LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE

HILDE DOMIN. DIE HEILIGEN

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 Hilde Domin nació en Colonia en 1909. Hija de un abogado judío, estudió Derecho, Economía, Sociología y Filosofía en la ciudad de Heidelberg.  Huyendo de la barbarie nazi, abandonó Alemania en 1932, junto con el que después sería su marido, el escritor Walter Palm.

 El exilio les llevó primero a Estados Unidos, aunque más tarde se afincaron en la República Dominicana. En este país residió Domin durante más de veinte años, trabajando como profesora de alemán, traductora y fotógrafa de arquitectura. Su vocación y carrera son tardías, datan de 1951 y se iniciaron con algo más de 40 años, a raíz de la muerte de su madre

Como homenaje a su país de adopción, cambió su apellido de Palm por el de Domin, con el que logró reconocimiento internacional, expresado en múltiples condecoraciones y homenajes. Decía Domin que su domicilio era la palabra alemana; sólo o sobre todo por el idioma regresó a Alemania en 1961: “Me levanté y regresé a casa, a la palabra”.

Sobre su poesía señaló Reich-Ranicki, uno de los más importantes críticos literarios alemanes: “Su poesía siempre es contradicción y resistencia, examen y protesta, revisión y rebelión; oposición al destierro, resistencia frente a la deportación, rebelión contra el exilio y la marcha del mundo”.

Domin murió en Heidelberg, en febrero de 2006, a los 95 años de edad.

Die Heiligen

 (APFELBAUM UND OLIVE, 1955-57).

Die Heiligen in den Kapellen

Wollen begraben werden, ganz nackt,

In Särgen aus Kistenholz

Und wo niemand sie findet:

In einem Weizenfeld

Oder bei einem Apfelbaum

Dem sie blühen helfen

Als ein Krumen Erde.

Die reichen Gewänder, das Gold und die Perlen,

Alle Geschenke der fordernden Geber,

Lassen sie in den Sakristeien,

Das Los, das vertieren wird, unter dem Sockel.

Sie wollen ihre Schädel und Finger einsammeln

Und aus den Glaskästen nehmen

Und sie von den Papierrosen ohne Herbst

Und den gefassten Steinen

Zu den welken Blumenblättern bringen

Und zu den Kieseln am Fluss.

 

Sie verstehen zu leiden,

Das haben sie bewiesen.

Sie haben für einem Augenblick

Ihr eigenes Schwergewicht überwunden.

Das Leid trieb sie hoch,

Als ihr Herz den Körper verzehrte.

Sie stiegen wie Ballons, federleicht,

Und lagen in der Schwebe auf ihrem wehen Atem

Als sei er eine Pritsche.

Deshalb lächeln sie jetz,

Wenn sie an Feiertagen

Auf schweren geschmückten Podesten

Auf den Schultern von achtzig Gläubigen

(denen man das Brot zur Stärkung voranträgt)

in Baumhöhe durch die Strassen ziehn.

 

Doch sie sind müde

Auf den Podesten zu stehn

Und uns anzuhören.

Sie sind wund vom Willen zu helfen,

Wund, Rammbock vor dem Beter zu sein,

Der erschrickt

Wenn das Gebet ihm gewährt wird,

Weil Annehmen

So viel schwerer ist als Bitten

Und weil jeder die Gabe nur sieht

Die auf dem erwarteten Teller gereicht wird.

Weil jeder doch immer von Neuem

In den eigenen Schatten tritt,

Der ihn schmertzt.

Sie sehen den unsichtbaren Kreis

Um den Ziehbrunnen,

In dem wir uns drehn

Wie in einem Gefängnis.

Jeder will den Quell

In dem eigenen Gründstück,

Keiner mag in den Wald gehn.

Der Bruder wird nie

Das Feuer wie Abel richten

Und doch immer gekränkt sein.

 

Sie sehen und wieder und wieder

Aneinander vorbeigehn

Die Minute versäumend.

Wir halten die Augen gesenkt.

Wir hören den Ruf,

Aber wir heben sie nicht.

Erst danach.

Es macht müde zu sehn

Wie wir uns umdrehn

Und weinen.

Immer wieder

Uns umdrehn und weinen.

Und die Bitten zu hören

Um das gestern Gewährte.

Nachts wenn wir nicht schlafen können

In den Betten, in die wir uns legen..

