LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

Homenaje a la poeta Carmen Stella de Vallejo

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    (La revista cultural MAISONTINE en su NÚMERO 7 homenajeó a la poeta Carmen Stella de Vallejo, tras su desaparición, con una breve antología comentada de sus obras, un artículo sobre la misma de la profesora norteamericana Maty García-Whitney, así como los poemas que para su despedida escribieron su hijo Mariano, su yerno, el profesor de Literatura Leonard Kelly y su nieta Ariadna Gómez-Kelly y una dedicatoria de su nieta Elsa.  Mas tarde se añadiría el poema de su sobrino Alejandro Higueras de Vallejo. Territorio Kirguise acogerá a partir de ahora los contenidos de dicho homenaje).

H O M E N A J E   A   C A R M E N   S T E L L A  D E   V A L L E J O

Imagen

  Fotografía de Carmen Stella en su casa de Sopeña
                                                                            (Mariano Gómez de Vallejo)

 

 

 

          MADRE:

Polvo de estrellas ha sido nuestro origen

un mismo destino nos aguarda

Poco importan ya las urgentes

urnas cinerarias para el rito

eternidad y tiempo en ellas no caben , se desbordan.

Para que el olvido no habite en parte alguna

la eternidad vendrá a ser la mas íntima emoción

Pues  sabré de tu otra vida por la cálida sonrisa

que vendrá para anidar  en alguna parte de mi memoria.

       Mariano Luis, 20 de agosto de 2011

 

 

 

ABUELA OF THE BUTTERFLIES

Abuela of the butterflies,

you are a cascade of colour,

A flight of elegance,

The unfurling magnolia´s waxen ivory,

Pure and unsullied;

Your presence is the whisperings of Sopeña´s cedar,

Grounded and magnetic;

The snows falling over Cabuérniga speak of your Grace;

You are ‘chocolate y churros’ on a Winter´s evening;

You are the song of lullabies.

May serenity and peace be tours forever.

                                                                       Ariadna

(Ariadna- Leonard Kelly )   

Dedicatoria de su nieta Elsa

 (clickar para ampliar)

Dedicatoria Elsa rec2

 

 C O M E N T A R I O   B I O G R Á F I C O – C R Í T I C O

Por Marina Gurruchaga

            CARMEN STELLA DE VALLEJO (Ob. 2011) nació en Buenos Aires, aunque residió la mayor parte de su vida en Cabuérniga, en el pueblo de Sopeña. Su obra es personal, poco conocida, pero de una gran calidad literaria y plena de imágenes y simbolismo originales y recurrentes desde sus primeros hasta los postreros poemas. Participó en la antología colectiva en contra de la explotación del medio ambiente y de la guerra “Con tu piedra”(Santander 2005), y, ya individualmente, publicó, además de algunas plaquettes, el libro de poesía mística  “Mi canto de acción de gracias” (Santander, 1982) y “Viejos Mitos de Cantabria” (Santander 1987)  con las fieles ilustraciones de su marido Domingo Gómez de Dios, una deliciosa y lírica recreación en la estética de Manuel Llano, del que fue, junto con su marido, pionera en su revalorización y homenaje (Terán de Cabuérniga 1971).

     Yo no he conocido personalmente a Carmen Stella. Me considero buena amiga de su hijo, Mariano, y de María Gracia, su hija pequeña. Pero he leído admirada sus poemas, sorprendiéndome de la brillantez atesorada durante años  en los cuadernos que la autora con el personal empeño de Mariano decidió dar a la luz en forma de antología (“Contraluz”, Santander 2008, editado por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria). El fulgor de las obras escondidas en un pequeño y bellísimo pueblo de los frondosos valles de la Montaña más recóndita, escritos la mayoría en la increíble galería de una casa viscontiniana, me recuerdan a aquellos otros brillos, como los de una Dickinson o una Austen, que tuvieron que esperar algún tiempo antes de alcanzar el conocimiento mayoritario de un público sensible.

