LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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El mensajero

 

I.

En aquel tiempo nuestro pueblo vivía el improvisado crecimiento de esos años de fiebre urbanística que luego llamaron del desarrollismo, y mis recuerdos de entonces parecen impregnados de las texturas terrosas del hormigón y el barro removido. Todo estaba en obras. Las antiguas huertas se dividían para formar nuevas calles y los viejos caseríos alternaban con edificios de pisos de una estética entonces futurista y ahora trasnochada.

Hay un momento en las tardes de verano, cuando la luz se hace dorada y rasante, en que todo se remansa y el  tiempo parece detenerse.

Fue en aquella hora, según Kike, cuando ocurrió el encuentro cuyo recuerdo le perseguiría durante toda la vida.

De aquella tarde me llega una escena de gente anónima paseando relajadamente sobre las calles inacabadas, bajo esa luz de oro que ennoblece cualquier cosa que toca. El tiempo fluye como a cámara lenta.

Pero no estoy seguro de que la imagen sea verídica: tal vez pertenezca a otro recuerdo, tal vez la construí yo con la historia y la urgencia que una y otra vez me transmitía Kike.

En cualquier caso, caminábamos juntos por esa calle, bajo esa luz, cuando un hombre se paró frente a nosotros. Era un viejo con una fina barbita blanca, vestido de una forma que nos pareció estrafalaria y sin embargo distinguida. Nos observaba con una expresión cariñosa, algo sospechosamente inhabitual en un desconocido. En la mano llevaba un bastón negro con empuñadora de hueso.

“¿Cómo os llamáis?” preguntó.

Aún no habríamos cumplido los diez años. Al escuchar nuestros nombres no acusó la menor reacción, como si nos hubiese hecho una pregunta innecesaria. A partir de aquel momento, el hombre se olvidó por completo de mí para volcarse en Kike.

“Muy bien, Kike,“ le dijo con la voz levemente quebrada por la emoción mientras le acariciaba el pelo “¿Dónde vives?”

Kike estaba algo asustado y no respondió. Sólo levantó la mano para señalar el edificio situado a unos pocos metros. Pero antes de que lo hiciera, siempre contaba Kike, el hombre ya estaba mirando hacia allí.

Se agachó para ponerse a su altura y le hizo algunas preguntas y comentarios que no llegué a escuchar, siempre con un tono tan cercano que  Kike parecía visiblemente intimidado a. Finalmente se incorporó, lo miro como para despedirse por última vez, lo atrajo un momento hacia sí y desapareció entre el polvo dorado de la tarde.

“¿No sabes quién es?” le pregunté.

“No. Pero me ha dicho cosas muy raras.”

 

2.

 

Tuvieron que transcurrir casi veinte años para que Kike desenterrase por primera vez esa historia. “Ese recuerdo a veces viene a visitarme.” Me dijo. “Está ahí, esperando, como algo irresuelto que exige su finalización”.

Entonces éramos demasiado jóvenes para que nos preocupasen esas cosas y el asunto se reducía a una anécdota, nada que ver con la obsesión en que se iría convirtiendo con el paso del tiempo. Pero yo era su único testigo y ya entonces Kike necesitaba conocer mi experiencia.

A estas alturas de mi vida, ya desde la vejez, no sé lo que yo recordaba. Kike siempre sostuvo que al principio le dije que sí, que mi memoria retenía aquel hecho perfectamente, y que ratifiqué su historia punto por punto, incluso aporté detalles. Todo menos lo que el viejo le dijo en voz baja, cuando estaba de cuclillas junto a él, que no pude escuchar. Pero a lo largo de las vueltas y vueltas que le hemos dado al tema, años más tarde debí decirle que era falso, que yo no recordaba nada de aquella tarde ni de aquel dichoso viejo que sólo vio una vez y cuya inesperada irrupción nos daría para tantas horas de conversación. Al parecer, le dije que sin querer debía de haberlo inventado.

 

3.

 

Kike y yo somos amigos desde poco tiempo antes del día en que encontramos al viejo. Yo acababa de llegar con mi familia de un remoto pueblo de Castilla. Él también había venido, poco antes desde más lejos aún. Teníamos la misma edad y pronto compartimos la necesaria complicidad frente un ambiente extraño.

En la escalera se decía que los padres de Kike no se llevaban bien, pero ahora pienso que era por encontrar una explicación a aquel extraño niño tan retraído, cuya mirada enervante parecía enfocar sobre algo situado detrás de su interlocutor. Mi madre siempre estaba incitándome a que le trajera a merendar a casa. “Me mira como si no le diesen de comer”, decía con la solidaridad nutricia universal que en aquel tiempo profesaban las madres.