Sie sind müde

Vikare des Unmöglichen auf Erden

Zu sein, des gestern Möglichen.

Sie möchten Brennholz

In einem Herfeuer sein

Und die Milch der Kinder wärmen

Wie der silberne Stamm einer Ulme.

 

Sie sind müde, aber sie bleiben,

Der Kinder wegen.

Sie behalten den goldenen Reif auf dem Kopf,

Den goldenen Reif,

Der wichtiger ist als die Milch..

Denn wir essen Brot,

Aber wir leben von Glanz.

Wenn die Lichter angehn

Vor dem Gold,

Zerlaufen die Herzen der Kinder

Und beginnen zu leuchten

Vor den Altären.

Und darum gehen sie nicht:

Damit es eine Tür gibt,

Eine schwere TÜr

Für Kinderhände,

Hinter der das Wunder

Angefasst werden Kann.

 

Los Santos

(MANZANO Y OLIVO, 1955-57).

 

Los Santos en sus capillas

Quieren ser enterrados completamente desnudos

En ataúdes de madera de caja,

Y donde nadie les encuentre:

En un campo de trigo

O junto a un manzano

Al que ayuden a florecer

Como un terrón.

Las ricas vestimentas, el oro y las perlas,

Todas las ofrendas de los donantes que claman,

Las depositan en las sacristías,

Y el billete de lotería, que no será premiado, bajo el zócalo.

Quieren reunir sus cráneos y dedos

Y sacarlos de las urnas de cristal,

Y a ellos, desde las rosas de papel sin otoño

Y las piedras engastadas,

Llevarlos junto a los marchitos pétalos de las flores

Y los guijarros del río.

Ellos entienden el sufrimiento,

Lo han probado.

Ellos, por un momento,

Han vencido su propio peso.

El dolor les elevó,

Cuando su corazón consumió su cuerpo.

Ascendieron como globos, ligeros cual pluma,

Y mantuvieron el equilibrio sobre su débil aliento

Como si fuera un camastro.

Por ello ahora ríen,

Cuando en los días de fiesta

Sobre pesados baldaquinos decorados

A hombros de ochenta creyentes

(a quienes se ofrece pan como tentempié)

a la altura de los árboles se les conduce por las calles.

Sin embargo están cansados

De permanecer en los baldaquinos

Y escucharnos.

Están heridos por el deseo de ayudar,

Heridos de ser el chivo expiatorio para el suplicante,

Que se espanta

Cuando su ruego es escuchado,

Porque aceptar

Es tanto más difícil que pedir

Y porque cada uno sólo ve el don

Que es servido en el plato esperado.

Porque, a pesar de todo, siempre cada uno ante lo nuevo

En la propia sombra penetra,

Que le aflige.

Ellos ven el círculo invisible

Alrededor del pozo

Al que damos vueltas

Como en una prisión.

Cada uno quiere la fuente

En su propio terreno,

Nadie desea ir al bosque.

El hermano nunca preparará

El fuego como Abel

Y aún así siempre enfermará.

Nos contemplan una y otra vez

Pasando uno tras otro

Malgastando los minutos.

Mantenemos los ojos bajos.

Escuchamos la llamada

Pero no los alzamos.

Sólo después.

Cansa ver

Cómo nos damos la vuelta

Y lloramos.

Una y otra vez

Nos giramos y lloramos.

Y [cansa] escuchar los ruegos

Por lo ayer concedido.

De noche, [cansa ver] cuando no podemos dormir

En las camas en las que nos acostamos.

Están cansados de ser

Vicarios de lo Imposible sobre la tierra,

De lo ayer posible.

Quisieran ser leña

En un hogar

Y calentar la leche de los niños

Como la plateada rama de un olmo.

Estan cansados, pero se quedan

Por los niños.

Conservan  sus diademas de oro en la cabeza,

La corona de oro

Que es más importante que la leche.

Porque nosotros comemos pan,

Pero vivimos del esplendor.

Cuando la luz se enciende

Ante el oro,

Se derriten los corazones de los niños

Y comienzan a brillar

Ante los altares.

Y por eso no se van:

Para que haya una puerta,

Una puerta pesada

Para las manos de los niños,

Tras la que lo maravilloso

Pueda ser aprehendido.

 

  Traducción de Marina Gurruchaga

MAISONTINE  1 (2008)

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Autor: latiendadelkirguise

Somos un grupo de amigos interesados en la actividad literaria y artística en general.

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