LA TIENDA DEL KIRGUISE

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ESA EXTRAÑA, LA LUZ, NUEVO POEMARIO DE ADELA SAINZ ABASCAL

“Demasiada luz puede cegar. Ahí es donde he querido bucear, en ese borde fronterizo de la ambigüedad que viene marcado desde la naturaleza misma de la luz; los subtítulos de lo habitual, de lo que tomamos por real. Más que una forma de iluminar es una manera de intentar, otra cosa es lo que haya logrado, de ahondar en eso”
Adela Sainz Abascal

Después de una prolongada espera de casi quince años, Adela Sainz Abascal nos hace entrega de un nuevo libro, Esa extraña, la luz, que hoy presentamos.
Durante todo este tiempo, hemos ido conociendo su producción poética a través de los recitales poéticos en los que ha intervenido, de las antologías que se han publicado: ha estado incluida en la mayor parte de las que se han editado en Cantabria, así como en libros colectivos que no tienen propiamente el carácter de antología. Por ejemplo los libros homenajes a José Hierro publicados aquí o el editado junto a varios poetas riojanos y cántabros. También en las revistas literarias de la comunidad hemos ido conociendo fragmentariamente su poesía.
Hay lectores, quizá ni ellos mismos se acuerden cuando, son infectados por el virus de la poesía. Lo que primero es un placer que se circunscribe a la actividad de leer se convierte en una pasión. Incluso se atreven en un momento dado, siguiendo un desconocido impulso a escribir sus primeros versos. Primero con timidez e inseguridad. Poco a poco, la timidez se convierte en necesidad y, sin desaparecer las dudas, siguen escribiendo y haciendo partícipes a algún amigo próximo de esos textos. El camino ya está iniciado. Por delante tienen una aventura que combinará el sufrimiento y el gozo, la lucha con la palabra, la búsqueda de las palabras precisas para expresar aquello que está en su interior pugnando por salir. Andrés Neumán en un aforismo decía “Lo poético está en la búsqueda, no en su objeto”. Y Pureza Canelo, en su poema El verso, escribía: “El verso / puede con mi vida / sin pedirme permiso para la muerte”. En definitiva, los poetas entrarán en la lucha de la creación en su intento de hacer llegar a los lectores su belleza y su verdad poética.
En ese camino de progresión, irán descubriendo voces poéticas que les deslumbrarán, que les influirán de una manera, a veces deliberada, casi como un ejercicio de aprendizaje, otras, de un modo inconsciente. En el caso de Adela, la poesía y la persona de José Hierro, con el que mantuvo estrechos vínculos de amistad. Vendrá luego el intento de desprenderse de esas adherencias en su deseo de encontrar una voz propia.
Este itinerario descrito es el que ha recorrido Adela. Periodista de formación, ha trabajado como tal en diferentes medios de comunicación. Sin duda alguna, el trabajar con la palabra la habrá ayudado a la hora de abordar la poesía. Explicaba en una entrevista: “El periodismo, al menos en el que yo creo, es sobre todo búsqueda, investigación. Creo que son los dos grandes motores de la poesía y de la creación en general”. La concisión y el deseo de comunicación con el lector, son también, añado yo, características de los periodistas que pueden ser muy útiles para el poeta. Juan José Millás: “A veces los poetas tienen la capacidad de resumir en un verso teorías científicas o filosóficas a las que los estudiosos en la materia han dedicado centenares de libros”.
En el año 2002 publica Al final de las horas muertas y, tres años después, en 2005, Cartografía del silencio. Para entonces había obtenido los accésit del Premio José Hierro del Ayuntamiento de Santander en sus ediciones decimocuarta y decimoquinta los años 1995 y 1996.
Sin embargo, como decía al inicio de mi intervención, Adela ha seguido escribiendo pero no publicando. Hay una extraña desazón en esas situaciones. Hay un libro terminado, el autor está ya en otro proyecto, pero parece que le falta intensidad para entregarse a él hasta que el anterior sea conocido. Es un deseo de no alterar el orden cronológico de la escritura. Presentarse a los lectores en el orden de la escritura.
Por fin el libro aparece y lo hace, además, bajo el sello de una editorial de prestigio nacional, Renacimiento. El deseo de todo poeta es ser publicado, llegar a los lectores, pero una de las barreras más grandes para todo escritor, de un modo más acusado en el ámbito de la poesía, es el alcance de la publicación. Que no se quede reducido al territorio endogámico regional. Tratar de llegar a todos los lectores. Por eso una buena distribución es fundamental. Adela, con la editorial Renacimiento, tiene asegurada la distribución nacional con el paraguas de un sello editorial reconocido por la calidad de los poetas que ha publicado.
¿Qué es Esa extraña, la luz? Adela lo explica: “Es un viaje, el que realiza la mirada de alguien que observa a través de una ventana. Y no siempre mira al exterior”.
Como dice en un verso, “Ventana que da al mundo”.
La luz es la protagonista de las páginas de este libro. La luz natural, la que llega a través de esa ventana de la que habla Adela en la que suponemos está la poeta, y la luz simbólica que desprende una vela, por ejemplo, incluso la luz que procede de los cuerpos amados como fuente de inspiración. El libro está dedicado a sus dos Pacos queridos, marido e hijo, “fuentes de luz”, dice de ellos.
El libro, como los precedentes de Adela, está muy estructurado. Dividido en tres partes, cada una va precedida de un poema, y todo el libro, a su vez, por dos poemas prólogo El primero de ellos, Albada, a modo de declaración de intenciones: “Se aproxima una sombra / que trae la noche prendida / en los cabellos. / Y es el día /quien se acerca”. Esa luz ¿es una amenaza, una acechanza? ¿una esperanza, quizá? El segundo poema es un pequeño homenaje a José Hierro titulado Alucinación y, efectivamente, tiene una componente alucinatoria.
En la primera parte, Tenacidad de la bruma, el paso del tiempo está presente en los poemas. “No tengas prisa, ve despacio. Puede / que el tiempo / también habite el más allá”. Y en el poema Ayer: “Qué fácil era dejarse mecer / en brazos del dolor de lo perdido / y abrir las heridas, / comprobar que somos árboles desnudos, / sólo corteza cubierta de niebla”. Así como los recuerdos que anclan ese paso del tiempo en el poema El cofre del tesoro, donde un regalo del hijo es guardado como memoria y recuerdo del tiempo del amor. Pero sobre todo en Pequeña fábula, poema en el que recuerda tardes de adolescencia, sueños en los que las princesas son liberadas de terribles dragones: “Enhebras la aguja con hilos / de ensueño”. García Martín afirma que “El tiempo de la infancia es el tiempo del mito, por eso su sitio está en la poesía”. Pero el pasado no vuelve, y en el poema Aquel mismo paisaje, de los mejores del libro en mi opinión, escribe: “No volveré a la página de atrás. / Seguiré caminando sólo / con lo que guarde memoria de la piel”; y en el mismo poema: “Sólo algún objeto ancla este presente / a un pasado imaginado que recreo / en este mismo paisaje / que tampoco es el mismo. / Crecieron los árboles / de la infancia. Sus ramas / cada vez más inalcanzables, / porque pasó la edad de jugar a Tarzán, / y ya no estamos todos”; para acabar con estos preciosos versos: “Tú, que te atrincheras en el silencio / con la mirada de los que han olvidado / que las cenizas fueron tronco robusto”
