LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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ISLAS FLOTANTES ( anuncio exposición)

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ISLAS FLOTANTES. Laboratorio de papel

 

“Islas flotantes, Laboratorio de papel” es un proyecto de investigación/creación en colaboración con la Accademia di Belle Arti de Florencia (Cátedra de Escultura), la Accademia di Belle Arti di Palermo (Cátedra de Decoración) y la Facultad de Bellas Artes (Departamento de Escultura), surgido en un encuentro con Alessandra Porfidia en la exposición de la 3ª edición de Ikasart 2011 (Muestra Internacional de Arte Universitario).

 

Exposición organizada por la UPV/EHU, Facultad de Bellas Artes, Departamento de Escultura, marco Erasmus, en la Sala de Exposiciones Oteiza en el Bizkaia Aretoa, Paraninfo UPV/EHU, del 11 al 31 de octubre de 2013. Inauguración, el 11 de octubre a las 18:00 horas.

 

El proyecto Islas Flotantes ha sido llevado a cabo por los/as profesores/as Grazia D’Arpa, Encarna Cepedal, María Jesús Cueto, Iratxe Hernández Simal, Carlo Lauricella, Arianna Oddo, Alessandra Porfidia y Emilia Valenza, que han utilizado el papel como soporte y medio de creación en una búsqueda de sentido a distintos niveles. Este proyecto nació como una manera de intercambiar y aunar diferentes modos de abordar la investigación/creación de los/as profesores/as.

 

El proyecto Islas Flotantes también cuenta con una experiencia docente aplicada a un ejercicio de corta duración en los tres centros por algunas profesoras y a partir de uno de los temas de la asignatura experimental de carácter interdisciplinar, Laboratorio II (2011/2012).  En su momento fue seleccionado el tema de “La mirada del otro” y como propuesta metodológica experimental la creación de un Pop-Up a partir de utilizar los verbos: pensar, idear, crear, ver, mirar, contemplar, dibujar, cortar, doblar y encolar; como soporte, la cartulina blanca y negra con un formato de 30×30 (60×30). Se han seleccionado algunos de los trabajos realizados por los estudiantes y se ha confeccionado un libro.

 

“ISLAS FLOTANTES, Laboratorio de papel”, es una exposición que presenta diferentes maneras de afrontar la investigación/creación como lenguaje plástico, a partir de la utilización del papel como soporte y medio de representación, técnica, procedimiento ó recurso. En esta exposición se exhibirán instalaciones, dibujos, grabados en pulpa de papel, Pop-Up y libros de artista, así como acciones performativas en el acto inaugural.

 

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 Sala de Exposiciones Bizkaia Aretoa (Paraninfo UPV.) Avenida Abando Ibarra, 3 48009 Bibao

Del 11 al 31 de octubre 2013. Horario: Laborables, de lunes a viernes de 8:00 a 20:00

Inauguración viernes 11 de Octubre 18:00 horas.

 

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PENTA by Héctor Olíden

PENTA

Out of date, but loyal to his own time. At a certain moment, after all, every man chooses: will he go forward, will he go back?  John Le Carre, Tinker Taylor Soldier Spy

Una pareja de amantes se inventa la existencia de la esposa de él, jugando a creer que su felicidad no es completa.

Esto les enardece creyendo asediado su castillo: le dan un nombre, pintan las circunstancias de su vida, describen las pequeñas enfermedades

 de los hijos, sus problemas en el trabajo, los caracteres de la familia política. Con el tiempo la amada va observando

cómo el amado se vuelve taciturno y depresivo; ella, a su vez, adquiere unos terribles celos que alcanzan a irrumpir incluso

 en los momentos de mayor intimidad. Un dia la amada encuentra una carta de despedida: “lo siento, pero he encontrado en ella lo que andaba buscando”.

*

En una estación de esquí francesa de ínfima categoría se abre un restaurante de falso sabor español (“tapas”, “sangría” -por supuesto sin acento

en los paneles anunciadores del porche-, “tortilla”), regentado por una pareja tanto en lo comercial como en lo sentimental. Ella ha sido

 la tierna adolescente rubicunda, la más bella de su pueblo, hace ya tantos años… . No supo acertar, se ocupó de mil actividades,

tuvo decenas de amantes -a lo Holliday, a lo Delon, pero siempre remedos pseudorurales-. Él podría ser su hijo, o más bien su sobrino (quizás el mayor).

Ristras de luces de colores penden del techo sobre los manteles de cuadros de las mesas con bancos sin ocupar aún.

*

Nos encaminamos por la calle en corrientes de sol y viento hacia la casa de Leopoldo Panero. Nadie

se nos cruza; total olvido. Cables tendidos de lado a lado, gran portón descolgado; apenas

nos asomamos para ver la fuente -como un consciente atrezzo- con el amorcillo en metal verdoso, él sí,

no demasiado abandonado. La memoria de la madre y los hijos se lo ha llevado todo. La muerte de la madre,

la muerte del hijo, la locura del hijo, han reescrito, como una confabulación, la vida del padre.


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LADY MACBETH DEL DISTRITO DE MTZENSK. Ensayo de Nikolai Leskov. Traducción directa del ruso por Martín Gurruchaga.

 

LADY MACBETH DEL DISTRITO DE MTZENSK

Ensayo

       La traducción que presentamos es la primera que se vierte al castellano de manera integral a partir del texto de Leskov, publicado originariamente en 1865. La anterior traducción (S. Serra, editorial Bruguera, 1983), a pesar de su excelente calidad, versiona el texto original en diversos pasajes, restando belleza y dramatismo a esta historia que fue utilizada (variando notablemente el argumento de Leskov) por D. Shostacovich como libreto para la ópera del mismo nombre.

        En palabras del estudioso de este largo cuento, Archibald M. Young, su autor, admirador de los artículos sobre la sociedad y la función del arte de Tolstoi, compara a la heroína, Katherine (personaje real de un suceso que conmocionó a Rusia y que fue novelado por Leskov), con la Lady Macbeth de Shakespeare; resulta sin embargo también una versión criminal del ser “libre e independiente” de Tolstoi, quien a través de su apasionado amor por el vulgar delincuente Sergei Filipovich, refleja el interés de los autores rusos de la época por llevar las tragedias del dramaturgo inglés a la arena del debate sobre la especificad de su propia sociedad y caracteres.

        Esta traducción se publicó por vez primera en la revista Maisontine 3 (2008).

 

 

“Canta tras enardecerte tu primera canción

(Ármate antes de valor”)

 Refrán

 

Capítulo primero

 

        Algunas veces se dan en nuestros parajes tales caracte­res, que, por más años que pasen desde que uno se los encontró, a algunos de ellos jamás se les recuerda sin un estremecimiento del alma. A ese grupo pertenece la mujer   de comerciante Katerina L’vovna Izmailova, que otrora desempeñó un drama espantoso, tras el cual nuestros nobles, con motivo de algún comentario ligero empezaron a llamarla lady Macbeth del distrito de Mtzensk.

        Katerina L’vovna no nació una belleza, pero en su exterior era una mujer muy agradable. Le corría su vigésimo cuarto año de vida; era de una estatura no alta, pero esbelta, el cuello como esculpido en mármol, los hombros redondeados, el pecho firme, la nariz recta, fina, los ojos negros, vivos, blanca la alta frente, y los cabellos negros, negros hasta el azuleamiento. Se la dieron en matrimonio a nuestro comerciante Izmailov desde Tuskar, de la provincia de Kurs, pero no por amor o una cierta atracción, sino, sencillamente, porque Izmailov pidió su mano, y ella era una joven pobre, y no estaba en situación de seleccionar los novios. La casa de los Izmailov no era la última en nuestra ciudad: comerciaban con flor de harina, en el distrito regentaban un gran molino en arriendo, tenían una rentable huerta en el suburbio, y en la ciudad, una buena casa. Por lo general los comerciantes llevaban una vida desahogada. Su familia, por añadidura, era por demás pequeña: el padre del marido, Boris Timofyeich Izmailov, cercano ya a los ochenta años, viudo hacía tiempo; su hijo Zinovii Borisich, marido de Katerina L´vovna, un hombre también de unos cincuenta años y pico, y la misma Katerina L’vovna, y se acabó. Cinco años habían transcurrido desde que se casó, y Katerina L’vobna no tenía hijos. Zinovii Borisich tampoco tenía hijos de su primera mujer, con la que vivió veinte años, antes de que enviudara y se casara con Katerina L’vobna. El creía y esperaba que Dios le diera, aun­que fuera de un segundo matrimonio, el heredero de su nombre mer­cantil y de su capital; pero, una vez más, tampoco con Katerina L’vovna en eso tuvo fortuna.

         Esta ausencia de hijos afligió mucho a Zinovii Timofyeich, y el caso es que no sólo a Zinovii Borisich, sino también al anciano Boris Timofyeich, e incluso a Katerina L’vovna, resultaba esto sumamente doloroso. Si el tedio desmedido en la cerrada casa mercantil de alto vallado y perros de cadena sueltos inundaba a la joven esposa del comerciante de una tristeza rayana en el embrutecimiento, estaría contenta, bien sabe Dios lo contenta que estaría, de cuidar, a su hijito; pero había otra cosa, los reproches eran también lo que la tenían harta: “por qué y para qué se había casado; para qué había ligado ella, la estéril, su destino a un hombre, como si de verdad ella hubiera cometido algún crímen ante su marido, ante su suegro y ante toda su honrosa parente­la de comerciantes.

         Pese a toda holgura y regalo, la existencia de Katerina L’vov­na en la casa de su suegro era de un completo fastidio. Iba poco de visita, y además, si iba con su marido por razones de su profesión mercantil, tampoco le servia de disfrute. El pueblo era severo: se fijaban cómo se sentaba, cómo caminaba, cómo se levantaba, por su parte, el carácter de Katerina L’vovna era fogoso, y viviendo cuan­do joven en la pobreza, se había acostumbrado a la naturalidad y la libertad: podía ir corriendo con cántaros al río, y bañarse en camisa junto al desembarcadero o cubrir a través del portillo a un joven transeúnte con mondas de girasol; pero aquí todo era distin­to. El suegro y su marido se levantaban temprano, tomaban el té a las seis de la mañana, y después, a sus asuntos, mientras ella va­ga sola de alcoba en alcoba. Por todas partes está limpio, por to­das partes hay silencio y vacío, las lámparas brillan delante de las imágenes, y por ningún lugar de la casa se produce un sonido vivo o una voz humana.

         Recorre, recorre Katerina L’vovna las alcobas vacías, comien­za a bostezar de asco y trepa por la escalerilla a su dormitorio conyugal, construido en una pequeña buhardilla elevada. También allí pasa el tiempo, mira embobada de cuando en cuando cómo pesan el cáñamo en los graneros, o vierten la flor de harina,- otra vez bosteza, y se pone contenta: la siguiente horita se queda acurru­cada; pero se despierta – otra vez el mismo aburrimiento ruso, el aburrimiento de la casa mercantil por el que, dicen, uno alegre­mente se ahorcaría. No era Katerina L’vovna aficionada a leer; des­pués de todo, en su casa no había libros, salvo las vidas de los Padres de la Iglesia de Kiev.

         Aburrida vida llevaba Katerina L’vovna en la rica casa del suegro a lo largo de los cinco años enteros de su vida junto a su poco complaciente marido: pero, como suele suceder, nadie pres­tó a este aburrimiento una mínima atención.

 

Capítulo segundo

 

         A la sexta primavera del matrimonio de Katerina L’vovna, a los Izmailov se les rompió la presa del molino. En esa ocasión, como a propósito, se había dado mucho trabajo al molino, pero se produjo un inmenso cenagal: el agua salía bajo la viga inferior de la cubeta sin carga, y no se pudo atraparla con toda presteza. Zino­vii Borisich mandó llamar al molino a la gente de todo el entorno y él mismo permaneció allí sin ausentarse; el anciano llevaba los asuntos de la ciudad él solo, mientras Katerina L’vovna iba tiran­do completamente sola días enteros por casa. Al principio, sin el marido todavía le era más tedioso; pero entonces le pareció que era mejor: tenía más libertad para ella sola. Nunca sintió su co­razón especial apego hacia él, y sin él, por lo menos como único comandante sobre élla, lo sintió cada vez menos.

         Una vez se hallaba sentada Katerina L’vovna en su aposento en el mirador junto a la ventana, bostezo tras bostezo, sin pensar en nada definido, y acabó por sentir vergüenza de bostezar. Pero en el patio hacía un tiempo portentoso: estaba templado, luminoso, alegre, y a través del verde enrejado vegetal de la huerta se veía cómo revoloteaban diferentes pájaros de rama en rama por los árbo­les.

“¿Qué es eso de estar bostezando?- pensó Katerina L’vovna.­ Aunque sea voy a levantarme a pasearme por el patio o a darme una vuelta por la huerta”.

         Echó sobre sí Katerina L’vovna un viejo chaquetón de damasco y salió.

         Se respiraba en el patio un aire tan claro y penetrante, y en la galería junto a los graneros se producían risas tan alegres… – ¿A qué se debe que estéis tan contentos?,- preguntó Kateri­na L’vovna a los empleados del suegro.

         – Mire Ud., buena mujer Katerina Izmailovna, hemos pesado una cerda viva,- le respondió el empleado viejo.

         – ¿Qué cerda?

         – La cerda de Aksinia, porque ha parido al hijo Vasilii y no nos ha llamado al bautismo,- contaba descarada y alegremente un joven con un bello rostro insolente, enmarcado por unos rizos ne­gros como la pez y una barbita que apenas se abría paso.

De la panera harinera, suspendida del balancín de la báscula, asomaba en ese momento el gordo morro de la coloradota cocinera Aksinia.

         – Demonios, diablos mondos y lirondos, – juraba enfadada la cocinera, intentando agarrarse al balancín de hierro, y despegar­se de la panera que se balanceaba.

         – Ocho puds (16’5 kg.) se lleva a rastras antes de la comida, y se una canasta de heno, así que hacen falta pesas,- de nuevo ex­plicó el guapo mozo, y girando la panera, lanzó a la cocinera al saco plegado en el rincón.

La mujeruca, despotricando con gracejo, comenzó a arreglarse la ropa.

         – A ver, ¿cuántos habrá dentro de mí?- bromeó Katerina L’vov­na, y, agarrándose del cordel, se puso de pié sobre la tabla.

         – Tres puds y siete libras,- respondió el mismo guapo mozo Serguei poniendo pesas sobre el plato de la balanza.

         – ¡Admirable!

         – ¿De qué te admiras?

         – Pues de que se arrastren tres puds dentro de Usted, Kateri­na L’vovna. Hay que llevarla a Usted, pongo por caso, todo el día en brazos, y no te derrengas, sólo que lo sentirás para tí como un gusto.

         – ¿Qué pasa, no soy un ser humano, o qué? Seguro que también te cansas,- respondió, sonrojándose ligeramente Katerina L’vob­na, que había perdido la costumbre de tales pláticas, mientras sentía un repentino acceso del deseo de charlar y hablar por los codos con palabras alegres y guasonas.

         – ¡Ay, Dios mío! A la Arabia feliz la llevaría yo!- le con­testó Serguei a su observación.

         – Mal pones por caso, zagal,- dijo un hombruco que estaba almacenando.- ¿Qué peso es ése que hay en nosotros? ¿Acaso pesa nuestro cuerpo? Nuestro cuerpo, querido amigo, no significa nada para el peso: ¡la fuerza, la fuerza nuestra es la que tira; no el cuer­po!

         – Sí. Yo de niña era la mar de fuerte,- dijo de nuevo sin contenerse Katerina L’vovna.- Incluso no me vencía cualquier hombre.

         – Pues, venga, permítame la mano, a ver si esto es verdad,­ pidió el guapo mozo.

         Katerina L’vovna se apuró, pero tendió la mano.

         – ¡Uy, suelta el anillo, me haces daño!- chilló Katerina L’vovna, cuando Serguei apretaba en su mano la manita de aquélla, y con la mano libre le daba a él empujones en el pecho.

