LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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En la muerte de Pablo García Baena

http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/opencms/viva-voz/008-pablo_garcia_baena.html

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REGRESOS

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CLVNIA SVLPICIA

Clunia está sola en un páramo. El silencio en Clunia es aéreo, cuando los altos vientos que cruzan la Meseta la rebasan también a ella, y al mirar olimpicos abajo se admiran de cómo fue, parafraseando a Claudio Avieno, una ciudad populosa y principal, y hoy no es nada, incluso menos que nada, sumergida en la tierra y el polvo. Y tiene también silencios subterráneos de aguas corrientes que hasta hace muy poco goteaban sobre rostros de barro con narices grandes y mandíbulas potentes, sobre gruesos falos de arcilla en los oscuros santuarios priápicos de las grutas cerradas para siempre.

Clunia tiene varios escenarios, además, por supuesto, de su teatro. Uno es la principal via de acceso, muy amplia, que ya acredita la importancia de su pasado tráfico humano, pecuario y comercial. Discurre hacia el alto donde se halla la ciudad principal, castro probablemente previo a su ocupacion romana, aunque todo lo que aparezca escrito nos señale que el emplazamiento se creo ex novo.

Otra de las escenas que permanece en mi memoria es la de las termas, cercanas ya al foro, arrasadas, con sus ladrillos negruzcos y roídos por las miles de intemperies sufridas, redondeados casi, como tabas de oveja. Imagino que estos baños, a su manera, serían suntuosos, pintadas sus paredes con sencillas y elegantes franjas y ajedrezados, los suelos decorados con mosaicos de diseños un poco pasados de moda respecto a los de los centros más relacionados con la Urbe, y por supuesto tampoco faltaría una pequeña biblioteca escogida para y por los provinciales – tan romanos como cualquiera, ¿eh?-. Despues de ver las Termas de Pompeya, es inevitable para el connaisseur realizar una pequeña proyección de aquéllas en nuestra coqueta Clunia: visualizar las bóvedas, no demasiado amplias, cargadas de vapores, y escuchar los sonidos de las ramas de laurel golpeando entuasiasticamente  las espaldas mojadas de los sacrificados sportmen de la época. A los esclavos por su parte me los imagino más proletarios que antihumanos, con sus collegia internos a la manera de nuestros sindicatos, sin una clara conciencia entonces de su posicion degradante, bien tratados, incluso ahorradores en base a las propinas de los magistrados, habituales del local.

Clunia tiene tambien un foro que nos deja boquiabiertos. Quizas más grande que el de  Tarraco, me hace pensar en el orgullo desmedido de sus duumviros durante las fases más prósperas de la ciudad. Las rapaces se pasean hoy sobre un espacio difícilmente imaginable, antaño cubierto por mármoles de colores y molduras de bronce, sembrado de estatuas expresivas de un orden en aquellos tiempos sagrado e inamovible, escenario de grandes decisiones hoy veladas por el olvido. Hollamos los quicios de las puertas  de las tabernae, la milla de oro de las compras menudas (y no tanto) en aquellos tiempos, la puerta al exotismo del primer imperio global. Pensad en aquellas dominae locales desdentadas, de rostros atezados y muy amplias estolas, serias y dignas ante los mostradores, acompañadas por niñas adolescentes, esclavitas de mirada  baja y furtiva, sus señoras obsequisamente atendidas por tenderos bastante mas viajados que ellas. Tendrían que llegar sobre este yermo después los bárbaros, y luego el visigodo, suplantado luego por algún musulman, más sirio y bereber que arábigo, y después el cristiano nuevamente, para  finalizar nosotros, turistas de la vida y de la muerte, este paseo de las edades y la desmemoria.

El teatro de Clunia tiene, entre los altisimos y restaurados muros de su proscenio, una argolla en el centro de la escena, para antaño atar a un triste animal de feria pueblerina. Dramas y comedias, declamaciones, arpegios floridos de liras, máscaras y, quién sabe, arengas y ejecuciones, han podido expandir las ondas perdurables de sus arrebatos entre estos muros, bajo estos huecos cielos. Se realiza, cuando las subvenciones llegan, un alegre remedo de aquellos episodios, fruto de una civilidad hoy no perdida completamente. Los asientos son nuevos, novísimos más bien por hormigonados, y no engañan a nadie. Yo prefiero buscar cerámica rota junto a la tierra de los contrafuertes que sujetan la colina donde se excavó el teatro.  A una, es que le gusta esto de la podredumbre… .

 

MARINA GURRUCHAGA

 

 


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Un poema de Marina Gurruchaga

Comienza este húmedo tiempo de la luna.
Ella, lenta, va engullendo el mundo
y reserva con su mano sutil,
entre las brumas, las fuerzas que aún nos restan.
Cada noche miente esta luna y devora
la luz que va quedando,
luz arrojada para el gobierno del mundo,
luz atesorada en los recuerdos del verano.
Ya no soy joven y aún así,
quisiera vivir de mil maneras, eternamente,
cantar con la voz de todos los hombres
y hacer mía y comprensible su alegría.

Cada día es mas oscuro y se alimenta de finales.
Tan gravosa se rinde
la carga futura de un año de estaciones,
que no se hace extraña la tristeza
previsora del otoño.

No estaremos juntos mucho tiempo más,
y mi pregunta es quién de los dos
partirá primero.

 


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Un micro de Rogelio Dalmaroni

LOS VISITANTES 

 

Aunque había toque de queda, decidí ir a verla.

La ciudad, azotada por la oscuridad, parecía vacía.

Subí las escaleras y entré sin llamar. Sobre la mesa encontré una nota: estoy con papá, te amo.

Encendí la radio, hablaba el presidente dando  la noticia de que los invasores podrían ser del planeta Kepler-452.

Un intenso olor asqueroso, como de azufre, apareció de golpe. Me escondí en el baño y comencé a rezar. No escuchaba nada pero sabía que estaban allí.

Perdí la noción del tiempo.

De pronto desapareció el olor. Salí, temeroso, al balcón.

Era un día más, con una densa bruma de smog, con multitudes apresuradas y filas interminables de autos atascados. Aparecieron las palomas que vienen todas las mañanas y escuché al canillita que me gritó “¿le llevo el diario, don Rogelio?” .

 


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Engañando a la muerte

Cumplimos esmeradamente una larga retahila de sortilegios para enmendar nuestro destino: la música, el amor, la conversación (virtual o corpórea), la memoria nuestra o de los otros, escrita o recitada. Durante esos momentos de flujo, el tiempo se  hace pozo a lo profundo, y no ocupa lugar. Es una eternidad en comunión, el atisbo momentáneo de la gloria verdadera que es nuestra naturaleza, agradecida a pesar de todo por estar viva y presente.

No sé cómo me sentiré mañana, cómo mi cuerpo me traicionará, las mentiras que preferiré creer o aquellas que no me quede más remedio que comprar: habrá habido momentos de esplendor en los que, verdaderamente, engañé a la muerte.

 

MARC RIVEROLA