La luz protagonista de esta primera parte es, fundamentalmente, una luz de invierno: “Regresará diciembre / con su golpe frío de sol. / Y la extrañeza de esa luz”, escribe en Golpe de sol, último poema de esta parte.
En la segunda sección, Luminaria, es la propia creación poética la que tiene mayor protagonismo. Ya en su primer poema, Monótonas, alude a ella cuando habla de la dificultad de escribir. Es un poema muy breve: “¿Qué pasa cuando las palabras /son como esas gotas insolentes / que caen monótonas / desde un grifo mal cerrado? / Apagas, de golpe, la vela”. Aquí la luz es inspiración poética, y el poeta persigue la palabra justa. Cuando no la encuentra, tiene que dejarlo. Y en el siguiente poema, Candela aquí, manifiesta su obstinación, su tenacidad: “Como si de ella dependiera, / prendes con devoción la vela” finalizando: “Y te quedas, avispa ente las flores / yendo de idea en idea, / de vivos a muertos”. Porque el poema es una batalla, lo escribe en el poema así titulado, Batalla: “Comience pues la batalla. / ya firmaremos un tratado de paz”, y el poeta escribe tentativas, lo afirma en El fulgor del rayo, a pesar de “que la página está, / como otras, / condenada al fracaso”.
En esta segunda parte hay algunos poemas que aluden a los espacios familiares, de protección, a la necesidad de ámbitos de seguridad, de compañía. Por ejemplo en el poma Cambio de luz: “Se agudiza el oído en busca / de ruidos familiares, esos / que nos hacen fuertes, la cercana / realidad de lo cotidiano”.
La tercera parte, Tratado de paz, está prologada por un breve poema que puede aludir a la soledad o el desamor. Se titula Promesa. “No alzaré la mano / contra mi / sino para acariciarme”. La luz de esta sección es más intensa, el verano es la estación más citada, hay más optimismo, especialmente en los últimos poemas. En Puro goce escribe Adela: “Puro disfrute su cálido roce en la epidermis, / rayo amigo que llega hasta la última, / recóndita célula del vitelo que gesta el corazón”. Para acabar con un “Gracias sean dadas”. Es un poema de plenitud muy sensorial. Reaparece su preocupación por el paso del tiempo, por ejemplo en el poema Salto en el tiempo: “Tal vez los árboles de la infancia / elevaron aprisa las ramas / haciendo que esta noche / halles la razón / que justifique el salto”. También regresan los espacios protectores. En Espejo negro, escribe. “Dentro, a este lao del cristal / sólo llega el resplandor anaranjado / de otras habitaciones encendidas”.
Adela con palabras sencillas, sin retóricas innecesarias, crea espacios de misterio, de incertidumbre. Por ejemplo el que se crea ante una realidad velada por la niebla, norteña, una veladura de las zonas de sombra, de entre luces que acompañan a la propia luz. “Resplandece una llama / que intuyo fatigada, / diluida en la bruma / que apuntala la tarde / otoño sin escusas”, “… más acá de la niebla / de esta blanca mañana / del mes de los difuntos”, así como habla de “la tenacidad de la bruma”. Por último en un par de versos que constituyen el poema Buscando qué: “Y si me pusiera a escarbar la tierra, / buscando ¿qué?, y encontrase”.
La ventana es el rectángulo que separa dos mundos, el exterior, más allá del cristal, de donde procede la lluvia, el viento, el misterio, y el interior, más íntimo, más refugio, desde donde se reflexiona, se escribe, llegan los recuerdos, se evoca el tiempo pasado. Instalada en las noches, las mañanas, ocasionalmente en las tardes, sintiendo la llegada o la despedida de la luz, “cuando ya no la busques, aparecerá. / Vendrá la luz, y será todo”, espera. Desde la quietud, la lenta sucesión del tiempo. Atmósferas serenas, meditativas.
Libro muy trabajado, muy estructurado: pocas páginas, poemas breves. Quizá el tiempo que ha pasado desde que le escribió le haya permitido corregir y depurar.
Probablemente más intimista que los anteriores, más oscuro también, pero abierto en sus zonas ambiguas a la interpretación del lector si se deja llevar por las sugerencias y las imágenes que suscitan sus versos.
Y una curiosidad, en este poemario los poemas aparecen titulados. Hay creadores, pintores, poetas, que se resisten a titular sus obras. Prefieren dejarlas abiertas y no constreñir la libre interpretación del lector. Ahora Adela, sí titula sus poemas. Ofrece una pista al lector.
Stefan Zweig en El misterio de la creación artística escribía: “Nunca comprenderemos una obra con solo mirarla. Donde no preguntamos, nada aprendemos, y donde no buscamos, no encontramos nada. Ninguna obra de arte se manifiesta a primera vista en toda su grandeza y profundidad. No sólo quieren ser admiradas, sino también comprendidas”. Lo dicho para el arte es aplicable a la poesía.
En el camino de la creación se establece una combinación entre la razón y el azar. Está claro que se ha de comenzar con una intuición, una imagen, una melodía en ocasiones, que el autor trata de sujetar aplicando un cierto control, pero en un momento dado la propia obra te va indicando por dónde ir, los pasos que debes dar. Interviene en ese momento un poco el azar. Como le sucede al pintor que aprovecha una salpicadura, una mancha en el lienzo para darla continuidad. Por eso el poeta no sabe a priori cómo va a ser el poema finalmente.
Así lo entiende Adela cuando afirma: “Escribo sin tener demasiada conciencia de lo que voy dejando en el papel de tal forma que muchas veces me sorprende el resultado”.
Y en este caso el resultado ha sido un libro personal de alguien que tiene voz propia, intenso, con una densidad poética en la que misterio, emoción y belleza convocan la atención del lector.
No siempre el poeta en su trayectoria realiza desplazamientos rectos, puede atravesar periodos improductivos, pasos en falso que a la larga tal vez le sean fructíferos. En cualquier caso, no le sucedido eso a Adela. Esa extraña, la luz, es un libro de madurez poética que supone una profundización en el misterio de la palabra poética y que estoy seguro le va a proporcionar muchas satisfacciones. Al menos a mi me proporcionado un gran placer su lectura.