         El joven soltó la mano del ama, y debido al empujón de ella, salió rebotado dos pasos hacia un lado.

         – Mmm, sí, tienes que hacerte cargo de que es una mujer,- dijo admirado el hombruco.

         – Qué va, permítame que me agarre así, por los lados,- se dirigió a ella Ceryoga, desparramando los rizos.

         – Venga, agárrate,- respondió con regocijo Katerina L’vovna, y levantó al alto sus coditos.

         Sergei abrazó a la joven ama y apretó su pecho firme contra su camisola roja. Katerina L’vovna apenas podía agitar los hombros mientras Serguei la levantaba desde el suelo, la mantenía en sus brazos, la apretaba, y la hacía posarse suavemente sobre un rasero tumbado.

         Katerina L’vovna ni siquiera tuvo tiempo de disponer de su elogiada fuerza. Colorada como una amapola, se arregló, sentada sobre el rasero, el abrigo de piel que se le había resbalado de los hombros, y se marchó despacio del granero, al tiempo que Ser­guei carraspeaba de modo juvenil, y gritaba:

         – ¡Venga, vosotros, gaznápiros del Rey Celestial! ¡Arre, no bosteces, no te canses del rasero; como haya demasías de un vier­shol, sobrante nuestro!

         Como si no hubiera prestado atención a lo que hacía  bien  poco había ocurrido.

         -¡Le gustan las mozas a este maldito Cerioschka!- comentó la cocinera Aksinia, caminando cansina tras Katerina L’vovna.- El muy ladrón se las apañado en todo: en estatura, en cara, en guapeza. A la mujer que quiera, al momento él, el bribón, se la camela, y se la camela, y la lleva al pecado. Y qué inconstante, el muy bribón, inconstante y requeteinconstante!

    – Y tú,   Aksinia -dijo          la joven   ama,     que  iba de­lante de ella – ¿está vivo aquel crío tuyo?

         – Vivo, buena mujer, vivo, ¡qué le voy a hacer! Donde no le son necesarias a una, le están vivos!

         – ¿Y de dónde te salió?

-¡Uf!  Pues, un correcalles.Una vive entre la gente…Un co­rrecalles.

         – ¿Hace tiempo que el muchacho está entre nosotros? – ¿A quién te refieres? ¿A Serguei, o qué?

         – Sí.

         – Hará un mes. Antes trabajaba donde los Kopchónov. E1 hecho es que lo echó su amo. – Aksinia bajó la voz y añadió:- Cuentan que tenía tratos amorosos con la misma ama… Con que, ya ves, tres anatemas merece su alma, ¡qué descarado!

 

Capítulo tercero

 

         Un crepúsculo templado y lechoso se cernía sobre la ciudad. Zinovii Borisich todavía no había vuelto del molino. Tampoco esta­ba en casa el suegro Boris Timofieich: había ido a casa de un viejo amigo a festejar su santo, y hasta dió el recado de que no se le esperara a la cena. Katerina L’vovna por no tener nada que hacer tomó pronto la colación de noche, abrió el ventanuco de su alcoba en el piso alto, y apoyándose sobre una jamba, descascari­llaba pipas de girasol. El personal cenaba en la cocina y se des­parramó por el corral para ir a acostarse: quién bajo el coberti­zo, quién a los graneros, quién a los altos y perfumados pajares. Más tarde que todos salió de la cocina Serguei. Anduvo por el co­rral, dejó sueltos a los perros encadenados, se puso a silbar y, al pasar junto a la ventana de Katerina L’vovna, la miró y la sa­ludó inclinando el torso.

         – Hola,- le dijo desde su atalaya Katerina L’vovna, y enmude­ció el corral como un yermo.

         – ¡Señorita,- pronunció a los dos minutos alguien junto a la puerta cerrada de Katerina L’vovna.

         – ¿Quién es? – preguntó asustándose Katerina L’vovna.

         – Por favor, no se asuste: soy yo, Serguei,- respondió el jornalero.

         – ¿Qué necesitas, Serguei?

         – Tengo un asuntillo para Usted, Katerina L’vovna: quiero pe­dirle a su merced una pequeñez: permítame entre un momento. Katerina L’vobna dió vuelta a la llave y dejó entrar a Serguei.

         – He venido a su alcoba, Katerina L’vovna, para preguntarle si no tiene un librito cualquiera para leer. El aburrimiento vence con ganas.

         – Yo no tengo ningún librito, Serguei: no los leo,- respondió Katerina L´ vovna.

         – ¡Vaya aburrimiento!- se lamentó Serguei.

         – ¿Cómo es que te aburres?

         – Por favor, cómo no aburrirse: soy un hombre joven, vivimos como en un monasterio cualquiera, y por delante sólo ves que, qui­zás, tengo que perderme en esta soledad hasta la lápida sepulcral. – ¿por qué no te casas?

         – Eso es fácil de decir, señorita, ¡casarse! ¿Casarme con quién? Soy un hombre insignificante; la hija de un señor no va a casarse conmigo, y todas las que hay entre nosotros, Katerina L’vovbna, por la pobreza, Usted misma lo sabe, son la incultura misma. ¿Acaso pueden ellas hacerse una idea sobre el amor como se debe? Fíjese Usted qué diferente concepto tienen las ricas. Su caso, se puede decir, a cualquier otro hombre que se sintiera por tal, para él sería de puro consuelo, pero Usted ahora permanece entre ellos como un canario en la jaula.

         – Sí, me aburro,- se le escapó a Katerina L’vovna.

         – ¡Cómo no aburrirse, señorita, en semejante vida! Aunque tu­viera un amante aparte, como hacen todos los demás, verse con él sería también imposible.

    -Bueno, eso que dices … en absoluto está en eso el asunto. Mira, si diera a luz un crío para mí, me parece que con él estaría contenta.

         – Pero precisamente eso, permítame agregarle, señorita, pre­cisamente un crío también ocurre por algo, y no así por así. ¿Aca­so ahora, viviendo tantos años por casas de amos y mirando bien la clase de vida que llevan las mujeres entre los comerciantes, tam­poco nos enteramos?    Dice la copla: “sin un buen amigo, me embarga la pena y la tristeza”, y esa tristeza, le añado yo, Katerina L’vovna, a mi propio corazón, puedo afirmarlo, es tan palpable que me lo arrancaría de mi pecho con un cuchillo damasquinado, y se lo arrojaría a sus piececitos. Y sentiría más alivio, cién veces más alivio…

         La voz de Serguei temblaba.

         – ¿Qué es eso que me estás contando ahí de tu corazón? Eso no reza conmigo. Vete a tu cuarto…

         – No, permítame, señorita,- exclamó Serguei, estremeciéndose con todo su cuerpo y dando un paso hacia Katerina L’vovna. – Sé, lo veo, y hasta lo siento en alto grado y me doy cuenta que tam­poco Usted siente mayor alivio que yo en el mundo; sólo que ahora – ­exclamó con una aspiración,- ahora está esto en este instante en sus manos y en su poder.

         – ¿Tú a qué, a qué, a qué has venido a mi aposento? Me tiro por la ventana,- dijo Katerina L’vovna, sintiéndose bajo la fuerza insoportable de un pavor indescriptible, y se agarró con la mano al antepecho de la ventana.

         – ¡Tú eres mi vida incomparable! ¿Para qué tirarte?-susurró Serguei con desenfado, y arrancando a la joven ama de la ventana, la abrazó con fuerza.

         – ¡Ay, ay, suelta!,- gimió en voz baja Katerina L’vovna, flaqueando bajo los ardientes besos de Serguei, pero queriéndolo a media se iba apretando estrechamente contra su robusto talle.

         Serguei levantó al ama en brazos como a un chiquillo, y la llevó a un obscuro rincón.

         En la estancia se hizo el silencio, sólo roto por el tic-tac acompasado del reloj de su marido suspendido del cabecero de la cama de Katerina L’vovna; pero esto para nada era un estorbo.

         – Vete,- dijo Katerina L’vovna a la media hora, sin mirar a Serguei y arreglándose los cabellos despeinados bajo el pequeño espejo.

         – ¿Por qué me voy a ir de aquí ahora mismo?,- le respondió con voz contenta Serguei.

         – El suegro cierra con llave.

         – ¡Ay, alma, alma! Pero ¿de qué gente has aprendido esto de que el camino hacia la mujer sólo es por la puerta? Para mí, que venga a tí, o que me vaya de tí, da igual, por todas partes hay puertas, – respondió el joven, señalando a los postes que sostenían la galería.

 

Capítulo cuarto

 

         Zinovii Borisich hasta una semana llegó a estar ausente de casa, y toda esta semana su mujer se divirtió cada noche hasta la misma luz del día con Serguei.

         En aquellas noches, muchas cosas ocurrieron en el dormitorio de Zinovii Borisich y se bebieron vinillos de la bodega del suegro y se comieron dulces manjares y se besaron los labios de azúcar del ama, y se jugó con los negros rizos sobre la muelle almohada. Más no todo sendero va sobre manteles, también suele haber altiba­jos.

         Boris Timofieich no dormía: el viejo se puso a deambular con su abigarrada camisola de percal por la casa silenciosa: se acer­caba a una ventana, se acercaba a otra, mira, y por e1 poste deba­jo de la ventana de su nuera desciende quedo quedo la roja camisa del jóven Serguei. ¡Qué trance! Saltó Boris Timofieich y atrapó al joven por las piernas. Éste a punto estuvo de revolverse para asentarle la mano al amo en el papo con todo su fuerza, pero se detuvo pensando que se produciría ruido.

         – Di,- dice Boris Timofieich,- dónde has estado, semejante ladrón?

         – Pues donde he estado, -dice él,- allí, Boris Timofieich, señor, ya no estoy- respondió Serguei.

         – ¿Has pasado la noche con la nuera?

         – Sobre eso, amo, sé dónde he pasado la noche. Pero tú, atiende, Boris Timofieich, escucha mis palabras: lo que ha ocurri­do, padre, eso no tiene vuelta atrás- Al menos no pongas la ver­güenza sobre tu casa de comerciante. Dí, ¿qué quieres ahora de mí? ¿Deseas una satisfacción?

    – Deseo atizarte, áspid, quinientos latigazos,- respondió Bo­ris Timofieich.      

         – La culpa es mía, y esa, tu voluntad,- consintió el jóven.­ Dí a dónde ir detrás de tí, y consuélate, bebe mi sangre.

         Boris Timofieich condujo a Serguei hasta su propio cuartito trastero de piedra, y lo azotó con el látigo de cuero, hasta que­darse sin fuerzas; Serguei no exhaló ni un gemido, pero a cambio mordía con los dientes la mitad de la manga de su camisa.

         Boris Timofieich arrojó en la despensa a Serguei hasta que cicatrizara la espalda convertida a golpes en un puchero; metió para él un jarro de barro con agua, lo candó con un gran cerrojo y mandó llamar al hijo.

         Pero, aún ahora, no se recorren tan a prisa cien verstas en Rusia por caminos vecinales, pero a Katerina L’vovna, sin Serguei, le resultaba ya insoportable vivir siquiera una hora más. De pron­to se había abierto ella de par en par a toda la amplitud de su naturaleza despertada, y se había hecho tan resuelta que era impo­sible detenerla. Supo por oídas dónde estaba Serguei, habló con él a través de la puerta verja de hierro y se lanzó a buscar las llaves. Se dirigió al suegro. “Suelta a Serguei, papaíto”.

El viejo se puso verde de cólera. En modo alguno esperaba insolencia tan descarada de una nuera pecadora, aunque siempre dócil hasta entonces.­

         – Pues donde he estado, -dice él,- allí, Boris Timofieich, señor, ya no estoy- respondió Serguei.

         – ¿Has pasado la noche con la nuera?

         – Sobre eso, amo, sé dónde he pasado la noche. Pero tú, atiende, Boris Timofieich, escucha mis palabras: lo que ha ocurri­do, padre, eso no tiene vuelta atrás- Al menos no pongas la ver­güenza sobre tu casa de comerciante. Dí, ¿qué quieres ahora de mí? ¿Deseas una satisfacción?

    – Deseo atizarte, áspid, quinientos latigazos,- respondió Bo­ris Timofieich.      

         – La culpa es mía, y esa, tu voluntad,- consintió el jóven.­ Dí a dónde ir detrás de tí, y consuélate, bebe mi sangre.

         Boris Timofieich condujo a Serguei hasta su propio cuartito trastero de piedra, y lo azotó con el látigo de cuero, hasta que­darse sin fuerzas; Serguei no exhaló ni un gemido, pero a cambio mordía con los dientes la mitad de la manga de su camisa.

         Boris Timofieich arrojó en la despensa a Serguei hasta que cicatrizara la espalda convertida a golpes en un puchero; metió para él un jarro de barro con agua, lo candó con un gran cerrojo y mandó llamar al hijo.

         Pero, aún ahora, no se recorren tan a prisa cien verstas en Rusia por caminos vecinales, pero a Katerina L’vovna, sin Serguei, le resultaba ya insoportable vivir siquiera una hora más. De pron­to se había abierto ella de par en par a toda la amplitud de su naturaleza despertada, y se había hecho tan resuelta que era impo­sible detenerla. Supo por oídas dónde estaba Serguei, habló con él a través de la puerta verja de hierro y se lanzó a buscar las llaves. Se dirigió al suegro. “Suelta a Serguei, papaíto”.

El viejo se puso verde de cólera. En modo alguno esperaba insolencia tan descarada de una nuera pecadora, aunque siempre dócil hasta entonces.­

         – Lo que tú eres es eso, una tal y una cual y …- comenzó él la serie de oprobios.

         – Suéltalo,- dice ella,- te aseguro por mi conciencia que no ha habido nada malo entre nosotros.

         – ¡Que no ha habido, dice, nada de malo!- y a él mismo le rechinaban los dientes.- ¿Y en qué os ocupábais allí tú y él por las noches? ¿Mullíais las almohadas del marido?

         Pero élla seguía erre que erre con lo suyo: suéltalo, anda, suéltalo.

         – Y si fuera así,- dice Boris Timofieich,- mira 1o que te es­pera: tu marido va a llegar, con nuestras propias manos a tí, es­posa honesta, te vamos a despellejar en la caballeriza, y a él, el muy canalla, mañana lo encamino al presidio.

         A ello se resolvió Boris Timofieich: sólo que esa resolución suya no se cumplió.

 

Capítulo quinto

 

         Por la noche Boris Timofieich comió setas y una papilla, y comenzó a tener ardor de estómago; de repente sintió que le aga­rraba en el hueco estomacal; se suscitaron vómitos espantosos, y a la mañana siguiente murió, y justamente de la manera como morían en sus henares las ratas, para las que Katerina L’vovna preparaba con sus propias manos una comida especial con un peligroso polvi­llo blanco encomendado a su custodia.

         Katerina L’vovna libró a su Serguei de la despensa de piedra del viejo, y, sin ningún bochorno por las miradas de la gente, lo acostó en la cama del marido para que reposara de la tunda del suegro; entretanto, al suegro, Boris Timofieich, Sin elevarse sospecha alguna lo enterraron según la ley cristiana. A nadie le re­sultó un hecho extraordinario ni se le pasó por la cabeza: Boris Timofieich se había muerto, sí, había muerto tras comer setas, como muchos, al comerlas, mueren. Enterraron a Boris Timofieich aprisa, incluso sin aguardar a su hijo, porque en el corral hacía un tiempo caluroso, y el enviado no había encontrado a Zinovii Bo­risich en el molino. Casualmente le había salido un bosque a cien verstas de allí barato: fue a mirarlo y de camino no había comunicado a nadie a dónde iba.

