LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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CUANDO TODO FINALIZA

Todo resultó inesperado, traicionero para ambos. A pesar de ser médico, él no había estado atento a los síntomas de su propia enfermedad y, sin que se diera cuenta, cuando su vida laboral finalizaba, llegó seco y despiadado el diagnóstico.

A partir de entonces, ella olvidó todo lo que le robaba los latidos del corazón y se centró en aquel hombre, que jamás había hecho nada por emocionarla.

Pero, minuto a minuto, día a día, él dejó construir, en su interior, un muro de impotencia y celos primero; de insultos, rabia y odio después. Para terminar con su corazón enraizado de olvido, la yedra anegando su alma.

Ella, a pesar de sus esfuerzos, cayó en la desgana; comenzó a desvivir lo vivido, a dejar que aquel hombre se disipara en su interior.

Hasta que, un atardecer de sur, la mar rizada sedujo la tristeza de sus ojos y la extravió por los acantilados de espumas; la soledad vagando en sus manos vacías.

Jesús G. Barriuso


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DOS HISTORIAS IMPOSIBLES

por el infumable maestro KONSHE JOSHVENDO

MÁS ACÁ
Con un buen amigo llegué al clásico acuerdo de que, cuando uno de los dos que muriese, se pondría en contacto con el otro si su conciencia había sobrevivido a la muerte.
La muerte le visitó a él primero. Pasaron los meses sin que me llegase un mínimo atisbo de su presencia. Pero no me parecía suficiente. Cuando transcurrió un año decidí contratar a un reputado médium para que intentase contactar con él.
El médium entró en trance. Su cara adquirió la expresión de mi amigo, sus gestos eran los mismos. Sentí mucho miedo, pero encontré fuerzas para formular la pregunta. Entonces reconocí aquella voz que creí no volvería a escuchar nunca más.
–¿Para qué te iba a llamar si estoy continuamente contigo? –respondió.
Luego, la expresión del médium mudó a sorpresa, después a pánico.
–¿Pero… qué haces ahí –me dijo– si también estás aquí?

SIMETRÍAS

Conocía a Fermín desde que éramos niños. Nos entusiasmaba compartir hipótesis fabulosas, enfrentadas a eso que llamamos el mundo real. Pero con el tiempo, yo me fui integrando en aquel. Quizá porque, al contrario que Fermín, necesitaba algo sólido que disipase mis miedos.

Muy de vez en cuando me encontraba con él. Siempre estaba solo. Seguían gustándole las frases redondas, independientemente de su grado de certeza. Con esa mirada que parecía focalizarse un metro por detrás de mi cogote, depositaba algo deslumbrante en mi oído, me daba un apretón amistoso y desaparecía al instante.

“El presente tiene un hermano gemelo”, me dijo una vez. Fue una madrugada en que me topé con él a la salida de un bar de copas, en una fiesta de compañeros de trabajo. Yo estaba bastante borracho. Le dije que no le entendía.
“El tiempo es sólo un estado de la conciencia, y existe otro estado de ésta, opuesto al presente, en el que fluye del futuro al pasado”, fue su explicación. Debí sonreírle con una patética mueca de complicidad y se escabulló en la noche.

No sé cuantas veces más lo encontré si es que fue alguna. Pero un día me di cuenta de que hacía mucho que no sabía nada de él. Temí que su incapacidad para lidiar con la realidad le hubiese llevado a una situación sin salida.
A veces me acordaba y preguntaba a los amigos. Nadie lo había visto.

Han pasado más de veinte años. Alguien me dijo hace poco que había visto a su hijo.