 

LUIS SALCINES

 

 

 

 

 


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MANUEL FUENTES: ENTRE LA FIGURACIÓN Y LA ABSTRACCIÓN PICTÓRICA

tapiz Manuel Fuentes

Manuel Fuentes comparece de nuevo ante los espectadores en la sala Mauro Muriedas de Torrelavega para presentar su más reciente producción. Lo hace poco más de un año después de presentarse en el Aula Cultural de El Diario Montañés en la misma ciudad. En el intervalo de tiempo que ha transcurrido entre una muestra y otra ha estado al frente del proyecto  artístico del Ayuntamiento de Villapresente impartiendo clases a quienes querían  iniciarse en el territorio del arte, experiencia que siempre ha considerado muy positiva por cuanto que  en el proceso pedagógico se ha visto obligado a plantearse preguntas y reflexionar,   y al mismo tiempo pintando.

Manuel Fuentes nació en San Vicente de la Barquera y a partir de los tres años residió en Barcelona.  Pertenece a la generación de los creadores cántabros que se dan a conocer en la década de los setenta. Su adscripción  a alguna de las corrientes artísticas de aquellos años siempre resultó difícil por las características de su obra. En un periodo lleno de vitalidad creadora en el que convivía desde la nueva figuración al revisado informalismo, desde la figuración lírica a la hiperrealista, desde la abstracción geométrica a la más desnuda aportada por la pintura-pintura, resultaba complicado ubicar las piezas de Manuel Fuentes, el arte de los tapices que era lo que le ocupaba. Sus obras eran como una isla en el continente  de la producción nacional. Recuperaba un lenguaje tradicional, el de los telares, y lo combinaba con los discursos plásticos  contemporáneos creando unas piezas de una gran belleza. No caminaba solo por esta senda. Por ella transitaba también Aurelia Muñoz. Probablemente fuesen los dos nombres más importantes en el panorama español en esa técnica que partía de lo artesanal.

En el antiguo Museo de Bellas Artes realizó una exposición con obras de ésa época en 1975. Después, poco más se supo de él en Cantabria. Siguió residiendo en Barcelona trabajando en el ámbito del diseño y la publicidad. Regresa a Cantabria en 1993 y en los últimos años se incorpora, como antes decía, al proyecto de Villapresente. Sin dejar de elaborar tapices, decide ampliar sus propuestas artísticas introduciéndose en la pintura. Ahora, en la sala Mauro Muriedas, nos presenta una selección de las creaciones de los último cinco años.

En ella podremos contemplar uno de sus personales tapices con las sutiles gradaciones de colores cálidos, el entramado de hilos como si se tratase de líneas trazadas con los pinceles,  los nudos, los desgarramientos que descubren la profundidad  de la pieza llenándola de sugerencias y los flecos de diferente grosor dando la apariencia de los chorreados y goteados pictóricos.

Pero lo que más sorprende al espectador, sobre todo a los que no visitaron la exposición en la sala de El Diario Montañés, es la selección de óleos que presenta.

Dos direcciones  pictóricas podemos apreciar en ellos. Por un lado, los más abstractos formalmente, con un expresionismo dramático en la extensión  y yuxtaposición de las líneas y las manchas de color que recuerda al expresionismo dramático de la Escuela de Nueva York. Debajo de esa abstracción, sugerida, hay una leve figuración que el espectador descubre si se deja atrapar por la riqueza de las texturas y la profundidad que aporta el color. Son cuadros llenos de misterio.