         Tras arreglárselas con este asunto, Katerina L’vovna se desa­tó ya por completo. Ella era una mujer de armas tomar, pero tampo­co podía adivinarse qué era lo que tramaba: caminaba dándose to­no, a todos daba órdenes por el corral, pero a Serguei no soltaba de su lado. Empezó a encontrarse extraño esto por el corral, pero Katerina L’vovna supo ganarse a cada uno con su mano dadivosa, y de repente se esfumó toda esta extrañeza. “E1 ama tiene un enredo con Serguei,- daban en el clavo- no hacen otra cosa. Pretende que es un asunto de ella, de ella será también la respuesta”.

         Por aquel tiempo Serguei se recobró, el joven volvió a mante­nerse derecho a lo mozo, empezó a caminar como un avispado gavilán en torno a Katerina L’vovna, y otra vez cayó sobre ellos de nuevo la convivencia idolatrada. Pero el tiempo se deslizaba no sólo para ellos; también se apresuraba por llegar a casa tras la larga separación el ofendido marido Zinovii Borisich.

 

Capítulo sexto

 

         Después de la comida había en el corral un calor infernal y la ágil mosca molestaba insoportablemente. Katerina L’vovna cerró la ventana del dormitorio con las contraventanas y hasta la cubrió desde dentro con un chal de lana, y después se acostó con Serguei en la alta cama de comerciante para descansar. Katerina L’vobna dormía y no dormía, sólo se siente como a remojo, tal es el sudor que le baña el rostro, y su respiración se torna ardiente y gravo­sa. Siente Katerina L’vobna que ya era hora de despertarse, de ir al jardín a tomar el té, pero en modo alguno podía levantarse. Por fín se acercó la cocinera y golpeó en la puerta: “El samovar hier­ve que atruena bajo el manzano”, dice. Katerina L’vobna dió una sacudida la fuerza, y acarició al gato. Un gato terceaba entre ella y Serguei, soberbio, gris, crecido y gordinflón… los bigo­tes como los del capataz censitario. Katerina L’vobna se puso a remover entre su sedoso pelaje, mientras él se desliza hacia élla con su hocico: el chato morro se mete en su pecho elástico, y en­tona esa canción tan mansa, como si le hablara a élla de amor. “¿Y por qué se ha metido aquí este gatito?- piensa Katerina L’vobna – Yo había puesto unas natas ahí, en la ventana: y el muy bribón sin pensárselo me las va a zampar. Hay que echarlo”, decidió élla, y quiso agarrar al gato y arrojarlo fuera, pero él, como la bruma, pasó entre sus dedos. “¿Pero de dónde se ha colado este gato entre nosotros?”, reflexiona Katerina L’vobna adormilada. “Nunca hubo en nuestro dormitorio ningún gato, ¡y menudo gato se ha metido de ron­dón!”. Quiso ella volver a coger el gato, y él que nones. “¿Pero qué pasa aquí? Ya basta; ¿es o no es un gato?”, pensó Katerina L’vobna. El estupor hizo presa súbitamente de ella, y se liberó por completo del sueño y la somnolencia. Katerina L’vobna paseó la mirada por la mansarda: ningún gato había allí, sólo el guapo Ser guei seguía acostado allí, y con su mano fornida arrimaba el pecho de ella a su rostro ardoroso.

         Katerina L’vobna se levantó, se sentó en la cama, besaba, be­saba a Serguei, lo acariciaba, lo acariciaba, arregló el edredón arrugado, y se dirigió al jardín al tomar el té; el sol había ya descendido por completo, y sobre la tierra intensamente recalenta­da se deslizaba una noche extraña, de embrujo.

        – Me he quedado dormida,- dijo a Aksinia Katerina L’vobna, y fue a sentarse sobre la estera bajo el florido manzano para tomar el té.- Y ¿qué significa esto, Aksiniushka?- probó a preguntar a la cocinera, frotando el platito con la servilleta del té.

        – ¿Qué, madrecita?

        – Que no ha sido en sueños, sino despierta del todo, un gato se me ha metido en mi cuarto.

        – ¿Es lo que dices?

        – Justo, se metió un gato.

        Katerina L’vobna le contó cómo se deslizó en su cuarto el ga­to.

        – ¿Y a qué venía que lo acariciaras?

        – ¡Vete tú a saber! Yo misma no sé por qué lo acaricié.

        – Extraño, la verdad, – exclamó la cocinera.

        – Yo misma no puedo salir de mi asombro.

        – Eso sin más tiene todos los visos de que alguien se te va a presentar, ¿no?, o que algo parecido va a ocurrir.

        – ¿Y qué, precisamente?

        – Qué precisamente, querida amiga, nadie puede explicártelo qué precisamente, sino sólo que ocurrirá algo.

        – Yo no dejaba de ver a la luna en sueños, pero a última hora este gato,- prosiguió Katerina L’vobna.

        – La luna, eso es una criatura – Katerina L’ovbna enrojeció.

        -¿No habría que mandar venir aquí ante tu merced a Serguei?­- Tentó a proponer Aksinia, tras ganarse el puesto de confidente.

        – Pues, vaya- respondió Katerina L’vobna- es verdad, prueba a mandarlo venir: lo voy a hartar ahí de té.

        – Eso es, voy a decir que se le haga venir,- decidió Aksinia, y marchó balanceándose como un pato hacia el portillo del jardín.

        Katerina L’vobna le contó también a Serguei lo del gato.

        -Pura fantasía- respondió Serguei.

        – ¿Por qué, Serioscha, antes no ocurría esa fantasía?

        -¿Qué importa que antes no ocurriera? Antes ocurría que sólo te miraba con el ojillo y me consumía; pero ahora, ¡fíjate! Poseo todo tu blanco cuerpo.

        Serguei abrazó a Katerina L’vobna, la hizo girar en el aire, y bromeando, la tiró sobre la afelpada alfombra.

        – ¡Uf!, me ha dado vueltas la cabeza,- exclamó Katerina L’vobna,- ¡Serioscha!, ven aquí, siéntate ahí al lado- le llamó ella, zalamera y estirándose con sensual pose.

        El jóven, agachándose, pasó debajo del bajo manzano, cubierto de flores blancas, y se sentó sobre la alfombra a los pies de Ka­terina L’vobna.

        – ¿Entonces, te consumías por mí, Serioscha? –      

– ¿Cómo no consumirme?

        – ¿Cómo te consumías? Háblame de eso.

        – ¿Y cómo te voy a hablar de eso? ¿Acaso se puede explicar eso, cómo te consumes? Tenía tristeza.

        – ¿Por qué entonces, Serioscha, yo no lo sentía, que te mo­rías de pena por mí? Dicen que eso se siente.

        Serguei calló.

        – ¿Y para qué cantabas canciones, si tenias añoranza de mí? ¿Qué dices a eso? Que yo bien que te oía, no te apures, cuando cantabas en la galería,- prosiguió en su interrogatorio halagándo­lo.

        – ¿Qué es eso de que cantara canciones? Ahí fuera el mosquito se pasa la vida cantando, y no precisamente- de contento,- respon­dio

dió con sequedad Serguei.

         Surgió una pausa. Katerina L’vobna estaba henchida del entu­siasmo más sublime por estas confesiones de Serguei.

         Le entraron ganos de hablar, pero Serguei tenía el ceño frun­cido y callaba.

         – ¡Contempla este paraíso, Serioscha, qué paraíso! – exclamó Katerina L’vobna mirando a través de las espesas ramas del florido manzano el límpido cielo azul, en el que estaba una luna llena apacible.

         La luz de la luna abriéndose paso por entre las hojas y las flores del manzano, se dispersaba con las más brillantes y capri­chosas manchas por la cara y toda la figura de Katerina L’vobna tendida boca arriba; el aire estaba tranquilo; tan sólo una ligera brisa tibia apenas meneaba las hojas somnolientas, y esparcía el fino aroma de las hierbas y árboles en floración. Se respiraba algo torturador que disponía a la indolencia, a la sensualidad y a los deseos obscuros.

         Katerina L’vobna, sin recibir respuesta, calló de nuevo, y continuó mirando al cielo por entre las flores de un rosa pálido del manzano. Serguei también callaba; sólo que a él no le entrete­nía el cielo. Abarcando con los dos brazos sus rodillas, concentró la mirada en sus botas.

         ¡Noche de oro! Silencio, luz, aroma y calor vivificante y be­néfico. En lontananza, allende la quebrada, detrás del jardín, al­quien entonaba una canción resonante; a los pies de la cerca en el espeso alisal. Cantaba y aturdía con voz bronca el ruiseñor: una somnolienta codorniz comenzaba a delirar en la jaula sobre una al­ta pértiga, y el carnoso caballo resollaba mustio tras la paredilla de la caballeriza, mientras una alegre manada de perros reco­rría sin ruido alguno la mies al otro lado de la cerca del jar­dín y desapareció en la borrosa, negra penumbra de los almacenes de la sal, vetustos y medio desvencijados.

         Katerina L’vobna se incorporó sobre los codos, y se puso a mirar la alta hierba del jardín; y la hierba jugaba con el brillo de la luna, que se fragmentaba sobre las flores y las hojas de los árboles. A toda ella doraban estas antojadizas manchas luminosas y, o bien pasan raudas sobre ella, o bien se estremecen, como ági­les mariposas de fuego o como si ya toda la hierba bajo los árbo­les formara una red lunar que fuera de parte a parte.

         – ¡Ah, Serioscha, qué delicia!, – exclamó, mirando a su alre­dedor Katerina L´vobna.

         Serguei movió los ojos con indiferencia.

         – ¿Qué te pasa, Serioscha, que estás tan descontento? ¿0 te ya fastidia mi amor?

         – ¿A qué viene decir tonterías?- respondió secamente Ser­guei, y, agachándose, besó con indolencia a Katerina L’vobna.

         – Eres un infiel, Serioscha,- dijo con celos Katerina L’vob­na – un inconstante.

         – No me hago cargo de estas palabras – respondió con tono so­segado Serguei.

         -¿Por qué entonces me besas así?

         Serguei se calló por completo.

         – Eso sólo lo hacen los maridos con sus esposas,- prosiguió Katerina L’vobna, jugando con sus rizos – así se sacuden el uno al otro el polvo de los labios. Tú bésame a mí de tal modo que desde este manzano que hay sobre nosotros, la flor tierna caiga al sue­lo. Mira, así, mira – susurró Katerina L’vobna enroscándose a su amante y besándolo con un arrobamiento apasionado.

         – Escucha, Serioscha, lo que voy a decirte,- comenzó Katerina L’vobna al cabo de un breve rato- ¿de qué procede éso de que to­dos

digan de tí, en una palabra, que eres un infiel?

         – ¿Quién tiene ganas de chismorrear eso de mí?

         – La gente lo dice.

         – Tal vez, cuando las traicioné, no merecían en absoluto la pena.

         – ¿Y para qué te enredaste, tonto, con quien no merecía la pena? No hay que tener amores con quien no merece la pena.

         – ¡Di eso tú! ¿Acaso este asunto se hace también por refle­xión? Una tentación surte su efecto. Tratas con ella con toda sencillez, sin ninguna de estas intenciones faltas a tu mandamiento y ya ella se te cuelga del cuello. ¡Ahí tienes el amor!

         – ¡Escucha, Serioscha! Yo ahí, de cómo han sido los demás, yo no sé nada de eso, y ni quiero saberlo; sino sólo cómo me sedujis­te para este amor nuestro de ahora, y tú mismo sabes que fui a él por mi gusto tanto como tú con tu astucia, de manera que si tú, Serioscha, me eres infiel, si por cualquiera, o por cualquier otra sea la que sea me cambias, yo de ti, amigo mío del alma, discúlpa­me, no me separo viva.

         Serguei recobró el ánimo.

         – ¡Pero, Katerina L’vobna, lucero mío!- comenzó a decir él. ­Mira tú misma cuál es nuestro asunto. Tú hace poco notaste que estaba pensativo, pero no te das cuenta cómo no puedo por menos que estar pensativo. Posiblemente mi corazón entero se ha ido a pique entre sangre cuajada.

         – Di, di, Serioscha, tu pena.

         – ¿De qué sirve hablar de éllo?. Fíjate, pronto, antes de nada, el Señor me bendiga, llegará tu marido, y tú, Serguei Filipich, ¡largo! márchate al corral trasero con los músicos y mira desde el cobertizo, cómo luce la lamparita en el dormitorio de Katerina L’vovna, y cómo le mulle la camita de plumón, y cómo se acuesta para dormir con su legítimo Zinovii Borisich.

         – ¡Eso no ocurrirá!- dijo despacio Katerina L’vobna, y sacu­dió la mano.

         – ¡Cómo no va a ocurrir! Yo sí que comprendo, que, sin nece­sidad de esto, a usted le es imposible.

         – ¡Bueno, ya! Basta de que sigas hablando sobre ello.

         A Katerina L’vobna le resultó agradable esta expresión de ce­los por parte de Serguei, y, sonriendo, se entregó de nuevo a sus besos.

         – Recapitulando,- prosiguió Serguei, liberando suavemente su cabeza de los brazos de Katerina L’vobna, desnudos hasta los hom­bros,- recapitulando hay que decir que mi condición, la más baja, también obliga, tal vez, a reflexionar no una vez ni diez veces de una manera y de la contraria. Yo, es un decir, de ser igual que usted, de ser un señor o un comerciante, estaría con usted, Katerina L’vobna, y no me separaría en toda mi vida. Pues bien, juzgue us­ted por sí misma, ¿qué clase de hombre hay ante usted? Al ver aho­ra cómo la cogen de las blancas manitas y la conducen a la alcoba, debo aguantar todo esto en mi corazón, y, quizás por esto, con­vertirme incluso, para mis adentros, de por vida en un hombre des­preciable. ¡Katerina L’vobna! Yo realmente no soy como los demás, a los que todo les da igual, con tal de recibir placer de la mu­jer. Yo siento cómo es el amor y de qué forma me chupa el corazón como una negra culebra…

         – ¿Qué necesidad tienes de darme semejantes explicaciones?- Le interrumpió Katerina L’vobna.

         Le dió lástima de Serguei.

         – ¡Katerina L’vobna! ¿Cómo no dar explicaciones de esto? ¿Có­mo no dar explicaciones? Cuando, tal vez, ya todo se le haya des­velado y detalladamente anotado, cuando, tal vez, no sólo para una larga separación, sino, a partir de mañana mismo, de Serguei no quede aquí ni las huellas en el corral.

         – ¡No, no, y no hables de eso, Serioscha! Por nada del mundo ocurrirá eso, que me quede sin tí! – No dejaba de apaciguarlo Kate­rina L’vobna con las mismas caricias.- Si el asunto llevara esos derroteros, él o yo no debemos seguir vivos, pero tú vas a estar conmigo.

         – ¡Eso no puede darse de ninguna de las maneras, Katerina L’vobna!- respondió Serguei mientras mecía su cabeza con tristeza y pesadumbre.- Yo no estoy contento de mi vida por este amor. Si amara aquello que no vale más que yo mismo, estaría satisfecho con ello. ¿Debo continuar teniéndoos conmigo en el amor? ¿Es esto acaso para usted algo respetable, ser una querida? Me gustaría ser para usted el esposo ante el santo templo eterno: así entonces, aunque siempre me considerara inferior a usted, no obstante podría al menos actuar en todo a las claras, en tanto voy mereciéndome junto a mi esposa mi respeto hacia ella…

         Katerina L´vobna estaba abrumada por estas palabras de Ser­guei, por sus celos, por su deseo de casarse con ella, – un deseo, siempre grato a la mujer, aunque su relación con el hombre sea la más exigua antes de la boda -. Por Serguei Katerina L’vobna estaba ahora dispuesta a1 fuego, al agua, a la mazmorra, a la cruz. En su interior estaba tan enamorada de él, que no había ningún límite en su entrega a él. Habrá perdido la cabeza de felicidad; su sangre bullía, y ya no pudo escuchar más. Apretó velozmente los labios de Serguei con la palma de su mano y pegando su cabeza al pecho de él dijo:

         – Bien, yo ya sé cómo hacer de ti un comerciante, y voy a vi­vir contigo por completo como es menester. Tú sólo no te apures por mí en vano, mientras no nos llegue nuestro asunto.

