LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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“Héroe”. Mandalas Vivientes, Paloma Bienert

« (…) Me encontraba entre una gente que (…) no se regía por los relojes de las estaciones de tren y las oficinas, sino por un reloj solar (…)». “Seván”. Viaje a Armenia. Ósip  Mandelstam

« Cuando emprendas tu viaje a Itaca (…) debes pedir que sea largo (…)». “Itaca”. Constantinos Kavafis

 

Cuando aparece el héroe en nuestras vidas

llega un susurro a la tierra , desde Eriván, antigua Erebuni…

el impulso es navegar contra los límites:

« Ven, ¿quieres acompañarme a Itaca la bella? ».

 

Cuando aparece el héroe en nuestras vidas

los frutos amargos y dulces que nos dejaron los poetas

celebran su cumpleaños en nuestras mesas.

 

Cuando creemos, cuando la compasión y la justicia se besan

reparamos con hilo de plata las ofensas

y el trece deshace su crisálida desde la estratosfera

para lanzar frases de espuma,

cometas que inundan con milagros azules

nuestras pálidas arenas:

«En cada hombre

se vuelve a ordenar la materia

aunque él no lo sepa,

pues le guían soles nuevos ».

 

“Héroe” publicado este sábado 20, en el blog neoyorquino ARMENIAN POETRY PROJECT:

http://armenian-poetry.blogspot.com.es/2014/09/paloma-bienert-barberan-heroe.html, gracias a la participación en “Palabras Prestadas” en su edición 51:

http://libropalabrasprestadas.blogspot.com.es/2014/02/palabras-prestadas-51.html

y a la traducción y el cariño de la poeta Lola Koundakjian.

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AMOR DE FONDO

No estaba sentado en el banco de piedra en que habíamos acordado que me esperaría. Hice hasta diez llamadas baldías a su móvil. A la undécima, un hilillo de voz contestó. Me costó una larga y farragosa explicación acordar donde nos veríamos. Pero al cabo de un rato, vi que bajaba la cuesta; los pasitos cortos, los pies arrastrando, la mirada extraviada por el suelo.

Avancé hacia él y, al besarle, su mirada derrotada, líquida y lejana, me conmovió profundamente. Adiviné lágrimas ocultas tras la miel de sus ojos.

– ¿Qué tal estás, papá?
– Con tu madre no se puede vivir. Se pasa el día repitiéndome que no hago nada. Y no veas cómo se pone conmigo. Es que me machaca.
– Sí, papá; pero es que mamá, a pesar de tener prácticamente la misma edad que tú, te lo hacía todo; te tenía perfectamente atendido; se desvivía por ti. Y tú no la ayudabas en nada.

Me miró desconcertado, agachó de nuevo la mirada, las lágrimas de miel corriendo lentamente por su cara, y encontró refugio entre mis brazos. No sé si el que más necesitaba.

Jesús G. Barriuso


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UN POEMA Y DOS RELATOS DE JESÚS G. BARRIUSO.

Duermen las palabras

 

“…la inmóvil presencia de esas letras que ‘parece como si pensaran’ (Platón, Fedro, 275 d), y que duermen en el tiempo coagulado que ya nada tiene que ver con aquella sucesión de mudos instantes en la que se engendraron”. [Emilio Lledó, Los libros y la libertad, 155].

Duermen las palabras que te quieren.
Se engendran en penumbra,
Se piensan a sí mismas.

De noche, te buscan encendidas,
A caballo de las nubes;
Y, si no te encuentran,
Se coagulan en el alba.

Pero si te hallan, si las miras,
Puede que se arrojen a tus brazos,
Penetren por tus poros
Y latan en tu vida.

El laberinto

Hacía días que hablaba con el artista; le contaba lo que le estaba pasando. Rui Val le escuchaba con paciencia; también con atención; tal vez hasta con compasión, porque sabía que sus noches eran amargas, que solo el alba era compañera amable.

Aquella mujer, que le había propuesto hacía tiempo ser compañeros de camino, ya no le necesitaba; sin mirar atrás, había corrido ligera y él se había quedado solo, en mitad del sufrimiento. Anclado por las horas  al camino, apenas avanzaba.

Aquella mañana,  al llegar a su taller, Rui Val le enseñó sonriendo la obra que había compuesto. Sobre una pared blanca, la cinta, completamente extraída, de una cassette marcaba un camino de líneas paralelas y perpendiculares que arrancaban de la propia carcasa del cassette. Cuando le preguntó qué le parecía,  le dijo que veía un laberinto.

-El laberinto en el que estás atrapado.- Le contestó riendo.- Tú eres el minotauro que se ha quedado encerrado ahí,  ciego de amor. Ella fue más clarividente que tú; supo reaccionar a tiempo para no quedar atrapada y encontró la salida. ¿Ves?.- Y le señalaba el extremo contrario de la cinta, abierto a la vida.

Para él, sin embargo, era tarde ya; el laberinto era el alma de aquella mujer.

Lo miró de nuevo y  supo, con certeza, que moriría en el laberinto; como el minotauro.

La última mirada

Está caído sobre el asfalto, sin mirada; el corazón impalpable.

Cuando ha pisado el arco que marca el final de la carrera, se ha deshilachado ante los ojos detenidos de los jueces que controlan la llegada, del gentío que rodea la meta.

No hay palabras alrededor; solo atónitos silencios que cuelgan de la luz de la mañana que se abre paso entre las nubes.

La sirena de la ambulancia golpea esos silencios. Una chica se deshace de la mano de dos niños y el hombre que la acompaña recoge la mano de las criaturas. Ella avanza entre el gentío, el abismo en el estómago, estallando su pecho.

La ambulancia se aleja; ella, sola entre la muchedumbre, grita en silencio su nombre, mientras los latidos de su corazón corren, desgarrados, tras el oscuro vacío que deja la ambulancia.

Más tarde, de pie, la mano extendida sobre el cristal que definitivamente les separa, recuerda su última mirada, aún en la carrera, entregada tras tanta vida anhelada que se iba.

JESÚS G. BARRIUSO