida; / que ser poeta era su forma de estar solo / y que se sintió siempre / vencido igual que alguien que sabe la verdad”. Y es allí donde le dice: “Prefiero estar contigo y que me olviden / a escribir una obra maestra en la que cuente / que aún no te he encontrad / o que ya te perdí”. Creación y amor. ¿Está la creación por encima del amor? , la casa de Freud en Viena, en la de Juan Ramón Jiménez en Florida, donde de nuevo aparece lo que es para B.P. la poesía hablando del Nobel español: “Si te hablo de él, podrías saber quién soy: / alguien que lucha / a vida o muerte contra sus poemas; / que quiere detener lo fugitivo / como el cristal le da forma a lo transparente; que quiere hablar la lengua de la luz; / que quiere ser sus libros en persona”.

Homenajes también a Borges y a Kodama, que son María y a él mismo: “Tú no eres María Kodama ni yo Borges, / el que escribió su nombre en las aguas del Ródano, / pero al contar su historia, / te estaba hablando de nosotros dos”, a Auden ante su tumba, y de nuevo una reflexión sobre la escritura: “Que tu poema sepa algo que ignoras”, “No escribas si lo puedes hacer como cualquiera / pero no como tú; / si al repetir / lo que dijeron otros / no dices otra cosa; / si en tus libros no se oyen los libros que leíste, / como en un apellido / se escucha galopar / a los antepasados”.

La tercera parte se titula Vida y obra. Ahora habla de lo que le sucedería si es abandonado. Las ruinas, los desastres, las injusticias sobre las que escribiría. De la inevitabilidad de su relación: “Tú y yo / sencillamente / estamos hechos / para ti / y para mí”. O el día que deje de querer a María, que tiene que ser “cuando África aparezca cubierta de nieve / y en los cuadros de Goya luzca el sol” o cuando “Pompeya despierte / de su sueño a la sombra del volcán”. Es decir nunca. Más un intenso poema dedicado a su madre. No sé cuántas veces le van a pedir que lo lea.

En resumen, nos encontramos ante un libro de amor y un libro sobre el sentido de la escritura, en el que con un lenguaje hondo pero sencillo, a veces próximo a lo cotidiano, Benjamín Prado construye unos poemas intensos, por cierto con unos hermosos títulos, en los que proclama en tono celebratorio una relación amorosa pero al mismo tiempo una afirmación de vida, una invitación a la esperanza y la ilusión renovada más allá de acotaciones temporales convencionales.

Le preguntaban en una ocasión a Benjamín: ¿Qué sentido tiene en la actualidad escribir y publicar poesía? Y contesta: “El mismo de siempre, como mínimo: hacerse preguntas y encontrar respuestas, que es en lo que consiste toda clase de cultura, tanto para el que la hace como para quienes la disfrutan. En unas sociedades gobernadas por la mentira, la verdad esencial que hace visible un buen poema resulta imprescindible. Sobre todo sí el poeta es capaz de no cerrar los ojos a la realidad”.

Y tiene sentido mientras haya lectores que disfruten tanto con la lectura de sus poemas como me ha sucedido a mí y como estoy seguro les sucederá a ustedes si leen este libro que recomiendo vivamente.

Luis Salcines


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La Plaga

Las calles húmedas

transpiran derrota.

Ensombrecidas ofrecen

el consuelo de los pequeños gastos,

del vino, la quiniela y el periódico

-ah, no… el periódico se lee en la biblioteca-.

Escasos gallardetes navideños

difunden luz azul

que resbala como un crisma por los párpados

dormidos de quienes apenas se atreven a despertar.

Pero ya antes

me dolía el corazón, aquí.

Y el frío

en la puerta de los bares,

donde los padres jóvenes

que deberían estar trabajando

se ríen calentando su pitillo,

cimbreando las sillas infantiles

mientras la madre limpia diez portales.

Se ríen con la risa prestada de sus hijos,

risa que no quiere saber qué está pasando.

Piso excrementos de perro

porque este es un pueblo muy,

muy sucio.

Marina Gurruchaga


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Arte en Haití

Me envía Carme Guillén estas fotos de su archivo sobre el interesante arte haitiano. Carme conoce bien el tema ya que ejerció su profesión de psiquiatra en el país caribeño durante 20 años. En él se aúna la religión vudú de raíces africanas y la más pura expresión artística que el pintor Jean Dubuffet denominaría Art Brut (si bien fueron pioneros el la materia los psiquiatras Karl Gustav Jung y Hans Prinzhorn, siendo el segundo el que puso más de relieve el contenido artístico aparte del clínico o terapeútico).