         Y se sucedieron de nuevos los besos y las caricias.

         Al viejo criado que dormía en el cobertizo se le hizo audible en el silencio de la noche a través de su pesado sueño, ya el cu­chicheo acompañado de risas en voz baja, como cuando los traviesos rapaces deliberan cómo reírse con más maldad de los viejos car­camales, ya la carcajada alegre y resonante, como si las ondinas del lago le hicieran a alguien cosquillas. A todos estos retozos y juegos se entregaba Katerina L’vobna con su joven criado marital, rociándose con la luz de la luna y rodando por la mullida alfom­bra. Sobre ellos se desprendió, sí, se desprendió desde el florido manzano la tierna flor blanca, y dejó de desprenderse. Entretanto, transcurría la corta noche estival, la luna se escondía tras la empinada techumbre de los altos graneros, y miraba de soslayo la tierra con luz cada vez más apagada; desde la techumbre de la co­cina restalló un penetrante dúo gatuno; después se oyeron un sali­zazo, un bufido airado, y a continuación de ellos dos o tres ga­tos, precipitándose, rodaban con estruendo por un haz de listones arrimado a la techumbre.

         – Vamos a dormir- dijo lentamente Katerina L’vobna, como he­cha trizas, levantándose de la alfombra, y de la traza como estaba tendida, con sólo una camisa y en saya blanca, así fue recorriendo el silencioso, el mortalmente silencioso corral de comerciante, mientras en pos de ella llevaba Serguei la alfombra y la blusa que se había quitado ella en el fragor de las travesuras.

 

Capítulo séptimo

 

         No había hecho más que apagar Katerina L’vobna la candela y tenderse sobre el blando colchón de plumón completamente desvesti­da, cuando el sueño embozó su cabeza. Katerina, tras hartarse de retozar y desfogarse, se quedó tan profundamente dormida que se le durmieron también las piernas y los brazos; pero de nuevo oye por entre el suelo como si de nuevo se abriera la puerta y cayera so­bre la cama con un pesado salto de flanco el gato de hacía poco.

         – ¿Pero qué clase de castigo tengo efectivamente con este ga­to?- reflexiona exhausta Katerina L’vobna.- Como adrede he candado con llave yo con mis propias manos la puerta, la ventana está ce­rrada, y ahí está otra vez. Ahora mismo lo echo-. Decidió Katerina L’vobna levantarse, pero los somnolientos brazos y piernas no le rendían ningún servicio: el gato pasó por toda ella y rezongaba de modo tan extraño que parecía articular palabras humanas. Katerina L’vobna sintió por toda ella hormiguillo.

         – No,- piensa élla- no hay más que hablar; mañana sin falta hay que tomar agua bendita para la cama, porque este extrañísimo gato se ha acostumbrado a venir a mí.

         Pero el gato volvió a rezongar con ronroneos al oído, se pe­gó a élla con el morro, y empezó a decir: “¡Cómo que soy,- dice- ­un gato! Razonas con mucha inteligencia eso de que no soy un gato, Katerina L’vobna, sino el ilustre comerciante Boris Timofieich, sólo que ahora me he hecho molesto por habérseme reventado por dentro las tripas a causa del convite con que me agasajó mi nuera. Por eso,- ronronea- todo yo he decrecido, y me muestro como un gato ante quien escasamente comprende qué soy yo realmente. Pues bien, ¿qué tal te va ahora entre nosotros, Katerina L’vobna? ¿Qué tal cumples tu compromiso legal con exactitud? He venido a propó­sito del cementerio para observar cómo tú y Serguei Filipich calentáis la cama marital. Ronronear es lo que hago; la verdad es que no veo nada. No tengas miedo de mí: ya ves, se me han caído los ojos a causa de tu convite. ¡Mírame, amiguita, a los ojos; no te­mas!”.

         Katerina L’vobna miró y se puso a gritar hasta desgañitarse.

         Otra vez estaba el gato entre ella y Serguei; pero la cabeza de aquel gato era la de Boris Timofieich en todo su tamaño, como la que tenía el difunto, ¡y en lugar de ojos unos discos de fuego gi­raban y giraban a distintos lados!

Serguei se despertó, tranquilizó a Katerina L’vobna, y se quedó otra vez dormido; pero a ella se le pasó el sueño, y para bien.

         Estaba ella tendida con los ojos abiertos, y de pronto oyó como que alguien en el corral franqueaba el portón. Parecía como que los perros se echaban a correr, y se apaciguaban,- debieron de acariciarlos-. Pasó un minuto más, y sonó de golpe la cancela de hierro, y se abrió la puerta. “O ésto son aprehensiones mías, o es mi Zinovii Borisich el que ha vuelto, porque la puerta ha sido abierta con la llave de repuesto”- pensó Katerina L’vobna, y dió precipitadamente un codazo a Serguei.

         – Escucha, Serioscha – dijo ella, se incorporó sobre los co­dos y aguzó el oído.

         Por la escalera, quedamente, moviendo con cuidado un pié tras otro, alguien realmente se acercaba a la puerta candada del dormitorio.

         Katerina L’vobna dio rápidamente un salto de la cama sólo con camisola, y abrió la ventana. Serguei en el mismo instante dio descalzo un salto a la galería y ciñó con las piernas el poste por el que más de una vez había descendido del dormitorios del ama.

         – No, no es necesario, no es necesario! Agazápate ahí… no te vayas lejos- susurraba Katerina L’vobna y le tiró por la ventana a Serguei su ropa y su calzado, mientras ella misma se escondía de nuevo bajo el edredón, y aguardaba.

         Serguei hizo caso a Katerina L’vobna; no se meneó poste abajo, sino que se cobijó bajo el líber de la galería.

         Katerina L’vobna oía al mismo tiempo cómo se aproximaba su marido a la puerta, y conteniendo la respiración, se puso a la es­cucha. Hasta oía con qué aceleración le latía su corazón celoso; pero no es la lástima, sino una risa maligna la que arrebata a Ka­terina L’vobna.

         “Averigua lo de ayer”- pensaba para sí, sonriendo y respi­rando como un pequeñuelo inocente.

         Esto se prolongó durante diez minutos: pero, por fin, Zino­vii Borisich se hastió de estar plantado tras la puerta y de escu­char cómo dormía su esposa: llamó a la puerta.

         – ¿Quién está ahí?,- contestó Katerina L’vobna no del todo aprisa y con voz somnolienta.

         – Soy yo- respondió Zinovii Borisich.

         – ¿Eres tú, Zinovii Borisich?

         – ¡Claro que soy yo! ¡Como si no oyeras!

         Katerina L’vobna saltó tal y como estaba acostada, sólo con la camisa, dejó pasar a su marido a la mansarda, y se zambulló de nuevo en la cama caliente.

         – Antes de las albas hace algo de frío- dijo embozándose con el edredón.

         Zinovii Borisich entró mirando a su alrededor, hizo los re­zos, encendió la candela y lanzó otra ojeada en su derredor.

         – ¿Qué tal te va?- preguntó a su esposa.

         – Nada de particular- respondió Katerina L’vobna, e incorpo­rándose, comenzó a ponerse la blusa de percal sin broches.

         – ¿Pongo el samovar? -preguntó ella.

         – No importa, da una voz a Aksinia, que lo ponga ella.     Katerina L’vobna logró dar a pié desnudo con las chancletas y salió corriendo. A la media todavía no estaba de vuelta. Durante ese mismo tiempo ella en persona había avivado soplando el samovar

         y discretamente había ido volando donde estaba Serguei en la galería.

         – Siéntate aquí- le murmuró ella.

         – ¿Hasta cuándo tengo que estar sentado?- preguntó Serioschka con igual murmullo.

     – ¡Ay, pero qué bobalicón eres! Siéntate hasta que yo te diga. Y la misma Katerina L’vobna lo hizo sentar en el sitio ante­rior. É1 oyó de nuevo cómo golpeaba la puerta y entraba Katerina L’vobna otra vez donde estaba su marido. Se oía todo, palabra por palabra.                           

         – ¿Qué te ha ocupado ahí tanto rato? – le preguntó Zinovii Bo­risich a su esposa.

         – He puesto el samovar- le contestó ella con calma.

         Se produjo una pausa. A Serguei le resultaba audible cómo Zi­novii Borisich colgaba de la percha su chaqueta. Ahora se está la­vando, da resoplidos, salpica de agua por todas partes; ahora ha pedido la toalla; otra vez empiezan a hablar.

         – ¿Cómo fue lo de enterrar vosotros al papaíto?- procedió a escarbar el marido.

         – Sencillamente- dice la mujer – murió y se le enterró. ¡Pues qué cosa tan rara!

         – Dios lo sabe – respondió Katerina L’vobna e hizo golpear las tazas.

         Zinovii Borisich recorría el aposento entristecido.

         – Pues sí, y usted, ¿cómo lo ha pasado este tiempo?- preguntó de nuevo Zinovii Borisich a su mujer.

         – Nuestras diversiones son de todo el mundo conocidas, creo yo; no vamos a bailes ni tampoco a los teatros.

         – Vaya, parece que halla usted poca diversión en su marido, ­cargó Zinovii Borisich mirando con el rabillo del ojo.

         – No somos usted y yo tan jóvenes como para encontrarnos como insensatos, como sin cordura. ¿Cómo entonces divertirse? Tengo que hacer, voy corriendo para daros gusto.

         Katerina L’vobna salió otra vez corriendo para coger el samo­var y se marchó dando saltos otra vez hasta Serguei, le dió un empellón, y le dice: “¡Serioscha, espabila!”.

         Serguei, no sabía como Dios manda, a dónde iba todo aquello a parar, pero, no obstante, se mantuvo listo.

         Katerina L’vobna estuvo de vuelta, y Zinovii Borisich estaba de rodillas sobre la cama, y colgaba de la pared sobre el cabecero su reloj de plata con cadenita de abalorios.

         – ¿Para qué ha hecho la cama para dos, Katerina L’vobna, en una situación de soledad?- preguntó de pronto a su mujer con aire de misterio.

         – No dejaba de aguardarlo- respondió Katerina L’vobna, mi­rándolo con calma.

         – Y por lo que le estamos sumisamente agradecidos, pero ¿de dónde le ha llegado ahora a su edredón este objeto?

         Zinovii Borisich levantó de la sábana el pequeño cinturón de lana de Serguei y lo sostenía desde la punta ante los ojos de su esposa.

         Katerina L’vobna no lo pensó ni un momento.

        – Lo hallé en el jardín- dijo- y me até con él la falda.

         – ¡Ah, ya!,- articuló Zinovii Borisich con particular acento – ­algo hemos oído nosotros también sobre vuestra falda.

         – ¿Qué es lo que usted ha oído?

         – Pues todo lo de sus buenos asuntos.

         – De semejantes asuntos míos no hay nada de nada.

         – Bueno, ya lo examinaremos, todo lo examinaremos- respondió Zinovii Borisich, mientras le tendía la taza recién bebida.

         Katerina L’vobna se calló.

         – Esos asuntos suyos, Katerina L’vobna, los sacaremos todos a la luz – continuó Zinovii Borisich tras una larga pausa, fruncien­do las cejas a su mujer.

         – Su Katerina L’vobna no es nada medrosa. No se amedrenta nada ante eso- respondió élla.

         – ¿Qué? ¿qué?- alzando la voz gritó Zinovii Borisich.        – No importa, bromeaba- respondió la mujer.

     – ¡Bueno, en eso, ten cuidado conmigo! Te has hecho aquí muy habladora!    

         – ¿Y por qué no puedo ser habladora?- replicó Katerina L’vobna.

         – Deberías mirar más por ti.

         – No tengo nada que mirar por mí. Sabe Dios quién le ha con­tado con su larga lengua esos chismes, ¡y yo tengo que soportar sobre mí toda suerte de improperios! ¡Una novedad más también!

         – No hay tales lenguas largas, sino que ahí se está al cabo de la calle de sus amoríos.

         – ¿De qué amoríos míos?- gritó estallando sin fingimiento Katerina L’vobna.

         – Ya sé yo de cuáles.

         – Si lo sabe, venga entonces: ¡hable más claramente!

         Zinovii Borisich calló, y tendió de nuevo la tacita vacía a su mujer.

         – Por lo que se ve, no hay de qué hablar- respondió con des­precio Katerina L’vobna, arrojando sobre el platito al marido la cucharita de te.

         – Y bién, dígame: ¿de quién le han hecho denuncias? ¿Quién ese tal amante mío ante usted?

         – Lo sabrá: no se apresure mucho.

         – ¿Qué infundios, qué, algo, se han dicho de Serguei?

– Lo sabremos, lo sabremos, Katerina L’vobna. Nadie me ha quitado el poder sobre usted, y nadie me lo puede quitar. Empiece a hablar usted misma…

         – ¡Eh! Yo esto no puedo aguantarlo!- Katerina L’vobna se puso a chillar rechinándole los dientes, y palideciendo como un lienzo de lino, inesperadamente desapareció de un salto detrás de la puerta.

         – Aquí está él – pronunció ella al cabo de unos segundos, in­troduciendo a Serguei de la mano en la habitación.- Interróguele a él y a mí qué es eso que usted sabe. Tal vez te enteres todavía de algo y de más de lo que quieres saber.

         Zinovii Borisich se quedó desconcertado. Miraba, ya a Serguei que estaba de pié junto al dintel, ya a su mujer que fue a sentar­se calmosamente al extremo de la cama con los brazos cruzados, y no entendía en absoluto a qué conducía aquello.

         – ¿Qué es eso que estás haciendo, sierpe? – a la fuerza se dispuso a hablar él, sin levantarse de la butaca.

– Pregúntales de que sabes tan bien- respondió bruscamente Katerina L’vobna.- Imaginaste meterme miedo con la zurra,- prosiguió ella pestañeando intencionadamente- pero eso no sucederá ja­más; y lo que, tal vez, yo ya sabía aún antes de esas promesas tuyas, qué hacer contigo, sencillamente lo voy a hacer.

         – ¿Qué es esto? ¡Fuera!.- gritó Zinovii Borisich a Serguei.

         – Naturalmente!- remedó Katerina L’vobna.

         Cerró hábilmente la puerta, metió la llave en el bolsillo y otra vez se dejó caer en la cama con su bata sin broches.

         – Vamos, Serioschka, ven aquí, ven, palomito- mandó acer­carse a ella con un gesto al criado.

         Serguei sacudió los rizos, y se sentó atrevidamente junto a su ama.

         – ¡Señor! ¡Dios mío! ¡Pero qué es esto? ¿Qué es lo que hacéis, bárbaros? – vociferó, enrojeciendo por completo y levantándose de la butaca Zinovii Borisich.

         – ¿Qué? ¿O no es rico? ¡Anda, mira, mira, jazmín mío querido, qué guapo es!

         Katerina L’vobna sonreía y besaba apasionadamente a Serguei ante su marido.

         En ese instante, una atronadora bofetada empezó a arder en la mejilla de ella, y Zinovii Borisich se precipitó hacia la ventana abierta.

 

Capítulo octavo

 

    – ¡Vaya, vaya, conque ésas tenemos! Bueno, querido amigo, gracias. ¡Sólo esperaba esto!- vociferó Katerina L’vobna.- Por lo que ahora se ve… sea a mi manera,       y no a la tuya… .

         Con un movimiento se desembarazó de Serguei, rápidamente se lanzó sobre su marido, y antes de que Zinovii Borisich tuviera tiempo de saltar hasta la ventana, lo agarró por detrás con sus delgados dedos por la garganta, y como a una fofa gavilla de cáña­mo, lo arrojó al suelo.