Por otro lado, Manuel Fuentes nos ofrece otra perspectiva con sus piezas figurativas. En ellas se muestra más icónico sin perder la aureola de misterio. Al mismo tiempo,  más crítico, más irónico. Ante obras con acentos surrealistas como Encuentro en el ruedo, El político, Dama del embarcadero, Brotes verdes… de una apariencia inocente, el espectador se pregunta quiénes son esos personajes, en qué espacios habitan, a quiénes recuerdan… Algunos da la impresión de que proceden de una desagradable pesadilla, tienen algo de fantasmal, a lo que contribuyen las imágenes entrevistas, como flotando en la atmósfera del recuerdo o de la obsesión: el palacio de la Magdalena en Dama del embarcadero, una enigmática mirada en El político…

Uno de los mayores retos de los artistas es conseguir un estilo personal. Que la obra realizada, tanto por su temática como por su lenguaje estrictamente pictórico (gesto, paleta, materia) remita al artista que la ejecutó, desprenderse de las inevitables influencias, de las deudas contraídas deliberadamente en el proceso de búsqueda de una dicción personal. Manuel Fuentes en mí opinión lo ha conseguido. La experiencia en la disciplina de los tapices le ha aportado rigor, sentido de la composición, equilibrio cromático y valoración de las texturas. Ahora añade a todo lo anterior, una poderosa imaginación y sentido crítico que unido a los valores estrictamente formales, dotan a sus obras de un poder de seducción ante el que el contemplador no puede quedarse indiferente. Debe abandonarse y disfrutar con ellas.

Cada exhibición es un paso más en el largo, meditado y siempre inacabado camino de un artista. Al transitarle habrá tendido que ir tomando decisiones para resolver las dudas que le han ido surgiendo en su intento de ir definiendo un mundo propio y plantearse retos tratando de ensanchar su espacio creativo. La incertidumbre a la hora de enfrentarse al espectador le habrá acompañado muchas veces. Manuel Fuentes con esta exposición ha dado, en este sentido, un paso firme que le aportará confianza y seguridad para continuar en su persecución de la belleza y el misterio que encierra el arte.

 

LUIS ALBERTO SALCINES


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DERECHO DE AUTOR FRENTE A DOMINIO PÚBLICO

 

Derecho de autor y dominio público son dos derechos contrapuestos que a menudo colisionan:

  • El autor, a percibir una recompensa por el esfuerzo realizado para producir su obra, el tiempo utilizado, además del reconocimiento moral que le otorga el público que la disfruta.
  • La sociedad, para acercar el conocimiento al mayor número posible de personas, fomentar el nacimiento de nuevos creadores y contribuir al desarrollo social de los países.

Este conflicto de intereses se complica todavía más cuando aparecen los intermediarios entre el escritor y el lector, que acaparan la producción y la comercialización del objeto creado, lo que les arrastra a destinar enormes cantidades de recursos en promoción y publicidad, para recuperar con rapidez la inversión y retribuir a sus propietarios. La lógica del beneficio pervierte el objetivo del saber y se convierte en el verdadero meollo de la cuestión. Antes, las cosas no iban por ahí.

En la Edad Media la mayoría de las creaciones literarias eran anónimas, no sólo por la falta de documentos acreditativos, sino por el papel que se atribuía a los autores, sometidos a la voluntad de las clases privilegiadas que, como financiadores de la obra, preferían silenciar la autoría, por ser información irrelevante. Lo mismo ocurría con la música, por la fidelidad del trovador a su señor feudal y la mala imagen que tenían los juglares.

El Renacimiento alumbró una clase media que se enriqueció con la industria y el comercio, surgiendo así un consumo de bienes culturales que antes no existía. El mercado del libro adquirió volumen y la figura del autor tomó relieve. Las imprentas empezaron a protegerse de la competencia y la Iglesia ─con la venia de la monarquía de turno─ hizo todo lo posible para controlar la circulación de textos, propiciando la concentración de la producción editorial en torno al poder dominante.

Ese monopolio provocó la aparición de impresores aforados que se atrevieron a burlar la censura estatal y sufrir la hostilidad de los gremios privilegiados. Ubicaron su actividad en la periferia ─Escocia e Irlanda para el mercado inglés; Holanda y Suiza para el francés─ y, amparados por la lejanía, empezaron a publicar textos censurados y ediciones baratas de los bestsellers del momento.

Al principio, el Estado fue capaz de controlar esa competencia desleal, pero con el tiempo, las prácticas piratas terminaron por imponerse, hasta que no tuvo más remedio que ceder y cambiar la legislación. El Estatuto de la reina Ana en Inglaterra (1710) fue el primer intento de legislar sobre derechos de autor, si bien su intención era proteger al editor más que al autor. A partir de ahí, los países de Occidente siguieron su ejemplo y adoptaron medidas más o menos estrictas para proteger la creación literaria.

Todos contentos… hasta que irrumpió la tecnología digital. Primero fue la música la que sufrió la dentellada de la piratería con la reproducción de copias ilegales fuera de todo control, luego le llegó el turno al sector audiovisual: películas y series televisivas se bajan de Internet sin obstáculo. Y finalmente es el libro el que ha entrado en ese tráfico clandestino, aunque no a los niveles que nos quieren hacer creer los medios de comunicación.

Pero las nuevas tecnologías no trajeron sólo la piratería, también impulsaron nuevas recetas de gestión empresarial que primero se aplicaron en la industria manufacturera, luego se extendieron a los servicios, y más tarde alcanzaron al mundo del libro. Así surgieron nuevos editores de ámbito multinacional, que ensayaron con éxito nuevas formas de producción para adecuar las tiradas a la demanda y reducir la cadena de distribución hasta el punto de llegar sin eslabones hasta el cliente final. Eso les ha permitido reducir los precios, ajustar las existencias y ofrecer un catálogo que difícilmente se encuentra en una librería.

Éste es el verdadero enemigo de la industria tradicional, no la piratería (que, al final, se limita al libro digital cuyas ventas en España son todavía reducidas), una competencia a la que inútilmente se le ponen trabas, con la débil excusa de proteger la producción nacional para salvar unos puestos de trabajo que tarde o temprano terminarán por desparecer, en lugar de encarar el problema y propiciar la modernización de aquellas empresas que tengan alguna viabilidad. Pero no, es más fácil echar la culpa al mercado, al extranjero, o a la madre que lo parió.