Imagen

Dibujo de Carmen Stella hecho por su hijo Mariano

 

     El dibujo que le hizo su hijo Mariano, rodeada de los libros de sus autores referentes y las influencias que en complicidad, más artística que filial, Carmen Stella fue integrando en su obra y su persona, es hondamente expresivo de aquellas resonancias (Gerardo Diego, Tagore, Rilke, Pessoa, Cirlot, Basho… y tantos otros). De la antología “Contraluz” (poesías1972-2006) he seleccionado nueve poemas representativos de una obra rica, original y técnicamente muy depurada. En ellos se advierte un sentimiento que se nutre de las vivencias cotidianas, centradas en el jardín familiar, en el paso de las estaciones, en la visita de los amigos (“Victor Orizaola”)- por lo que me consta, Carmen Stella fue una excelente conversadora y anfitriona- y en una espiritualidad cristiana profunda y presente en todas las circunstancias de su larga vida. El habla popular se enriquece en sus romancillos dedicados a las figuras de la mitología cántabra, y alcanza cotas de sensibilidad entrañable cuando describe a las “anjanucas” rubias y bondadosas (“Las Anjanas”). El colorido de la naturaleza (“Grises”), en sus pájaros, flores y alboradas (“El seto y los mirlos”), preside buena parte de las imágenes de sus versos, aunque éstas trascienden lo descriptivo para alcanzar valores arquetípicos: las idas y venidas del ánimo (“Agua mansa”), el paso del tiempo, el acendramiento en el propio terruño y el hogar cohabitando con un deseo de abandono y escapatoria (“Al paso de los gansos salvajes”), la inquietud ante la muerte pero su aceptación final. En alguno de los poemas, de gran calado existencialista, con resabios de un quevedesco conceptismo (“Con prisa”), Carmen Stella trasciende a su época y se nos muestra como una excelente poeta, casi mística. Es pionera también en el manejo del “haiku” japonés, que utiliza y resuelve para retratar el árbol tutelar de la casa y la familia, un totémico cedro finalmente desaparecido.

      La poesía de Carmen Stella trasciende su época, sobrepasa las circunstancias de su autora, para transmitirnos los sentimientos universales del individuo que, más allá de la cotidianeidad, se pregunta por el futuro y el sentido de su personal universo: las inquietudes que a todos nos atenazan y que convierten la lectura de su obra en “un tiempo fuerte”, extremadamente gratificante y enriquecedor.

P E Q U E Ñ A   A N T O L O G Í A   D E   P O E M A S

AL PASO DE LOS GANSOS SALVAJES (de “Impresiones”)

He sentido pasar a medianoche

la algazara de gansos que venía

de la tundra del Norte; de la fría

Europa boreal. En un derroche

de graznidos y voces de llamada

han cruzado veloces como el viento

las montañas y el valle, en un momento

al claror de la luna. La bandada

al que iba en cabeza obedecía.

Su cuello recto y tenso parecía

indicar el camino. Tras su huella,

la noche, que ha quedado silenciosa,

es más fría y profunda; y luminosa

como un rastro hacia el Sur, brilla una estrella.

*

GRISES (de “Tras las rendijas del alba”)

Poesía indefinida de los grises

que marcan de la luz la indiferencia,

arrastrando la tarde, su distancia

perdida hacia el ocaso, en brumas inconcretas.

¡Se disuelven los grises! En mis dedos

a través de la piel ¡bullen mis venas!

…Un torrente de azules caprichosos

en galope de rojos y violetas

estallan en un cosmos, donde surgen

-en duros alumnios- los planetas.

*

VICTOR ORIZAOLA (De “Mis galerías”)

Surrealismo que al sueño hace palpable.

¡Qué dúctil en tus manos la materia!…

¡Y qué firme tu pulso, ante la seria

tarea que parece irrealizable!

Encadenas la forma que en tu mente

es piafar de caballos y bisontes…

Les das sendas de nubes y horizontes

porque al vuelo galopen libremente.