         Al retumbar en su caída cuan largo era y golpearse en el cogote sobre el suelo, Zinovii Borisich se volvió completamente loco. En modo alguno esperaba tan rápido desenlace. La primera violencia ejercida contra él por su mujer le mostró que ella se había deci­dido a todo, con tal de librarse de él, y que su actual situación era en extremo peligrosa. Zinovii Borisich comprendió todo esto en un instante en el momento de su caída y no gritó, sabiendo que su voz no llegaría a oído alguno, y sólo haría todavía acelerar el asunto. En silencio recorrió con los ojos la escena, y los clavó con expresión de rencor, reproche y sufrimiento sobre su mujer, cuyos delgados dedos comprimían con fuerza su garganta.

         Zinovii Borisch no se defendió; sus brazos, con los puños firmemente apretados, yacían extendidos y se contraían entre con­vulsiones. Uno de ellos estaba del todo libre, al otro lo tenía Katerina L’vobna con su rodilla aplastada contra el suelo.

         – Mantenlo sujeto – susurró ella indiferente a Serguei, mien­tras se volvía a su marido.

         Serguei se sentó sobre el amo aplastándole ambos brazos con las rodillas, y quiso agarrarlo por la garganta por debajo de las manos de Katerina L’vóbna, pero en ese momento lanzó un grito con desesperación. A la vista de su ofensor, la sangrienta venganza concitó en Ziinovii Borisich todas sus postreras fuerzas: logró de­sasirse de un modo extraño, extrajo de un tirón de debajo de las rodillas de Serguei sus brazos aplastados y aferrándose a los ne­gros rizos de Serguei, le mordió como una fiera la garganta. Pero no fue ello por mucho rato: Zinovii Borisich lanzó enseguida un hondo gemido, y dejó caer la cabeza.

         Katerina L’vobna, pálida, casi sin respiración alguna, esta­ba sobre su marido y su amante; en su mano derecha tenía un pesado candelero de fundición que sujetaba por el extremo superior, con la parte pesada hacia abajo. Por la sién y la mejilla de Zinovii Borisich corría como un hilillo delgado la bermeja sangre.

         – Un pope – gimió con aire estólido Zinovii Borisich, apar­tándose con aversión por la cabeza lo más lejos posible de Ser­guei que estaba sentado sobre él.

         – Confesarme- pronunció de modo aún más imperceptible, estremeciéndose y mirando de soslayo la ti­bia sangre que se espesaba bajo los cabellos.

         – Estarás bien también así- murmuró Katerina L.’vobna.- Bueno, basta de remolonear con él,- le dijo a Serguei.- Apriétale un poco la garganta.

        Zinovii Borisich enronqueció.

        Katerina L’vobna se agachó, comprimiendo con sus manos las de Serguei, que estaban sobre la garganta de su marido, y se recostó con el oído pegado a su pecho. Al término de cinco silenciosos mi­nutos, ella se levantó, y dijo: “Basta. Ya está listo”.

        Serguei también se levantó y respiraba con dificultad. Zino­vii Borisich yacía muerto con la garganta aplastada y la sién quebrada. Debajo de la cabeza, en su lateral izquierdo había una mancha no grande de sangre, que, sin embargo, ya no fluía de la diminuta herida encostrada y rebozada por los cabellos.

        Serguei bajó a Zinovii Borisich a la bodega, construída en el mismo subsuelo de la despensa de piedra, donde no hacía mucho lo había encerrado a él mismo, Serguei, el difunto Boris Timofieich, y regresó a la mansarda. Durante ese tiempo Katerina L’vobna, tras recogerse las mangas de la camisa sin broches y sofaldar alto los faldones, había fregado cuidadosamente con estropajo y jabón la mancha de sangre dejada por Zinovii Borisich en el suelo de su dormitorio. Aún no se había enfriado el agua del samovar, con el que Zinovii Borisich reblandecía su almita de amo a causa del té envenenado, y la mancha se borró sin vestigio alguno.

        Katerina L’vobna cogió el barreño de cobre para enjuagar y el estropajo enjabonado.

        – Vamos, alumbra.- le dijo a Serguei, yendo hacia la puerta- Mmás abajo, alumbra más abajo- dijo, examinando atentamente todas las tablas del sollado, por las que Serguei debía haber llevado a rastras a Zinovii Borisich hasta el mismo hoyo.

        Sólo en dos sitios del suelo pintado había dos diminutas má­culas del tamaño de una cereza. Katerina L’vobna las restregó con el estropajo, y desaparecieron.

        – Chúpate ésa, no te deslices como un ladrón en el cuarto de tu mujer, no aceches – pronunció Katerina L’vobna, enderezándose y lanzando una ojeada al lado de la despensa.

         – Se acabó la faena – dijo Serguei, y se estremeció ante el sonido de su propia voz.

         Cuando volvieron al dormitorio, la fina raya rosácea del alba se recortaba a1 levante, y dorando ligeramente los manzanos reves­tidos de flores, penetraba por entre las verdes estacas de la empalizada del jardín en el aposento de Katerina L’vobna.

         El viejo criado caminaba cansino por el corral desde el gra­nero a la cocina, con una medio zamarra sobre los hombros, santi­guándose y bostezando.

         Katerina L’vobna tiró con cautela del postigo que funcionaba con un cordel y miró con atención a Serguei, como si deseara mirar a través de su alma.

         – Mira, ahora eres un comerciante- le dijo, poniendo sus blancas manos sobre los hombros de Serguei.

         Serguei nada le respondió.

         Los labios de Serguei temblaban, y un estado febril hacía presa de él. Sólo la boca de Katerina L’vobna estaba fría.

         A los dos días aparecieron en las manos de Serguei unos grandes callos a causa de la barra y de la pesada pala; en cambio, Zi­novii Borisich estaba ya en su bodega tan bien acomodado, que, sin el auxilio de su viuda o de su amante, nadie habría podido descu­brirlo antes de la resurrección general.

 

Capítulo noveno

 

         Caminaba Serguei, luego de envolverse la garganta con un pa­ñuelo al rojo vivo, y se lamentaba de que algo le obstruía la gar­ganta. Mientras tanto, antes de que se le hubieran cicatrizado a Serguei las marcas dejadas por los dientes de Zinovii Borisich, se había echado de menos al marido de Katerina L’vobna. El mismo Ser­guei, aun con más frecuencia que los demás, comenzaba a hablar de él. Se sentaba al atardecer con los jóvenes en el banco al lado del portillo, y arrancaba:

         – ¿Por qué diantre, muchachos, no está aquí ya en estos mo­mentos nuestro amo?

         Los jóvenes también se extrañaban.

         Pero héte aquí que del molino llegó la noticia de que el amo había alquilado unos caballos y había partido hacía tiempo a la hacienda. El cochero que lo había traído contaba que Zinovii Bori­sich estaba como descompuesto y lo había despedido de un modo un tanto sorprendente: tres verstas antes de llegar a la ciudad, se bajó de la carreta a los pies del monasterio, cogió el petate y se puso a caminar a pié. En oyendo tal relato, todos se extrañaban aún más.

         Zinovii Borisich había desaparecido, y eso es todo.

         Se hicieron pesquisas, pero nada se descubrió: como si al co­merciante se lo hubiera tragado la tierra. Según la indicación del cochero arrestado sólo se sabía que el comerciante se había bajado junto al río a los pies del monasterio y se había puesto a caminar a pie. No se aclaró el asunto, pero mientras tanto Katerina L´vobna desarrollaba su vida con Serguei en libertad, a título de viu­da. Se urdían al buen tun-tun historias de que Zinovii Borisich estaba aquí o allá, pero Zinovii Borisich seguía sin regresar, y mejor que todos sabía Katerina L’vobna que era imposible que regresara.

         Así pasó un mes, y el segundo, y el tercero, y Katerina L’vobna se sintió grávida.

         – El capital va a ser nuestro, Seriochka: tengo un heredero -­dijo a Serguei, y marchó a declarar ante el Consejo que si patatín y patatán, que siente que… está embarazada, y que ha comenzado a darse un estancamiento en los negocios: que le den acceso a todo el capital.

         No debía dejarse caer el negocio del comerciante. Katerina L’vobna era 1a esposa legítima de Zinovii Borisich; no había deu­das a la vista, y entonces, procedía darle acceso a ella. Y le dieron acceso.

         Katerina L’vobna qué digo vivía, actuaba de señora, y a Ser­guei, en atención a ella, comenzaron a llamarlo Serguei Filipich. Y en ésas que, no se sabe de dónde, cayó un nuevo infortunio. Des­de Livien se envió un escrito al alcalde de la ciudad según el cual Boris Timofieich había comerciado no a base de su capital, que, en cuantía superior a la de su propio dinero, había en 1a operación comercial dinero de su sobrino de pocos años Fiodor Zájarov Liamin, y que había que examinar esto, y no hacer entrega alguna a las únicas manos de Katerina L’vobna. Llegó esta noticia, de ella habló a Katerina L’vobna el alcalde, pero al cabo de una semana, ¡zas!, de Livien se personó una anciana con un pequeño niño.

         – Soy -dice- la prima hermana del difunto Boris Timofieich, y éste mi sobrino Fiodor Liamin.

         Katerina L’vobna los recibió.

         Serguei, que observaba desde el corral esta llegada y la aco­gida que dispensaba Katerina L’vobna a los llegados, se puso páli­do como un pañuelo.

         – ¿Qué te pasa?- preguntó su ama, al percibir su mortal pa­lidez, cuando entró detrás de los llegados, y, sin perderles ojo, se detuvo en el vestíbulo.

         – Nada especial – respondió el criado, volviéndose del vestíbulo al porche.- Pienso lo raros que son estos de Livien- ter­minó

él con un suspiro, cerrando tras sí 1a puerta del porche.

         – Bueno, y ahora, ¿qué se puede hacer?- preguntó a Katerina L’vobna Serguei Filipich, al sentarse con ella por la noche tras el samovar.- Ahora, Katerina L’vobna, va a resultar que todo nues­tro asunto se va a ir a pique.

         – ¿Por qué a pique, Serioscha?

         – Porque ahora todo esto va a repartirse. ¿Sobre qué, un ne­gocio vacío, se va a poder ahí ejercer de amo?

         – ¿Es que va a haber poco de tí, Serioscha?

         – No se trata de mí; yo únicamente dudo de que tengamos ya aquella felicidad.

         – ¿Cómo así? ¿Por qué, Serioscha, no tendremos la felicidad?

         – Porque, de acuerdo con mi amor hacia usted, Katerina L’vob­na, me gustaría verla como una auténtica dama, y no como vivía us­ted antes de esto- respondió Serguei Filipich.- Pero ahora va a resultar al revés, que ante la disminución del capital, debemos, incluso frente a lo anterior, abrirnos paso mucho más pobremente.

         – ¿Pero es que necesito eso, Serioscha?

         – Eso exactamente, Katerina L’vobna, que para usted, quizás, no tiene en absoluto interés, sí para mí, por lo mucho en que la tengo, y otra vez frente a los ojos de la gente, mezquinos y envi­diosos, eso será horriblemente doloroso. Que sea como a usted le plazca, claro está, pero yo con mi imaginación cuento con que, da­das estas circunstancias, nunca podré ser feliz.

         Y una y otra vez tocaba Serguei sobre la misma nota a Kateri­na L’vobna, que, por causa de Fedia Liamin, se había convertido él en el hombre más desdichado, privado de la futura posibilidad de engrandecer y distinguirla a ella, Katerina L’vobna, ante toda la clase mercantil. Serguei todas las veces concluía con que de no existir este Fedia, ella, Katerina L’vobna, daría a luz una criatu­ra

antes de los nueve meses tras la desaparición de su marido, llegaría a sus manos todo el capital, y entonces su felicidad no tendría medida ni fin.

 

Capítulo décimo

 

         Pero después Serguei dejó súbitamente de hablar lo más mínimo del heredero. Nada más suspenderse los discursos sobre él en boca de Serguei, Fedia Liamin tomo asiento en la mente y el corazón de Katerina L’vobna. Pensativa, llegó incluso a hacerse adusta con el mismo Serguei. Ora durmiera, ora ejerciera las tareas de administración, ora se pusiera a rezar a Dios, en su mente había siempre lo mismo: “¿Cómo es esto? ¿Por qué efectivamente tengo que verme privada por su causa del capital? Con lo que yo he sufrido y con los pecados que he tomado en mi conciencia,- pensaba Katerina L’vobna- para que venga él sin ninguna clase de apuros, y me lo arrebate… . Si al menos fuera un hombre, pero, ca, es un crío, un niño…”

         En la hacienda se produjeron de forma temprana las primeras heladas de otoño. Sobre Zinovii Borisich, claro está, no llegó de parte alguna ningún rumor. Katerina L’vobna engordaba y seguía lo mismo de pensativa; por la ciudad los tambores repicaban a cuenta de ella, averiguando cómo y por qué era que la joven lzmailova habia sido siempre estéril, siempre estaba flaca y se resecaba, y de pronto, se puso a hincharse a la vista de todos. Por su parte el coheredero adolescente Fedia Liamin iba de acá para allá por el corral con su ligera tulupa de ardilla rompiendo las capas de hie­lo por los baches.

         – Vaya con Fiodor Ignatich, vaya con el hijo de un comercian­te- le gritaba a veces, corriendo por el corral, la cocinera Aksi­nia. -¿Va contigo, el hijo de un comerciante, eso de que hagas el

haragán en los charcos?

        Pero el coheredero, que turbaba a Katerina L’vobna y su galán, respingaba a coces como un plácido cabritillo, y dormía todavía más plácidamente ante la abuela que velaba por él, sin pensar ni reflexionar en que había interceptado el camino a alguno, o que había menoscabado su felicidad.

        Al fin cayó sobre Fedia una viruela loca, a la que además se añadió un dolor en el pecho por un resfriado, y el niño se encamó. Se le curó al principio a base de plantas y hierbezuelas, pero luego se mandó llamar al médico.

        El médico comenzó a ir con frecuencia, comenzó a recetar me­dicamentos, a cada hora comenzaron a dárselos al niño, ya la misma abuela, ya se lo pedía ésta a Katerina L’vobna.

        – Tómate ese esfuerzo, Katerinushka.- le dice – Tú misma, ma­dre, eres una persona cargada, tú misma esperas el juicio de Dios; tómate el esfuerzo.

        Katerina L’vobna no se lo rehusó a la viejecita. Ya fuera és­ta a las vísperas a rezar por el adolescente Fiodor que “yacía en el lecho de la enfermedad”, o a la madrugadora misa para impetrar en favor de él su lotecillo, Katerina L’vobna se sentaba junto al enfermo, y le daba de beber, y a su tiempo le suministraba las me­dicinas.

        De modo que la viejuca se fue al oficio de vísperas, y a la vigilia por la fiesta de la Presentación de la Virgen, y le rogó a Katerina L’vobna que velara por Fiedishka. El niño por ese tiempo ya se iba recuperando.

        Katerina L’vobna penetró en el aposento de Fedia, cuando se hallaba él sentado en la cama con su tulupita de ardilla mientras leía el libro de los padres de la Iglesia.

        – ¿Qué estás leyendo, Fedia?- le preguntó Katerina L’vobna.

sentándose en una butaca.

         – Estoy leyendo las Vidas, tiíta.

         – ¿Entretenido?

         – Muy entretenido, tiíta.

         Katerina L’vobna se apoyó en el brazo y se puso a mirar a Fe­dia que meneaba los labios, y de repente le pareció que los demo­nios se desataban de su cadenas y de golpe tomaban asiento en ella los anteriores pensamientos sobre el enorme daño que este niño le estaba causando y lo bien que estaría si él no existiera.

         – “Claro que- maquinaba Katerina L’vobna- claro que está enfermo; le están dando medicación … . La de cosas que pueden suce­der en una enfermedad…. . Todo se reduce sólo al cuento de que el médico no le ha recetado esa medicina con pericia”.

         – ¿Es la hora, Fedia, de tomar la medicina?

         – Sí, tiita, por favor,- respondió el niño y, luego de tomar­se de un trago 1a cucharita, añadió: – es muy entretenido, tiíta, esto que se escribe de los santos.