Mientras tanto, el Gobierno Español titubea y no sabe cómo guardar la cara. Ahora que el Consejo de Ministros ha presentado al Congreso el anteproyecto de reforma de la ley de Propiedad Intelectual, las críticas a su contenido han arreciado de todos los agentes implicados. Las entidades de gestión se quejan de que sus opiniones no han sido escuchadas y que el Gobierno sólo aspira a poner un parche para frenar la amenaza estadounidense de incluir a España en la llamada Lista 301, una relación de países acusados de permitir la piratería digital, aunque su lectura apunta a que el objetivo sigue siendo proteger la industria nacional.

Los partidarios del sistema garantista sostienen que, para estimular la producción literaria, es preciso premiar el esfuerzo creativo. Con ese argumento tan simple, han convencido al poder político para legislar en su beneficio, protegidos como están por contratos leoninos en los que el autor les ha cedido para un largo periodo de tiempo ─si no para siempre─ la exclusividad en la explotación de su obra.

Ha sido la industria la que se ha apoderado de los derechos de autor, a cambia de alguna migaja. Ella es la que hace el verdadero negocio, al amparo de una normativa que propicia el monopolio. Y al mismo tiempo, ha ido cercenando ese espacio casi olvidado en el que los ciudadanos comparten el conocimiento de manera solidaria, sin pagar royalties y que se llama dominio público. Pero esto no es nuevo… siempre ha sido así. Ya a principios del siglo pasado, Baroja se lamentaba en sus memorias de lo poco que ganaban los escritores y de lo bien que les iba a los artistas, sobre todo a los pintores.

Es verdad que, en los últimos tiempos, algunas estrellas que iluminan el firmamento literario se han convertido en figuras rutilantes de la vida pública, pero son excepciones. Aunque sea legítimo aspirar a la riqueza,  no concibo el imaginario de un poeta viciado con propósitos utilitaristas. El escritor comprometido con la mejora de la condición humana ha de estar vacunado contra la codicia y ordenar su vida en torno a unos ingresos que le proporcionen un clima sosegado para ejercer su profesión, mas no dejarse llevar por el dinero y la gloria. La literatura ha de seguir siendo el adalid de la libertad y luchar contra el avance de un capitalismo contumaz que pretende instalarse en el poder y dominar la sociedad. Malo sería que llegara a contagiarse de esa dictadura del beneficio que pulula alrededor y perdiera su sagrada misión de defender la dignidad humana.

La legislación que se aplica hoy en Occidente es una aliada del sistema, ya que se asienta en el principio de preservar los intereses de la industria. Con el falso argumento de defender los derechos de autor y combatir la piratería, los grandes sellos editoriales están adquiriendo a un coste muy bajo la propiedad de la cultura, en menoscabo de los contenidos que corresponden al dominio público. Sería bueno que, al menos, el mundo intelectual se percatara de este hecho y dejara de tutelar la reforma de la ley que en este momento se discute en el Congreso.

No hay que olvidar que el derecho de autor es de carácter temporal y no de propiedad indefinida, ya que su objeto es asegurar el sustento del escritor y, una vez cumplida su función, prescribe, para convertirse en patrimonio cultural de la Humanidad. En la mayoría de los países, la protección se alarga hasta setenta años después de la muerte del creador, plazo que muchos consideran excesivo, habida cuenta de que su talento no es un bien infuso. El artista ha recibido un legado intelectual de sus antepasados que le ha servido para producir su obra. Las creaciones del ser humano no salen de la nada, incorporan, en mayor o menor medida, piezas preexistentes. En ese sentido, el dominio público impone unos límites a los derechos de autor. Éste no es propietario exclusivo de su obra, sólo una parte; la otra pertenece a la sociedad. Pero ¿en qué proporción? La polémica está servida. La respuesta, en torno al baricentro del triángulo formado por los tres vértices:

  • El autor, que precisa el derecho a explotar en exclusiva su obra durante un tiempo limitado, el necesario para vivir con holgura y seguir creando.
  • El usuario, al que se le reconoce un derecho de acceso al conocimiento a un precio razonable, si no gratuito, para reforzar el patrimonio colectivo y fomentar así el arribo de nuevos creadores.
  • El intermediario, para operar en un terreno en el que se reconozca su labor como inversor que asume riesgos, invierte dinero y percibe un rendimiento.

He aquí lo que dijo Víctor Hugo en su discurso de apertura del Congreso Literario Internacional de 1878: “El libro, como libro, pertenece al autor, pero como pensamiento, pertenece al género humano. Todas las inteligencias tienen su derecho. Si uno de los dos derechos, el derecho del escritor y el derecho del espíritu humano, tendría que ser sacrificado, ciertamente, el derecho del escritor sería el sacrificado, ya que el interés público es nuestra preocupación única, y todos, yo declaro, tienen la prioridad antes que nosotros”.

 

MANU DE ORDOÑANA


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EXTRAÑOS LENGUAJES

Por el maestro “led” KONSHE JOSHVENDO

 
MORFOS

La forma es un lenguaje
Que escribe en cada objeto
La frase que le es propia.

Las piedras del camino
Cifran en su hechura
El misterio de su esencia.

Innumerables son las formas.
Distinta la revelación en cada piedra.

Una infinitud de formas y frases
Para un único significado.

 

SPECULUM MUNDI

Sentarte, en silencio,
Y escuchar atentamente el paisaje.
Abrazarte a él hasta que olvides que lo haces.

Siempre asombra recuperar
Esas perdidas sensaciones
Sin nombre, ese sabor
Profundo a uno mismo.

Pero, más aún,
La conciencia
De que lo que hay dentro
Y fuera de ti
Son la misma cosa.

 

NO WORDS

El misterio
Es esa voz de nadie
−Y a la vez de todo−
Que nos susurra al oído
Cuando las palabras
Callan.

 


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Nostalgia de Collumcille

 

Mis dedos huelen a ceniza.