De todo lo realista descarnado

hiciste de la roca viva y dura,

estelas de galeón sobre las olas…

Acorde musical, acantilado…

…Y en un rapto de mística ternura

ungiste tu oración de caracolas.

*

EL SETO Y LOS MIRLOS (de “Poemas de Jardín de Poemas”)

Todo el seto rebulle por los mirlos

que acuden en bandada al fin del día

y en inquieta y sonora algarabía

se llaman, se contestan. Por oírlos

he abierto el ventanal. Tantos acuden

que alborotan la tarde; parlotean

lo mismo que chiquillos. Juguetean,

se acicalan, se alisan, se sacuden.

Ya el revuelo de mirlos en el seto

se pliega y se remansa. El aire quieto

se adormece en la azul atardecida.

A lo lejos, el río presta un fondo

de rumores continuos y es más hondo

el azul, de la azul anochecida.

*

AGUA MANSA (de “Reflexiones”)

Afuera en los bambúes se ha enredado

la música del viento: se remansa

la orilla del estanque; el agua mansa

las más hondas raíces ha inundado.

Vivo y vive mi alma plenamente

mientras canta mi ser de sí olvidado…

Sin inquieto futuro ni pasado.

Sumergido tan sólo en el presente.

Se crecen los bambúes en mi centro:

Se agitan y mecen… El adentro

no se altera; la orilla se remansa…

La música de afuera ya se aqueda

y en el borde del tiempo desenreda

mi raíz del ayer, el agua mansa.

*

CON PRISA (de “Reflexiones”)

Con la prisa de ser

ya no estoy siendo.

En mi prisa de estar

no estoy estando.

Tengo prisa de ver

y no estoy viendo

que en mi prisa de amar

me estoy quemando.

…Por prisa de vivir

me estoy muriendo.

¡Y el no saber morir

me está matando!

*

LAS ANJANAS (de “Viejos mitos de Cantabria”)

En Cuevas y Torcas

tienen las entradas…

Palacios de oro

y puertas de plata.

Son las anjanucas

primorosas hadas

que en el monte viven

por las enramadas.

En el manto lucen

estrellas de plata.

Gastan faroluco

en la su picaya

que en el cuento tiene

florucas de malvas.

Su vestido adornan

hojas y guirnaldas

claveles y rosas,

margaritas blancas.

Su frente coronan

flores muy galanas.

Espigas de oro

las sus trenzas atan

y de comadreja

zapatucos calzan.

Los ojos… Los ojos

como fuente clara

o mejor, azules

como mar en calma.

Y su canto… al simen,

es como campana

que llama en la ermita

al llegar el alba.

O alegre repique

cuando juntas parlan.

De nácar, los dientes,

las manos, de nácar…

Que abiertas parecen

palomucas blancas

cuando al pobre ayudan

y al niño regalan.

Al pobre dan onzas

de oro, y de plata

al niño que es bueno

cosucas regalan.

Cuando se aparecen

en vez de asustalas

deciles guapuras

y dailes castañas

para su magosta

con otras anjanas.

Y si no es el tiempo

dir a apañalas

por ser primavera,

mayuetas y natas.

Ellas no se olvidan

de quien bien les haga

y del que bien hace

a cambio de nada,

y en ayuda acuden

cuando éste las llama.

Da igual que sean críos

viejos o muchachas,

y que sea en el monte,

el río o la braña.

Si llegáis al caso

de necesitarlas

perdidos en cierzos

o en la nieve blanca…

Llamadla: ¡Anjanuca!

¡Anjanuca santa!

La del faroluco

en la su picaya,

pues que me he perdido

llévame a mi casa…

Y la anjana entonces,

con la su picaya,

el su faroluco

y la su campana…

-tin… tin… campanuca…

tan… tan… tan… campana-

te guiará hasta el jiso

y si es en la Braña,

hasta lante mismo

de la tu cabaña.

…Con su campanuca…

con la su campana,

que tiene majuelo

de oro y de plata.

*

LEYENDO A OCTAVIO PAZ (de “Mis Galerías”)

 Fue como un roce leve de alas en el viento

Lo cierto es que no era corpóreo ni tangible.

