LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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SILENCIO

Por el insufrible maestro Konshe Joshvendo

El joven novicio Toshé Guepes estaba sentado frente a su admirado maestro, para recibir su bendición.

-¿Qué tengo que hacer para seguir tus pasos? –le preguntó.
-Busca una cueva en un lugar remoto y practica allí todo lo que te enseñé.
-¿Y cuándo podré volver?

El maestro le miró severamente:

-¿Volver? Cuando escuches hablar a las piedras.

Toshé vagó durante meses a través del laberinto de cumbres y profundos valles de la región. Un día, bajo una cima nevada vio la oquedad de una cueva que presidía un imponente paisaje de peñascos precipitándose hasta un amplio valle de roca, salpicado por enormes piedras desprendidas. El lugar emanaba la belleza de lo que no ha sido tocado por la mano del hombre.
Trepó hasta la cueva y encontró un manantial que manaba de las nieves perpetuas de la montaña.

Toshé se aplicó con todas sus fuerzas al objetivo que le habían marcado. Los años de oración y meditación aquietaron su mente, que se volvió transparente como los charcos de hielo derretido por el sol del mediodía. Era una vida tremendamente dura. Era feliz.
Pero sólo escuchaba el silencio.

Tuvieron que pasar veinte años hasta aquella tarde en que meditaba en la boca de la cueva.
De pronto, oyó voces. Abrió los ojos y vio una pareja de cuervos volando sobre su cabeza. La hembra no paraba de recriminarle al macho por haber elegido aquel valle desierto para buscar comida, y le acusaba de poner en peligro la vida de las crías.
Temió que se tratase de una alucinación y decidió bajar hasta el valle de piedra, en busca de algún otro animal que despejase sus dudas. Allí, encontró un leopardo de las nieves. El leopardo abrió su boca, pero de ésta no salió el rugido que esperaba.

-No habrás visto por aquí una hermosa leoparda…

Decepcionado por la trivialidad del reino animal, trepó hasta su cueva y reanudó con más tesón, si cabe, sus oraciones. Como si lo supieran, ningún animal volvió a molestarle, y el lugar se impregnó otra vez de un profundo silencio.

Algunas noches añoraba a sus compañeros del monasterio, con los que había compartido los juegos de la infancia, y sobre todo, a su querido maestro. Algún día volvería con ellos, pero antes tenía que completar su misión.

Tuvieron que pasar otros veinte años hasta una mañana en que se dirigía a la fuente, en busca de agua para sus abluciones. De un pequeño macizo de flores de montaña, en el que no había reparado antes, salió una voz que le pedía que las regase porque estaban sedientas. Desde aquel día, Toshé asperjaba las plantas todas las mañanas, y escuchaba unas frases de agradecimiento. Luego, volvía a su silencio.

Un remoto día, Toshé estaba en lo alto de su atalaya cuando vio a un peregrino que cruzaba el valle de roca.
Era el primer hombre que encontraba desde el inicio de su retiro. Bajó en su busca y encontró a un viejo que caminaba dificultosamente.

-Me dirijo a morir en mi pueblo natal. –le dijo.

Pero Toshé había perdido la facultad de hablar, y tenía que escribir en la tierra sus palabras.
Entonces, sucedió algo extraordinario: Toshé reconoció a su maestro, y éste a su discípulo.

–¿Qué haces aquí? –Le preguntó el maestro –¿Por qué no volviste al monasterio?
–Me dijiste que no lo hiciera hasta que no escuchase hablar a las piedras. Aún no lo he conseguido.
–¿Yo te dije esa estupidez? Ya no lo recuerdo. Solo recuerdo que pensaba que no estabas dotado para esta vida y que lo que querías era volver al mundo, así que intenté facilitarte la huida del monasterio.

Pero Toshé continuó impertérrito:

–Aún no he escuchado hablar a las piedras, pero puedo hablar con los animales y con las plantas.

El viejo abrió la boca y los ojos en una mueca que le hizo semejar a un demonio.

–¡Nadie consiguió nunca tal cosa! –dijo, y se dejó caer al suelo para abrazarse a sus pies.
–Eres mi maestro, eres el mayor maestro que he tenido la suerte de conocer.

El viejo gemía y se retorcía de desesperación, “Toda una vida trabajando por sacar algo de la escoria y yo mismo he despreciado el oro”, gritaba. Luego, se puso muy enfermo. Toshé se quedó con él hasta su muerte, antes del amanecer.

–Vuelve al monasterio y ocupa el cargo de abad que he dejado vacante– fueron sus últimas palabras.

Toshé cubrió el cadáver con piedras y retornó a su cueva.

Y siguió allí, meditando en silencio durante otros veinte años.
Una noche, un extraño sonido turbaba una y otra vez su sueño. Cuando salió de la cueva, la nieve de las cumbres era de color naranja, pero en el valle aún perduraba la oscuridad.

Era un rumor fantasmal de miles, quizá millones de voces, de las piedras sueltas, las rocas y las montañas. Monólogos y conversaciones entremezcladas, que si aguzaba el oído podía entender por separado. Un rumor que iba creciendo con el día, y al que se sumaron las vocecillas de las plantas y el timbre gutural de los animales. Un ruido ensordecedor sobre el que escuchó el susurro de la tierra, y luego las graves voces de los planetas, y por fin, sobreponiéndose a todo, el inefable canto de las galaxias.
Un estruendo absoluto, análogo a un silencio absoluto.
Un silencio perfecto.