Pero esa imagen,  que quizá él mismo propiciase, era sólo la piel de la manzana, que oculta un inesperado interior. Nadie se había dado cuenta de que Kike poseía una inteligencia excepcional. Parecía estar en otro mundo, pero no perdía detalle de lo que sucedía a su alrededor. Si bien era extremadamente hermético, tenía muy claro lo que quería y cómo conseguirlo.

En clase era uno de esos alumnos brillantes que no saben relacionarse bien con los demás: su único amigo fui siempre yo, y aún así me resultaba difícil saber lo que realmente le estaba preocupando. A mí no me gustaba estudiar y empecé a trabajar muy joven, mientras él ingresaba en la Universidad. Se doctoró, participó en proyectos de investigación, le llamaron para continuar investigando en el extranjero y finalmente retornó para hacerse funcionario en un organismo científico tan opaco como el velo que extendía en torno a su vida privada. Pero nunca dejó de llamarme.

 

4.

 

Kike decía con frecuencia que el viejo ya sabía quiénes éramos antes de encontrarnos. Su nula reacción cuando le dijimos nuestros nombres le llevaba a pensar que ya nos conocía. “¿Te acuerdas cuando me preguntó por mi casa?” seguía argumentando, “Él estaba mirando precisamente a mi portal antes de que yo se lo señalara. No lo encontramos: nos estaba buscando”.

Yo callaba porque respetaba su capacidad para llegar a conclusiones ciertas a partir de indicios que a mí se me escapaban. Pero no podía soslayar la opinión de que lo que me decía eran divagaciones sin fundamento. Estuvo repitiendo ese esquema, con pequeñas variaciones, durante años, y cada vez que volvía con él me resultaba más insoportable. Hasta  un día en que dio un paso más y desembuchó lo que sin duda llevaba mucho tiempo pensando y ya era incapaz de callarse.

“Imagina por un momento,” me dijo, “que dentro de unos años alguien encontrase la forma de viajar al pasado ¿Qué harías?”

La pregunta me pareció sospechosa y decidí eludirla: “¿Es ese el objeto de investigación tan misterioso sobre el que estáis trabajando?”. Reaccionó de una forma tan cortante que tuve que contemporizar: “Bueno Kike, reconoce que tu pregunta es bastante extraña…”

“Bien, imagina que yo fuera capaz de hacerlo,“ insistió, ”¿Qué crees que haría?”

Sentí su mirada de búho subrayando la pregunta y supe que estaba experimentando la contradicción entre tener que decirme algo y a la vez no poder hacerlo.

“¿Para qué sirve esa pregunta, Kike, si no se puede viajar al pasado?”

“No te he preguntado para qué sirve esa pregunta”.

Estaba claro que no terminaríamos hasta que fuese yo quien aportase la solución que él tenía preparada de antemano, aunque no supiese con qué fin. Pero al menos acerté con la respuesta que esperaba:

“De acuerdo, Kike. Ya sé lo que harías. Tú serías el viejo que encontramos aquella tarde, que volvía al pasado a encontrarse consigo mismo cuando era un niño.”

 

5.

 

Como suele suceder en las viejas amistades, Kike y yo pasamos por muchos altibajos. Fuimos inseparables hasta la adolescencia, en la que cada uno se fue por su lado o, mejor dicho, yo cambié de amigos y él se quedó solo. Luego, ya jóvenes, se acercó al grupo que yo frecuentaba y compartimos la atracción por la misma chica, Ana. Intentamos, y creo que conseguimos, comportarnos de manera que no afectara a nuestra amistad.

Ana no quería compromisos y se cuidaba de manifestar preferencia por ninguno de los dos hasta que, mucho más tarde me dijo que quería empezar a salir conmigo. Nuestra  relación se fue afianzando  y un día decidimos casarnos.

Durante los siguientes años, nos seguíamos viendo con Kike y otros amigos, incluso él venía visitarnos con frecuencia. Mantenía con Ana una relación cercana y perfectamente correcta, pero yo intuía que no había renunciado a ella y no perdería la oportunidad si se le presentase.

Ana y yo no teníamos cualificación ni buenos trabajos, y nos costaba llegar a fin de mes. Kike ganaba el doble que los dos juntos y de vez en cuando dejaba evidenciar, como por descuido, un tren de vida al que nosotros nunca tendríamos acceso.