Acaso una caricia sutil e indefinible.

La voz de una palabra. El eco de un acento.

Quizá tan solo fuera un anhelo del alma.

Un sueño una quimera retazos de imposible.

Pero algo inefable me llenó de infinito

Y ahora se que del cosmos tengo polvo de estrellas.

*

AL VIEJO CEDRO (de “A manera de haikus”)

I

Pájaros negros

En las ramas del cedro

graznan los cuervos.

II

Árbol querido:

mi niñez a tu sombra

¡cuánto he reído!

III

Viento: granizo.

Crujido hondo del cedro.

Tormenta. Frío.

IV

Aquellos sueños

contigo se me han ido

querido cedro.

V

El centenario

del jardín, yace muerto.

¿Queda algún árbol?

A q u e l l a   t a r d e   c o n   C a r m e n   S t e ll a   de   V a ll e j o

Imagen

Dibujo de Mariano Gómez de Vallejo de la casa familiar en Sopeña (Cabuérniga)

Recuerdo bien aquella tarde en la que al abrir el portón principal de la finca el sonido de una campanita que pendía del mismo dio paso a un jardín de umbría fronda que, aunque parecía naturalizado al modo inglés, conservaba vestigios de esas simetrías mas propias de la jardinería francesa. En él, casi un parque, predominaba, como señoreándolo todo, un cedro majestuoso, centenario, creo que era un árbol que estaba catalogado por su singularidad. Bajo él, un busto de bronce de muy buena factura con la apuesta figura de un hombre, que murió demasiado joven, sobre un pedestal de piedra con un emotivo epígrafe recordatorio, que también aludía a el mismo árbol.

Me acerqué a una terraza pequeña, cuyas barandillas de escalera sustentaban una espesa mata de madreselva, y por donde se accedía a la entrada principal de la casa, una gran casa de la segunda mitad del siglo XIX probablemente, de tipología palladiana y en sintonía con el gusto indiano de esa época. Como parecía que la puerta estaba abierta a esa tarde dorada por el sol de septiembre, me atreví a asomarme un poco y lo primero que percibí al franquear el umbral fue una fragancia sutil que provenía de un jarrón con una delicada magnolia sobre una mesa de centro, con cubierta de mármol rosa y donde ya había caído uno de los pétalos, esos grandes pétalos de un blanco marfileño de las magnolias. Tímidamente pregunté y como no tenía respuesta me retrasé y alcancé a ver un picaporte de hierro, creo que tenía una cabeza de cisne acabando en una esfera. Por el balcón de una ventana por donde trepaba un rosal apareció Carmen, quién me preguntó, quizás un tanto extrañada, quién era, o que deseaba.

Yo me había interesado por Carmen Stella de Vallejo ya que había caído en mis manos una pequeña obra recreando en romancillos los mitos de Cantabria a partir de la obra del escritor Manuel Llano, quien precisamente había nacido en ese mismo pueblo. La obra estaba ilustrada siguiendo fielmente las descripciones de M. Llano recogidas de la tradición popular. Yo entonces estaba enfrascada en mi tesis doctoral tras haber finalizado Historia del Arte y cada vez estaba mas interesada por el mundo de la iconología mitológica y de esta en relación con la palabra, la palabra poética sobre todo. A través de un colega de mi director de tesis me había llegado la referencia de la casa de Carmen y, como antes de regresar a Vigo, donde entonces vivía, había venido invitada a pasar unos días a Santander, se me había ocurrido, así, sin previo aviso -cosas de juventud-, acercarme aquella tarde, con un viejo seiscientos que me habían dejado, al pueblo de Sopeña de Cabuérniga.