Yard

EspritJaunedeNaples

yellow-baby

LaSocietedesBroyeursDEbene

Bizango Beasts

Chairhead

LaTableChargee4

art haitià

ayití 2

Stephen Williams Phelps

part-head-hands

fruit pourri

calavera

Watts Tower

dona llibreria

Y con esta mujer-librería nos despedimos desde este hechizante país.

                                                                          Mariano


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CHUREL

de SIKANDER JAN

Churel, churel, churel, en mi mente no cesa de sonar esa obsesiva palabra mientras escribo en mi antigua, axfisiante habitación de paredes de barro, echado sobre las cuerdas del tosco charpoy en el que dormía en mi infancia. Es muy tarde en la noche, un mal sueño me ha despertado y ya no puedo dormir.
Hace tres días, cuando me comunicaron la inminente muerte de mi padre, dejé mis clases de Matemáticas en la Universidad de Bombay y cogí un vuelo para llegar a tiempo hasta esta remota aldea del norte del país. No había vuelto aquí desde que tenía diez años. Recuerdo, aun dolorosamente, cuando me fui, una mañana en que mi padre se presentó con un billete de tren y una carta para un internado de chicos en Delhi. Me dio un abrazo y se alejó llorando. Puntualmente me llegaba el dinero para continuar mi vida y mis estudios, pero no volví a verle nunca más.
Desde mi nacimiento hasta que abandoné el pueblo viví en esta casa con mis tías y mi abuela paternas. Aún recuerdo oírles pronunciar, siempre con aprensión esa palabra, churel, cuando espiaba sus cotilleos. Pero nunca llegué a conocer su significado.
Mi padre era un agricultor con tierras, que vivía con otra mujer y los hijos que tuvo con ella, y pasaba a visitarnos una vez por semana. En casa, la figura de mi madre, a la que yo no recordaba haber conocido, era una presencia sin forma pero siempre latente, resaltada por años de elusiones y silencios. Un día le pregunté a mi padre por ella, y palideció. Se asomó a todas las ventanas con aprensión, farfulló algo así como “matrimonio fallido” y salió disparado de la casa. Aquella vez tardó más de un mes en volver.

Han bastado apenas unas horas para olvidar mi ordenada vida de clase media en Bombay y sumergirme en esta densa atmósfera de recuerdos del pasado. Son vivencias de un mundo extraño, tortuoso, sofocante. Como haber vivido en una pesadilla. Y ahora que he vuelto a ella, mi vida cotidiana me resulta tan lejana como un dulce sueño.
Sé que en la aldea había gente que eludía mi presencia, pero ignoro su motivo. De la misma forma que nunca me dejaron acercarme a la que ahora es viuda de mi padre, ni a mis hermanastros. Si me han llamado para el funeral es porque no les quedaba otro remedio: yo era el hijo mayor, y están obligados a cumplir con el rito.

Esta es una tierra primitiva. Los parientes y amigos de mi padre agonizante, a los que no conocía, cuchicheaban en torno a su lecho. Entre los asistentes me pareció escuchar otra vez, en un susurro, la vieja y ominosa palabra. Me acerqué. “Una vida desgraciada”… “La veía todos los días” “¿Todos los días?… nadie soportaría eso”, respondió otro. No pude más y pregunté “¿A quién veía? Se disolvieron como un rebaño de ovejas cuando aparece el lobo.

Mi padre era un hinduista devoto, y siguiendo su voluntad lo llevamos a morir a Benarés. Pagué un fardo de buena leña de teca para la ceremonia. Di las tres vueltas rituales en torno a la pira y, antes de prenderla rompí el cráneo de mi padre con el fin de que se liberase su alma, como exige la tradición. Cuando el fuego se hubo apagado y un intocable barría las cenizas hacia el Ganges, se acercó un sacerdote. “No pude más: ¿Qué significa churel?”, le espeté. El brahmán acercó su mano hasta el hombro para tocar su cordón sagrado, como intentando eludir un maleficio, y me miró largamente, con desconfianza. “¿No lo sabes?” “No”, respondí. “Ya deberías saberlo. Es una mujer que muere en estado de impureza y no puede reencarnarse”.