Era una situación que me incomodaba profundamente pero no podía remediar. Este fue el motivo que me llevó a cometer mi primer gran error: oculté a Ana que los descensos en las ventas habían repercutido en mi sueldo y lo fui compensando  con pequeños robos de fondos de la empresa, aprovechando la confianza que mis superiores tenían en mí. El segundo error fue consentir, sólo por torpe vanidad, a las  insinuaciones de una compañera de trabajo, que se enteró de mi fraude y me retuvo ya junto a ella por miedo de que me hiciese un chantaje.

Durante un tiempo pude controlar la situación hasta que, de forma inesperada, los jefes descubrieron el desfalco. Aún no he podido comprender cómo lo averiguaron. Ni tampoco por qué, al día siguiente, cuando salía con mi amante de su piso, nos encontramos frente a frente con Ana, que  pasaba por allí.

Todo mi mundo se derrumbó estrepitosamente. En una semana perdía mi trabajo y mi reputación, mientras Ana se iba de casa. No he podido reordenar mi vida desde entonces.

Y unos meses más tarde, Ana estaba viviendo con Kike.

 

6.

 

“Tengo miedo de haberlo soñado”, me dijo una vez Kike, cuando volvíamos a hablar de aquella tarde de nuestra infancia. “Y tú, que eres el único testigo, no puedes validarlo. Sería entones todo un tremendo absurdo…”

No entendí por qué le atribuía tanta importancia. Con el tiempo he ido comprendiendo que no existe un historiador omnisciente que registre la única verdad. Sucedió lo que recordamos. O lo que nos contaron quienes lo recordaban. Pero, sueño o realidad, a medida que nos hacíamos viejos, Kike iba adquiriendo el aspecto del extraño visitante de nuestra infancia. Se dejó una fina barbita blanca, vestía de oscuro y paliaba la lesión crónica que tenía en una rodilla apoyándose en un fino bastón negro –qué casualidad –con el mango engastado en hueso.

Realmente se acercaba año a año a la imagen que yo guardaba del encuentro de aquella tarde. Aunque, como ya he dicho, nunca sabré si era la verdadera imagen, la que Kike imbuyó en mí o la que yo mismo fui adaptando al aspecto de Kike a medida que éste envejecía.

 

7.

 

Y sin embargo ahora, muchos años después de mi divorcio, estoy sentado en un hospital junto a Kike, que se encuentra inconsciente y cubierto de tubos y cables. “Un derrame cerebral”, me dijeron al llegar al hospital, tras el aviso. “Tiene muy mal pronóstico”.

Mientras me conducían a su habitación, me hice a la idea de que Kike estaba agonizando. Al entrar, me sorprendió que estuviese solo. “No nos costó dar con usted”, me dijo el médico al observar mi reacción, “sólo había dos nombres en su agenda.”

En el silencio de la habitación del hospital, vuelven los recuerdos. No sé con precisión lo que hubo entre Kike y Ana, pero ella no le soportó más allá de unos meses. Se fue a otra ciudad y le perdí el rastro para siempre.

Fue entonces cuando Kike y yo nos reconciliamos. Una de esas noches de alcohol, confidencias  y buenas intenciones con las que a veces se enderezan, o más bien se revocan, las viejas amistades.

Kike me explicó que nunca había querido a nadie como a Ana, y que daría cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, recalcó, por estar con ella. Era la primera vez que veía la emoción vibrando en su voz.

Pero quien realmente se confesó fui yo. Le describí con todo detalle las trampas que había hecho en la empresa, aunque omití que el motivo fuera mi rivalidad con él, y también me prodigué relatándole aquel estúpido affaire con mi compañera de trabajo, del que me arrepentiré toda la vida. Kike me observaba con mayor frialdad de lo habitual, casi con aburrimiento, como si en su memoria estuviese ya registrada la historia que le estaba contando y conociera de antemano cada palabra que iba yo pronunciar a continuación. Sin saber por qué, no pude evitar el recuerdo del visitante de nuestra infancia,  susurrándole para que yo no escuchara.

 

8.

 

La última vez que estuve con Kike paseábamos por el espigón del puerto, y desde allí nos paramos a observar nuestro antiguo pueblo, convertido casi en una ciudad. Aún eran evidentes los estragos de su época de crecimiento desmesurado, cuando éramos niños.