Bajó Carmen a recibirme y tras las presentaciones me invitó a pasar a la casa. Nos sentamos en una sala próxima decorada de amarillo, con las paredes enteladas de un adamascado del mismo color e igualmente que un tresillo isabelino; había también un entredós imperio con un gran espejo cornucopia de fondo y un biscuit dieciochesco de estilo Sèvres con una suerte de alegoría venusina de tocador entre damas y amorcillos. Al lado una ligerísima silla dieciochesca lacada en negro y taraceada con florecillas en nácar y otras incrustaciones de pedrería. Dada la amabilidad de Carmen y aquel entorno la conversación comenzó a fluir con gran naturalidad y, como esta se fue animando, Carmen me propuso que subiéramos a su estancia habitual donde me dijo podríamos estar mas cómodas. Antes de salir de esa sala me fijé en un retrato al óleo donde se la veía muy guapa, tan  solo tocada con una mantilla blanca; me dijo, aludiendo también a la inexorabilidad del paso del tiempo, que el retrato se lo habían hecho, justo antes de casarse, por encargo de Domingo, su marido. Como también reparé en aquellas vitrinas repletas de bellos objetos, algunos bastante antiguos, no pude evitar mostrarle mi creciente interés por lo que Carmen me comentó que muchos eran ya viejos recuerdos de familia, describiéndome alguno de ellos y recuerdo cómo los mismos, ya de por sí atractivos, increíblemente se revalorizaban ante su vívido comentario; entre ellos me llamó especialmente la atención una pequeña virgen, posiblemente normanda , extraída en marfil fósil de morsa y unos delicadísimos camafeos tallados en lava del Vesubio engarzados en pendientes. Recuerdo que también, al salir de aquella sala, había un rincón chino con un frágil biombo de dragones en hilo de oro, un farolillo, objetos lacados, jades y otras antiguas “chinoserías”.

Fui comprobando que toda la casa estaba repleta de bellos o curiosos objetos, antigüedades los mas, imágenes, cerámicas, arcones, velones, candelabros, palmatorias, candiles….. Subimos al piso superior por una gran escalera que en el rellano, donde colgaba una gran pintura con una Inmaculada que por su factura parecía del siglo XVII  y flanqueada de panoplias, se duplicaba. Tras diversas estancias donde había libros, muchísimos,  retratos de antepasados y un viejo piano, pasamos a un gran galería llena de cuidadas plantas de interior, como un invernadero. Esta era el sitio preferido de Carmen para sus tardes, sin televisión, con sus lecturas a mano y pudiendo,  como quien dice, gozar del exterior, me dijo.

Nos sentamos en un sofá, chéster creo. Yo seguí tomando notas y Carmen me leyó y me comentó la génesis de algunos de los romancillos mitológicos que habían motivado mi visita;  y cómo, pese a no ser ella de allí, fue fijándose en el lenguaje popular con el que luego compondría los romancillos. También me comentó que incluso en uno de aquellos veranos cuando ella era pequeña, una niña de tirabuzones aún, llegó a conocer a Manuel Llano ya que el escritor había venido para la fiesta del pueblo y como quiera que  ella, creo recordar, se había quedado ante un puesto de chucherías, maravillada con un collarcito de cuentas de colores vidrio, este se lo regaló.

Y ante mi manifiesto interés, Carmen también sacó varios cuadernos autógrafos con sus poemas. Recuerdo muy bien que me llamó poderosamente la atención su original grafía; era un tipo de letra realmente personal, curiosa, muy singular. Me leyó, me declamó mejor dicho. A la indiscutible calidad de sus poemas se le sumaba esa dicción tan especial, esa intensidad emocional que hacía vibrar el verso. Era una dicción que parecía venir de otro tiempo. Me dijo que, de niña, en su casa se acostumbraba a leer poesía; además de jovencita había tomado clases de declamación con un discípulo de Lorca. Muchos de aquellos poemas versaban sobre la naturaleza, otros aludía a sus referencias poéticas y ciertamente en ellos se podían distinguir los ecos de la gran poesía romántica; me comentó que ya su  padre, quién se había educado en un colegio irlandés, le gustaba mucho y le recitaba de memoria algunos de los poemas de Keats. Esto nos dio otro nexo de unión ya que mi abuela, quien también fue una gran lectora, era inglesa, galesa mejor dicho. Curiosamente, también, dados los antecedentes familiares la conversación derivó al ámbito “galaico-céltico” comentándome Carmen su admiración por Cunqueiro, el “mago fabulador”, uno de sus autores favoritos; y resulta que en mi familia, mis abuelos sobre todo, conocieron al escritor Álvaro Cunqueiro ya que frecuentaron a su gran amigo José María Castroviejo.