Algo quedó, ciertamente, por conocer,

y la pregunta intenta responderse a sí misma.

 

Volver a leer a Yeats

en la biblioteca de atrás,

que daba a la calle silenciosa

durante aquellos días de mudanza.

 

Recordar la Santa Irlanda

sin filetes ni patatas, con los sarcófagos

podridos asomando bajo el asfalto,

y las ermitas en las vegas dulces de los ríos.

 

Rastrear ahora las huellas de Columba

que es tan parecido a nuestros santos eremitas

de las grutas tristes.

 

Marina Gurruchaga


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GIGER. Por Mariano Gómez de Vallejo

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    El siglo XX se sigue yendo, imparable (García Calvo, Giraud-Moebius, Leopoldo M. Panero, José Hernández…). A veces me da la sensación que sólo escribo necrológicas; así con el suizo Giger (Hans Rudolf Giger. Coira, Suiza, 5 de febrero de 1940 – Zúrich, 12 de mayo de 2014) el pintor, escultor, diseñador, escenógrafo que me entero se ha matado en un estúpido accidente doméstico.

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      Giger se dio a conocer masivamente a partir de su colaboración -fundamental- en la película Alien el octavo pasajero de Ridley Scott, pero en algunos medios era ya conocido por su alucinada y muy prolífica imaginación plástica.

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     Giger, aerógrafo en mano, creó y recreó todo tipo de fantasmagorías siniestras, obsesivas, desasosegantes. Es otro artista heredero del surrealismo y todos sus antecedentes ( pienso también en William Blake aparte de Rops, Kubin, Redon, Clovis Trouville, Hans Bellmer, Leonora Carrington, Leonor Finí, Bacon…) al que, en su peculiar estilo oscuro, enriqueció con elementos de su momento, del espíritu de su época; así los reptilianos entes biomecánicos, ciborgs, alienígenas y radiactivos mutantes se nos aparecen en unas terroríficas atmósferas de pesadilla gótica extrapolada a un futuro de ciencia ficción, de tinte antiguo: catedrales de vértebras arbotantes, estatuaria de encorsetados costillares férulas, respiradores anóxicos, lúbricas prótesis metalizadas en eróticos artefactos, insectívoras vulvas eléctricas.

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   Morbosas penetraciones con pavonados órganos en mecanizadas cópulas, parturientos engendros viscerales osificados, coxificados mas bién, escatológicas intervenciones mecánico-quirúrgicas en inquietantes corporeidades mixtas entre “pornomáquinas” ; expresión de una compleja sexualidad demoníaca (satánica) que, por otro lado, pese a su renovación visual, se entronca con la tradición del fantástico europeo. Gótico, romántico, simbólico; no nos olvidemos de los flamencos y su imaginario infernal ilustrador doctrinal y culpabilizador y del Moderno Prometeo Frankestein, quizá la primera obra de ciencia ficción tout court.

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    Si bien el terrorífico Giger no es de mis artistas preferidos, hemos de reconocerle su singularidad, creó su propio estilo y va camino de pasar de un artista de minoritario culto, a un iconógrafo popular (sus imitadores son legión): ahí vemos sus motivos macabros de intrincado diseño en las “chupas” de heavy-metaleros, Ángeles del Infierno y otras tribus, así como su infinita proliferación en soporte piel (viva) en esta “ola tatuadora que -sin solución de continuidad- nos invade”.

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     Pero prefiero quedarme con su Gorgona primera y acabar con su particular homenaje a Arnold Böcklin en su Toteninsel, una prueba de sus raíces estéticas, así: en su último viaje, esperemos en paz, a la Isla de Los Muertos….

                                            ………………Mariano Gómez de Vallejo

……….  ……Mortera 14 de mayo 2014

 

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https://www.youtube.com/watch?v=R6YgGEKMrj0#t=1093


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HAIKUS SIN CONDICIÓN. JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES NOS MUESTRA SU PERSONAL ACERCAMIENTO A LOS HAIKUS

 

           “Y como el fuego,

 la palabra es enigma,

            decir y espera”.

 

 

        Juan Antonio González Fuentes publica un nuevo libro cuando llega a la mitad de la centuria de su vida en un momento de madurez literaria y humana. Diría más, en un momento de fecundidad y brillantez creativa.

Desde él, mirando hacia tras, puede contemplar una trayectoria larga y densa,  rigurosa y coherente   que comprende la edición literaria de poetas cántabros: Alejandro Gago, José Luis Hidalgo, Manuel Arce, Jesús Cancio, José de Ciria, José Hierro, entre otros; coordinador de proyectos editoriales en torno a María Zambrano, Álvaro Pombo; artículos en revistas. Diarios y blogs; presentaciones de libros, y, finalmente, su labor como coordinador del proyecto editorial Ediciones La Bahía de José María Lafuente.

Hay una dimensión de su escritura que a mí particularmente me gusta mucho que desarrolla paralelamente a la creativa y crítica que es la de memorialista. Sí, ya sé que no ha publicado nada en este sentido de un modo autónomo y felizmente para él, es lo suficientemente joven para que publique al día de hoy unas. Pero me refiero a la recreación de contextos históricos y culturales en los que sitúa los estudios críticos que realiza, cuando escribe sobre un determinado autor y el ambiente en el que vivió.

No sé si Tono escribe un diario, pero estoy convencido que con su formación (se licencio en Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria),  su bagaje cultural (la música clásica, el cine, la literatura…), desde su memoria y el privilegio de haber vivido y conocido a tantas personalidades del ámbito de la cultura y la sociedad, podría escribir unas memorias impagables llenas de anécdotas, datos curiosos peri importantes que darían una información de la intrahistoria cultural de nuestra comunidad. Por cierto, en ellas estarían incluidas las relacionadas con el fútbol, con el Racing en concreto. Es de todos conocido, creo, sus partidos de fútbol los sábados por la mañana con viejas glorias del representativo local después de las cuales, me dice, queda tronzado.  