Tenía que traer a mis deudos de retorno a la aldea y quise volver a pasar una última noche en la antigua casa de mi infancia, ahora abandonada y casi en ruinas. Sería mi despedida, antes de cerrar para siempre esta cápsula de mi vida, repleta de un aire irrespirable. En el pueblo encontré a uno de mis pocos amigos de entonces, que ahora es médico. “Conozco la historia”, me dijo, “Una infección tras el parto. Tu padre sabía que por una imprudencia suya, y no pudo superarlo nunca. Quizá esté ahí el origen de lo que pasó después…”.

Por todo esto, tal vez fuese inevitable que esta noche, en mis sueños, viese a la churel. Espantosamente pálida y con los pies vueltos hacia atrás, como me había descrito mi amigo, me observaba desde la puerta abierta del cuartucho. En sus ojos había una expresión de súplica que nadie podría soportar.

He despertado bruscamente, he encendido la lámpara de queroseno y he vuelto a rebuscar en la pequeña caja de recuerdos que mis hermanastros a la fuerza me entregaron como herencia, mientras ellos se quedaban con todas las tierras. Dentro de la caja hay un viejo amuleto de mi padre, dos anillos de boda, un pendiente de oro engarzado con una cadenita a una argolla para la nariz y una vieja foto de boda en blanco y negro. En ella aparece mi padre, muy joven, junto a una muchacha jat ataviada con un hermoso sari, y la misma cadena que une la nariz con la oreja. Su cara es idéntica a la que he visto en mi sueño.

Pero al apagar la luz, la churel sigue ahí. Flota insistentemente delante de la puerta del cuartucho como si esperase de mí algo que no puedo darle, como si me reprochara un pecado que desconozco pero temo haber cometido. No era un sueño. Y empiezo a sospechar que el sueño era creer que yo tenía otra vida.


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REFLEJOS . Marisa Campos poetiza a Lourdes Fernández

 

 

 

 

 

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Proyecto Reflejos

 

Lourdes Fernández Calleja titula a su serie Egos, trabajo con el que participó en el Proyecto Experimental Reflejos, que reunió tanto a artistas como a escritores en la sala Hangar de la Biblioteca Central de Cantabria. La relación existente entre la composición y el objeto, en la obra de Lourdes, me hizo pensar en Jan Svankmajer, arista checo y además poeta y creador de películas de animación, el cuál puntualiza:

“Para mí, los objetos siempre han estado más vivos que las personas. Y es que la memoria de los objetos es más larga que la memoria humana, que está limitada por la mortalidad”.

Traspasados los límites del tiempo y el ciclo de la vida-muerte, las cosas reflejan nuestro propio yo. Jan Svankmajer nos aclara más:

“Me gustan las cosas viejas, no porque sean viejas, sino porque fueron testigos de emociones, situaciones, y actos de personas cuando estas se encontraban bajo tensión emocional”.

Los objetos manipulados, revelan la experiencia humana que es un cúmulo de emociones. Lourdes ya había empezado a utilizar alfileres en la exposición realizada en el Observatorio de Arte de Arnuero de 2003 y antes había incluido clavos y madera. La primera obra con alfileres tuvo como soporte el papel. El objeto ocupa un lugar fundamental en sus creaciones, sustituye a la línea y cada obra puede sustentar entre cinco mil y seis mil pequeñas piezas en un largo proceso que exige un minucioso estudio de los contornos y las sombras. El alfiler tiene un código, es símbolo de lo efímero, lo provisional, así lo concibe la artista y por esa carga lo requiere: “Nos rodeamos de cosas accesorias”.

Hay un común denominador en estos objetos metálicos que muestran partes del cuerpo puesto que, la integración de la materia proporciona consistencia a los miembros y no es necesario un rostro para reflejar sentimientos, sino que el Ego es capaz de aflorar en la enérgica línea de la anatomía. Resaltando la técnica del dibujo y la metáfora del objeto, traduce una sensación pasajera, altamente poética donde hay tensión de contrarios, el peso de la materia y lo liviano. Estas son las cuatro obras de la muestra: Egos manos que sustentan capullos de seda simbolizando los diferentes egos. Memento mori, mano de la que pende un hilo enredado en los dedos que sostienen las agujas de un reloj, símil de que el tiempo actúa en contra del ego. Ego enmarañado, el primero de la serie Egos, expuesto en Arnuero y que representa una mano que tira de un hilo. Por último el Ego caníbal, ego que se alimenta de sí mismo.

Marisa Campo