Sonó la campanilla de la entrada y enseguida apareció una muchacha. Al poco no solo traía el te propuesto sino también una auténtica merienda y además unas ricas rosquillas que la misma Carmen había hecho. Además, como al parecer Carmen le había indicado, un precioso mantel bordado de mariposas que ella misma había hecho a partir de láminas de lepidópteros. Era todo un muestrario, cada cual más bonita; daba pena pensar que pudiera mancharse algo que merecía ser enmarcado. Me dijo que no importaba que el día lo merecía, como una fiesta. Y , entre el peculiar encanto y aquella acogedora atmósfera favorecida por la conversación, se notaba claramente que Carmen había sido educada también en ese arte, la velada se prolongó todavía un buen rato hasta que yo, ante la caída de la tarde, comencé a temer por mi regreso por aquellas carreteras desconocidas para mí. Cuando ya me disponía a salir apareció su marido, el Dr. Domingo Gómez de Dios, había llegado de un paseo con un gran perro de tipo San Bernardo o similar. Era él quien había dibujado estupendamente las ilustraciones del libro de los mitos, recuerdo que mostraba una extraordinaria cultura. Antes de bajar de ese piso me mostraron un dormitorio gabinete premodernista en cuya cama, en el cabecero y en los pies, se integraba un atrevido juego de espejos y otro con muebles muy antiguos y una cama y armario quizás del siglo XVI o XVII, también había un retrato de escuela con una misteriosa dama. Carmen me comentó que, en la siguiente ocasión que viniera, me hablaría de unos extraños hechos que habían acaecido en la casa cuando ella era pequeña…  Al salir aún Domingo me enseñó su despacho con una imponente y abarrotada biblioteca donde había, entre otras muchas cosas, un cristo románico y una ánfora posiblemente griega. También me mostraron un comedor cuyas paredes estaban pintadas al fresco con paisajes locales de la misma época en que se construyó la casa. Saliendo ya de la misma por el recibidor reparé en que al lado de una armadura había un busto con la figura del padre de Carmen y enfrente un retrato con el mismo joven del monumento de la entrada: era el hermano mayor de Carmen que había muerto en la guerra…

A punto de despedirnos aún Carmen me enseñó algunas partes del jardín con sus árboles y arbustos que, aparte del magnífico cedro, eran sus favoritos : el viejo magnolio, los tejos, el arce , los camélios , el castaño de indias, los cipreses con rosales rampantes y un estanque con nenúfares y peces japoneses rodeado de bambú y que le había inspirado en alguno de sus haikus. Al fondo de la finca, a través de un arco de sillería que ellos habían rescatado y puesto en el jardín como sugerencia de ruina, se veía una casita de estilo rústico donde me dijeron que, de cuando en cuando, organizaban con amigos veladas de tipo literario. Creo recordar que Domingo comentó que habían pasado por allí los hermanos Cossío y Dámaso Alonso entre otros muchos. Ambos me emplazaron a volver a una de ellas que con la excusa de la fiesta magosta volverían a hacer ese otoño.

Pasaron los años. Desgraciadamente no encontré la ocasión de volver pues mi trabajo, mi vida, me acabó llevando a otro país y ahora que he regresado y me entero  que Carmen se ha ido, aún vuelvo a recordar maravillada aquella grata tarde: allí vuelve a aparecer ella con su imagen intensa, delicada, imborrable; indisociable también de aquella casa donde ella venía a ser su alma, el ser que la insuflaba vida; un ser sensible y cordial en cuyo fondo, ahora claramente lo veo, prevalecía una eterna niña.