         – Hala, pues lee,- dijo desdeñosamente Katerina L’vobna, y recorriendo el cuarto con su fría mirada, la posó sobre las venta­nas ornadas con las filigranas de la helada.

         – Hay que mandar cerrar las ventanas,- dijo ella, y salió a la sala de recibir, y de allí al salón, y de allí a su aposento del ático, y se sentó.

         A los cinco minutos entró allá arriba en su aposento Serguei, taciturno, con su medioabrigo estilo Romanov, orlado de afelpada piel de nutria.

         – ¿Cerraste las ventanas?- le preguntó Katerina L’vobna.

         – Las cerré- respondió con brusquedad Serguei. Arregló con las tenazas la candela, y se sentó junto a la estufa.

         Un silencio se instauró.

         – ¿Hoy no acaban pronto las vísperas?- preguntó otra vez Ka­terina L’vobna.

         – Mañana es una gran festividad: tardarán en el servicio -respondió Serguei.

         Surgió de nuevo la pausa.

         – Tengo que bajar donde Fedia; está ahí solo,-pronunció, al tiempo que se levantaba, Katerina L’vobna.

         -¿Sólo?- le preguntó Serguei, mirando de reojo.

         – Sólo- respondió ella con un susurro.- ¿Y qué?

         Y entre los ojos de ambos pareció tenderse raudamente una red como un relámpago; pero ninguno de los dos dijo ya una sola pala­bra.

         Katerina L’vobna bajó, recorrió las estancias vacías: por do­quier estaba todo en silencio; las bujías ardían con sosiego; por las paredes iba deslizándose su propia sombra; las ventanas cerra­das por postigos comenzaban a rezumar y se echaban a llorar. Fedia estaba sentado y leía. Al ver a Katerina L’vobna, sólo dijo: – Tiíta, póngame ahí, por favor, este librito, y déme por favor aquel otro del estante del icono.

         Katerina L’vobna ejecutó la petición del sobrino y le sirvió el libro.

         -¿No sería mejor que te dispusieras a dormir, Fedia?

         – No, tiíta, voy a esperar a la abuelita.

         – ¿Para qué la vas a esperar?

         – Me ha prometido pan bendito de las vísperas.

         Katerina L’vobna se puso pálida de pronto, por primera vez su propio hijo se revolvía bajo su corazón, y su pecho se cubrió de frío. Se quedó plantada en medio de la habitación, y salió frotán­dose las manos congeladas.

-¡Venga!- musitó ella al entrar con sigilo en su dormitorio

y sorprendiendo de nuevo a Serguei en la postura anterior junto a la estufa.

         – ¿Qué?- preguntó Serguei de manera apenas audible, y car­raspeó.

         – Está solo.

         Serguei levantó las cejas y comenzó a respirar pesadamente.

         – Vámonos, – dijo Katerina L’vobna tornándose bruscamente a la puerta.

         Serguei se quitó rápidamente las botas y preguntó:

         – ¿Hay que coger algo?

         – Nada – respondió Katerina L’vobna en un puro suspiro, y en silencio lo llevó tras de sí de la mano.

 

Capítulo décimoprimero

         El enfermo niño se estremeció y dejó el libro sobre las rodi­llas, cuando por tercera vez entraba en su cuarto Katerina L’vobna.

         – ¿Qué te ocurre, Fedia?

         – Uf,  tiíta, me asusté un poco – respondió él, sonriendo con inquietud, y confinándose a un rincón de la cama.

         – ¿De qué te asustaste, Fedia?

         – ¿Pero quién es ése que entró con usted, tiíta?                

– ¿Dónde? Nadie ha entrado conmigo, pequeñín.

         – ¿Nadie?

         El niño se tendió hasta los pies de la cama y entornando los ojos miró en dirección a la puerta por la que había entrado la tía, y se tranquilizó.

         – Seguro que me lo pareció- dijo él.

         Katerina L’vobna se detuvo, apoyándose con los codos sobre el cabecero de la cama del sobrino.

         Fedia miró a la tía, y le hizo advertir que por alguna razón

ella estaba absolutamente pálida.

         En respuesta a esta advertencia Katerina L’vobna tosió a propósito y con expectación miró a la puerta de la sala de visitas. Allí sólo una tabla del solado crujió suavemente.

         – Estoy leyendo, tiíta, la vida de mi ángel San Fiodor Stra­tilatos. Realmente era grato a Dios.

         Katerina L’vobna seguía callando.

         – ¿Quiere sentarse, tiíta, y le vuelvo a leer?- le dijo el niño en tono cariñoso.

         – Para, vuelvo en seguida, sólo voy a arreglar una bujía en la sala – respondió Katerina L’vobna, y salió con andares precipi­tados.

         En la sala de las visitas se escuchó el mismo suave murmullo; pero llegó a través del silencio general al fino oído del chiqui­llo.

             -¡Tiíta!    ¿Pero qué es esto? ¿Con quién está usted susurrando ahí?- gritó con lágrimas en la voz el niño.- Venga aquí, tiíta; tengo miedo- llamó él con voz aún más llorosa al cabo de un se­gundo, y le llegó al oído que Katerina L’vobna decía en la sala “venga”, cosa que el niño lo refirió a sí mismo.

         – ¿De qué tienes miedo?- le preguntó Katerina L’vobna con voz un poco ronca, entrando con paso audaz, resuelto y se detuvo junto a su cama de tal forma que la puerta de la sala le quedaba al en­fermo velada por su cuerpo.

         – Echate- le dijo e11a a continuación de aquello.

         – No quiero, tiíta.

     – Sí quieres, Fedia, escúchame, échate, es hora; échate -re­petía Katerina L’vobna.

         – ¿Por qué me dice usted esto, tiíta, si no quiero de ninguna de las maneras?

         – Sí , acuéstate,   acuéstate, – decía Katerina L’vobna con una voz alterada, floja, y sujetando al chiquillo bajo las axilas, lo colocó en el cabecero.

         En este momento Fedia lanzó un grito desenfrenado: estaba viendo a Serguei, que entraba pálido, descalzo.

         Katerina L’vobna tapó con su palma la boca del asustado mu­chacho, abierta de terror y gritó:

         – Venga, más a prisa; sujétalo firmemente, para que no se resista.

         Serguei mantuvo a Fedia agarrado por las piernas y los brazos en tanto que Katerina L’vobna tapaba con un sólo movimiento la in­fantil carita de mártir con una gran almohada de plumón, y encima de ésta se echó ella misma con su pecho, firme y flexible.

         Durante cuatro minutos se produjo en la estancia el silencio de una tumba.

         – Ha muerto – susurró Katerina L’vobna, y no había hecho más que incorporarse para poner todo en orden, cuando las paredes de la silenciosa casa que ocultaba tantos crímenes, se estremecieron por unos golpes ensordecedores: los cristales de las ventanas tin­tineaban, los suelos se tambaleaban, las cadenitas de las lámparas colgantes retemblaban y vagaban por las paredes sombras fantásti­cas.

         Serguei se puso a temblar y se echó a correr a más no poder; Katerina L’vobna se lanzó a la zaga, y tras ellos el estruendo y el pandemonium. Parecía que unas fuerzas no terrenales hacían bam­bolearse la empecatada casa hasta los cimientos.

         Katerina L’vobna tenía miedo de que Serguei, azuzado por el pánico, saliera al corral y se traicionara con su pavor; pero él tiró derecho a la mansarda.

         A1 subir a la carrera la escalera, Serguei chocó en la obscuridad­ con la frente en la puerta semientornada, y con un lamento se lanzó volando hacia abajo, totalmente enloquecido por un terror supersticioso.

         – ¡Zinovii Borisich, Zinovii Borisich!- barbotaba él lanzán­dose de cabeza escaleras abajo y arrastrando tras sí al derribar­la a Katerina L’vobna.

         – ¿Dónde?- preguntó ella.

         – Ha pasado volando por encima de nosotros con una hoja de hierro. ¡Ahí está, ahí está otra vez! ¡Ay, ay!- gritó Serguei- ¡Re­tumba, otra vez retumba!

         Ahora se hacía claro que una multitud de manos golpeaban en todas las ventanas desde la calle, y que alguien pugnaba por for­zar la puerta.

         – ¡Idiota, levántate, idiota!- gritó Katerina L’vobna y con estas palabras ella misma se fue volando a donde Fedia, colocó su cabeza muerta en la postura más natural de un dormido sobre las almohadas, y con mano firme abrió las puertas, por las que un tro­pel de gente entró violentamente.

         El espectáculo era aterrador. Katerina L’vobna miró par enci­ma de la turbamulta que invadía el porche, y, a través de la alta cerca, filas enteras de gente desconocida se sucedían deslizándose al corral, y se elevaba en la calle el gemido surgido de las con­versaciones de la gente.

         Todavía no había tenido tiempo Katerina L’vobna de comprender nada, cuando el gentío que rodeaba el porche la apretujó y la re­legó a una dependencia.

 

Capítulo duodécimo

 

         He aquí la forma en que se produjo este zafarrancho: en las vísperas de cada una de las doce grandes festividades religiosas

hay gente a montones en todas las iglesias de la gran e industrial ciudad, si bien provinciana, en que vivía Katerina L’vobna, pero en la iglesia donde mañana radicaba la sede, incluso en el huerto vallado no había sitio donde caer una manzana. Ahí cantaban por lo general cantores reclutados entre los jóvenes empleados mercanti­les y ensayados por un director especial extraído también entre los aficionados al arte vocal.

         Nuestro pueblo es devoto, asistente aplicado a la iglesia di­vina, y, por todo ello, un pueblo dotado, en su medida, de gusto artístico: la grandiosidad eclesiástica y el canto afinado, “organístico”, constituyen para él uno de sus placeres más sublimes y puros. Donde unos cantores cantan, allí se reúne entre nosotros casi la mitad de la ciudad, en particular la juventud mercantil: empleados, chicos de los recados, jóvenes, contramaestres de las fábricas, de las factorías y los mismos amos con sus medias naran­jas; todos se agolpan en la iglesia, todo el mundo quiere, aunque sea, estar de pie en el atrio, escuchar, aunque sea al pie de una ventana con el calor de un horno, o bajo un frío que te hace cru­jir, cómo suena en el órgano la octava, mientras el barullero te­nor destila las más caprichosas entradas a destiempo.

         En la iglesia parroquial de la casa de los Ismailov estaba la sede en honor de la Presentación en el Templo de la santísima Madre de Dios, y por ello en la tarde víspera del día de esta festi­vidad, a la misma hora del suceso descrito sobre Fedia, la juven­tud de toda la ciudad estaba en esta iglesia y, al disolverse en ruidosa muchedumbre, comentaba los méritos del conocido tenor y conocido bajo.

         Pero no a todos entretenían estas cuestiones vocales; entre la multitud había gente que se interesaba en otras cuestiones.

         – Pues sí, muchachos, también se cuentan cosas raras de la joven Ismailija – comenzó a decir, camino de la casa de los Ismaí­lov, un jóven maquinista, comisionado por un comerciante de San Petersburgo para su molino de vapor.

         – Se cuenta- dijo- que, al parecer, hay constantemente amores entre ella y su empleado Serio­shka…

         – Eso ya es conocido de todos- respondió una pelliza, cu­bierta de tela de nanquín azul.- Hoy, no quepa la menor duda, no ha estado ella en la iglesia.

         – ¿Iglesia, dices? Se ha echado a perder tanto esa malvada mujerzuela que ya no teme ni a Dios, ni a la conciencia ni a los ojos de la gente.

         – Fijaros, tienen las luces encendidas- observó el maquinis­ta, señalando la raya iluminada entre los postigos.

         – Mira por la rendija, ¿qué están haciendo?- expresaron algu­nas voces chicheando.

         El maquinista se apoyó sobre los hombros de dos camaradas y, nada más pegar el ojo al batiente del postigo, lanzó un grito de­saforado:

         – ¡Hermanitos míos, palomitos! Aquí están ahogando a alguien, lo están ahogando!

         Y el maquinista comenzó a dar golpes desesperadamente con las manos en los postigos. Una decena de hombres siguieron su ejemplo, y saltando a las ventanas, pusieron también a contribución los puños.

         La muchedumbre se incrementaba por momentos, y se produjo la in­vasión que conocemos de la casa de los Ismailov.

         – Yo mismo lo he visto, lo he visto con mis propios ojos, ­atestiguaba el maquinista sobre el muerto Fedia.- El niño yacía batido sobre el lecho, y ésos dos lo han ahogado.

         A Serguei lo llevaron arrestado a la comisaría aquella misma noche, pero a Katerina la confinaron en su aposento del ático y se apostó para ella a dos guardias.

         En la casa de los Ismaílov hacía un frío insufrible: no se ha­bían calentado las estufas, la puerta no estaba quieta ni un tanto así: una densa multitud del pueblo curioso substituía a otra. To­dos iban a mirar a Fedia que estaba tendido en el ataúd, y al otro gran ataúd, sólidamente cubierto en la parte superior por un am­plio velo. Sobre la frente de Fedia reposaba una cinta de tercio­pelo blanca, con la que estaba tapada la roja cortadura que le quedó en el cráneo tras la autopsia. Con la autopsia médico-judi­cial quedó de manifiesto que Fedia murió por estrangulación, y Serguei, conducido ante su cadáver, a las primeras palabras del sacerdote sobre el Terrorífico Juicio y los castigos para los im­penitentes, estalló en sollozos y confesó sinceramente no sólo el crimen con Fedia, sino también pidió que se desenterrara a Zinovii Borisich ocultado por él sin sepelio. El cadáver del marido de Ka­terina L’vobna, ocultado en arena seca, todavía no se había des­compuesto del todo: lo extrajeron y lo alojaron en un gran ataúd. Serguei nombró, para general espanto, a la joven ama, como su cóm­plice en los dos crímenes. Katerina L’vobna sólo contestó a todas las preguntas: “Yo no sé nada de ésto y no tengo noticia”. Obliga­ron a Serguei a desengañarla en un careo. Al escuchar su confesión Katerina L’vobna lo miró con mudo estupor, pero sin ira, y luego dijo con displicencia:

         – Si su gusto ha sido decir esto, no tengo por qué negarlo: yo los maté.

         – ¿Para qué?- le preguntaron.

         – Para él,- respondió señalando a Serguei que agachaba la ca­beza.

         Se confinó a los criminales en el presidio, y el pavoroso ac­to,

to, que había concitado la atención y el disgusto generales, que­dó resuelto con gran celeridad. A finales de febrero se declaró en el palacio de justicia criminal a Serguei y a la viuda L’vobna, de la tercera corporación mercantil, que se había resuelto castigarlos a azotes en la plaza ferial y enviarlos después a ambos a trabajos forzados. A comienzos de marzo, en una mañana de frío congelador, el verdugo fue contando la cifra impuesta de costurones rojo-azulados en la blanca espalda de Katerina L’vobna, y después atizó igualmente el lote correspondiente sobre los hombros de Serguei, y estampilló su bello rostro con tres marcas de presidio.

        Durante todo este tiempo Serguei suscitó por alguna razón mucha más conmiseración general que Katerina L’vobna. Exhausto y en­sangrentado se derrumbó al descender del negro cadalso, mientras que Katerina L’vobna bajó despacio, sólo intentando que la gruesa camisa y la tosca indumentaria de presidiaria no se le adhiriera a su desgarrada espalda.

        Incluso en el hospital del presidio, cuando allí le hicieron entrega de su criatura, dijo sOlamente: “¡que se vaya por completo al diablo!”, y volviéndose hacia la pared, sin ningún gemido, sin ningún lamento, se dejó caer boca abajo con el pecho sobre el duro catre.

 

Capítulo décimotercero

 

        La cuerda de penados en la que cayeron Serguei y Katerina L’vobna emprendió la marcha cuando la primavera venía a indicarse sólo según el calendario, porque de momento el solecillo, conforme al refrán popular, “lucía con fulgor, pero el calor no caldeaba”.