Y ello sería posible, ahora que está tan de moda ese género híbrido de  los libros que combinan lo narrativo con lo memorialístico o diarístico, no sólo por su fluida y cuidada prosa, sino también por dos razones que me parecen básicas para ello. Por un lado, por su sentido de la amistad y del culto a la conversación. Tono es un gran conversador, le gusta quedar con los amigos, hablar, especialmente si es paseando.

Por otro lado, su interés por el lado humano de las personas. A Tono le importa no sólo cómo escribe un amigo, cómo pinta otro, le preocupa en qué situación está, desde la salud a lo económico o lo sentimental. 

Esa implicación en el lado humano de los creadores añadida a su intensa actividad en el territorio de la cultura le convierten en unos de los referentes de la sociedad de Cantabria. No solamente por lo que directamente  él mismo realiza sino por algo más secreto, su labor de intermediación, de asesoramiento, de establecimiento de puentes entre otros activistas culturales que no se conocen. Saber quién puede hacer determinada actividad en un momento  dado, dónde poder hacerla…

He hecho referencia antes a la trayectoria literaria, poética en concreto de Tono. Seis libros publicados hasta el momento en editoriales de prestigio de ámbito nacional. Además del final (Endymión), La luz todavía (DVD), Atlas de perplejidad (Icaria), La lengua ciega (DVD), Haikus sin estación y Haikus sin nombre (Carena).  Con el primero obtuvo el Premio José Luis Hidalgo; con La lengua ciega consiguió quedar finalista del Premio Nacional de Poesía. Aparte de estos libros individuales ha sido incluido en varias antologías nacionales.

Ahora, da continuidad a los dos últimos que citado con Monedas sueltas, libro editado por Huerga y Fierro que los reúne junto a un tercero, inédito, para conformar una trilogía que comprende los haikus escritos entre 2009 y 2013.

Es cierto que los haikus están de moda en la literatura española reciente. No sé si se debe a un cierto cansancio en el mundo occidental de las formas de vida de una sociedad consumista, urbana, montada en la rentabilidad y en la urgencia de las cosas. Dicen quienes los escriben que se adquiere cierto automatismo con la práctica. Claro que después habrá que hacer una selección muy exigente para dejar sólo los más conseguidos. Y, por supuesto, hay autores que desde su perspectiva personal, los escriben mejor que otros, como es obvio.

En cierto modo, sorprende que Tono los escriba, porque Tono es fundamentalmente un personaje urbano. Pocas veces le he oído referirse a la naturaleza o al mundo rural salvo en sus textos. Nunca de haber realizado una excursión por el monte. El asfalto es su suelo no la tierra y los prados. La bahía de Santander su espacio para pasear, no la orilla de un río

Sin embargo, el que aborde este género tiene en cierto modo una pequeña lógica. Es una forma de escritura que se aproxima a su manera de escribir. Siempre le ha gustado la poesía esencialista, breve. De pocos versos cuando escribe en verso. De pocas líneas si lo hace en prosa. Explicaba en una entrevista reciente: “La necesidad de contar algo en un tramo poético tan breve requiere un esfuerzo de concentración que, por otra parte, se amolda muy bien a mi forma de pensar la poesía, que siempre es breve; intentar sugerir muchas cosas con muy pocas palabras”. Y en otro momento: “Lo importante no es contar una historia, se trata de que a través de determinadas palabras, de su ritmo, de su música, esas mismas palabras se ensanchen y acaben significando cosas que no tienen por qué significar lo mismo en le lenguaje formal. Cuando lo unes a otras palabras en las que se cumple esa premisa acabas trayendo a la mente del lector un mundo que no existe; haces aparecer un mundo nuevo, y eso se adecua bien al haiku”.

Llama la atención el título, Monedas sueltas. Parece que alude a algo que no quiere darle importancia. Es lo que se tiene en el bolsillo para una propina, para una compra menor, para darle a un niño, pero también, para compras o gastos cotidianos que forman parte de los ritos diarios: comprar el pan, el periódico, tomar un café,  sacar el ticket de la zona azul… O sea, que no es una cantidad desechable. Parece de entidad menor frente a los billetes que se guardan en la cartera, pero imprescindible para la vida diaria.

La cita inicial que lleva el libro, de Juan Ramón Jiménez, resulta muy oportuna porque justifica, sin que se lo pidan, la inclusión de los dos libros de haikus publicados anteriormente: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”. En el caso del poeta de Moguer, probablemente no eran siempre los mimos dada su costumbre de hacer sucesivas correcciones con motivo de cada publicación. No es el caso de Tono. Aparecen como en las primeras ediciones.

El poemario inédito es el que inicia la trilogía, está fechado en 2013 y lo titula Haikus sin orden. Son 75, como en Haikus sin estación de 2010, y frente a los 78 de Haikus sin nombre de 2011.   75, 78 y 75. Alude vagamente a la secuencia métrica de los propios haikus.

Los títulos dan la impresión que aluden a productos de régimen o dietéticos para cuidar la línea. La preposición “sin” quiere situar al lector ante unos textos que no son exactamente lo que parecen. Y Tono no nos quiere dar gato por liebre: lo explica en el prólogo: “Mis haikus no son verdaderos  haikus ni desde el punto de vista temático y conceptual, ni desde el métrico, pues mis agudas y esdrújulas finales en ocasiones  ni suman ni restan lo que las reglas de nuestro idioma exigen en su uso normalizado. Es decir, mis haikus  no lo son en sentido estricto, de ahí el uso explícito de la preposición “sin” en los títulos en los que van recogidos; un “sin” que desea indicar faltas o carencias que presenta, eso sí, su razón de ser”.