                                                                                                                                                                     Maty García-Whitney 

P O E M A   D E  S U    S O B R I N O   A L E J A N D R O

 

MI TÍA CARMEN ESTELA

Sobre la mar la estela de tus ensueños.

En el cielo la estrella de tu poesía.

Desde la tierra, jardín, cobijo,

casa de ensueño y de magia.

Carmen Estella de mares, tierras y  firmamentos,

yo te siento en verso libre

en busca de la maestría de tus sonetos.

“La belleza es el resplandor de la verdad”

                                                                     S. Agustín

Regocijo de soles, soledades de luna,

poesía que lleva al alma.

Carmen Estela, tía, amiga,

hermana, poetisa, chamana.

Luminaria con cueva propia.

Alta montaña noble de lumbre morena.

Negra cabellera gitana de catarata hechicera,

ya encendida, no incendiada.

Espiritual, alada, ensoñadora,

guerrera, cuentista, pedagoga.

Luminoso esperar generoso

de espalda fugitiva tierna

y de grandísimo retorno.

Argentina, latina, cántabra,

de peineta española y japonesa,

jardinera entre lo nórdico y Cuba.

Gastrónoma masterizada,

doctora en repostería.

Niña-abuela, curandera de alma,

abrevada de estrellas,

sonajera de palabras.

Regocijo de soles, soledades de luna,

poesía que lleva al alma.

Carmen Estela se despierta

habitante y habitada

de hora mágica e incierta

entre la noche y el día.

Ya escucha melodías de trinos,

ya atisba verbenas de amaneceres

y se levanta, osa ya legendaria,

abrazados continente y contenido.

Sale, cruza y entra,

vigilante furtiva de habitaciones sagradas.

Sigilosa, sigilando,

silenciosa, silenciando.

Va como de puntillas y con los pies de plomo

y baja la encaracolada escalera

entre dos todos,

el del entonces y el del ahora.

Y entra en la cocina

donde prepara desayunos

de madre y de tía eterna.

Ya sale afuera,

pleno himno de la mañana

afinada en verde al perro de cariño

que ladra pero no muerde.

Zen, Zen, Zen.

Zas, Zazen.

Fogonazo cuántico.

Padres y hermanos blancos

ingrávidos de espacio-tiempo resplandecen,

ella sigue, por sus estarme-decires,

viento que lleva

las hojitas hola-adioseras

son aplausivas a su paso,

ella entrelazada en sus aladas plantas,

entreabrazada a sus flores cósmicas.

Desde el estanque

libélulas amarillas,

libélulas rojas,

sobre lo verde:

mariposas azules.

Árbol-bosque, asiento de piedra,

presencia-ausencia,

soportales de energía

nos hablan y callan en calma.

Atrás lo resignado, lo trágico, lo vivido.

Árbol trampa,

rayo fatal sobre el pecho de la vida

que un dios terrible y absurdo

en su momento más duro

puso su dedo en la llaga.

Rotura de lunas, sangrar de espejos,

los cielos de Cantabria, borrachos de ganas,

lloran a los cedros del alma

la pérdida de padres,

la pérdida de hijos,

la pérdida de hermanos,

que no hay peor  lluvia que aquella

que nos estanca y ahoga,

ni mayor niebla que la niebla

interior del odio, del rencor y la ignorancia.

Adelante: lo mágico,

lo transcendido, lo vívido.

Árbol  lluvia, bruma que se levanta

desde charca oscura,

nenúfar,  como rayo de luna.

Ya en ciernes se cierne sobre la ciénaga …,

cual diamante rodeado de mierda,

el loto invicto del amor,

de la compasión y de la inteligencia.

Regocijo de soles, soledades de luna,

poesía que lleva al alma.

Pasada la onceava hora,

Carmen Estela se dirige

a la doceava  orativa de campana.

Hay un vaivén de hombro con hombro

de letanía en caravana.

De océano a puerto

acerca lejano y cercano,

un alumbrarse en cada sitio

y un sentido en cada cosa.

Crúzase con señora

que nunca devuelve el saludo.