            Al crío de Katerina L’vobna lo entregaron para ser educado a una viejecita, hermana de Boris Timofieich, de tal suerte que, al ser considerado hijo legítimo del asesinado marido de la criminal,

         El jovenzuelo quedó como único heredero de toda la actual fortuna de los Ismaílov. Katerina L’vobna quedó muy satisfecha con ello, y se desprendió del niño con absoluta indiferencia. Su amor hacia el padre, como el amor de muchas mujeres apasionadas en exceso, no pasó en parte alguna al hijo.

     Por lo demás, para ella no existían ni la luz ni las tinie­blas, ni el mal ni el bien, ni el tedio, ni el gozo; ella no com­prendía nada,ni amaba a nadie,ni       se amaba a sí misma. Aguardaba con impaciencia sólo la salida de la cuadrilla al camino donde es­peraba verse con su Serioshka, pero se olvidó hasta de pensar en el niño.

         Las esperanzas de Katerina L’vobna no la defraudaron. Aprisionado por pesados grilletes, el marcado Serguei salió en un grupo con ella hacia el portón del presidio.

         Pero el hombre se acostumbra, en lo posible, a toda situación repulsiva, y en cada situación conserva, en lo posible, la apti­tud para perseguir sus misérrimos gozos; pero a Katerina L’vobna le traía sin cuidado adaptarse:    ve de nuevo a Serguei, y con él, hasta el camino de los trabajos forzados florece de felicidad. Katerina L’vobna llevaba consigo poca cosa en el abigarrado saquito de los objetos preciosos, y, menos aún, dinero contante y sonante. Mas, incluso todo esto, antes de llegar a Nizhni, lo ha­bía distribuido entre los guardianes del campamento de etapa, por la posibilidad de ir al lado de Serguei por el camino y estar con él abrazándose una hora de la obscura noche en un frío recoveco del estrecho pasillo del campamento de etapa.

         Empero el estampillado amigo de Katerina L’vobna por alguna razón se mantenía con ella muy desabrido; dijera ella lo que le dijere, él, como que se despegaba; las secretas entrevistas con ella, por las que, quedándose ella sin comer ni beber, entrega de

Su menguado bolso un cuartillo de rublo, no las tenía en gran es­tima, y hasta más de una vez le dijo:

         – Tú, en vez de salir conmigo a restregar estos rincones del corredor, mejor harías en ofrecerme a mi ese dinero que has dado a los guardianes.

         – Sólo he dado un cuartillo, Serionka,- decía Katerina L’vob­na justificándose.

         – ¿Y un cuartillo no es dinero? Por el camino has echado mano de muchos de ellos, de esos cuartillos, pero me figuro que habrás metido por aquíy por allá no pocos de ellos.

         – A cambio nos hemos visto, Serioscha.

         – Hombre, ¿no resulta fácil? ¡qué gozo verse tras semejante suplicio! Maldeciría mi vida si no fuera más que una entrevista.

         – Pues a mí, Serioscha, me da todo igual; con tal de verte.

         – Todo esto son tonterías- respondió Serguei.

         Katerina L’vobna alguna vez se mordía los labios hasta hacer­se sangre ante tales respuestas, y otras veces le asomaban a los ojos, que no solían llorar, lágrimas de ira y despecho en la obs­curidad de sus nocturnas entrevistas; pero lo aguantaba todo, a todo callaba y quería engañarse.

         De esta manera, con estas nuevas relaciones entre ellos, lle­garon a Nizhni Novgorod. Aquí su cuerda de penados se unió a la cuerda que les seguía a Siberia por la ruta desde Moscú.

         En esta gran cuerda, entre la numerosa multitud de gente de toda laya, figuraban en la sección de las mujeres dos personajes sumamente interesantes: una, la mujer de un soldado, Fiona, de Yaroslav, una mujer extraña, fastuosa, de gran estatura, con una espesa melena negra y sombríos ojos castaños, con unas pobladas pestañas como veladas por un misterioso cortinaje; y la otra, una rubita de diecisiete años de rostro afilado, con una piel tiernamente rosácea, boquita diminuta, hoyuelos en las frescas mejillas y dorados rizos de color castaño, que se fugaban caprichosamente a la frente por debajo de la cinta de presidiaria, de basto algodón. En la cuerda llamaban a esta muchacha Sonietka.

         La hermosa mujer Fiona era de un tenor muelle y perezoso. En su cuerda todos la conocían, y ninguno de los hombres se alegraba de modo especial al lograr éxito con ella, como tampoco nadie se apesadumbraba al ver cómo gratificaba a otro solicitante con idén­tico éxito.

         – La tía Fiona para nosotros es una mujer bondadosa, nadie recibe ofensa alguna de ella- decían con guasa los penados de co­mún acuerdo.

         Pero Sonietka era de muy otro jaez. De ella se decía:

         – Es un gavilán: merodea la mano, pero no se da a la mano. Sonietka tenía gusto, cuidaba su opción e incluso, quizás, una muy exquisita opción; quería que se le ofreciera la pasión, no con el aspecto de la rúsula, sino con un aliño picante y sabroso, con padecimientos y víctimas; Fiona en cambio era la simplicidad rusa, a la que incluso le da pereza decir a alguien: “vete de aquí” y que solo sabe una cosa, que es una mujer. Mujeres así son muy altamente apreciadas en las bandas de facinerosos, en las cuerdas de presidiarios y en las comunas social-democráticas de San Peter­burgo.

         La aparición de estas dos mujeres en una cuerda unificada a la de Serguei y Katerina, tuvo para la última una trágica impor­tancia.

 

 Capitulo décimocuarto

 

         Desde los primeros días de la expedición conjunta de la rueda unificada desde Nizhni a Kazan,Serguei se puso de manera evidente a granjearse las simpatías de Fiona la soldadesa, y no sufrió en vano. La lánguida y bella Fiona no hizo consumirse a Serguei, como en su bondad no hizo que se se consumiera nadie. En la tercera o cuarta etapa Katerina L’vobna amañó, mediante un soborno, una cita con Serioschka, a boca de noche, y, acostada, duerme: sigue aguardando a que sin más ni más entre el guardián de vigilancia, le dé un suave codazo y le susurre: “corre a prisa”. La puerta se abrió una vez, y una mujer saltó al corredor, una vez más se abrió la puerta, y saltó rápidamente del camastro y también desapareció otra penada detrás del acompañante; por fin dieron un tirón de su vestido con el que estaba cubierta Katerina L’vobna. La joven se levantó prontamente del camastro de pulidos costados por el uso presidiario, se echó sobre los hombros la indumenta y empujó sua­vemente al acompañante que estaba delante de ella.

         Cuando Katerina L’vobna recorria el pasillo, sólo en un lugar débilmente iluminado por una candela borrosa, tropezó con dos o tres parejas que desde lejos en modo alguno se dejaban advertir. En el momento en que Katerina pasaba cerca de la prevención de los hombres, a través de una mirilla practicada en la puerta, le llegó a sus oídos una risa contenida.

         – Se están cebando ésos – masculló el acompañante de Katerina L’vobna, y apresándola por los hombros, la metió en un rincón, y se alejó.

         Katerina L’vobna palpó con la mano la barba y la ropa; la otra mano rozó un cálido rostro de mujer.

         – ¿Quién es?- preguntó a media voz Serguei.

         – Y tú, ¿qué haces ahí? ¿con quién estás?

         Katerina L’vobna a obscuras tiró de la banda de su competido­ra. Esta se escurrió a un lado, se tiró afuera y chocándose con alguno en el corredor, desapareció volando.

        Desde la estancia de los hombres llegó el estallido de una carcajada amical.

        – ¡Canalla!- murmuró Katerina L’vobna y golpeó a Serguei en la cara con las puntas del pañuelo arrancado de la cabeza de su nueva amiga.

        Serguei estuvo a punto de alzar la mano; pero Katerina L’vob­na salió con ligereza al corredor y se encaminó hacia su puerta. Las risas de la habitación de los hombres se repitieron a continua­ción de ella en voz tan alta que el vigilante, que estaba apática­mente de pie frente a la candela y se escupía a la punta de sus botas, levantó la cabeza, y rugió:

        – ¡Chiss!

        Katerina L’vobna se acostó en silencio y continuó así hasta la mañana. Quería decirse: “no le quiero”, y sentía que lo quería todavía con más ardor, mucho más aún. Y en sus ojos sigue dibuján­dose, sigue dibujándose de qué forma la palma de él temblaba junto a aquella bajo su cabeza, cómo la otra mano de él abrazaba sus cá­lidos hombros.

        La pobre mujer se echó a llorar y contra su voluntad llamaba a la misma palma, para que estuviera ella en ese momento bajo su cabeza, y para que su otra mano abrazara sus hombros que temblaban histéricamente.

        – Bueno, pese a todo, dame mi banda,- la instigó de mañana la soldadesa Fiona.

        – Ah, ¿conque eras tú?

        – Devuélvemelo, por favor.

        – ¿Y tú, por qué nos separas?

        – Pero, ¿en qué yo os separo? ¿Acaso es esto un amor, o tiene un interés, de verdad, como para enfurecerse?

         Katerina L’vobna lo pensó un segundo, luego extrajo de debajo de la almohada la banda arrebatada por la noche, y arrojándosela a Fiona, se dio la vuelta hacia la pared.

         Sintió un mayor alivio.

         – ¡Bah!- se dijo a sí misma- ¿es que voy a estar celosa de este caldero pintado? ¡Fuera de mi vista! Es despreciable que me ponga a su nivel.

         – Tú, Katerina L’vobna, atiende lo que voy a decirte- le dijo Serguei cuando iban al día siguiente de camino.- Tú, por favor, hazte a la idea, de que, por un lado, no soy para tí Zinovii Borisich, y, por otro, de que ahora ya no eres una gran mujer del comercio; de manera que no tengas humos, hazme el favor. Entre nosotros no se llevan a ­la feria cuernos de cabra.

         Katerina L’vobna a esto nada respondió, y durante una semana anduvo sin intercambiar con Serguei una palabra o una mirada. Como parte ofendida, sofrenó su carácter, y no quiso dar el primer paso a la conciliación en esta su primera trifulca con Serguei.

         Mientras tanto, por este tiempo en que Katerina L’vobna estaba enfadada con Serguei, Serguei empezó a tontear y a gastar zalame­rías con la blanca Sonietka. Bien se inclinaba al saludarla profi­riendo “con nuestro particular respeto”, bien la sonreía, bien, al encontrarse, se las arreglaba para abrazarla y apretarla contra sí. Katerina L’vobna lo veía todo, y su corazón cada vez hervía más.

         “¿No convendría hacer las paces con él?”- meditaba Katerina ­L’vobna, tropezándose y no viendo el suelo bajo sus pies.

         Pero acercarse la primera a hacer las paces, ahora más que nunca no se lo permitía el orgullo. Por ese tiempo cada vez más insistentemente pendiente de Sónietka, y ya se a todos se hizo claro que la inaccesible Sónietka, que seguía haciendo la rosca pero sin rebindirse a la mano, pareció que de modo algo repentino comenzó a domarse.

        – Fíjate, tú me viniste con lloros- le dijo Fiona en una ocasión a Katerina L’vobna- pero, ¿qué te había hecho yo? Se me dió mi oportunidad, y la aproveché, pero tú deberías echarle el ojo a Sónietka.

        “¡A la porra con él, con ese orgullo mío! Ahora mismo sin falta me reconcilio con él”- resolvió Katerina L’vobna, reflexionado sólo en un punto, cuál sería la forma más hábil de emprender esta reconciliación.

        El mismo Serguei la sacó de esta enfadosa situación.

        – ¡L’vobna!, – la llamó en un alto del camino.- Ven a verme esta noche un momentín; hay un asunto que te concierne.

        Katerina L’vobna calló.

        – ¿Qué pasa? ¿Sigues aún enfadada tal vez? ¿No vendrás? Katerina L’ovbna de nuevo no le respondió nada.

        Pero Serguei, así como todos los que estaban atentos a Kate­rina L’vobna, vieron que al llegar a la casa de etapa, se arrimó al viejo subalterno y le deslizó dicisiete kopeks, reunidos con las limosnas de la gente.

        – En cuanto lo reúna, le doy un grivien- se esforzaba por conseguir Katerina L’vobna.

        – Conforme.

        Serguei, cuando acabaron estas negociaciones, lanzó un graz­nido, y envió un guiño a Sonietka.

        – ¡Eres tú, Katerina L’vobna!- dijo abrazándola a su entrada sobre el peldaño de la casa de penados. En comparación con esta mujer, muchachos, en todo el mundo no hay otra como ella.

        Katerina L’vobna enrojeció y suspiró de felicidad.

        Casi de noche, una puerta se entreabrió con sigilo, y de igual forma salió ella de un salto: tiembla y busca con las manos a Serguei por el obscuro corredor.

     -¡Katia mía!- Dijo Serguei, abrazándola.

            -¡Eres tú, bandido mío!- respondió entre lágrimas Katerina L’vobna, y pegó en él sus labios.

            El centinela deambulaba por el corredor y, deteniéndose, es­cupió sobre sus botas, y de nuevo se puso a deambular, detrás de las puertas los cansados encarcelados roncaban, un ratón roía hojas verdes bajo la estufa, los grillos con porfía, uno frente a otro otro, se desgañitaban en su canto, mientras Katerina L’vobna seguía sumida en su deleite.

            Pero se agotaron los entusiasmos, y se hizo audible la inevitable prosa.

            – Estoy mortalmente dolorido: desde el mismo tobillo hasta la misma rodilla los huesos no paran de triscar de dolor- se quejó Serguei, mientras se sentaba con Katerina L’vobna en el suelo en un rincón del corredor.

            – ¿Qué hacer, Seriochka?- preguntó ella, acomodándose bajo el faldón de la casaca de él.

            – ¿Qué tal si solicito ir sólo al puesto médico de Kazan?

            – ¡Ay va!, ¿qué estás diciendo, Serisocha?

            – ¿Pero qué quieres que haga, cuando tengo un dolor de muerte?.

            – ¿Pero cómo vas a quedarte, cuando a mí me obliguen a mar­char?

            – Cuatro meses así, te lo aseguro, cuatro meses parece que la cadena se me hinca en el hueso. Tal vez si todavía pusiera debajo unas medias de lana- siguió hablando Serguei, al cabo de un minuto.

            – ¿Unas medias? Todavía tengo, Serioscha, unas medias nuevas.

            – ¡Sí, hombre, para qué!.

Katerina L’vobna, sin decir una palabra más, se escabulló rá­pidamente a su celda, zarandeó en su catre su petate, y otra vez se fue a toda prisa de un salto a Serguei con un par de gruesas medias azules boljovianas con unas chillonas flechas en los lados.

         – Ahora así ya no pasará nada- dijo Serguei despidiéndose de Katerina L’vobna y tomando sus últimas medias.

         Katerina L’vobna, encantada, retorno a su catre y se durmió profundamente.

         Ella no oyó cómo, tras su llegada al corredor, salía Sónietka y con qué sigilo volvía de allí antes del mismo amanecer.

         Esto ocurrió justo dos días antes de la llegada a Kazán.

 

Capítulo décimoquinto

 

         Un día frío y desapacible con viento racheado y lluvia mez­clada con nieve salió de modo poco acogedor al encuentro de la cuerda de presos que franqueaba dejando atrás el portón del sofo­cante penal de etapa. Katerina L’vobna salió bastante animosa, mas nada más colocarse en la fila, sintió por toda ella una sacudida y se puso verde. Sus ojos se obscurecieron: todas sus articulacio­nes comenzaron a darle punzadas y flaquear. Ante Katerina L’vobna estaba Sónietka con aquellas bien conocidas medias azules de lana de chillonas flechas.

         Katerina L’vobna emprendió el camino por completo exánime; sólo sus ojos miraban de un modo terrible a Serguei y sin un par­padeo.

         En el primer alto del camino se acercó tranquilamente a Ser­guei, le susurró “canalla”, e inesperadamente le escupió directa­mente a los ojos.