Pero, además de su heterodoxia formal, que el lector puede comprobar en cuanto se enfrenta en su lectura en lo referido a la métrica y, quizá menos, a la temática, subraya asimismo que estas estrofas surgen de un sentimiento y una cultura oriental que no es la suya y por tanto, hay una adulteración del producto creado: “Soy occidental. Mi formación, referentes, esquemas, vivencias, escenarios, paisajes…, mi educación sentimental es occidental. El haiku es un formato  y concepto poético propio de culturas del Extremo Oriente y, en este sentido, creo que todo acercamiento occidental al haiku parte de una cierta impostura, de un fingimiento que alcanza verdadero sentido poético cuando se materializa en la voz impostada del poeta”.

Los haikus de Tono están escritos desde una naturaleza que provoca serenidad y silencio, una quietud en todo caso interrumpida por movimientos lentos: el discurrir del agua en un río, las olas del mar acercándose mansamente a la orilla, el desplazamiento de un pez en el agua, el vuelo leve de un pájaro, la caída de las hojas, la puesta de sol, el derretirse la nieve…Los colores  y los olores, de las flores, de las mariposas… La lluvia, la nieve, las nubes, el viento sobre la tierra, animales o plantas… pueblan sus haikus.

Son frecuentes los contrastes: luz y sombra, luz y oscuridad, vida y muerte: “En el anzuelo / es donde se da cuenta / el pez de sí”,  “Un gorrión gris / baila sobre la nieve: / punto de fuga”, “Desde el alero / llora la nieve fuego / sobre el jardín”; “Nieve reciente / para dormir el fuego: / árbol e invierno”…

Asimismo la muerte. En muchas ocasiones para subrayar la fugacidad de los instantes, de la belleza atrapada: “Su luto inclina /  muy abierta la rosa / su aroma de ascua”, “Qué inquieta sombra / la del serio ciprés / del camposanto”, “Tibia hojarasca /  bajo nidos de cuervos: / flores marchitas, “Teje la araña, /  con leve siderurgia, / su piel de muerte”, “Las hojas secas / son la fría mortaja / de un jardín secreto”…

Hay un protagonismo especial de las mariposas, metáfora de la belleza fugaz, de los peces, provocando incluso variaciones sobre el mismo haiku: el pez mordiendo el anzuelo; la araña tejedora de la belleza leve y geométrica…         

Aparecen reiteradamente símbolos universales: el espejo: “La piel es hilo / con el que el tiempo cose / en los espejos”; la rosa.

Hay un haiku con referencias a Heráclito y a Ángel González: nadie y se baña dos veces en el mismo río: “A un mar distinto / llega el agua que salta / ola tras ola”,  a pesar de que por encima de todo vuela la certidumbre de la constancia de las cosas, de la inmutabilidad de la naturaleza, de la repetición inalterable de todo: “Tela de araña: / hálito de eternidad, / toque de queda”. El cantar de los grillos o de la cigarra, las olas que se acercan rítmicamente a la orilla, marcan los ritmos de la naturaleza. Sólo el paso del tiempo produce los cambios apenas perceptibles: “Ya casi polvo / la piedra que el mar lame  / con más paciencia”.

Y alusiones metaliterarias sobre el valor de la palabra poética: “Ese otro bosque /  en el que las palabras / son Dios de nuevo”. En uno de los haikus incluidos en Haikus sin nombre escribe: “Y como el fuego, / La palabra es enigma, / decir y espera”.

En algunos se muestra especialmente lírico, un tanto melancólico: “Está la lluvia /  tras el rumor de marzo: / llora la tarde”.

Los tres libros que se integran en Monedas sueltas, mantienen una unidad conceptual. Quizá en el último, reconoce Tono, haya más humor e ironía, con una matizada aproximación a la greguería.

De Tono se ha dicho que pertenece a los poetas de la línea oscura. En la poética del libro Poesía con Norte de la primera edición, da algunas claves sobre su poesía. “Hablamos aquí de un tipo de poesía, o dicho de otra manera, de un camino o sendero poético que se construye con un lenguaje que es bien distinto (o puede serlo) del lenguaje cotidiano y de uso común, del lenguaje que algunos han convenido en denominar normalizado. Y mediante el uso poético de ese lenguaje no normalizado, y por tanto difícil de descifrar desde una lectura llamémosle “ortodoxa”, algunos pretendemos acceder a otras realidades o espacios de realidad, distintos, claro, de los que por regla general logramos verbalizar gracias al lenguaje estandarizado”.

“En el lenguaje poético al que me refiero cabe la posibilidad de que el poeta, al utilizar determinadas palabras o determinadas combinaciones de palabras, no las use con el sentido establecido de las mismas, sino que las utilice con otra intención que no tiene, en determinados casos, ni siquiera que atender a ningún tipo de eso que entendemos por lógica”.

“Algo semejante les ocurre a algunos poetas con vocación de nombrar lo que aún no tiene nombre, lo que no pertenece a la realidad inmediata, y entonces utilizan las palabras que tienen a mano retorciéndolas, ensanchándolas, dotándolas de aristas, sombras y significados no tipificados. Y así algunos logran penetrar otras realidades, logran dar nombre a lo que no lo tiene, y al hacerlo, hacen crecer la realidad, verbalizan una realidad más allá de la realidad. De ahí que estos poetas resulten oscuros, pues dotan al lenguaje que emplean de unos significados inéditos, que no se corresponden con los significados estandarizados”.

Es decir, frente a la poesía narrativa, Tono crea atmósferas, sugerencias; propone una reflexión al lector.

Así sucede con el nuevo libro. Hay oscuridad en sus haikus, pero es como una neblina especial, norteña, que deja ver, detrás de la veladura inicial, una luz a la que se llega con esfuerzo no intelectual sino sensorial. Hay un poder sugerente y evocador en el ordenamiento de las palabras, en la relación que se establece entre ellas siempre que el lector se deje llevar atrapar por el misterio inicial. 

 

Luis Salcines