Carmen Estela, huella que dona,

saluda siempre.

Así se reencamina

quien tan bien por dentro camina,

la otra muérdese herida y renca,

y así un día, y otro, y otro.

Zen, Zen, Zen.

Zas, zazen.

¡Ya saluda!,

cede y vence,

¡ya está en onda!,

ya se unen corazón y voluntad.

Regocijo de soles, soledades de luna,

poesía que lleva al alma.

Están a los fogones las dos

hermanas leonardas de cocina,

preparan menús de alcurnia

y supervivencia.

Enriqueta Angélica alquimia de consomés,

excelentes guisos y celestiales croquetas.

Carmen Estela postres de poesía, así cantan en su salsa

canciones de la verde infancia.

Ya estamos todos con todos

alrededor de la mesa,

siempre también sobremesa.

Y subimos a la galería

de todos los galeones

donde aún permanece

en el continuo del cuanto

aquella colmena de afaenadas abejas,

de espléndida miel,

aquel aroma inconfundible

y aquel billar de leyenda.

De entre todas las tertulias y gallineros

destacan: Domingo que hace un inciso

para defender al águila.

Ovidio que, espadachín,

asoma el violín llenándonos

de melodías de tango y pampa.

Magdalena que ríe abierta

ante un comentario

entre ingenuo y cierto de Cuquita.

También destacan

una guitarra, un arpa

y alguien que siempre canta.

Zen, Zen, Zen.

Zas, zazen.

Silencio, ¡alas!,

Carmen y Modesto declaman,

dos totales, dos fuerzas milenarias,

una de lunas y soles,

otra de soles y lunas,

sentimiento y carácter,

carácter y sentimiento,

se alternan, se complementan.

En oro se cierra la tarde en dorada galería,

plena de acecho y ensueño

en memoria de familia.

Del salón a la mesa camilla

las cosas y causas del alrededor de la vida.

Cae la noche, fuera, sobre postes de tiempo,

óxidas bombillas eléctricas pintan

la tierra de bilis y sombra

dando una vaga idea de camino.

Dentro, la vela de llama espectra

su sombra, voluble y abstracta, se proyecta

sobre la nuca de la conciencia.

Carmen Estela ora, cuenta, recita,

obra de Manuel Llano y propia.

Desde el bosque espectan hadas,

anjanas, trasgos, brujas y duendes.

Ya casi se vislumbran por escucharla

en la noche de grillo, cárabo y luciérnaga,

como ella misma

cargándose de día para encenderse de noche,

noche ya plena como pleno fue el día.

Carmen Estela se retira

al sueño de sus ensueños

ya abrazados ganancia y esfuerzo,

y un día más a Dios agradecida.

Ya sólo sonidos y ecos

de espíritu, madera y viento.

Zen, Zen, Zen.

Zas, zazen.

Silencio, silencio, … ,

resonar de silencios, leve clamor de onda.

Ya tintinea la noche,

ya se enciende la mañana.

Voces al viento:

Regocijo de soles, soledades de luna.

Carmen Estela

de mares, tierras y cielos,

tú eres poesía que lleva al alma.

¡Gracias!

¡Campana de alegría!

haberte conocido.

                                   Alejandro  Higueras de Vallejo.

15 de Agosto del 2008. Día de Asunción y Paloma.

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

5 pensamientos en “Homenaje a la poeta Carmen Stella de Vallejo

  1. Exquisita obra la de Carmen Stella. Al menos hemos podido conocerla gracias al libro que Mariano coordinó.

  2. tuve la suerte de ver esa maravillosa casa indiana y la verdad es tal y como se describe.

  3. En mi cabecera”Contraluz”, la antología poética de Carmen Stella, desde que Mariano me la regaló… Es este libro un homenaje constante que refluye, y hoy quiero abrir sus páginas a mi amigo, a su hermana Gracia y a sus hermosas familias para que les bendiga desde su origen esta paz luminosa, sus “Aguas mansas”…

    Con nuestro abrazo, el de todos tus amigos.

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