LA TIENDA DEL KIRGUISE

lugar de encuentro de los componentes y amigos del colectivo TERRITORIO KIRGUISE


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“El Milagro Español”. Por Mariano Gómez de Vallejo

 

EL MILAGRO ESPAÑOL 1987-2018 (jua Juno 2018)

“El Milagro Español” 1987-2018

Tec. mix. sobre tela de tapicería (170 X 130 cm.)

 

El Milagro Español

                                                            Baila, baila, “Mariinsky”

                                                            Stajanovista transexual

                                                            Tu siderurgia quinquenal

                                                            De vapores venéfico

                                                            De oro la hoz, de acero el martillo

                                                            Chiribitas en el yunque de

                                                            Cronos con su forja cósmica

                                                            Para una república cómica

                                                            Sin pagos ni aparceros

                                                            Sin atributos

                                                            Ya emasculado Urano

                                                            Errabundo ya su putativo ejército de matraca

                                                            Tras el inalcanzable horizonte de sucesos

                                                                    Ese “espejo que huye”, siempre.

                                                                                                              (Emilio Cuervo 2018)

 

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NOCHE. ANSIA.

Durante el sueño ella se encontraba en lo alto de una colina, sobre el completamente redondo camino de ronda que se asomaba y, en determinado lugar, permitía el acceso por un pequeño espacio entre dos troncos al interior de un bosque de pinos que era como una cerradura de metal. Dentro del apretado ovillo de árboles, la obscuridad era casi completa y se iba estrechando aún más, a medida que la forma en dolina sobre la que se asentaba el bosque horadaba la pendiente. Ninguna claridad se filtraba desde las copas de los árboles, que tupidos como un toldo cerraban completamente la visión. En el sueño, ella descendía o comenzaba a hacerlo por aquella vereda que se adentraba en círculos concéntricos por el embudo arbolado, silencioso como si los árboles no fuesen reales, hogar de animales y pájaros irrastreables.
Aquel sueño, durante el mismo sueño, le trasladó a otro sueño. En él ascendía con su coche, que había empequeñecido notablemente, también sola, por la empinada ladera de una montaña. También abundaban los árboles, pero éstos se disponían de una forma natural, realista. De pronto llegaba a un cruce en el que tenía que decidir entre dirigirse a una casa rústica de dos pisos y alegres balcones con geráneos, unas veces aislada en un prado junto a la carretera y otras veces formando parte de un pueblo con vida propia y vecinos que preguntaban y a los que preguntar, o continuar su trayecto y ascender aún más. Se daba cuenta en aquel momento de que en las veces que había visitado, también en sueños, aquel lugar, había experimentado ya todas las posibilidades de ruta, y que éstas, que no recordaba, eran variadas y asimismo vagamente riesgosas, siempre culminando en el momento en que la carretera comenzaba a zigzaguear al borde de un acantilado. Su periplo terminaba en una localidad costera, al atardecer, con un sol escorado que impactaba en la rampa marinera donde se reunían algunas personas con vagas intenciones. Entonces a su lado se encontraba ya un niño, probablemente sobrino o hijo, silencioso también.  Después de este segundo sueño despertó.
Como en otras ocasiones las briznas del sueño permanecieron en su boca durante unos segundos. Como otras veces pensó en levantarse rápidamente para anotar siquiera los rastros, los cabos de vela de aquellas luces que venían de alumbrar los caminos del otro yo que deambulaba por los márgenes de la supuesta realidad. Pero el calor del recuerdo se disipó tan rápido como el de las sábanas, y volvió a quedar en la orilla de la perplejidad, sin pistas para abordar el comienzo del resto de su existencia.
J.R. LAVÍN


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El Santander de mi infancia: MÁQUINA DE BARQUILLOS

máquina barquillos

 

Antes de comenzar este artículo, he de decir que, aunque el desarrollo del mismo venga del autor, he tenido que recurrir a la ayuda de mis padres para recordar ciertos episodios que aparecen en el mismo y sin los cuales no hubiera resultado completo. Creo que es de justicia decirlo y dejar constancia del hecho, que ha servido para enriquecer de manera sustancial el presente artículo.

En las tardes de los sábados era cita ineludible visitar los céntricos Jardines de Pereda, que se convertían en un lugar de recreo para los niños. Recuerdo que había dos tiovivos, los cuales eran invadidos durante toda la tarde. Uno de ellos estaba situado en una pequeña plazoleta presidida por la estatua de un hombre sentado (monumento a Guillermo Arce). Dicha plazoleta, dotada de bancos, era ideal para descansar y tomar la merienda cuando las fuerzas empezaban a flojear.

Los Jardines de Pereda, además de la zona de los tiovivos, tenían áreas de esparcimiento con bancos, árboles, zonas verdes y numerosos caminos interiores, los cuales comunicaban entre sí todas las zonas del recinto. Recuerdo también el templete de música, donde los domingos por la mañana la banda municipal ofrecía conciertos para todos aquellos que quisieran escucharlos.  Después rendíamos visita en los Jardines, y la más esperada era al barquillero. Había dos puestos de venta de barquillos: uno permanecía toda la tarde en el mismo sitio; el otro tenía ratos en los que se movía por todos los jardines y alrededores. La mecánica de la venta era sencilla: la máquina de barquillos era un tambor metálico circular, con una ruleta en la parte superior. Previo pago del precio convenido, los niños hacíamos girar la ruleta y en función del número sacado recibías uno equivalente en barquillos. Cabía también la odiada posibilidad de obtener un cero, pero en ese caso el amable barquillero siempre te obsequiaba con un barquillo, por lo cual nunca te ibas de vacío.

Y por último, antes de acabar la tarde y abandonar los Jardines de Pereda, pasábamos por el estanque, el cual podíamos atravesar por encima de un puente, que lo dividía en dos; desde allí teníamos la oportunidad de observar a sus inquilinos: unos cuantos patos que hacían las delicias de los niños, que íbamos a ver cómo nadaban en el estanque y a los que de paso tirábamos comida, esperando que acudieran a nuestro reclamo para verlos más de cerca.

Aquellas tardes olían a recreo, esparcimiento y liberación de todas las tareas y obligaciones que teníamos durante los cincos días de la semana. Salíamos de casa apresurados con la sola idea de llegar a los Jardines de Pereda, donde nos entregábamos a la diversión y dejábamos atrás todo lo demás. Era como entrar en otro mundo donde sólo importaban la diversión y el entretenimiento, en el cual disfrutábamos cada segundo antes de volver a casa y decir adiós a ese mundo mágico que tardaría en volver, puntual a su cita, una semana.

 

Juan Francisco Diéguez Machargo