De pronto, me sobrecogió la certeza de que el niño que yo aún me sentía era en realidad un viejo, y me asomé al abismo. No podía aceptar que ya hubiese transcurrido casi toda mi vida.

“No comprendo qué es eso del tiempo” le dije. “A veces, el pasado es más presente que el propio presente.”

Pero Kike no me escuchaba. Quizá había vuelto, otra vez, al suceso de aquella tarde de su infancia a la que estaba encadenado desde entonces. Me dirigió una de sus miradas sin expresión.

“Y a veces, el futuro parece determinar el pasado y no al revés, porque ninguno de los dos sucede en realidad antes que el otro…”.

Reconocí su vieja contradicción entre callar y decir algo que le torturaba en relación con nuestro eterno tema de conversación.

“¿Me estás hablando otra vez de aquella tarde?” interrumpí. Pero no me hizo caso y continuó hablando.

“….Pasado y futuro están en algún lugar, sucediendo siempre, pero nuestra mente pasa a través de ellos como instantes que se desvanecen.”

“¿Me lo dices como doctor en Física?”, le pregunté.

Levantó la cabeza y me miró casi con fiereza, saliendo bruscamente de su ensimismamiento.

“Te lo digo porque lo he vivido”.

 

9.

 

Súbitamente, Kike empieza a agitarse en su lecho. No ha abierto los ojos, pero sus labios se mueven en un susurro. Me levanto y acerco mi oído a su boca.

“¿Cómo os llamáis?” creo escucharle. Me parece tan absurdo que no doy crédito a mis oídos. Unos segundos después oigo una segunda frase: “Muy bien, Kike ¿Dónde vives?”

De pronto, lo entiendo. Kike no está aquí. Está saboreando, otra vez, el esplendor dorado de aquella tarde de verano. Pero ahora es diferente. Ahora es él el viejo que camina, apoyado en el bastón, sobre las calles inacabadas, buscando a dos niños que conoce. Acaba de encontrarlos. Los saluda, les sonríe. Ellos manifiestan extrañeza.

Pego literalmente mi oreja a sus labios y escucho su discurso a retazos, como una señal de radio que viene y va. Está hablando de Ana. Le está dando instrucciones precisas a uno de los niños para que, algún lejano día, denuncie un desfalco en una empresa, indique a la que será su futura mujer la ubicación exacta del piso de la amante de su amigo, e incluso la hora aproximada en la que poder sorprenderlos.

La revelación me sacude como una bofetada. No puedo soportarlo, me levanto, necesito aire, o al menos espacio libre. Me dirijo a la ventana.

La máquina conectada a Kike está pitando desaforadamente. Pulso el botón de emergencias, pero ya ha vuelto el silencio.

 

10.

 

No quiero volver la vista hacia la cama en la que yace mi amigo. Afuera hace un hermoso día. Es una de esas tardes de verano en las que el sol acaba de ponerse, y bajo la luz dorada y rasante parece que el tiempo se ha detenido.

Desde la ventana de la habitación observo, en la amplia plaza que da acceso a la entrada del hospital, algo familiar en una figura que se dirige a la puerta y la cruza. Es Ana. Ahora comprendo que es el segundo nombre que figuraba en la agenda de Kike. Ana: me ha parecido tan envejecida. Pero qué me importa, si el pasado es más presente que el presente mismo.

 

Sikander Khan

 

 

 


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Un poema y un micro de Rogelio Dalmaroni

CÍRCULO
una hormiga
aplastada
por un niño
abandonado
por una madre
golpeada
por un criminal
de guerra
de un país
que devastó otro
para vaciar
los mares
para que
el niño aplaste
a la hormiga

 

EL SALTO ADELANTE
Estoy solo en una oficina, en la parte vieja del ministerio, hace muchos años, desde que todos se mudaron al edificio nuevo.
Nadie sabe que estoy allí, nadie pregunta por mí.
Sorpresivamente, ayer, entró el ministro con su secretario, nos presentamos y me preguntó ¿en qué área trabaja usted, ingeniero? Sorprendido por la insólita pregunta (ni soy ingeniero, ni existe ningún área donde trabajo, ni trabajo), le respondí, sin pensar, “en agricultura breve, ministro”, me miró fijo por un instante, y me respondió “Ah, qué bien, me tranquiliza saber que esta área está en buenas manos, y quiero anunciarle que le vamos a dar todo el apoyo necesario para que la agricultura breve dé un salto adelante”.
Se despidió efusivamente diciéndome “no afloje”.

 

Rogelio Dalmaroni