         Serguei quiso lanzarse sobre élla, pero lo detuvieron.

         – ¡Aguarda y verás lo que es bueno!- dijo él y se limpió.

         – No tiene importancia, pero, actúa contigo con osadía- di­jeron con guasa los penados sobre Serguei, y Sónietka se desterni­llaba de una risa especialmente jocosa.

         Esa intriga, a la que se había entregado Sónietka, era com­pletamente de su gusto.

         – Bien, esto no va a pasar sin más para tí- amenazó Serguei a Katerina L’vobna.

         Derrengada por el mal tiempo y la jornada de marcha, Katerina L’vobna con el alma rota durmió por la noche entre sobresaltos; en su catre en el penal de etapa de turno y no oyó cómo entraron dos hombres en el caserón de las mujeres.

         A su llegada Sónietka se incorporó de su camastro, sin decir palabra señaló con la mano a los recién entrados hacia Katerina L’vobna, se acostó de nuevo y se tapó con su uniforme.

         En este momento el uniforme de Katerina L’vobna voló sobre su cabeza, y por su espalda, cubierta con una sola camisola áspera, comenzó a correr desenfrenadamente con toda la fuerza de que es capaz un hombre el grueso cabo doblado en dos de una soga.

         Katerina L’vobna comenzó a gritar; pero no se oía su voz bajo el uniforme que le envolvía la cabeza. Logró desembarazarse, pero también sin éxito: sobre sus hombros se hallaba sentado un penado saludable y le agarraba de los brazos con fuerza.

         – ¡Cincuenta!- dejó de contar finalmente una voz, en la que a nadie le resultaría dificil reconocer la voz de Serguei, y los nocturnos visitantes desaparecieron de golpe tras la puerta.

         Katerina se destapó la cabeza y saltó: no había nadie; sólo, no lejos, alguien lanzaba risitas maliciosas bajo el uniforme. Katerina L’vobna reconoció la risa de Sónietka.

         Esta ofensa ya no tenía medida; como tampoco tenía medida el sentimiento de despecho que hervía en ese momento en el alma de Katerina L’vobna. Inconsciente se precipitó hacia adelante y sin percatarse cayó sobre el pecho de Fiona que la acogió.

         Sobre este pecho lleno, que no hacía mucho tiempo había de­leitado con gozo el libertinaje del infiel amante de Katerina L’vobna, lloraba ahora su insoportable pena, y como un niño a su madre, se apretaba a su tonta e inconsistente rival. Ahora eran ellas iguales: las dos estaban igualadas en el aprecio y las dos, abandonadas.

         ¿Iguales?… ¡Fiona, la que sucumbió al primer lance, y Kateri­na L’vobna, la que consumaba el drama de amor!

         En todo caso, ya no había nada ofensivo para Katerina L’vobna. Tras agotar las lágrimas, adquirió la rigidez de la piedra, y con inexpresivo aplomo se dispuso a salir para el recuento.

         Redobla el tambor: taj-tararaj-taj; los penados con grille­tes y sin grilletes van saliendo al patio: Serguei, Fiona, Sóniet­ka, Katerina L’vobna y un hereje encadenado con un judío, y un polaco con la misma cadena que un tártaro.

         Todos se amontonaron, luego se alinearon en un cierto orden y emprendieron la marcha.

         Un cuadro de la mayor desolación: un puñado de gente, arran­cada del mundo y privada de cualquier sombra de esperanza en un futuro mejor, se hunde en el frío y negro fango del terroso cami­no. Todo en derredor es deforme, hasta el espanto: el fango infinito, el cielo gris, los deshojados, húmedos sauces y en sus des­lavazadas ramas, un cuervo que eriza sus plumas. El viento ya gi­me, ya se enfurece, ya aúlla y brama.

     Entre estos sonidos infernales, desgarradores para el alma, que completan todo el espanto del cuadro, resuenan los consejos de la mujer del bíblico Job:”Maldice el día de tu nacimiento y muere”.

        Quien no quiera prestar oídos a estas palabras, a quien no seduzca el pensamiento de la muerte y de esta atribulada situa­ción, antes bien le atemoriza, a ése le es preciso intentar amor­tiguar esas aulladoras voces, en cierto sentido, de mayor deformi­dad aún que aquellas. Esto lo comprende a las mil maravillas un hombre sencillo: da rienda suelta entonces a su simplicidad animal, comienza a hacer el ganso, a tomarse a chirigota a sí mis­mo, a la gente, al sentimiento. No particularmente delicado de su­yo, se hace el doble de maligno.

        – ¿Qué, mujer de comerciante? ¿Sigue su reverencia con buena salud?- preguntó con descaro Serguei a Katerina L’vobna, apenas la rueda de penados había perdido de vista tras un húmedo cerro la aldea en la que habían pernoctado.

        Con estas palabras, volviéndose al punto a Sónietka, la tapó con su faldón y entonó con alto falsete:

 Tras la ventana en la obscuridad pasa veloz una rubia cabecita.

 

                No duermes, tormento mío, no duermes, tunante.

                Yo te cubriré con el faldón, de modo que no lo noten.

 

            Tras estas palabras, Serguei abrazó a Sónietka y la besó rui­dosamente ante toda la cuerda de penados… .

        Katerina L’vobna veía y no veía todo esto: caminaba como una persona ya sin vida. Empezaron a darle empujones y señalarle con qué indecencia se comportaba Serguei con Sónietka. Se convirtió en el objeto de sus burlas.

        – No la azucéis- salió en su defensa Fiona, cuando uno de la cuerda intentó reírse de Katerina L’vobna, que iba dando trompico­nes.

        – ¿Pero es que no veis, demontre, que la mujer está totalmente enferma?

         – A lo mejor se ha mojado los piececitos – dijo haciéndose el chistoso un joven penado.

         – Ya se sabe, es propio del linaje de comerciantes: de una educación delicada- contestó Serguei.

         – Claro que si al menos tuviera unas medias calientes, la co­sa no sería importante,- continuó él.

         Katerina L’vobna pareció despertar.

         -¡Ríe, canalla- profirió ella, sin contenerse- ¡Búrlate, ca­nalla, búrlate!

         – No, en absoluto he dicho esto, mujer de comerciante, en son de burla, sino que, mira, Sónietka vende unas medias la mar de úti­les, de modo que yo sólo pensé si nuestra mujer de comerciante, me dije, no las comprará.

         Muchos se echaron a reír. Katerina L’vobna caminaba como un autómata al que se le ha dado cuerda.

         El tiempo siguió empeorando. De las nubes grises que cubrían el cielo, comenzó a caer la nieve con húmedos copos, que, apenas rozaba la tierra, se revenía y aumentaba el fango intransitable. Por fin hizo su aparición la obscura raya de plomo; no puede divi­sarse el otro extremo. Esta raya es el Volga. Sobre el Volga corre un viento recio y lleva adelante y atrás obscuras olas de vastas fauces que se levantan lentamente.

         La cuerda de los empapados y temblorosos penados se acercó despaciosamente al lugar de transporte y se detuvo aguardando la almadía.

         La obscura almadía completamente mojada se acercó; el patrón comenzó a distribuir a los penados.

         – Dicen que en esta almadía alguien tiene guardado vodka- ob­servó un penado cuando la almadía tapizada con los copos de la hú­meda nieve largó amarras de la ribera y comenzó a mecerse sobre

las amplias ondas del río que se iba bifurcando.

         – Sí, ahora no está mal echarse un trago como quien no quiere la cosa- contestó Serguei y, acosando a Katerina L’vobna para di­versión de Sónietka, dijo:- Mujer de comerciante, venga, agasája­nos con un vodka por la vieja amistad. No seas tacaña. Recuerda, lucero mío, nuestro antiguo amor, cómo tú y yo, encanto mío, nos corríamos buenas juergas, cómo nos pasábamos las largas noches de otoño y cómo despachamos al descanso eterno a tus parientes sin popes ni diáconos.

         Katerina L’vobna temblaba toda ella de frío. Además del frío, que por la ropa empapada le penetraba hasta los mismos huesos, otra cosa más se producía en el organismo de Katerina L’vobna. Su cabeza ardía como envuelta en fuego; las pupilas de los ojos esta­ban dilatadas, animados por un vivo fulgor extraviado, e, inmóvi­les, estaban clavados en las olas que se agitaban.

         – Vamos, yo también me tomaría un vodka: estoy que no puedo más de frío- dijo Sónietka.

         – Mujer de comerciante, ¿nos agasajas o no?- dijo mortifican­do Serguei.

         – Tú, ¿no te da vergüenza?- soltó Fiona, meneando la cabeza con reproche.

         – Esto no te honra nada- apoyó a la soldadesa el recluso Gor­diushka.

         – Aunque no fuera por consideración a ella misma, por consi­deración hacia los demás deberías avergonzarte por ella.

         – ¡Eh, tú, tabaquera de concejo!- gritó Serguei a Fiona.- En­cima, ¡avergonzarme! ¡De qué me tengo yo que avergonzar! Yo, es posible que no la haya querido a ella nunca; lo que es ahora, la bota sin tacones de Sónietka me resulta más agradable que el morro de ella, ¡semejante gata envalentonada! Así que, ¿qué puedes decir­me tú a mí sobre esto? Que quiera, sin ir más lejos, a Gordiuska, que tiene la boca torcida; y si no… – volvió la mirada al homini­caco que cabalgaba vestido de burka y gorra militar con escarape­las, y añadió:- y si no, mejor aún, que se arrime con carantoñas al guardian: por lo menos bajo su burka no se queda aterida por la lluvia.

         – Y todos empezarían a llamarla oficiala- replicó Sónietka.

         – ¡Pues claro! Y conseguiría unas medias, así, como quien bromea- apostilló Serguei.

         Katerina L’vobna no salió en su propia defensa: seguía miran­do cada vez más fijamente las olas y movía los labios. En medio de las infames peroratas de Serguei un ruido sordo y un gemido que provenían de las olas que se abrían y restallaban llegó a sus oí­dos. Y de repente, de una ala que se hendía en dos se le apareció la cabeza azulada de Boris Timofieich, de otra asomó y comenzó a bambolearse el marido, abrazándose a Fedia que agachaba la cabeza. Katerina L’vobna quiso recordar una oración y movía los labios, pero los labios le susurraban: “cómo tú y yo nos corríamos buenas juergas, cómo nos pasábamos las largas noches de otoño y nos des­pachamos de este mundo con desalmada muerte a seres humanos”.

         Katerina L’vobna se estremeció. Su mirada extraviada quedó fija en un punto y se tornó salvaje. Sus manos una y dos veces se dirigieron no se sabe a dónde hacia la lejanía, y cayeron de nue­vo. Un minuto más, y súbitamente toda ella empezó a oscilar, sin apartar la mirada de la negra ola, se agachó, agarró a Sónietka por los pies y de un sólo impulso se arrojó con ella por la borda de la almadía.

         Todos se quedaron petrificados de estupor.

         Katerina L’vobna emergió por encima de la ola y se hundió de nuevo, otra ola se llevó a Sónietka.

            – ¡Un gancho, lanza un gancho!- gritaban en la almadía.

            El pesado gancho prendido a una maroma se elevó con fuerza y cayó en el agua. Ya no volvió a verse a Sonietka. A los dos segun­dos, alejada vertiginosamente de la almadia por la corriente, de nuevo agitó los brazos; pero en ese instante, Katerina L’vobna se elevó sobre e1 agua desde otra ola casi hasta la cintura, se lanzó sobre Sónietka, como el lucio vigoroso sobre la breca de blandas aletas, y las dos ya no volvieron a aparecer.


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BAJO UNA HIGUERA

      Bajo una higuera, cerca de una alberca o de un curso de agua, en ese momento del día en el que el sol aún no lo traspasa todo, abres un libro. Lo has elegido poco antes de ese rincón en el que esperan, apilados, quizás expectantes, tu decisión. Unas veces eliges emocionarte y miras hacia los que son delgados y pequeños, repletos de luz, otras, relatos de viajeros valientes, pues siempre fuiste un nómada. También puede ocurrir que te apetezca dar, sin moverte de tu asiento, un paseo y hurgar en la alacena de las ideas.

Buscas la frescura que el verano, en su plenitud, desea ocultar a todas horas. Te zambulles en él, como queriendo buscarte. En ocasiones te identificas con lo escrito y asientes con emoción y un ligero movimiento de tu cabeza. Puede ser, en cambio, que te identifiques con un personaje ausente que identificas con nitidez y que completaría, sin duda, el texto, a tu juicio de lector soberano.

Cada cierto tiempo dejas el libro sobre una mesita o en el suelo y fijas la vista en ese punto lejano que tan bien conoces. Allí, donde depositas confiadamente tu intimidad. Parece que duermes. Pero no es eso. Cierras los ojos para mirarte un poco por dentro. Un vistazo ligero, para no abismarte.

Actores del verano. Insectos que te sobrevuelan cansinamente ayudando a construir la polifonía de la estación o esos otros que te caminan fatigosamente por la piel recordándote que no estás solo. Con suficiencia y distancia les permites moverse por zonas delimitadas unilateralmente.

Retomas el libro y piensas en el pequeño paseo que vas a dar cuando comience a fatigarte la lectura. Un poco de agua refresca tu boca y restituye la saliva que dejas con tu bisbiseo pues te gusta oírte cuando lees. La oralidad acentúa el ritmo de las palabras. Participa de la naturaleza de la música. Sonidos ordenados. Sonoridades modelizadas.

Alguien se acerca a ti y te pide algo o te recuerda aquello que debes hacer y tú quieres posponer. Algunos niños juegan cerca por el insensato placer de jugar. Sonidos que no te molestan, como tampoco el del terral que se acaba de levantar o el de los animales que a su tierna manera se afirman.

Vas pasando las páginas con lentitud y satisfacción, consciente de una labor necesaria y buena. Palabras, silencios, capítulos, la cadencia ordenada del discurso. Sólido y siempre provisional.

Lo sabes bien. Nada detendrá hoy lo que es siniestro en el mundo. Las guerras seguirán vulnerando las leyes de la naturaleza y las de los hombres y los diarios seguirán vomitando sin cesar información lejana y ajena. Izas, no obstante, banderas de paz.

Bostezas, te estiras. Bendita ensoñación en la hora que se extiende y hace espacio, calladamente.

Lees. Leemos en verano, con la energía del agua que araña las piedras del fondo de las acequias, sin dañarlas, puliéndolas. Buscando, simplemente, un pequeño hueco en el que, humanamente, vivir. Mañana de un verano que desearíamos eterno.

Rafael Segura


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PLAUSIBILIDADES, by Marina Gurruchaga

Me pregunto cuándo un lugar es más real, si en invierno o en verano. Cuándo la vida se aproxima, aunque sea momentáneamente, a lo que nos hace apreciarla de una forma intuitiva o, cuanto menos vicaria, impostada, influidos a nuestro pesar por los mass media y su falsa creatividad oficializada; o cuándo nosotros somos más reales, podríamos decir también, invirtiendo los términos de la cópula. Incluso cabría preguntarnos si es que existe la posibilidad de ser reales en absoluto.

Hemos llegado a segmentar la existencia, lo plausible, en función de nuestra realidad estrecha, de las tareas que otorgamos al tiempo, a la actividad. También sucede que nos sentimos desplazados, impropios, en mucho de lo que hacemos. Algunos lugares parecen ser ellos mismos tan sólo en determinadas estaciones, con una composición escogida de luces, colores y personajes. Son teatros de una representación formulada previamente.

Trabajamos constantemente, de forma irracional, insospechada para nosotros mismos, en la reconstrucción de los sentidos, de la memoria, a partir de los signos y señales del Mundo, disparados como flechas desde un centro que cambia de posición constantemente. Un esfuerzo que tiende puentes desde un interior silente, rebelde y en perpetua amenaza de ruina. Ese trabajo de Sísifo termina el día de nuestra muerte, o del olvido.